02/05/2026
Estamos de vacaciones y no nos vamos a poner el despertador, pero nos despertamos justo que el sol está asomando por detrás del lago. Las vistas desde la habitación son fabulosas.
Hoy queremos ir a primera hora a la Isola Bella, antes que se ponga llenísima de visitantes, pero desayunamos con mucha calma y no llegamos al primer ferry.
Por suerte, media hora más tarde sale un tren en dirección a Stresa ¡que llega con tiempo más que suficiente para atrapar al ferry perdido!
Llegamos a la Isola Bella a las 9:15. La isla se divide en dos zonas, la privada, de los Borromeo, y la pública.
Prácticamente la mitad de la isla es el jardín del Palazzo Borromeo, esta extravagancia en forma de media pirámide verde, adornada con obeliscos y estatuas, que se alza hasta 37 metros por encima del nivel del lago.
En el espacio público está por un lado el paseo del muelle, con un montón de restaurantes y tiendas, y en extremo, una plaza arbolada con la fachada del palacio de fondo.
Según su web oficial, el horario de apertura al Palazzo es a las 10:00. Pues a las 9:30 pasamos por delante de la puerta y ya está abierta.
Hay más de 20 salas, a cuál más ostentosa y barroca que la anterior. Cada mueble, cada pared y cada esquina está decorada en exceso, con todo tipo de materiales suntuosos: mármol, plata, seda, madreperla…
La Galleria Berthier parece un museo de falsificaciones de arte, porque hay copias de obras maestras renacentistas, por lo visto era habitual que los ricachones decorasen sus habitáculos con pinturas famosas aunque no fueran las auténticas.
También podría confundirse con un muestrario de marcos, porque hay cuadros en el que hay más marco que pintura.
La Sala de Napoleón es un dormitorio en la que un par de noches de agosto durmió el famoso general, y se le ha puesto el nombre en su honor.
Todo es ultra lujoso: los tejidos contienen seda e hilo de plata, las lámparas si no son de cristal de Murano, son de Bohemia.
La Sala di Margherita era el dormitorio de la madre de San Carlos Borromeo, el más famoso de toda la dinastía. Ella misma era de la casa Medici.
La Galleria degli Arazzi tiene tapices flamencos con seda, lana, oro y plata con animales salvajes, algunos inidentificables, ¿es un perro-león? ¿un tigre-oso?
No puede faltar el unicornio, uno de los símbolos de la familia Borromeo, que también encontraremos en el jardín.
El Salón de baile es la estancia más grande del palacio, las paredes y el techo están profusamente decorados. Es un espacio super luminoso ya que está orientado directamente hacia el lago.
Aquí aprendemos los emblemas de la familia, que hemos visto repetidas veces en todo tipo de decoraciones.
El camello es el símbolo de la paciencia, el unicornio, de la devoción, el freno de caballo, de la fuerza y la cidra (un cítrico), que representa las islas Borromeas
Además, por todo el palacio, en todo tipo de decoraciones pomposas a más no poder, se lee la palabra Humilitas, lema de la familia.
En la planta baja del palacio están las grutas artificiales. Se componen de seis espacios de temática marina, con las paredes, techo y suelo recubiertos de fragmentos de roca volcánica, guijarros y conchas.
La función de las grutas es puramente decorativa, albergando esculturas, jarrones y demás adornos extravagantes.
Desde las grutas se accede a los jardines, otro de los caprichos de esta acaudalada familia.
Nada menos que diez terrazas se sobreponen una encima de la otra, como una tarta nupcial, y la guinda del pastel sería en este caso un cupido o un angelito montado en un unicornio. ¿Un poco excesivo? Probablemente.
El llamado Teatro Massimo, parece un escenario barroco, es un muro decorado con todo tipo de motivos marinos y variopintas esculturas.
La generosa y cuidadísima vegetación no pasa desapercibida. Setos que parecen recortados con escuadra y cartabón, delicados rosales en flor, e incluso un invernadero con orquídeas y otras plantas exóticas.
Aún así, los protagonistas indiscutibles de los jardines son unos pavos reales blancos que acaparan todas las miradas y cámaras cuando les da por abrir su espectacular cola.
Llevamos aquí varias horas y nos está entrando hambre. El único puesto de restauración es una cafetería con terraza al aire libre de precios bastante más elevados que en los bares o restaurantes de fuera del recinto, pero es lo que hay…
Una vez finalizamos la visita damos una vuelta por la calle comercial del muelle y la plaza del extremo de la isla.
Tomar un ferry hasta la Isola Madre es una experiencia un tanto caótica. Los turistas nos apelotonamos delante del acceso al embarcadero, porque no hay espacio para hacer una cola como Dios manda.
Para colmo, como todos los ferries van con retraso, debes enterarte por los gritos del personal de la compañía de si el ferry que llega es el tuyo o no.
La Isola Madre tiene más o menos las mismas dimensiones que la Isola Bella, pero prácticamente toda es privada. Solo hay un par de muelles y un restaurante fuera del recinto del Palazzo Borromeo. (Sí, el palazzo se llama igual que el de la Isola Bella).
El jardín de la Isola Madre es menos artificioso, y abarca prácticamente toda la isla, así que para poder ver algo, es imprescindible tener el ticket de entrada.
Aquí han vivido Borromeos como mínimo desde el siglo XVI, lo que en un principio era una finca agrícola ahora es un hermoso jardín con una extensa variedad de árboles y plantas.
Uno de los que más destaca es el ciprés de Cachemira. Sus semillas llegaron a la isla desde Asia ¡hace más de 160 años!
Camelias, lirios, buganvillas y glicinas están en flor, salpicando de tonos rosa, malva y violeta toda la verde extensión.
En cuanto a fauna, llaman la atención los pavos reales blancos y los faisanes multicolor.
El Palazzo es muchísimo más discreto que el de la Isola Bella, y también se ve más antiguo, o peor conservado.
Lo más curioso de su interior es la colección de teatros de marionetas. A través de varias salas está expuesta una variedad de escenarios, decorados y títeres que se usaban en el palacio para entretener a los invitados.
A la hora indicada estamos ya en el muelle para tomar el último ferry directo a Arona. No es muy tarde, pero los siguientes requieren hacer trasbordos.
Durante prácticamente dos horas de navegación disfrutamos de la fresca brisa y del paisaje.
Nos encanta la vista de la ermita de Santa Caterina del Sasso, del siglo XIII y XIV, prácticamente suspendida en la roca a los pies del lago.
Nos hubiera gustado visitarla pero los horarios de los ferries no nos resultan muy convenientes.
Al llegar a Arona compramos varios productos típicos italianos en un supermercado y disfrutamos de una cena improvisada en la terraza del hotel, con vistas al atardecer en el lago.