Nuestro tercer día en La Rioja presentó el siguiente perfil en GoogleMaps, con 84 kilómetros de recorrido y una hora y veinte minutos en el coche, aproximadamente. Salimos de Haro, fuimos hasta San Millán de la Cogolla y de allí a Nájera. Terminamos la jornada en Logroño, donde nos alojamos.

San Millán de la Cogolla.
Tuvimos que recorrer 39 kilómetros desde Haro hasta San Millán de la Cogolla, nuestro primer destino del día, unos 40 minutos en el coche. Al principio, seguimos divisando los viñedos teñidos de colores, si bien poco a poco fueron difuminándose, pasando a un panorama de cultivos que dejan un paisaje más parduzco y menos atractivo en esa época del año.


De las dos visitas principales que se pueden emprender en San Millán de la Cogolla, sabíamos que solo sería posible hacer una, ya que el Monasterio de Suso está cerrado por restauración y ni siquiera era posible verlo por fuera; y no lo será durante bastante tiempo, según nos informaron.

La zona donde se asienta San Millán de la Cogolla estuvo habitada desde tiempos del paleolítico, pero su historia como tal se remonta a los siglos X y XI, con las poblaciones de San Jorge (Santurde) u Barrionuevo, de cuya unión surgirá San Millán de la Cogolla o de la Cogulla, en referencia a los picos de la Sierra de la Demanda a cuyos pies se sitúa. El nombre proviene del santo anacoreta Millán, que vivió entre 473 y 574. A su muerte, el santo fue enterrado por sus discípulos en una cueva, en torno a la cual se fue creando el Monasterio de Suso, que dio lugar a uno de los focos culturales más importantes de la época en el sur de Europa, cuyo mayor esplendor se dio entre los siglos X y XI.



La fundación del Monasterio de Yuso tiene una curiosa leyenda tras de sí. Se dice que en 1053, el rey navarro García III quiso trasladar los restos mortales del santo al recién construido Monasterio de Santa María la Real de Nájera, la por entonces capital del reino. Los monjes de Suso quedaron desolados, pero nada pudieron hacer ante la voluntad del rey. Sin embargo, los bueyes que tiraban del carruaje que conducía al santo una vez en el llano, cerca del río, se negaron a seguir sin que nadie pudiera conseguir que lo hicieran; el rey lo interpretó como una señal divina y ordenó la construcción de un monasterio mucho más grande en ese lugar. Hasta 1100, convivieron ambos, el primero con la tradicional regla mozárabe y el segundo, benedictino. A partir del siglo XII, solo sobrevivió el segundo. Edificado en estilo románico, el Monasterio de Yuso fue demolido y completamente reconstruido en estilo herreriano en el siglo XVI.

En el siglo XIX, la comunidad benedictina fue expulsada en tres ocasiones, siendo la última con ocasión de la Desamortización de Mendizábal; después el Monasterio estuvo abandonado más de treinta años. Tras una breve ocupación por parte de misioneros franciscanos, en 1878, lo ocuparon frailes de la Orden de Agustinos Recoletos, que acometieron algunas obras de rehabilitación. En 1997, los Monasterios de Suso y Yuso fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Maquetas de ambos Monasterios en el de Yuso.


La visita al Monasterio de Yuso es obligatoriamente guiada, con lo cual aparte del horario establecido (mejor consultar previamente en su página web, ya que cambia según la época del año) hay que atenerse al de dichas visitas. Cuando llegamos, había entrado el turno anterior y tuvimos que esperar casi una hora para el nuestro. Adquirimos en taquilla el ticket, que por entonces costaba 8 euros (6 para mayores), y fuimos a dar una vuelta y a hacer unas fotos. La torre del monasterio tenía un andamio, pero no influía demasiado para que las fotos saliesen muy chulas. Aprovechamos también para leer algunos paneles informativos y dar una vuelta por el pueblo, que actualmente cuenta con 217 habitantes.


La visita duró algo más de hora y media, y la guía consiguió hacerla muy didáctica e interesante. Nos contó muchas cosas de la historia del edificio y de los hechos que tuvieron lugar tanto allí como en el Monasterio de Suso. Entramos al patio, desde donde cruzamos la Puerta Barroca del siglo XVII con columnas corintias y la figura de San Millán a caballo.




A continuación, seguimos al Salón de Reyes, cuyo nombre se debe a los lienzos que contiene de los monarcas benefactores del Monasterio. También se encuentra allí la reproducción del códice 60 y del folio 72 donde están las Glosas Emilianenses, pequeñas añotaciones realizadas en el Codice Emilianense escrito en latín. La fecha del códice se calcula en el siglo IX, las anotaciones, entre finales del X y principios del XI. Estas glosas son los textos más antiguos hallados escritos en romance contando con todos los niveles lingüísticos (gráfico, fonético, gramatical y lexicológico). Se discute si se trataba de castellano o de navarro-aragonés. También aparecen los primeros textos no epigráficos en euskera o lengua vasca. Desde allí, salimos al claustro renacentista, de mediados del siglo XVI.


A continuación, entramos en la Iglesia, de tres naves, que se comenzó a construir en 1504 en estilo gótico decadente. Era solo para los monjes y el pueblo, cuando se permitía su asistencia, tenía que colocarse detrás del trascoro, realizado en estilo rococó.



La Sacristía tiene mucho valor artístico. Se construyó en el siglo XVI para Sala Capitular y no se empezó a utilizar como Sacristía hasta el siglo XVII. Las mesas y los espectaculares frescos del techo son del siglo XVIII. Me gustaron mucho las figuras alegóricas de las estaciones del año con sus cosechas. Continuamos la visita por el piso superior.




El refectorio o comedor de los monjes es de principios del siglo XVII y el mobiliario se conserva completo. También son muy interesantes los relicarios, si bien el riquísimo Arca del fundador sufrió expolio por parte de las tropas napoleónicas, que arrancaron el oro y las piedras preciosas. De la antigua pieza, quedan la madera original y el forro. El relicario nuevo, realizado en plata en 1944, contiene los 17 marfiles románicos originales del siglo XI que se conservan. Son preciosos.



También vimos la Sala de Códices y Cantorales. Volvimos al piso inferior por la escalera real. Y ahí se acabó la visita, que nos resultó muy ámena e interesante. Está permitido hacer fotos sin flash a lo largo de todo el recorrido.



Acabamos casi a la una y media. Pensamos rápidamente qué hacer para aprovechar bien el tiempo. Al final, decidimos quedarnos a comer en el restaurante que está frente al Monasterio, donde había un menú del día que nos pareció bien. No recuerdo el precio, pero no era caro. Además, estábamos casi solos, con lo cual nos atendieron muy bien y enseguida.

De camino hacia Nájera, pasamos por Berceo, cuna de San Millán y de Gonzalo de Berceo, según rezaba el cartel de entrada al municipio. No nos hubiera importado dar una vuelta, pero pensamos erróneamente que se nos haría tarde para visitar Nájera. Luego no fue así.
