La segunda ciudad de La Rioja por su población, que asciende a casi 26.000 habitantes, destaca por su agricultura, sus viñedos y su antigüedad, pues se asienta sobre el poblado vascón de Kalakorikos, convertido después en la ciudad romana de Calagurris Nassica Iulia. Como no disponíamos de demasiado tiempo, dejamos el coche en una zona de aparcamiento gratuito en los alrededores del Paseo de Mercadal (zona peatonal, cuya estructura coincide con el antiguo circo romano de Calagurris) y nos dispusimos a dar un paseo por la ciudad y sus monumentos más importantes, para lo cual utilizamos el mapa turístico de uno de los numerosos paneles informativos municipales que hay repartidos por todo el casco antiguo.

Iniciamos el recorrido en la Plaza Tierno Galván, donde se encuentran la Casa Consistorial, el Rollo Jurisdiccional (conocido popularmente como “La Moza”) y el Monumento a Quintiliano.


Continuamos caminando por la Calle Grande, de vocación comercial desde el siglo XVI, hasta la Plaza del Raso, donde está la Oficina de Turismo y en la que esa mañana se hallaba instalado el mercadillo. Enfrente, aparece la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol, (exterior neoclásico e interior barroco), adonde se dirigen los peregrinos del Camino de Santiago que pasan por la ciudad.



De camino hacia la Calle Mártires, por la que se expandió la ciudad tras el derribo de la Puerta Vieja, vimos varios edificios singulares de épocas diversas, como la Casa de la Baronesa de Benasque (siglo XVIII), la Casa Pasaje Díez (estilo ecléctico, siglo XX), la Casa Baroja (neomudéjar, siglo XX) y la Casa de las Cariátides (modernista, siglo XX).


Entre callejuelas, que me depararon estampas de las que me gustan para hacer fotos, salimos a una zona con unas panorámicas muy chulas, que nos brindaron la sorpresa de ver que la Catedral se halla en la parte baja de la ciudad, junto al río, y no en alto tal como, no sé bien por qué, nos habíamos imaginado. Naturalmente, todo tiene su explicación y la situación de la Catedral viene dada porque este fue el lugar donde sufrieron martirio San Emeterio y San Celedionio, los Patronos de Calahorra.

Antes de dirigirnos hacia allí, descubrimos la Judería, pasamos por la Plaza de la Verdura, el Albergue de Peregrinos, la Iglesia de San Francisco y junto a los restos de las antiguas murallas. Me gustaron los coloridos murales que había en algunas paredes, muchos de los cuales se refieren al carácter agrícola y vinícola de la localidad.



Tras bajar unas escaleras, llegamos a la zona donde están varios de los monumentos más interesantes de la ciudad, sobre todo el Palacio Episcopal y la Catedral de Santa María. No pude visitar el Palacio Episcopal, pero sí la Catedral de Santa María, que recorrí en visita libre con audioguía. Creo recordar que la entrada me costó 5 euros.


El templo actual es el resultado de diversas construcciones y reformas realizadas entre el siglo XV hasta el siglo XVIII, si bien mantiene el gótico tardío como estilo unitario de referencia. No obstante, en el exterior se aprecia una mezcla clasicista y barroca, en la que destaca la Puerta de San Jerónimo, del siglo XVI, con tres cuerpos de estilos diferentes: plateresco, gótico, renacentista y manierista.

Una curiosidad es el teléfono móvil (de un modelo muy desfasado ya, por cierto) tallado en la piedra de la portada, que señala la restauración a que fue sometida a principios del presente siglo. Me lo comentó la señora que me vendió los tickets, de lo contrario quizás lo hubiera pasado por alto.

Con planta de cruz latina, consta de tres naves, siendo la central más ancha y alta que las laterales, de las que se separa por seis pilares. El presbiterio está presidido por el Retablo Mayor, de 1904, copia exacta del anterior del siglo XVII, destruido por un incendio.

El Coro y el órgano se sitúan en medio de la nave central. La sillería plateresca fue tallada en madera en 1532 por Guillén de Holanda. Tiene 49 sillas altas y 36 bajas ornamentadas con motivos grotescos. La zona está cerrada por una reja de 1623, obra de Pedro Lazcano. El órgano se terminó en 1917, consta de 1500 tubos y está situado sobre una caja barroca del siglo XVIII.



Entre las diecieseis capillas existentes, sobresale la de los Santos Mártires, dedicada a los Patronos San Emeterio y San Celedonio. Hay un relieve impactante que muestra su decapitación. Se ve a través de una reja muy bonita.


Otras capillas destacadas son la de los Reyes, de estilo rococó, la Bautismal, que señala el lugar exacto del martirio de los Santos Patronos, y la de San Juan Bautista, con retablo churrigueresco y escultura renacentista del Santo.




Muy llamativa es la Capilla de la Virgen del Pilar, con retablo churrigueresco, aunque lo que más atrajo mi atención fueron los balcones simulados (trampantojos) y las pinturas murales. Además, la Capilla de la Virgen del Pilar, la de San José y la de la Inmaculado, todas con relieves churriguerescos. También la Capilla de San Pedro, con un relieve labrado en alabastro y la de Santa Ana, donde yace enterrado el Obispo Juan Piñeiro Osorio. La Capilla del Cristo de la Pelota destaca por sus pinturas murales.





El Museo Diocesano ocupa la restaurada galería sur del Claustro Plateresco, que se empezó a construir en 1540, pero quedó inacabado por las crecidas del río Cidacos. Contiene tallas de madera medievales, piezas de orfebrería, esculturas y cuadros de gran valor. Muchas de estas obras proceden de pueblos deshabitados de la diócesis.


Como resumen, decir que me pareció una visita muy interesante. Además, estuve sola en el interior, lo que explica la gran cantidad de fotos que tomé y que me ha costado un mundo ordenar e identificar ahora. Espero no haber metido la pata.
Sala Capitular.


Y ya no hubo tiempo de más. Nuestro pequeño recorrido por La Rioja terminó allí. Pero nos ha gustado mucho y no tardaremos en volver, pues tenemos reserva en Ezcaray para mediados de agosto con eclipse de sol incluido. A la vuelta, contaré la experiencia añadiendo nuevas etapas.