Ayer, al llegar a Hangzhou y asomarme al Lago del Oeste al atardecer, sentí algo que no me esperaba. Después de días de ruido, de gente, de esa sensación constante de que no me daba tiempo a asimilar todo lo que estaba viendo, el lago me dio una especie de descanso. Así que hoy decidí no correr. Nada de listas de sitios que tachar. Solo caminar junto al agua y ver qué pasa.
Me levanté temprano, antes de que el hotel sirviera el desayuno, y bajé hasta la orilla del lago. A esa hora Hangzhou es otra ciudad. Hay gente mayor haciendo tai chi en grupo, corredores matutinos, algún anciano pescando con una caña larga que no sé si pescaba algo de verdad o si simplemente le gustaba estar ahí. El lago tenía una bruma ligera encima, casi transparente, que le daba un aspecto de pintura tradicional china. Me recordó a esas pinturas que había visto en libros y museos y que siempre parecen un poco idealizadas. Pues no, resulta que son así de verdad.
Caminé por el dique de Su. Es una calzada larga que cruza el lago de lado a lado, con árboles a ambos lados y puentes de piedra que la interrumpen cada cierto tramo. Lo que más me gustó fue el silencio relativo. No es que no hubiera gente, la había, pero el lago es tan grande que el lago es tan grande que la gente se dispersa y no tienes esa sensación de agobio como en Xitang. Había momentos en que caminaba y solo oía mis pasos, el viento en las hojas y el agua al fondo. Después de Shanghai, eso se sentía casi como un lujo.
Por el camino pasé por el puente Roto. No está roto, obviamente, pero le dicen así por una historia de amor de una leyenda china que una viajera del foro me contó en comentarios. La verdad es que sin conocer la historia es solo un puente bonito, pero saber que hay todo un relato detrás le da una dimensión distinta. Es algo que me está pasando mucho en China: los sitios no son solo lo que ves, sino lo que cuentan. Y casi todo cuenta algo.
A mediodía ya había caminado bastante y me senté en un banco a comer algo que compré en un puesto callejero. No pregunté qué era, solo señalé lo que otra persona estaba comiendo. Resultó ser una especie de crep finita rellena de algo dulce, con sésamo. Sencilla, buena, barata. Me quedé un rato ahí, mirando el lago, sin hacer nada en particular. Y me di cuenta de que era la primera vez en todo el viaje que simplemente estaba, sin ir a ningún sitio, sin pensar en el siguiente paso. Hangzhou me ha dado eso.
Por la tarde fui a Lingyin, que es un templo budista a las afueras de la ciudad, junto a una montaña. Nada más acercarte ya notas el cambio de ambiente: hay árboles por todas partes, el aire huele distinto, más a humedad y a vegetación. Antes de llegar al templo pasas por Feilai Feng, que es una pared de roca con esculturas budistas talladas directamente en la piedra. Hay decenas, de todos los tamaños, algunas casi borradas por el tiempo y otras que se conservan con una nitidez que cuesta creer que tengan siglos. Estás ahí mirando una cara de Buda tallada en la roca y piensas en la persona que la hizo, hace cuántos años, en qué condiciones. Es de esas cosas que te hacen sentir pequeña, pero no de una manera desagradable.
El templo en sí es enorme. Hay varios pabellones, estatuas doradas de Buda, incienso que no para de arder. Había gente rezando de verdad, no solo turistas. Una mujer mayor se arrodillaba frente a una estatua, cerraba los ojos y movía los labios sin sonido. Me quedé mirándola un momento y luego me aparté, porque sentía que estaba interrumpiendo algo que no me pertenecía. Pero esa imagen se me quedó. En España muchas iglesias que visitamos también son lugares turísticos que ver un sitio donde la fe se practica de forma tan viva me impactó.
Hay un detalle que me gustó mucho: en uno de los patios del templo había un gato dormido sobre un cojín de piedra, al sol, completamente ajeno a todo el movimiento de gente alrededor. Llevaba un collar con una campanilla pequeña. Nadie le hacía caso y él no hacía caso de nadie. No sé por qué, pero verlo me dio una sensación de calma que no sabría explicar.
Al salir del templo, ya de bajada, me encontré con un grupo de chinos mayores que estaban cantando. No sé si era algo organizado o simplemente se juntan allí a hacerlo. Cantaban a coro, sin instrumentos, y la melodía era lenta y triste, de esas que te ponen un nudo en la garganta aunque no entiendas la letra. Me quedé parada un rato escuchándolos, hasta que uno de ellos me vio, me sonrió y me hizo un gesto con la mano como diciendo "ven". No fui, porque me daba corte, pero el gesto me pareció de una amabilidad enorme.
Volví al hotel cansada, pero de un cansancio distinto al de Shanghai. Allí estaba agotada por el exceso de estímulos, por el ruido, por el tráfico. Aquí estoy cansada de caminar, de mirar, de estar al aire libre. Es un cansancio sano, como el que tienes después de un día de excursión en la montaña. Y mentalmente estoy mucho más tranquila. Tengo la sensación de que Hangzhou me ha dado un respiro que no sabía que necesitaba.
Mañana toca Suzhou, la última parada de Jiangnan. Los jardines clásicos, dicen. Y después, el salto al norte: Pekín. Pero de eso ya hablaré en su momento. Esta noche me quedo con la imagen del lago con la niebla y el gato dormido en el templo. No está mal como recuerdo del día.