Después de haber llegado de madrugada, con el retraso del vuelo y aquella pequeña yincana para encontrar el apartamento, nos levantamos dispuestos a empezar a descubrir las Feroe.
Habíamos preparado una ruta por Streymoy y Eysturoy, dos de las islas principales del archipiélago, que debía llevarnos por algunos de sus pueblos más conocidos, entre fiordos, montañas, cascadas y pequeños puertos de pescadores. Sobre el papel era una jornada bastante tranquila, con tiempo para detenernos, pasear y disfrutar de los paisajes.
Pero nada más salir de Tórshavn empezamos a sospechar que las Feroe nos tenían preparada una bienvenida un poco especial.
Hacía un viento impresionante y llovía con ganas. De hecho, decir que llovía quizá no sea la mejor manera de explicarlo, porque con aquel viento el agua parecía ir más de izquierda a derecha que de arriba abajo. Habíamos leído que el clima de estas islas era imprevisible, pero una cosa es leerlo tranquilamente en casa y otra encontrarte en medio de aquel temporal el primer día de viaje.
La primera parte del recorrido nos llevó hacia el norte de Streymoy, la isla donde se encuentra Tórshavn. A medida que nos alejábamos de la capital, el paisaje empezaba a mostrarnos aquello que habíamos venido a ver: montañas cubiertas de hierba, valles profundos, pequeños cursos de agua y un mar que aparecía y desaparecía entre el relieve.
Una de las características más sorprendentes de las Feroe es la ausencia prácticamente total de árboles. El viento constante, las condiciones del suelo y el clima hacen que el paisaje esté dominado por la hierba, las rocas y las montañas. Esto da a las islas un aspecto muy particular, con un verde intenso que cubre incluso las pendientes más pronunciadas.
Las ovejas, que encontraríamos prácticamente por todas partes durante el viaje, completaban el paisaje. No es casualidad que el nombre feroés del archipiélago, Føroyar, se interprete habitualmente como «islas de las ovejas».
Pero aquella mañana, aunque el paisaje prometía, nuestra principal preocupación no era precisamente contemplar tranquilamente las montañas, sino ver cómo nos las arreglaríamos para salir del coche sin acabar por los suelos.
Una de las primeras visitas importantes era Saksun, un pequeño pueblo situado al fondo de un valle rodeado de montañas. Es uno de los lugares más fotografiados de las Feroe y, cuando llegas, entiendes perfectamente por qué. El pueblo está formado por unas pocas casas tradicionales, algunas con los característicos tejados cubiertos de hierba, una pequeña iglesia blanca y una laguna que se adentra entre las montañas.

El valle y la laguna de Saksun.

La pequeña iglesia de Saksun.
La laguna, conocida como Pollurin, está conectada con el mar y queda parcialmente cerrada por una barra de arena. Con la marea baja es posible caminar por la zona de arena, siempre teniendo presentes las mareas.
Nosotros, sin embargo, no llegamos ni a plantearnos bajar hasta allí.
De hecho, casi no nos atrevíamos ni a salir del coche. El viento soplaba con tanta fuerza que, cuando conseguías abrir la puerta, tenías que vigilar para no perder el control de ella. Y una vez fuera había que parapetarse y apoyar bien los pies porque una ráfaga podía hacerte perder el equilibrio.
Aprovechamos las pequeñas treguas que nos daba el viento para hacer unas cuantas fotografías desde la parte alta, con la iglesia y la laguna al fondo, y poco más.

Vista general del pueblo de Saksun y su entorno.
El paisaje era magnífico, pero aquel no era precisamente un día para bajar a pasear tranquilamente por el valle. Acabamos contemplando uno de los lugares más emblemáticos de las Feroe prácticamente desde dentro del coche.
Continuamos hacia el norte siguiendo la carretera que recorre la costa oriental de Streymoy. En este tramo se encuentra Fossá, una de las cascadas más altas del archipiélago, con unos 140 metros de desnivel repartidos en dos grandes saltos.
Las Feroe tienen una cantidad impresionante de cascadas, consecuencia de un relieve muy abrupto y de un clima en el que las precipitaciones son habituales. En muchos lugares el agua baja directamente de las montañas hasta los fiordos, formando pequeños saltos que aparecen prácticamente en cada curva de la carretera.
Aquel día, naturalmente, agua no faltaba.

Uno de los saltos de la cascada de Fossá.

La cascada de Fossá, vista desde más lejos.
Entre la lluvia, las nubes bajas y el viento, las montañas tenían un aspecto bastante espectacular, aunque contemplarlas desde fuera del coche seguía siendo una actividad poco recomendable. La sensación era que todo el paisaje estaba en movimiento: las nubes corrían entre las montañas, la lluvia atravesaba la carretera casi horizontalmente y las ráfagas sacudían el coche incluso cuando estábamos parados.
La carretera nos llevó hasta Tjørnuvík, un pequeño pueblo situado en el extremo norte de Streymoy, al fondo de una bahía rodeada de montañas.

Tjørnuvík, junto a su bahía.
Es uno de los pocos lugares de las Feroe donde se puede encontrar una playa de arena negra relativamente extensa y desde allí, cuando el tiempo lo permite, se pueden contemplar dos grandes islotes rocosos que sobresalen del mar: Risin y Kellingin, el Gigante y la Bruja.
Según una leyenda local, estos dos personajes habían llegado desde Islandia con la intención de arrastrar las Feroe hasta su país. Pero se entretuvieron tanto intentándolo que les sorprendió la salida del sol y quedaron convertidos en piedra.
Es una de esas leyendas que encajan perfectamente con unos paisajes que, en determinadas condiciones, pueden parecer casi irreales.

Los islotes de Risin y Kellingin, casi ocultos por la niebla.
Nosotros tuvimos que hacer un esfuerzo considerable para distinguir los dos islotes entre la niebla y la lluvia. La visibilidad era tan mala que por momentos prácticamente desaparecían.
Y en cuanto a pasear por la playa, ni hablar.

La playa de arena negra de Tjørnuvík.
Continuábamos con la misma táctica que en Saksun: esperar a que el viento aflojara un poco, salir rápidamente del coche, hacer unas fotografías y volver a entrar antes de que la siguiente ráfaga nos hiciera cambiar de opinión.
El pueblo, con sus casas agrupadas al pie de las montañas, tenía mucho encanto, pero aquel día tuvimos que conformarnos con verlo en unas condiciones bastante diferentes de las que aparecen en las fotografías turísticas.
Después de Tjørnuvík continuamos hacia Eysturoy, la segunda isla más grande del archipiélago.
Las Feroe tienen una particularidad que facilita bastante recorrerlas en coche: muchas de las islas principales están conectadas por puentes o túneles, algunos de los cuales pasan por debajo del mar. Esta red de comunicaciones ha transformado enormemente la vida de sus habitantes, que antiguamente dependían mucho más de los ferris para desplazarse entre poblaciones relativamente cercanas.
A pesar de ello, las distancias continúan teniendo una dimensión especial en un territorio tan fragmentado. Puedes encontrarte en un pueblo situado justo al otro lado de un fiordo y tener que recorrer un buen trecho de carretera para llegar hasta él.
En general, las carreteras están en muy buen estado, aunque en muchos tramos son estrechas y obligan a conducir con cierta precaución. Y aquel día, con las ráfagas de viento que nos acompañaban, todavía más.
A cambio, el recorrido es extraordinario. Los fiordos, las montañas y los pequeños pueblos se suceden casi sin interrupción, y hasta los trayectos entre visitas acaban formando parte del atractivo del viaje.
Uno de los pueblos que queríamos conocer era Gjógv, situado al nordeste de Eysturoy.

Las casas de Gjógv, junto a la costa.
Su nombre significa «desfiladero» en feroés y hace referencia a una estrecha grieta natural que penetra desde el mar hacia el interior de la costa. Durante siglos, esta formación rocosa sirvió de puerto a los pescadores del pueblo, que aprovechaban la protección de las paredes de roca para resguardar las embarcaciones.
Todavía hoy pueden verse las instalaciones que permitían sacar las barcas del agua.

La estrecha garganta que forma el puerto natural de Gjógv.
Es un puerto muy diferente de los que estamos acostumbrados a ver, sin grandes espigones ni muelles artificiales, simplemente una entrada natural del mar entre dos paredes de roca.
Nosotros lo contemplamos desde arriba, pero no bajamos. Las condiciones meteorológicas seguían sin invitar demasiado a hacer excursiones, aunque en este punto tuvimos una pequeña tregua que decidimos aprovechar.
Durante unos minutos dejó de llover y nos animamos a caminar por la parte superior del desfiladero en dirección a Mary's Bench, un banco situado en un mirador sobre la costa.
El recorrido no era especialmente largo, apenas unos centenares de metros, pero con aquel viento casi parecía una expedición. Cuando soplaba de cara costaba muchísimo avanzar. Había que inclinar el cuerpo hacia delante y hacer fuerza con las piernas para poder continuar caminando. Y cuando venía de lado todavía era más desagradable, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos en la parte superior de unos acantilados.
La lluvia nos había dado un pequeño descanso, pero el viento no parecía dispuesto a concedernos ninguna tregua.
Aun así, conseguimos llegar hasta la punta y contemplar el paisaje desde aquella posición elevada. Debajo teníamos el pequeño puerto natural, más allá las montañas verdes y, frente a nosotros, el Atlántico.

La costa de Gjógv, en la isla de Eysturoy.
Era un lugar magnífico, pero tampoco nos entretuvimos demasiado. Aquel banco debía de ser muy agradable en un día tranquilo, pero nosotros no estábamos precisamente para sentarnos a contemplar el paisaje.
Hicimos las fotografías que pudimos y volvimos hacia el coche, esta vez con el viento empujándonos en algunos tramos en lugar de frenarnos.
La última parte del recorrido nos llevó hasta Funningur, otro pequeño pueblo de Eysturoy situado al fondo de un fiordo y rodeado de montañas.
Según la tradición feroesa, este fue uno de los primeros lugares del archipiélago donde se establecieron los colonos nórdicos. El pueblo conserva una pequeña iglesia tradicional de madera, con el tejado cubierto de hierba, y está situado en un entorno que, como tantos otros lugares de las Feroe, parece hecho expresamente para salir en una fotografía.
Nosotros llegamos hasta el puerto, pero esta vez ni siquiera bajamos del coche. A aquellas alturas del día ya habíamos tenido suficientes experiencias con el viento y la lluvia y no nos apetecía demasiado repetir la operación de salir, aguantarnos como podíamos y volver a entrar.
Contemplamos el pueblo y el fiordo desde el coche y continuamos el camino de regreso hacia Tórshavn.

Casas y costa en el norte de Eysturoy.

Una carretera entre las montañas de Eysturoy.
Aquella primera jornada nos sirvió para descubrir algunos de los paisajes más característicos de las Feroe, pero también para entender hasta qué punto el clima puede condicionar la vida en estas islas.
Habíamos preparado un recorrido con la intención de pasear por los pueblos, acercarnos a las cascadas y hacer pequeñas caminatas, y al final buena parte del día consistió en calcular cuándo podíamos salir del coche sin acabar volando.
El problema no era tanto la lluvia, que al fin y al cabo ya esperábamos encontrar, sino aquel viento que convertía cualquier parada en una pequeña aventura.
En algún momento llegamos a comentar que, si todos los días tenían que ser como aquel, ya podíamos plegar. Porque una cosa es saber que visitas unas islas en medio del Atlántico, donde el tiempo acostumbra a ser imprevisible, y otra pasarte toda una jornada intentando mantenerte en pie cada vez que bajas del coche.
Por suerte, aquel fue el peor día de todo el viaje.
Los días siguientes el viento continuaría acompañándonos, pero la lluvia desaparecería y podríamos recorrer las islas en unas condiciones mucho más agradables. De hecho, acabaríamos haciendo algunas caminatas que aquel primer día nos habrían parecido absolutamente imposibles.