Después de dos días en los que el tiempo nos había obligado a modificar bastante nuestros planes, el tercero nos despertamos con una agradable sorpresa: hacía sol. El viento seguía soplando, porque en las Feroe parece que eso forma parte del paisaje, pero la lluvia había desaparecido y, por primera vez desde que habíamos llegado, teníamos la sensación de que podríamos hacer las visitas sin estar continuamente pendientes del cielo.
Aquel día teníamos previsto recorrer el oeste de Streymoy y la isla de Vágar, con una excursión que nos hacía especial ilusión: caminar hasta Trælanípa, el famoso acantilado desde donde se contempla el lago Sørvágsvatn aparentemente suspendido sobre el Atlántico. También queríamos llegar hasta Gásadalur, un pequeño pueblo conocido por la cascada de Múlafossur.
Después de la bienvenida que nos habían dispensado las Feroe, nos parecía que ya nos tocaba una jornada un poco más tranquila, aunque pronto comprobaríamos que el viento no tenía ninguna intención de desaparecer.
Empezamos el recorrido por la costa occidental de Streymoy, una zona menos abrupta en algunos tramos que las islas del norte, pero con paisajes igualmente interesantes.

Kaldbaksfjørður, visto desde la carretera de montaña.

El pueblo de Leynar.
La primera parada fue Kvívík, un pequeño pueblo situado al fondo de un valle, donde un río desemboca en el mar. Nos encantó. Es uno de esos pueblos que no necesitan tener ningún monumento extraordinario para resultar atractivos, simplemente porque el conjunto de casas, el río, las montañas y el mar forman un paisaje muy agradable.

Un pueblo y su iglesia en el oeste de Streymoy.

Puerto y costa en el oeste de Streymoy.
Además, Kvívík tiene una historia bastante interesante, ya que conserva restos de un asentamiento de la época vikinga, con los cimientos de dos construcciones que permiten hacerse una idea de cómo vivían los primeros habitantes nórdicos de las islas.
Las excavaciones sacaron a la luz los restos de una casa larga y de una construcción que probablemente se utilizaba para guardar animales. Todo ello recuerda que, aunque hoy las Feroe parezcan un territorio bastante aislado, hace más de mil años ya formaban parte de las rutas de navegación y colonización de los pueblos escandinavos.
Pero más allá de la historia, lo que nos gustó especialmente fue el ambiente del pueblo y su situación.

Casas junto a un río en el oeste de Streymoy.

Una vista elevada del pueblo de Kvívík.
Con el buen tiempo que hacía aquella mañana, después de las experiencias de los días anteriores, poder contemplar tranquilamente un paisaje sin tener que luchar contra la lluvia ya nos parecía todo un lujo.
Desde Kvívík continuamos hasta Vestmanna, una población situada en la costa occidental de Streymoy, junto a un puerto natural protegido por las montañas.
Vestmanna es conocida sobre todo por las excursiones en barco que recorren los grandes acantilados de la costa, algunos de los cuales superan los quinientos metros de altura. Durante la temporada de cría, estas paredes rocosas acogen numerosas colonias de aves marinas, y las embarcaciones se acercan a las cuevas y a los estrechos pasos que la erosión ha ido abriendo en la roca.
Nosotros no hicimos ninguna de estas excursiones, pero sí dedicamos un rato a pasear por el puerto y a tomar un café. La pesca ha tenido históricamente un papel fundamental en la vida de Vestmanna, como ocurre en muchas otras poblaciones de las Feroe, y el puerto continúa siendo uno de los elementos que definen el pueblo.
También hay una central hidroeléctrica, una muestra de cómo los feroeses han aprovechado las abundantes precipitaciones y los desniveles del territorio para producir energía.
Con el sol que hacía y el viento bastante más soportable que los días anteriores, el paseo por el puerto resultó especialmente agradable. Tampoco teníamos necesidad de correr de un sitio a otro. Nos gustaba poder detenernos, tomar un café y observar un poco la vida cotidiana de estos pueblos, más allá de los paisajes que aparecen en las guías.
La siguiente etapa nos llevaba a Vágar, una de las islas occidentales del archipiélago y también la que alberga el único aeropuerto de las Feroe. Actualmente está conectada con Streymoy mediante un túnel submarino, inaugurado en 2002, que representó un cambio importante en las comunicaciones del archipiélago.
Antes de su construcción, el traslado entre el aeropuerto y la capital dependía del ferry, con todas las complicaciones que eso podía comportar en un territorio donde el tiempo meteorológico tiene tanta influencia. Hoy atraviesas el túnel en coche y en pocos minutos pasas de una isla a otra.
Es una de las cosas que más nos sorprendió de las Feroe: a pesar de su complicada geografía y de una población relativamente pequeña, disponen de una red de carreteras y túneles que permite llegar con bastante facilidad a lugares que, hasta hace pocas décadas, debían de estar mucho más aislados.
Eso no significa que todo esté comunicado, como ya habíamos comprobado con Kalsoy, pero sí que la diferencia respecto a tiempos pasados debe de ser considerable.
Aquel día atravesábamos el túnel con la intención de dedicar buena parte de la jornada a los paisajes de la costa occidental de Vágar, especialmente al lago Sørvágsvatn y a los acantilados que lo separan del Atlántico.
La visita principal del día era la caminata hasta Trælanípa, uno de los paisajes más conocidos de las Feroe. El punto de partida se encuentra cerca de Miðvágur, desde donde un camino recorre la orilla meridional del lago Sørvágsvatn hasta los acantilados de la costa atlántica.
Este lago, conocido también como Leitisvatn, es el más grande del archipiélago y tiene una particularidad que lo ha hecho famoso: cuando se contempla desde determinados puntos del acantilado, parece estar situado muchos metros por encima del nivel del mar, como si fuera un enorme lago suspendido sobre el océano.
En realidad, la superficie del agua se encuentra solo unos treinta metros por encima del mar, pero la perspectiva de las paredes rocosas crea una ilusión óptica espectacular. Es uno de esos lugares que habíamos visto muchas veces en fotografías y queríamos comprobar si realmente impresionaba tanto como parecía.
Después de dos días en los que el viento nos había dificultado incluso los paseos más cortos, poder plantearnos una caminata de cierta duración ya representaba una mejora considerable.
Empezamos la excursión desde el punto de acceso habilitado en Miðvágur y seguimos todo el recorrido hasta la costa. El camino atraviesa una zona abierta, sin árboles ni prácticamente ningún elemento que te proteja del viento, con el lago a un lado y las laderas verdes de las montañas al otro.
El desnivel no es especialmente importante y, en condiciones normales, es una excursión asequible para cualquier persona acostumbrada a caminar un poco. Pero aquel día las condiciones no eran del todo normales.
Hacía sol, sí, y la visibilidad era mucho mejor que los días anteriores, pero el viento continuaba soplando con fuerza, especialmente en algunos tramos expuestos. Cuando lo teníamos de cara, caminar se hacía bastante pesado. Había que inclinarse un poco hacia delante y avanzar con decisión, porque había momentos en los que parecía que el viento quisiera hacernos retroceder.
Por suerte, sabíamos que a la vuelta lo tendríamos a favor y, efectivamente, el trayecto de regreso acabaría resultando mucho más rápido y cómodo que la ida.
Es curioso cómo cambia una misma caminata según de dónde sople el viento. Lo que en un sentido te cuesta un esfuerzo considerable, en el otro casi parece que lo hagas sin darte cuenta.
A medida que nos acercábamos a la costa, el paisaje iba ganando espectacularidad.

Los acantilados de la zona de Trælanípa.
El lago se extiende prácticamente hasta el límite de los acantilados y, cuando llegas a los puntos elevados de Trælanípa, la perspectiva es realmente sorprendente.
El nombre del lugar se traduce habitualmente como «acantilado de los esclavos» y está relacionado con una antigua tradición según la cual, en época vikinga, los esclavos eran arrojados al mar desde estas alturas. Como ocurre con muchas leyendas de este tipo, resulta difícil separar los hechos históricos de la tradición popular, pero el nombre ha perdurado hasta hoy.
Lo que es indiscutible es la singularidad del paisaje. Por un lado tienes la superficie tranquila del lago y, por el otro, el Atlántico, mucho más abajo, golpeando las paredes rocosas. Según el punto desde donde lo mires, parece casi imposible que las dos masas de agua estén tan próximas y, al mismo tiempo, tan separadas.
Es precisamente esta perspectiva la que ha hecho que Trælanípa se convierta en uno de los lugares más fotografiados de las Feroe, aunque para contemplarlo hay que caminar un buen rato, algo que probablemente contribuye a hacer que la experiencia resulte todavía más satisfactoria.

El lago Sørvágsvatn, en Vágar.
Pero nosotros no nos limitamos a llegar al mirador más conocido. Continuamos hasta la zona de Bøsdalafossur, la cascada por donde el agua del lago acaba desembocando en el Atlántico.
Y aquí el viento volvió a recordarnos que todavía estábamos en las Feroe.
En la parte superior de la cascada soplaba con una fuerza impresionante, hasta el punto de que costaba caminar con normalidad. Abajo, el mar golpeaba contra las rocas y las olas subían por las paredes del acantilado, mientras que el viento se llevaba buena parte del agua que caía de la cascada.

Las olas golpean la costa cerca de Bøsdalafossur.
La combinación era espectacular, pero también bastante curiosa: entre las olas que subían desde el mar y el agua de la cascada que el viento desviaba, a ratos casi costaba distinguir por dónde bajaba el agua.
Era como si el mar quisiera subir y la cascada no acabara de decidirse a bajar.
Aquel era uno de esos momentos en los que el paisaje dejaba de ser simplemente bonito para convertirse en una demostración de la fuerza de la naturaleza.

Contemplando los acantilados de Trælanípa.
Naturalmente, nos mantuvimos a una distancia prudente de los puntos más expuestos, porque con aquellas ráfagas no era cuestión de jugársela para conseguir una fotografía. Entre el viento, las olas y el agua que volaba en todas direcciones, la sensación era que todo estaba en movimiento.

Las olas bajo los acantilados de Trælanípa.
La vuelta hacia Miðvágur fue bastante más agradable. El mismo viento que nos había dificultado la ida ahora nos empujaba y prácticamente nos ayudaba a caminar. El paisaje continuaba siendo el mismo, pero la sensación era completamente diferente.
Después de las experiencias del primer día, cuando casi no nos habíamos atrevido a bajar del coche en algunos lugares, poder completar aquella caminata nos hizo mucha ilusión.

Un gran acantilado sobre el Atlántico, en Vágar.
Trælanípa resultó ser uno de los lugares más impresionantes del viaje, no solo por la famosa vista del lago sobre el océano, sino por el conjunto del recorrido, los acantilados, las olas y aquella cascada que el viento parecía querer hacer desaparecer.
Las fotografías que habíamos visto antes de venir no exageraban demasiado, pero tampoco podían transmitir del todo la sensación de encontrarte allí arriba, con el mar golpeando las rocas y el viento soplando con aquella intensidad.
Al final, la excursión había valido mucho la pena, aunque en algunos momentos de la ida hubiéramos tenido que luchar un poco más de la cuenta contra el viento.
Después de la caminata continuamos hacia la costa occidental de Vágar. La carretera nos llevó hasta Bøur, un pequeño pueblo situado frente a uno de los paisajes más característicos de las Feroe.

La costa y los islotes de Vágar.
Desde allí se contemplan los islotes de Drangarnir, dos grandes formaciones rocosas que emergen del mar, una de las cuales presenta un enorme arco natural. Al fondo también aparece Tindhólmur, un islote con una silueta muy particular, formada por cinco cumbres que sobresalen como los dientes de una sierra.

Los islotes de Drangarnir, vistos desde Bøur.
Es una de las imágenes más conocidas del archipiélago y, esta vez, el tiempo nos permitió contemplarla con una visibilidad bastante buena.
Paramos para observar el paisaje y hacer fotografías, pero no entramos a pasear por el pueblo. Nos interesaban sobre todo las vistas sobre los islotes, que desde aquel punto resultan especialmente atractivas.
La luz, el color verde de las laderas y las formaciones rocosas que sobresalen del agua hacían que el paisaje tuviera un aspecto magnífico.
Después de las dificultades que habíamos tenido para distinguir Risin y Kellingin entre la niebla en Tjørnuvík, poder contemplar Drangarnir con una visibilidad tan buena nos parecía una buena compensación.
La siguiente visita era Gásadalur, un pequeño pueblo situado en un valle rodeado de montañas, junto a la costa occidental.
Durante mucho tiempo fue uno de los pueblos más aislados de las Feroe. Hasta la apertura del túnel que lo comunica con el resto de Vágar, en 2004, sus habitantes tenían que desplazarse a pie por un camino de montaña, utilizar una embarcación cuando el mar lo permitía o recurrir al transporte aéreo.
Cuesta imaginar que, en pleno siglo XXI, todavía hubiera una población europea donde llegar en coche fuera imposible, pero esa era la realidad de Gásadalur hasta hace relativamente poco.
El túnel transformó la vida del pueblo y también facilitó la llegada de visitantes, atraídos sobre todo por su situación y por la cascada de Múlafossur, que cae directamente desde los acantilados hasta el mar.
Hoy resulta muy fácil llegar en coche, pero cuando contemplas las montañas que rodean el pueblo entiendes perfectamente por qué durante tantos años había sido tan complicado comunicarlo con el resto de la isla.

El pequeño pueblo de Gásadalur, entre montañas.
Y aquí sí tuvimos la sensación de que las Feroe nos compensaban por las dificultades de los primeros días.
Cuando llegamos a Gásadalur hacía muy buen tiempo, con sol y una visibilidad que nos permitía disfrutar plenamente del paisaje. Después de tantas horas de nubes bajas, lluvia y viento, encontrarnos en aquel entorno con unas condiciones tan agradables fue una auténtica satisfacción.
Nos acercamos hasta el mirador de Múlafossur, desde donde se contempla la cascada cayendo desde la parte superior del acantilado hasta el Atlántico, con el pequeño pueblo y las montañas al fondo.

Múlafossur, la cascada que cae al mar en Gásadalur.
Es una imagen que probablemente hemos visto todos alguna vez, aunque no sepamos exactamente dónde está. Pero contemplarla en directo, después de haber atravesado el túnel y llegado hasta aquel rincón de la isla, tiene un atractivo especial.
El contraste entre el verde intenso de la hierba, las casas dispersas, las paredes oscuras de roca y el agua blanca de la cascada forma un conjunto realmente magnífico.
Y, esta vez, podíamos quedarnos contemplándolo sin tener que salir corriendo hacia el coche para refugiarnos de la lluvia.
Quizás fue el buen tiempo, quizás el hecho de que acabábamos de hacer una caminata bastante ventosa, o simplemente que el lugar es extraordinario, pero Gásadalur acabó siendo probablemente el lugar que más nos gustó de aquella jornada.
A diferencia de Bøsdalafossur, donde el viento y las olas casi no nos dejaban distinguir la cascada, aquí podíamos contemplar Múlafossur con mucha más tranquilidad.
El pueblo, además, tiene un emplazamiento muy particular, encajado entre montañas y con el mar justo delante. Es fácil entender por qué había estado tan aislado durante siglos y, al mismo tiempo, por qué hoy se ha convertido en uno de los lugares más visitados de las Feroe.
Nosotros tuvimos la suerte de llegar en un momento en que el paisaje se mostraba con toda su fuerza, sin que el tiempo nos obligara a refugiarnos en el coche al cabo de dos minutos. Después de lo que habíamos pasado en Saksun y Tjørnuvík, casi nos parecía un privilegio.
Dedicamos un buen rato a contemplar el paisaje y a hacer fotografías, sin aquella sensación de tener que correr que nos había acompañado durante buena parte de los primeros días.
Ya de regreso, pasamos por Sørvágur, una población situada al fondo del fiordo del mismo nombre. Es uno de los núcleos importantes de Vágar y, por su proximidad al aeropuerto, uno de los lugares de paso habituales para los visitantes de las Feroe.
Nosotros entramos, pero la visita fue muy breve. Dimos una vuelta en coche para ver un poco el pueblo y continuamos el camino.
Después de una jornada tan completa, con la caminata de Trælanípa y todas las paradas que habíamos hecho, tampoco teníamos demasiado interés en alargar excesivamente el recorrido. Todavía nos quedaba, sin embargo, otra parada que acabaría proporcionándonos un descubrimiento inesperado.
Antes de dejar Vágar nos detuvimos en Sandavágur, un pueblo situado en una bahía de la costa meridional de la isla.
Una de sus construcciones más características es la iglesia de tejado rojo, que destaca entre las casas y los prados que la rodean. El pueblo también es conocido por una piedra rúnica descubierta en el siglo XIX que constituye uno de los testimonios de la presencia nórdica en las islas durante la Edad Media.
Pero, aparte de estos elementos históricos, Sandavágur nos proporcionó uno de esos pequeños descubrimientos que a veces haces sin buscarlos.
Encontramos Fiskastykkið, un establecimiento situado en un antiguo edificio relacionado con la industria del pescado, que nos pareció una pasada. La combinación del edificio, el ambiente y su situación nos gustó muchísimo.
Nos habría encantado quedarnos a comer, pero ya se nos había hecho tarde y no pudo ser.
Es una de esas cosas que te quedan pendientes y que recuerdas después, porque no se trata simplemente de un restaurante, sino de un lugar que, solo con verlo, ya te hace venir ganas de pasar allí un buen rato.
No comimos, así que no puedo opinar sobre la cocina, pero como espacio nos pareció extraordinario. Fue una lástima descubrirlo tan tarde, porque seguramente habríamos disfrutado mucho de un rato sentados allí después de haber pasado buena parte del día recorriendo la isla.
Aquella jornada nos había permitido descubrir otra cara de las Feroe. Continuábamos encontrando las mismas montañas verdes, los fiordos y los pequeños pueblos que habíamos visto los días anteriores, pero el buen tiempo nos había permitido disfrutarlos de una manera completamente diferente.
Habíamos descubierto Kvívík, paseado por el puerto de Vestmanna, caminado hasta los acantilados de Trælanípa, contemplado los islotes de Drangarnir desde Bøur y acabado frente a la cascada de Múlafossur, con el sol iluminando Gásadalur.
Y, de regreso, todavía habíamos tenido tiempo de pasar por Sørvágur y descubrir aquel restaurante de Sandavágur que nos había quedado pendiente.
No estaba nada mal para un solo día. Sobre todo porque, después del primer contacto con el clima feroés, habíamos llegado a dudar de que pudiéramos completar algunas de las excursiones que teníamos previstas.
Aquel día, en cambio, habíamos podido hacerlo prácticamente todo, y con unas condiciones meteorológicas bastante más agradables.
Todavía nos quedaba una visita antes de terminar la jornada. De regreso a Tórshavn aprovecharíamos la tarde para conocer un poco mejor la capital de las Feroe, que hasta entonces había sido sobre todo el lugar donde teníamos el apartamento y desde donde salíamos cada mañana.
Pero eso merece un capítulo propio.
De aquel recorrido por Vágar y el oeste de Streymoy nos quedaba, sobre todo, el recuerdo de la caminata por encima de los acantilados, del Atlántico golpeando la costa y de Gásadalur con su cascada cayendo directamente al mar.
Después de la primera jornada, cuando habíamos llegado a pensar que, si el tiempo continuaba igual, ya podíamos dar el viaje por perdido, la situación había cambiado radicalmente.
El viento seguía allí, naturalmente, pero ya habíamos empezado a acostumbrarnos.
Y habíamos descubierto que, cuando las Feroe te dejan caminar un poco y el sol decide hacer acto de presencia, es difícil no quedarse impresionado por sus paisajes.