Hace unos años, unos buenos amigos habían preparado un viaje a Islandia que también incluía las Islas Feroe, pero un problema en casa les obligó a regresar antes de lo previsto y se quedaron sin poder visitarlas. Les había quedado aquella espinita clavada y un día nos comentaron que les gustaría volver a intentarlo.
Nosotros conocíamos las Feroe, naturalmente. Más de una vez, mirando un mapa, habíamos pensado que sería interesante ir algún día. Pero lo cierto es que nunca nos habíamos planteado seriamente organizar un viaje allí. Era uno de esos lugares que tienes en mente, pero que siempre quedan para más adelante.
Así que, cuando nuestros amigos nos propusieron ir juntos, no tuvimos que pensárnoslo demasiado. Decidimos que iríamos los cuatro.
Las Feroe son un archipiélago de dieciocho islas situado en el Atlántico norte, entre Escocia, Islandia y Noruega. Forman parte del Reino de Dinamarca, pero cuentan con un amplio autogobierno, lengua propia y una identidad bastante diferenciada. Viven allí unos 55.000 habitantes, repartidos entre unas islas que, con los años, han ido quedando conectadas mediante carreteras, puentes y túneles submarinos, aunque todavía hay lugares en los que dependes de los ferris.
El principal atractivo de las Feroe es el paisaje. Montañas verdes que caen directamente al mar, acantilados impresionantes, cascadas, fiordos y pueblos diminutos donde parece que hay más ovejas que personas. Y un clima atlántico que, según todo lo que habíamos leído, podía cambiar radicalmente en cuestión de minutos.
Preparamos un recorrido de cuatro días completos en coche, dedicando cada jornada a una zona diferente del archipiélago. Teníamos previsto llegar el 23 de septiembre hacia las ocho de la tarde, con tiempo suficiente para recoger el coche e instalarnos tranquilamente en el apartamento de Tórshavn.
Pero, por cortesía de Atlantic Airways y sus retrasos, acabamos aterrizando a las doce y media de la madrugada. Es decir, que cuando pusimos los pies en las Feroe ya era día 24.
Entre recoger las maletas, el coche y llegar a Tórshavn, ya pasaba de la una de la madrugada. Y todavía nos quedaba una última aventura: descubrir cuál era exactamente nuestro apartamento.
Las indicaciones no debían de ser demasiado claras, porque tuvimos que hacer una pequeña yincana hasta conseguir identificarlo. Y todo ello procurando no equivocarnos de puerta y acabar entrando en casa de otra persona. A aquellas horas, despertar a una familia feroesa porque cuatro turistas se han confundido de apartamento podría haber dado lugar a una situación bastante complicada.
Finalmente encontramos el nuestro, pudimos instalarnos y dar por terminada la jornada. El viaje apenas comenzaba y ya habíamos tenido el primer imprevisto.

Vista de Tórshavn desde nuestro alojamiento.
Sabíamos que finales de septiembre no era precisamente la época de mejor tiempo. Los días ya empezaban a acortarse, las temperaturas serían frescas y la lluvia y el viento podían condicionarnos más de una excursión. Pero tampoco nos preocupaba demasiado. Ya hemos viajado lo suficiente como para saber que el tiempo no siempre acompaña y que, a veces, los imprevistos acaban formando parte de los recuerdos del viaje.
El plan era pasar cuatro días completos recorriendo las Feroe y marcharnos el 28 de septiembre al mediodía. Como el vuelo de regreso pasaba por Copenhague, decidimos aprovechar para quedarnos allí dos días y visitar la capital danesa antes de volver a Barcelona el día 30.
Y así, un destino que durante años había sido simplemente un punto en el mapa se convirtió en nuestro siguiente viaje. Esta vez, además, compartido con unos buenos amigos.