El segundo día nos levantamos con la esperanza de que el tiempo nos diera un poco de tregua. Después de la jornada anterior, durante la cual el viento y la lluvia nos habían hecho pasar más tiempo dentro del coche que paseando, cualquier mejoría sería bienvenida.
Y, efectivamente, el tiempo había mejorado, aunque tampoco era para tirar cohetes. El viento seguía soplando con fuerza y la lluvia aparecía de vez en cuando, pero al menos ya no teníamos la sensación de que debíamos agarrarnos a cualquier cosa para no salir volando.
Aquel día teníamos previsto visitar las islas del norte, una zona del archipiélago formada por varias islas relativamente pequeñas, algunas de las cuales están conectadas por puentes, carreteras y túneles excavados en la roca.
Nuestra intención inicial era ir a Kalsoy, pero antes de salir ya sabíamos que aquello no sería posible. Y esta vez no podíamos echarle la culpa al tiempo ni a Atlantic Airways. La culpa era exclusivamente nuestra.
Para llegar a Kalsoy hay que tomar un ferry desde Klaksvík, y las plazas para vehículos son limitadas. Por lo visto, es una de esas cosas que conviene reservar con bastante antelación, especialmente si quieres embarcar con el coche y aprovechar bien la jornada.
Nosotros, como buenos improvisadores que somos, esperamos hasta la tarde anterior para intentar hacer la reserva. Y, naturalmente, nos encontramos con que todos los horarios que nos podían venir bien ya estaban completos. No solo para el día siguiente, sino también para el otro.
Estuvimos mirando las posibilidades que quedaban, pero ninguna nos permitía hacer la visita que habíamos previsto. Así que de Kalsoy, nada de nada.
Nos quedábamos sin poder ver una de las islas que más interés teníamos en visitar, conocida por sus paisajes abruptos, sus pequeños pueblos y el faro de Kallur, situado en uno de los extremos de la isla, sobre unos acantilados que se han convertido en una de las imágenes más conocidas de las Feroe.
Pero tampoco tenía demasiado sentido lamentarse. Teníamos todo un día por delante y muchas otras cosas por descubrir. Decidimos dedicarlo a recorrer las islas del norte accesibles por carretera, especialmente Viðoy y Kunoy, dos lugares que inicialmente habían quedado en un segundo plano en nuestra planificación.
La primera parada fue Klaksvík, la segunda población más importante de las Feroe, situada en la isla de Borðoy. A pesar de su condición de segunda ciudad del archipiélago, Klaksvík sigue siendo una población relativamente pequeña, con poco más de cinco mil habitantes.
Su desarrollo ha estado muy ligado a la pesca y a la industria del pescado, una actividad que continúa desempeñando un papel fundamental en la economía feroesa. El pueblo se encuentra al fondo de una bahía estrecha, rodeado de montañas, con un puerto que ocupa buena parte del frente marítimo.

El puerto de Klaksvík, rodeado de montañas.

El puerto de Klaksvík entre montañas.
Paseamos un poco por la zona central y por el puerto, pero sin entretenernos demasiado. El tiempo era mejor que el día anterior, aunque seguía sin invitar a dar grandes paseos, y aquella lluvia intermitente parecía tener una habilidad especial para aparecer justo cuando decidíamos bajar del coche.
Mientras conducíamos, todo parecía bastante tranquilo, pero bastaba con encontrar un sitio para aparcar y salir para que empezaran a caer cuatro gotas. A los pocos minutos, naturalmente, volvía a parar. Acabamos acostumbrándonos a aquella particular manera que tenía el tiempo de tomarnos el pelo.

Casas y embarcaciones en el puerto de Klaksvík.
En Klaksvík también tuvimos una pequeña urgencia que no figuraba en ningún programa de viaje. A nuestra amiga se le habían roto los zapatos que llevaba y necesitaba encontrar otros.
Una cosa es que el tiempo no acompañe demasiado y otra tener que recorrer las Feroe con el calzado hecho polvo. Así que aprovechamos que estábamos en una de las poblaciones más grandes del archipiélago para buscar una tienda donde comprar unos de recambio.
No es precisamente el tipo de visita que acostumbras a incluir en un diario de viaje, pero estas pequeñas incidencias también forman parte de la experiencia, y en aquel momento encontrar unos zapatos pasó por delante de cualquier monumento o mirador.
Con el problema resuelto, todavía tuvimos tiempo de tomar un café en un hotel nuevo situado en el puerto, un rato de descanso que, teniendo en cuenta el tiempo que hacía fuera, tampoco nos pareció nada mal.
Una de las construcciones más conocidas de Klaksvík es la Christianskirkjan, una iglesia inaugurada en 1963 que destaca por su arquitectura, inspirada en las antiguas construcciones de madera de los países nórdicos.
A diferencia de muchas de las pequeñas iglesias tradicionales que encontraríamos por los pueblos, esta es una construcción de dimensiones considerables, con un tejado muy pronunciado y un interior en el que la madera tiene un protagonismo especial.
Desgraciadamente, cuando fuimos estaba cerrada por obras, de modo que no pudimos visitarla por dentro.
En cualquier caso, tampoco dedicamos mucho más tiempo a Klaksvík. Nos interesaba sobre todo continuar hacia el norte y descubrir los paisajes de Viðoy, una de las islas más septentrionales del archipiélago.
Para llegar seguimos por la carretera que atraviesa Borðoy, rodeados de montañas que se levantan directamente desde el mar.

Acantilados y costa en las islas del norte.
Una de las particularidades de esta zona es la cantidad de túneles que permiten comunicar poblaciones que, hasta hace relativamente pocos años, dependían de trayectos mucho más complicados. Algunos son túneles modernos, amplios y bien iluminados, pero otros conservan un carácter bastante más rudimentario, como descubriríamos más adelante.
Las islas del norte tienen un relieve especialmente abrupto, con montañas muy altas en relación con la superficie del territorio, y eso hace que las comunicaciones hayan representado históricamente uno de los grandes retos para sus habitantes.
Hoy resulta relativamente fácil recorrerlas en coche, pero cuando contemplas los fiordos y los pueblos situados en rincones aparentemente inaccesibles es fácil imaginar hasta qué punto debía de ser complicado desplazarse antes de la construcción de toda esta infraestructura.
Nuestro principal destino era Viðareiði, un pequeño pueblo situado en el extremo norte de Viðoy.
Y aquí sí encontramos uno de los lugares que más nos gustaron de aquel día.
El pueblo ocupa una especie de altiplano verde entre dos grandes montañas, con el mar a ambos lados y unas vistas extraordinarias sobre las islas del norte. A un lado se levanta el Villingadalsfjall, una montaña de más de ochocientos metros, y al otro domina el paisaje Enniberg, uno de los grandes acantilados del archipiélago.
Es un entorno espectacular, con una sensación de amplitud que contrasta con los valles estrechos y los fiordos que habíamos recorrido hasta entonces.
El pueblo es pequeño, con casas dispersas entre prados verdes, y tiene una iglesia blanca situada muy cerca del mar, en un emplazamiento que por sí solo ya justifica la visita.

La iglesia blanca de Viðareiði, cerca del mar.
Fuimos hasta la iglesia y paseamos por los alrededores, aprovechando que la lluvia nos daba un poco de tregua. El edificio actual es del siglo XIX y, como muchas de las iglesias feroesas, tiene una arquitectura sencilla, sin grandes ornamentos, que encaja perfectamente con el paisaje.
Pero más que la iglesia en sí, lo que nos gustó fue su situación, con los prados, las montañas y el mar formando un conjunto difícil de superar.
Después decidimos subir un poco por encima del pueblo para tener una perspectiva diferente. Desde aquella posición se apreciaba mucho mejor la disposición de las casas, la iglesia y los dos lados de la isla.

Casas de Viðareiði y vistas hacia el mar.

Casas tradicionales con las montañas de Viðareiði al fondo.
También fuimos hacia el otro lado para contemplar el paisaje en dirección contraria, porque Viðareiði tiene esa particularidad: no hay una única vista que destaque por encima de las demás. Mires hacia donde mires, aparecen montañas, fiordos o islas que sobresalen del mar.
Y aquel día, con las nubes moviéndose rápidamente y la luz cambiando continuamente, el paisaje tenía todavía más fuerza.

Vista de la costa desde Viðareiði.
El viento continuaba soplando, pero ya no tenía aquella intensidad casi absurda del día anterior, y eso nos permitió disfrutar mucho más de la visita. De vez en cuando todavía aparecía algún chaparrón, pero duraba pocos minutos y volvía a desaparecer.
A diferencia del primer día, cuando prácticamente nos habíamos limitado a contemplar muchos de los lugares desde dentro del coche, aquí pudimos movernos un poco, buscar diferentes puntos de vista y dedicar tiempo a observar el paisaje.
Viðareiði nos gustó mucho. Quizás porque no lo habíamos situado entre las visitas principales del viaje, o quizás simplemente porque es un lugar magnífico, pero lo cierto es que acabó convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de la jornada.
Y pensar que, si hubiéramos conseguido las plazas para el ferry de Kalsoy, probablemente no habríamos dedicado tanto tiempo a descubrirlo.

La carretera junto a la costa en la isla de Viðoy.
Después de Viðareiði decidimos acercarnos hasta Kunoy, otra de las islas del norte.
Para llegar hay que atravesar un túnel que, a diferencia de los más modernos, conserva una característica bastante curiosa: solo tiene un carril de circulación.
Eso significa que los vehículos que circulan en sentidos opuestos tienen que compartir el mismo espacio y, para hacerlo, hay pequeños apartaderos excavados en la roca aproximadamente cada cien metros. El funcionamiento es sencillo: cuando te encuentras un vehículo de frente, uno de los dos debe detenerse en uno de esos apartaderos para dejar pasar al otro.
No es una infraestructura especialmente espectacular desde el punto de vista arquitectónico, pero conducir por un túnel estrecho, excavado directamente en la roca, con los apartaderos apareciendo a intervalos regulares, tiene su encanto.
Es otra muestra de cómo los feroeses han tenido que adaptar las comunicaciones a un territorio donde las montañas y el mar complican considerablemente cualquier desplazamiento.
Kunoy es una isla alargada y montañosa, situada justo al oeste de Borðoy, con muy poca población y unos paisajes que mantienen aquella combinación tan característica de las Feroe: laderas verdes, montañas abruptas y pequeños núcleos de casas agrupadas junto al mar.
Llegamos hasta el pueblo de Kunoy y aprovechamos para comer unos bocadillos dentro del coche, contemplando el paisaje. No era precisamente una comida sofisticada, pero con aquellas vistas tampoco necesitábamos mucho más.
Desde allí podíamos ver, al otro lado del mar, la isla de Kalsoy, precisamente aquella que habíamos tenido que descartar por no haber reservado el ferry con suficiente antelación.

El fiordo visto desde Kunoy.
Teníamos delante el lugar al que inicialmente queríamos ir y, en cambio, estábamos en una isla que no había tenido demasiado protagonismo en nuestros planes.
Pero tampoco nos supo especialmente mal. Nos estaba gustando mucho el recorrido que habíamos acabado haciendo y, después de la visita a Viðareiði, ya teníamos la sensación de que el cambio había valido la pena.
De regreso de Kunoy todavía hicimos una parada en Hvannasund, un pequeño pueblo situado en la isla de Viðoy, junto al estrecho que la separa de Borðoy.
Es uno de esos lugares donde las montañas parecen cerrarse sobre el mar, formando un paso estrecho entre las dos islas. El pueblo se extiende a lo largo de la costa y tiene un pequeño puerto que continúa siendo un elemento importante de las comunicaciones marítimas de la zona.
Desde aquí salen los ferris que conectan con Fugloy y Svínoy, dos de las islas orientales del archipiélago que todavía dependen del transporte marítimo para mantener el contacto con el resto del territorio.

Panorámica de Hvannasund y el fiordo.
Nos acercamos hasta el puerto, donde hicimos unas cuantas fotografías y contemplamos el paisaje del estrecho, con las montañas levantándose a ambos lados del agua.
Después de haber pasado por el túnel de Kunoy y de ver las grandes infraestructuras que conectan buena parte de las Feroe, resultaba curioso encontrarnos en un lugar donde el ferry continuaba siendo imprescindible para llegar a otras poblaciones.

Hvannasund, entre el mar y las montañas.

Casas junto al agua en Hvannasund.
Hvannasund no es uno de esos pueblos que suelen aparecer entre las visitas más destacadas del archipiélago, pero nos pareció una buena parada antes de emprender definitivamente el camino de regreso.
Una de las cosas que más me gustan cuando viajamos es precisamente esa posibilidad de modificar los planes sobre la marcha.
Evidentemente, hay lugares que quieres visitar y que te sabe mal perderte, pero tampoco creo que tenga demasiado sentido convertir un viaje en una carrera por cumplir un programa preparado desde casa.
En este caso, además, la improvisación había sido en parte consecuencia de una falta de previsión nuestra. Podríamos haber reservado el ferry con más antelación y seguramente habríamos visitado Kalsoy, pero no lo hicimos.
Y el resultado fue una jornada diferente de la prevista, en la que descubrimos pueblos y paisajes que probablemente habrían quedado fuera del recorrido original.
Habíamos cambiado un faro muy conocido y unos acantilados espectaculares por un pueblo situado entre montañas, una isla poco visitada, una comida de bocadillos con vistas a la isla que no habíamos podido pisar y una parada en un pequeño puerto entre dos montañas.
Y la verdad es que no podíamos quejarnos.
Cuando regresamos hacia Tórshavn, el tiempo seguía siendo variable, con viento y alguna lluvia ocasional, pero nada comparable con el temporal que habíamos sufrido el primer día.
Aquella jornada nos había permitido empezar a disfrutar de las Feroe de una manera más tranquila, sin tener que estar constantemente pendientes de si una ráfaga nos haría perder el equilibrio.
También habíamos comprobado que, más allá de los paisajes que aparecen en todas las fotografías y en las guías de viaje, las islas esconden muchos otros rincones que merecen una visita.
Viðareiði había sido un buen ejemplo, y Kunoy, con su túnel estrecho y las vistas sobre Kalsoy, había acabado de redondear el día.
Al final, no haber podido ir a Kalsoy no nos pareció ningún desastre.
Nos quedaba pendiente para otra ocasión, si es que algún día volvíamos a las Feroe, pero aquel segundo día habíamos descubierto una zona que nos había gustado mucho y que difícilmente habríamos recorrido con la misma calma si hubiéramos conseguido embarcar en el ferry.
A veces los cambios de planes salen mal, pero en esta ocasión nos habían llevado a descubrir unos lugares que no esperábamos.
Y, sobre todo, por primera vez desde que habíamos llegado, habíamos podido pasar buena parte de la jornada fuera del coche sin tener la sensación de que el viento quería echarnos de las islas.