Durante los cuatro días que pasamos en las Feroe tuvimos el apartamento en Tórshavn, la capital del archipiélago, que nos servía de base para salir cada mañana a recorrer las diferentes islas. Su situación es bastante práctica, porque desde allí se puede llegar relativamente rápido a buena parte de los lugares que queríamos visitar, gracias a la red de carreteras y túneles submarinos que conectan las islas principales.
Esto nos permitió organizar el viaje sin tener que cambiar de alojamiento cada día, algo que siempre agradecemos. Pero, curiosamente, durante las primeras jornadas apenas habíamos dedicado tiempo a conocer la ciudad. Salíamos por la mañana, pasábamos el día de un lado a otro y regresábamos al apartamento.
Fue el 26 de septiembre, después de la ruta por Vágar, cuando aprovechamos para pasear con más calma por el centro de Tórshavn. También dimos otros paseos, tanto por la mañana como por la tarde y la noche, de manera que tuvimos ocasión de conocer diferentes momentos de la vida de la capital.
Tórshavn está situada en la costa oriental de Streymoy y es, con diferencia, el principal centro político, administrativo y económico de las Feroe. Su nombre significa «puerto de Thor», en referencia al dios nórdico del trueno, y su historia se remonta a la época vikinga.
Según la tradición, los primeros colonos nórdicos ya se reunían en este lugar para celebrar asambleas, aprovechando la situación protegida del pequeño puerto natural.
Hoy la ciudad concentra una parte muy importante de la población del archipiélago, que en conjunto ronda los 55.000 habitantes, pero a pesar de su condición de capital, Tórshavn sigue teniendo unas dimensiones sorprendentemente reducidas.
Si estás acostumbrado a visitar capitales europeas, aquí todo parece funcionar a otra escala. No hay grandes avenidas, ni edificios monumentales que dominen el paisaje urbano, ni aquella sensación de movimiento constante que suele caracterizar a las ciudades importantes.
El centro se puede recorrer tranquilamente a pie y, en muchos momentos, tienes más la sensación de pasear por una población pequeña que por la capital de un país.

Calles junto al puerto de Tórshavn.
Una de las partes más interesantes es Tinganes, la pequeña península que separa las dos zonas del puerto y donde se conserva el núcleo histórico de la ciudad.
Es también uno de los lugares con mayor significado político de las Feroe, porque aquí se reunía antiguamente el ting, la asamblea de los habitantes de las islas, y todavía hoy algunos de los edificios albergan dependencias del gobierno feroés.
Lo más sorprendente es que este centro de poder no tiene nada que ver con los grandes palacios gubernamentales que encontramos en otras capitales. Son casas tradicionales de madera, muchas pintadas de rojo, con los marcos de las ventanas blancos y los característicos tejados cubiertos de hierba.
Los edificios están distribuidos a lo largo de unas callejuelas estrechas, pavimentadas con piedra, que mantienen un aspecto muy parecido al que debían de tener hace generaciones.
Paseamos por estas callejuelas, llegando hasta el extremo de la península, y nos sorprendió especialmente la naturalidad con la que conviven los edificios históricos y las dependencias administrativas.
Cuesta imaginar un centro de gobierno tan discreto, sin grandes espacios monumentales ni aquella separación física que suele existir entre las instituciones y la vida cotidiana.

Casas tradicionales del casco antiguo de Tórshavn.
Al lado de Tinganes se encuentra Reyn, una de las zonas más antiguas de Tórshavn, donde todavía se conservan pequeñas casas de madera pintadas de negro, con ventanas blancas y tejados de césped.
Es probablemente uno de los rincones con más personalidad de la ciudad. Las callejuelas son estrechas, las casas están muy juntas y todo el conjunto tiene un aire de pueblo que contrasta con la idea que habitualmente tenemos de una capital.
El hecho de que muchas de estas casas continúen habitadas contribuye a dar autenticidad al conjunto. No es un barrio histórico convertido exclusivamente en un decorado para los visitantes, sino una zona residencial que mantiene buena parte de su arquitectura tradicional.
Paseamos sin ninguna prisa, observando las fachadas, las puertas pequeñas y los tejados verdes que parecen una continuación de los prados que cubren las montañas de las islas.
Después de tres días recorriendo paisajes abiertos y pueblos diminutos, resultaba curioso encontrar aquella misma arquitectura tradicional en el centro de la capital.

Las callejuelas y las casas de madera del casco antiguo.
También recorrimos la zona del puerto, que continúa siendo uno de los elementos principales de la ciudad.
En Tórshavn conviven las instalaciones portuarias modernas, los ferris que comunican con otras islas y con el exterior, las embarcaciones de pesca y los pequeños barcos de recreo.
Como ocurre en tantas poblaciones de las Feroe, el mar no es simplemente un elemento del paisaje, sino una parte fundamental de su historia y de su economía.
Durante siglos, las comunicaciones entre las islas dependían exclusivamente de las embarcaciones, y el puerto de Tórshavn acabó convirtiéndose en uno de los principales puntos de contacto del archipiélago con el resto del mundo.
Hoy esta función continúa siendo importante, aunque los túneles submarinos y el aeropuerto hayan modificado considerablemente la manera de desplazarse.
Nos gustó especialmente poder pasear por aquella zona sin encontrarnos con las aglomeraciones que suelen haber en los puertos de muchas ciudades turísticas. Había movimiento, naturalmente, pero todo parecía funcionar con una tranquilidad que empezábamos a identificar como una de las características de las Feroe.

El paseo del puerto de Tórshavn.

El frente marítimo de Tórshavn y sus casas.

Un paseo junto al puerto de Tórshavn.
Desde el centro también nos acercamos hasta la zona del faro y de los antiguos cañones que se conservan junto al puerto.
Se encuentran en Skansin, una pequeña fortificación construida originalmente a finales del siglo XVI para proteger la ciudad de los ataques de piratas y otras incursiones marítimas.
A lo largo de los siglos las instalaciones fueron modificadas y reutilizadas, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las islas fueron ocupadas por las fuerzas británicas después de la invasión alemana de Dinamarca.
Aquel episodio tuvo una importancia considerable en la historia moderna de las Feroe, porque durante unos años el archipiélago quedó separado de la administración danesa y tuvo que organizar buena parte de sus asuntos de manera autónoma, una experiencia que contribuiría al desarrollo posterior de su autogobierno.
Actualmente, de la antigua fortificación quedan algunos muros, los cañones y un pequeño faro blanco y rojo que se ha convertido en uno de los elementos característicos del puerto.
Paseamos por la zona y contemplamos las vistas sobre la ciudad y las embarcaciones. No es una visita especialmente larga, pero resulta interesante para entender un poco más la historia de un territorio que, a pesar de su situación aparentemente remota, también se vio implicado en los grandes conflictos europeos.

El pequeño faro de Skansin, en Tórshavn.
Otro de los edificios que vimos fue la catedral de Tórshavn, conocida como Havnar Kirkja, situada muy cerca del puerto.
Es una iglesia de madera pintada de blanco, con un tejado oscuro y una torre que sobresale entre las casas del centro. El edificio actual es de finales del siglo XVIII y, aunque ha experimentado varias modificaciones, conserva el carácter de las iglesias tradicionales feroesas.
Nosotros la contemplamos desde el exterior, sin entrar.
Después de haber visto las pequeñas iglesias de Saksun, Viðareiði u otros pueblos, resultaba curioso comprobar que incluso la catedral de la capital mantiene unas dimensiones bastante modestas.
En las Feroe parece que esta manera de construir, sin grandes ostentaciones y con edificios adaptados a las necesidades reales de las comunidades, forma parte del carácter del territorio.
Naturalmente, hay excepciones, como la Christianskirkjan de Klaksvík, pero en general la arquitectura religiosa que encontramos durante el viaje era sencilla y perfectamente integrada en los pueblos.

Havnar Kirkja, la catedral de Tórshavn.
Paseando por el centro también pudimos observar un poco el ritmo de vida de Tórshavn.
Y aquí nos encontramos con una particularidad que nos sorprendió bastante: los horarios de los bares.
Estamos acostumbrados a encontrar establecimientos abiertos durante buena parte del día, especialmente en una capital, aunque sea pequeña. Pero en Tórshavn vimos que algunos bares no abrían hasta las cinco de la tarde y después continuaban abiertos hasta medianoche.
Inicialmente nos resultó un poco extraño. ¿Cómo puede ser que en una capital no puedas ir a tomar algo a media mañana o a primera hora de la tarde en determinados locales?
Después supimos que respondía a los hábitos de los propios habitantes: durante el día la gente trabaja y estos establecimientos tienen poca clientela, mientras que la actividad social se concentra sobre todo a partir del momento en que terminan de trabajar.
Evidentemente, hay cafeterías y otros locales que funcionan durante el día, pero nos llamó la atención esta manera de organizar los horarios, tan diferente de lo que estamos acostumbrados en casa.
Es una de esas pequeñas diferencias culturales que descubres cuando paseas por una ciudad y que explican más cosas sobre la vida cotidiana que muchas de las visitas habituales.

Una de las calles comerciales del centro de Tórshavn.
Lo que más nos sorprendió de Tórshavn, sin embargo, fue la tranquilidad.
Paseamos en diferentes momentos, tanto por la mañana como por la tarde y la noche, y siempre tuvimos la sensación de encontrarnos en una ciudad relajada, sin prisas y con muy poco ruido.
No es que no hubiera actividad, porque al fin y al cabo concentra buena parte de los servicios y de las instituciones del archipiélago, pero todo parecía desarrollarse a un ritmo muy diferente del de las capitales que conocemos.
Las calles del centro se pueden recorrer con facilidad, el tráfico no resulta especialmente molesto y en pocos minutos puedes pasar de la zona comercial a las callejuelas tradicionales de Tinganes o al paseo del puerto.
Esta proximidad entre los diferentes espacios es una de las cosas que hacen que la ciudad resulte agradable. No necesitas organizar grandes recorridos ni estar pendiente del transporte público para moverte de un lugar a otro.
Simplemente sales a pasear y vas descubriendo los diferentes rincones del centro.
Una de las noches aprovechamos para cenar en el Katrina Christiansen, un restaurante situado precisamente en la zona histórica de Tinganes.
El establecimiento ocupa una antigua casa tradicional que ha sido restaurada manteniendo buena parte de su carácter original, y eso ya le da un atractivo especial.
Después de haber paseado por las callejuelas del barrio, poder cenar en uno de estos edificios nos pareció una buena manera de completar la visita.
Y, además, comimos muy bien.
Nos gustó tanto el ambiente del local como el restaurante en sí, que nos pareció una muy buena elección.
Durante los viajes siempre intentamos encontrar algún lugar donde poder disfrutar de la gastronomía local, pero también valoramos mucho el entorno, especialmente cuando se trata de un establecimiento que conserva una relación directa con la historia y la arquitectura del lugar.
En este caso se daban ambas cosas.
El Katrina Christiansen acabó siendo uno de los recuerdos agradables de nuestra estancia en Tórshavn, y una buena demostración de que, a pesar de las dimensiones reducidas de la ciudad, también se pueden encontrar restaurantes de muy buen nivel.
Durante los diferentes paseos por el centro fuimos constatando que Tórshavn tiene una personalidad bastante particular.
Es la capital de un territorio que forma parte del Reino de Dinamarca, pero que dispone de un amplio autogobierno, con parlamento, gobierno y lengua propios.
Las Feroe tienen una identidad cultural muy marcada, resultado de una historia vinculada a los pueblos nórdicos y de una situación geográfica que durante siglos favoreció cierto aislamiento.
El feroés, una lengua germánica emparentada con el islandés, es la lengua habitual de la población, aunque el danés también tiene una presencia importante y el inglés resulta bastante útil para los visitantes.
Esta singularidad política y cultural se refleja en una capital que, sin necesidad de grandes monumentos, concentra las instituciones y buena parte de la vida económica y social de las islas.
Resulta especialmente curioso pensar que un territorio de solo unos 55.000 habitantes dispone de una estructura institucional propia y ha conseguido mantener una identidad tan diferenciada en un entorno geográfico tan particular.
También nos llamó la atención la manera en que la ciudad combina las construcciones modernas con la arquitectura tradicional.
Evidentemente, Tórshavn no es solo el conjunto de casas con tejados de hierba que aparecen en las fotografías. Tiene barrios residenciales, instalaciones deportivas, centros comerciales y todos los servicios que necesita una capital contemporánea.
Pero el casco antiguo conserva una escala humana que hace que pasear por él sea especialmente agradable.
En pocas calles puedes pasar de una zona comercial a un conjunto de casas que parecen prácticamente iguales que hace doscientos años, y poco después volver a encontrarte frente al puerto.
No hay grandes distancias ni una separación radical entre la parte histórica y la ciudad actual. Todo convive en un espacio relativamente reducido, con una naturalidad que nos gustó mucho.
Quizás porque veníamos de visitar pueblos de cuatro casas dispersas entre montañas, Tórshavn nos parecía una ciudad; pero si la comparábamos con cualquier otra capital europea, continuaba pareciéndonos un pueblo grande.

Panorámica de Tórshavn.
En cuanto al tiempo, aquella tarde tuvimos bastante suerte.
El viento continuaba soplando, naturalmente, porque durante toda nuestra estancia en las Feroe no desapareció nunca del todo, pero no llovió y pudimos pasear sin las dificultades que habíamos sufrido durante las primeras jornadas.
Después de la experiencia de Saksun, Tjørnuvík o Gjógv, cuando salir del coche ya representaba casi una pequeña aventura, poder caminar tranquilamente por las calles de Tórshavn nos parecía todo un privilegio.
Además, el hecho de tener el apartamento en la ciudad nos permitió volver en otros momentos, sin tener que concentrar todas las visitas en una única tarde.
Así pudimos ver el centro con luces y ambientes diferentes, observar un poco el movimiento del puerto y descubrir algunos rincones que probablemente nos habrían pasado desapercibidos en una visita rápida.
Al final, Tórshavn nos gustó precisamente por lo que no tiene.
No es una capital llena de grandes monumentos, ni una ciudad con un centro histórico inmenso, ni un lugar donde necesites pasar días visitando museos y edificios.
Su atractivo es mucho más sencillo: una ciudad pequeña, tranquila, con un puerto que continúa teniendo un papel central, unas callejuelas históricas muy bien conservadas y un ritmo de vida que parece bastante alejado de las prisas habituales.
Nos sorprendió especialmente esta condición de capital a escala humana, donde los edificios del gobierno pueden ocupar antiguas casas de madera con tejados de hierba y donde en pocos minutos puedes recorrer buena parte del centro.
Y también nos gustó descubrir pequeños detalles de la vida cotidiana, como aquellos bares que no abrían hasta las cinco de la tarde porque, por lo visto, antes la gente tiene otras cosas que hacer.
Después de cuatro días recorriendo las Feroe, Tórshavn había acabado convirtiéndose en algo más que el lugar donde dormíamos.
Era el punto al que regresábamos cada tarde, donde podíamos pasear, cenar y recuperar un poco la tranquilidad después de las excursiones.
Quizás no sea una ciudad que justifique por sí sola un viaje hasta el Atlántico norte, pero sí nos pareció una capital muy agradable y perfectamente coherente con el territorio que habíamos estado descubriendo.
Pequeña, discreta, sin grandes pretensiones y con una personalidad propia.
Una capital que, como buena parte de las Feroe, no necesita impresionar por sus dimensiones para resultar interesante.