Nos despertamos con la calma propia de un día de viaje y transición. Hicimos las maletas tranquilamente y salimos caminando arrastrando los equipajes hacia el Casco Antiguo (Stare Miasto), buscando un buen sitio para desayunar fuerte antes de poner rumbo a las montañas. El lugar elegido fue Brunch by Embercut (ul. Świętego Krzyża 17), un local muy coqueto situado a pocos pasos de la estación central. Durante la mañana ofrecen una propuesta de brunch de autor muy cuidada, mientras que a partir de la tarde el espacio se transforma en un restaurante enfocado en la cocina a la brasa y carnes maduradas.
Allí nos dimos un homenaje por todo lo alto y desayunamos a golpe de reinas: pedimos platos contundentes y súper vistosos, con tostadas de pan artesano acompañadas de huevos escalfados con salsa holandesa, bacon crujiente, brotes verdes, germinados de remolacha y ensaladita, además de otro plato espectacular con huevos revueltos y lonchas de jamón curado. Para acompañar, pedimos unos zumos naturales. La cuenta estuvo a la altura del festín y la cartera lo notó bastante: pagamos unos 17 € por persona (barato no fue para los estándares polacos, donde un desayuno ronda los 35-60 PLN). Sin embargo, mereció totalmente la pena no solo por la calidad de los ingredientes, sino porque al ir tan llenas nos sirvió para saltarnos la comida durante el trayecto en autobús.
Con la barriga llena y arrastrando el maletón, nos dirigimos a la estación. Para viajar entre Cracovia y Zakopane (o hacia otros puntos del país), la opción más eficiente y económica es utilizar FlixBus (operado por Inter sp. z o.o.). El recorrido habitual parte de la Estación de Autobuses MDA de Cracovia (ul. Bosacka 18, plataformas G14 a G17) y llega directamente a la Estación de Autobuses de Zakopane (ul. Chramcówki 35A, andén 13) en unas 2 horas. El proceso de compra mediante su web o app es superintuitivo y te genera los pasajes digitales con código QR listos para escanear en el móvil. Además, el billete básico (que suele rondar los 12-15 € por trayecto) incluye un equipaje de mano de hasta 7 kg (42 × 30 × 18 cm) y una maleta grande en el maletero de hasta 20 kg (80 × 50 × 30 cm), evitando sorpresas o suplementos para quienes viajan cargados.
Teníamos reservado nuestro trayecto con FlixBus en la línea 1257 dirección Zakopane. Aunque en el panel de la estación figuraba la hora del andén G16 a las 11:45, nos subimos al autobús sobre las 11:10 h. Durante el trayecto, mientras poníamos rumbo al sur por la carretera 47 viendo cómo el paisaje urbano daba paso a las estribaciones montañosas y a los pueblos de Podhale (como Poronin), aprovechamos para ir relajadas escuchando podcasts.

Llegamos a Zakopane hacia las 14:05 h aproximadamente. Nada más bajar del autobús hicimos una primera compra rápida en el super de la estación.
Al salir a la calle nos chocó la realidad del lugar. Existe un mito muy extendido en foros de viajes que afirma que Zakopane es una aldea o un pueblo pequeño por el que te puedes desplazar caminando a cualquier sitio, lo cual es completamente falso. Zakopane abarca un término municipal de 84,3 km². Para ponerlo en perspectiva, su superficie es mayor que la de ciudades como A Coruña (37 km²), Salamanca (39 km²) o Granada (88 km²). Además, su morfología urbana no es concéntrica ni recogida; se extiende alargada entre la cordillera de los Tatras al sur y la colina de Gubałówka al norte, adaptándose al terreno en forma de V.
Por este motivo, si no se revisa bien la ubicación en el mapa antes de reservar, es facilísimo terminar alojándose a más de una hora y cuarto a pie del centro comercial y peatonal (la célebre calle Krupówki). Para trasladarse hasta el centro o las paradas de las rutas es imprescindible depender de la red local de autobuses urbanos (6 PLN por trayecto). Todas las líneas convergen en la estación central de autobuses (Dworzec Autobusowy Zakopane), anexa a la estación de trenes (Zakopane Główny), una disposición idéntica a la del resto de ciudades polacas. También existe un bono de 24 horas que compensa bastante si coges más de dos autobuses en el día.
Sabiendo esto, cruzamos la calle para coger el autobús público directo a nuestro hotel, en nuestro caso el n17 , tardamos unos 20 min en el bus en llegar. Nuestro alojamiento para estas noches es el Helan Family & SPA. Es un establecimiento de estilo profundamente polaco y tradicional, con una estética y un baño de corte vintage (de la abuela vaya), pero con una habitación acogedora que incluye balcón. El hotel, sin ser nada del otro mundo, cumple su función; el desayuno resultó ser bastante completo y el área de SPA está pasable para descansar.
Llegamos al hotel sobre las 15:00 h, deshicimos las maletas para ponernos cómodas y nos fuimos directamente a la zona de aguas para relajarnos en el jacuzzi y la piscina después del viaje.
Sobre las 18:30 h salimos a dar un pequeño paseo por los alrededores y nos acercamos a un supermercado Żabka —tenemos uno a solo un par de minutos del hotel, el clásico de cartel verde que está por toda Polonia— para preparar la logística del día siguiente. Compramos botellas de agua para la caminata, galletas para Sonia y unas botellitas individuales de vino blanco (Asante Sauvignon Blanc) por unos 3 euros. Nos pareció curioso que fuera chileno, ya que el vino polaco no suele venderse en este formato individual y resulta bastante más caro que los de importación.
Después, aprovechamos para dar otra vuelta por un par de tiendas locales muy cercanas. Allí estuvimos cotilleando la selección de licores y los curiosos souvenirs de madera tallada tradicionales de la cultura góral (los habitantes de las montañas), conocidos por su particular sentido del humor.

De regreso a la habitación, improvisamos una cena tranquila con el fiambre que nos quedaba y nos tomamos las botellitas de vino. Un día redondo de traslado, logística y descanso necesario para reponer fuerzas antes de adentrarnos de lleno en los senderos de los Tatras