Hoy tocaba día chill. Nos levantamos despacio, saltando de la cama directas al desayuno del siglo en el hotel. La verdad es que era completísimo y nos sirvió para cargar pilas para todo el día.
Un poco más tarde, tiramos de Google Maps y cogimos un autobús para ir a ver un lugar muy especial que me habían recomendado: la Pustelnia św. Brata Alberta (Ermita de San Hermano Alberto). El autobús nos dejó a los pies de la montaña, justo donde empiezan las tiendas, los bares y el funicular que sube al pico de Kasprowy Wierch. Desde allí emprendimos una subida ligera de unos 30 minutos por un pintoresco camino empedrado flanqueado por densos bosques de abetos.
Al llegar, nos encontramos con un remanso de paz en plena naturaleza. La ermita y la casa contigua de madera tradicional se pueden visitar en un ambiente de recogimiento único (incluso vimos las oraciones impresas en los bancos dedicadas a San Miguel Arcángel y San Andrés Bobola). El sitio es mágico al entrar hay muchísimo pajaritos pequeños cantando , vi hasta a una monja que debe vivir ahí salir y caminar por los alrededores. Si sigues subiendo, la ruta continúa por la montaña y hay rincones por la zona que merecen muchísimo la pena. Sin embargo, decidimos dar media vuelta y bajar porque Sonia tenía claro que hoy no quería caminar de más.

En ese punto nos pareció buena idea investigar la opción de subir al teleférico de Kasprowy Wierch... ¡pero madre mía qué sablazo! Estuvimos mirando en la máquina de billetes y subir y bajar los dos nos salía por nada menos que 270 PLN(unos 60 € al cambio, o 135 PLN por billete individual de subida); ni que fuera el forfait en plena temporada de esquí. Decidimos no subir y ahorrarnos ese dinero.
Volvimos a coger el autobús hacia el centro de Zakopane y, por primera vez, pateamos la calle principal (Krupówki): llena de tiendas, bares, muchísimo ambiente y vida.
💡 Consejo viajero sobre los calcetines de lana:
Si queréis comprar, mejor hacerlo arriba en la montaña. Estaban unos 5 PLN más baratos (aproximadamente 1 € de diferencia), aunque en el centro tampoco tenían mal precio 20 PLN (unos 5 € al cambio). Recomiendo totalmente los que llevan un 90% de lana y 10% de elastano. Mirar bien las etiquetas . También vimos algunos de cashmere de muy buena calidad.

En esa misma avenida principal hay al menos seis tiendas de minerales... así que os podéis imaginar cómo se nos fue el día. Adquirimos unas cuantas cosas; en especial andábamos buscando una tienda específica que habíamos fichado porque tenía shivas grandes. Por supuesto, la encontramos y cayó.
Entramos también en el local de Magia Minerałów (instalado en una preciosa casa tradicional de madera de Zakopane) y aquello fue la perdición absoluta. En las vitrinas tenían impresionantes joyas y colgantes hechos con rosetas de amatista y ágatas pulidas (por unos 360-398 PLN cada uno), y en los estantes vimos fantásticas torres e impresionantes lámparas esculpidas en selenita (Lampka Selenit por 295 PLN). En otra de las tiendas dimos con piedras increíbles talladas a mano para poner velas y nos llevamos dos cada una. Nuestra maleta va pesando cada vez más... y es que no nos da por comprar piedras precisamente pequeñas. También llegué a ver cuarzo rutilado (carísimo, pero súper especial) y muchísimas joyas que si nos dejamos llevar, nos habrían costado medio salario.

Seguimos caminando con toda la calma. Como el desayuno había sido tan contundente, nos saltamos la comida formal. Sobre las 14:00, cargadas como burras con todas las compras de piedras, fuimos al hotel a descargar y volvimos a bajar.
Esta vez nuestro objetivo era el teleférico del centro, el de Gubałówka. La idea era disfrutar de la puesta de sol desde lo alto de la montaña, que por estas fechas es sobre las 18:30. Subimos en el teleférico —este sí con un precio sensato, unos 12 € al cambio—. La cima es una zona asfaltada repleta de restaurantes y tiendas de recuerdos. Curiosamente, aquí arriba los precios de los quesos, mermeladas y calcetines son mejores que en el centro. Alucinamos con los puestos locales repletos de tarros artesanos de miel (Miód), siropes naturales (Syrop de frambuesa o menta) y mermeladas tradicionales (Konfitura), además de montañas del famoso queso de oveja local en todas sus variedades (Gazdowski, Zakopiański, Tatrzański o el ahumado tradicional Bacowski).

A Sonia le empezó a apretar el hambre y cedió a probar la gastronomía local. De hecho, fue ella misma quien sugirió pedir el típico queso de montaña (oscypek): se hace a la plancha, se sirve con mermelada de arándanos o grosella y los hay tradicionales ahumados, con ajo o con albahaca y tomate etc... Acompañamos el festín con la típica patata en espiral en brocheta y nos sentamos en unas gradas a contemplar las vistas y las montañas hasta que anocheció.


Cuando el frío empezó a apretar, bajamos de nuevo en el teleférico. Aunque se puede hacer el trayecto a pie, hoy tocaba adaptarse a la comodidad de Sonia. Al llegar abajo, la zona de los puestos —que de día parece un bazar turco lleno de recuerdos variopintos— ya estaba completamente cerrada.
De camino de vuelta, paramos en un Żabka a por unos perritos calientes rápidos y cogimos el autobús al hotel. Para cerrar el día, yo me fui a relajar al spa mientras Sonia se quedó descansando tranquilamente en la habitación