
Richmond es grande, ofrece un paisaje industrial en las afueras, con algunos rascacielos, pero la zona en la que me muevo no tiene nada de especial, salvo un edificio grande de piedra y de estilo neoclásico en el que no se admiten visitas. Fue el antiguo ayuntamiento hasta la década de los 70 y en la actualidad alberga oficinas.

Llego a un paso a nivel en plena ciudad y entonces comprendo la importancia que tienen las esperas en el paso a nivel que tan frecuentemente se observa en las películas. En esta situación en la que un coche se acerca a un paso a nivel puede pasar de todo según muchos guiones de Hollywood. Lo entiendo porque llego a un paso a nivel ya cerrado. Toca esperar. Llega el tren que avanza lento y pesado, con su traqueteo rítmico y constante. A la lentitud se añade la longitud del tren. En mi infancia, los trenes que cruzaban a lo largo y ancho de la piel de toro podían tener como mucho hasta 50 vagones. Me entretenía en contarlos para ver si superaba el récord de vagones en un único tren. Hace muchos años que dejaron de ser tan largos. En Estados Unidos son tan largos como antaño o más. De modo que un paso a nivel supone un coágulo que puede taponar el tránsito por carretera cinco o diez minutos.

Vuelvo a Charlottesville y la descubro a la luz del día. El otoño ofrece aquí sus mejores estampas. De hecho, es una ciudad muy arbolada en su zona histórica y tiene un cinturón residencial con casas unifamiliares donde se goza de la tranquilidad en plena naturaleza. El otoño se precipita y estos días las hojas caen en masa vencidas por las ráfagas de viento, formando una hermosa alfombra en el suelo.
El centro es comercial. A su alrededor se extiende la zona residencial con casas unifamiliares, garaje y jardín. Por esta razón, las calles son muy largas. En muchos casos, la estructura es en perfecta cuadrícula, pues los terrenos son llanos y extensos. Es el motivo porque el que el número de los portales más alejados puedan alcanzar cifras de varios miles. El casco urbano de Charlotesville, con 45.000 habitantes, tiene una superficie de 30 kilómetros cuadrados, solo la mitad que Donostia, con casi 200.000 habitantes. Acudir al downtown es acudir al meollo comercial. Por esa razón, a partir de las seis de la tarde todo cierra y no se queda desierto. La gente va a sus casas en el extrarradio. Esta descripción vale para la mayoría de las localidades que visitaré de ahora en adelante, salvo grandes urbes como Nueva Orleans o San Francisco.
Callejeo por donde lo hice a mi llegada la noche anterior, esta vez entrando en un par de comercios, una librería sensacional y una tienda de antigüedades, interminable y con todo un mundo de objetos de todo tipo que se amontonan en las estanterías y en las mesas. Es mi primer contacto con pasillos urbanos dedicados al arte, a las antigüedades, con librerías, galerías de cuadros y amplios locales para perderse entre creaciones, objetos y cachivaches para que cada cual encuentre su reclamo, su objeto sorpresa. A lo largo del viaje, me daré cuenta de lo habitual que es encontrar estas tiendas y galerías de arte, incluso locales donde se subastan objetos. En cualquier población, por pequeña que sea, proliferan las tiendas de antigüedades y galerías de arte, en algunos casos con la existencia de calles especializadas donde se concentran los comercios artísticos, como Broad Street en Savannah, de la que hablaré en próximas entregas.





