
La mañana siguiente será tiempo para detenerme en la tercera y última estación de mi recorrido en homenaje a Poe, su museo, el oficial al menos, situado en Richmond, la capital de Virginia. La ciudad se encuentra a unas 60 millas de Charlottesville, por lo que realizo el viaje de ida y vuelta cómodamente el mismo día. Además, tengo hambre de carretera.
Desde la ruta, el paisaje industrial de Richmond resulta poco atractivo. El Museo de Poe se encuentra en E Main junto a la 20, un lugar céntrico y de cómodo acceso desde la 64, carretera de entrada. Aparco el coche y no sé si hay que pagar. Miro el salpicadero del coche más próximo para comprobar si tiene ticket y, de inmediato, sale un negro con cara de pocos amigos.
-“What are you doing?”, me pregunta serio. El dueño del coche, supongo.
-“I must pay to parking? Se calma. “No, no pay”. Y vuelve a entrar en el comercio. Abandono el lugar tranquilo; no hay que pagar y, además, me vigilan el coche.
Sobre el pavimento rojizo, dos carteles. Uno sobre un poste, “Poe Museum” con la figura de un cuervo; el otro, apoyado en el suelo con la figura del escritor.

El edificio es de piedra y el más antiguo que se conserva en pie de la ciudad, probablemente construido en 1737 según reza en la placa de la entrada y cedido a la Fundación Edgar Allan Poe en 1924. La puerta de entrada da acceso a un amplio vestíbulo que sirve de tienda y recibidor. Dos empleadas me dan las indicaciones oportunas. La visita es simple en este lugar modesto y recogido; un recorrido por las salas situadas en los dos pisos a la izquierda del vestíbulo. Frente a él continúa el itinerario a través de una puerta que da a un jardín interior de forma rectangular.



A un lado las oficinas, enfrente una fuente en medio del parterre y más allá, al fondo, un espacio porticado con tres arcos y, en su interior, una estatua del escritor y, por último, a la derecha otras dos salas repartidas en los dos pisos con objetos personales de Poe y algunos manuscritos originales. En el baño, un pequeño cuadro con una figura femenina etérea junto al siniestro cuervo del "nunca más". Ella, ¿serán Ligeia o Morella y sus viajes tras la muerte? ¿o Berenice y la macabra historia de sus dientes? o ¿acaso la atormentada hermana de Usher en aquella horrible escena en su mansión que todo lector recuerda?) Y delante, el cuervo de ¡nunca más! La casa alberga piezas como el piano de Virginia Poe, una silla del escritor, algunos de sus manuscritos y primeras ediciones de obras como Las aventuras de Arthur Gordon Pym, La incomparable aventura de Hans Pfall, Morella, Viaje a la Antártida (precursora e inspiradora de La esfinge de los hielos de Julio Verne) o El hundimiento de la Casa Usher. Tomos de títulos pertenecientes a obras tan genialmente diversas como ensayos de naturaleza y científicos junto a relatos de terror, todos ellos con los que tanto disfruté estaban en aquel santuario en sus ediciones más antiguas, volúmenes que, quizá Poe tuvo en sus propias manos y que yo repaso con la mirada, uno tras otro, incrédulo de encontrarme ante semejante desfile de maravillas. Un tesoro. Me siento un privilegiado entre tantas joyas de uno de los escritores con el que más he disfrutado, sino con el que más. Pero todas estas joyas que se exhiben en estas salas interiores están restringidas bajo la orden de ¡no photos! en advertencia de las dos empleadas a la entrada. Ellas permanecen siempre en el recibidor para atender a cualquier visitante y no están encima tuyo, pero supongo que hay cámaras en las estancias. La silla de Poe, el piano de Virginia Poe, los libros y todo lo demás queda impreso en mi retina y guardado en mi memoria. Son imágenes que serán deformadas por la erosión del tiempo y quedarán en un recuerdo, la parte desnutrida de la memoria, pero cuya impresión de haberlas visto y vivido quedará en mi ánimo. La última imagen que adjunto, la de la imagen etérea y delante, el cuervo como he comentado anteriormente, es la única que me atrevo a sacar en el interior. El museo me parece muy modesto y recogido, pero los elementos que lo albergan contienen una gran fuerza como objetos y símbolos pertenecientes al mundo de Poe. Al salir vuelvo a encontrarme con las dos empleadas del recibidor. Me despido de ellas con brevedad y les doy las gracias con tal entusiasmo que me regalan una sonrisa que expresa mutuo reconocimiento. Siento que son unas magníficas guardianas del legado de Poe y, seguramente, compartimos una profunda admiración por el escritor de Boston.



