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ÉVORA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Y CUNA DE CAMÔES. -Diarios de Viajes de Portugal- Merche137
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Diario: DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: Diario de una escapada a Portugal en el puente de diciembre
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Etapa:  ÉVORA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Y CUNA DE CAMÔES.  -  Localización:  Portugal Portugal
Merche137  Autor:    Fecha creación:   
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El sábado amanecimos en Évora y, a la hora convenida, salimos a recorrer la ciudad. Nos pusimos en camino, rodeando la muralla que la circunda. La muralla, romana en sus inicios, fue sufriendo transformaciones en época árabe y medieval, con añadidos de torres y puertas; la que se aprecia actualmente tiene vestigios de estas civilizaciones, pero se construyó en el siglo XVII para incrementar la defensa de la ciudad. Entramos por la porta do Raimundo y continuamos por la calle del mismo nombre, que sube en ligera cuesta hasta la plaza principal, la Praça do Giraldo, que debe su actual nombre a Giraldo sin Miedo, un mercenario que conquistó Évora a los árabes en 1165 para el rey Alfonso Henríques. Era la antigua Plaza Grande donde se encontraba la puerta de Sueira, importante centro religioso, económico y político de la población, similar al foro romano y en la que se celebraban torneos, actos de fe, ajusticiamientos…También estaba la Casa do Peso Vero, en la que se aseguraba que el peso de las mercancías fuera el correcto y una de las manzanas estaba ocupada por la residencia real. Incluía además varios palacios en estilo gótico-manuelino que se destruyeron para construir el Banco de Portugal y ni que decir tiene que estando en ella me acordaba de nuestra plaza del Duque, en Sevilla, que siguió igual suerte en época relativamente reciente, para la construcción de un conocido centro comercial. Es una plaza grande, rectangular, en la que se encuentran importantes edificios civiles y también religiosos como la iglesia de San Antonio, renacentista construida sobre otra gótica y que no pudimos visitar por encontrarse cerrada. Cercana a ésta se ubica una fuente de mármol del siglo XVI, con unas pequeñas cabezas en bronce de donde mana el agua, construida sobre un antiguo depósito que abastecía a la población.




En esos días presentaba una especie de estructura metálica que, seguramente, se iluminaría y que formaba parte de la decoración navideña.

La plaza cuenta con unos soportales en un lateral, donde se inicia la rua 5 de Outubro, llenos de tiendas muy diversas: de ropa, zapaterías, de artículos religiosos… y algunas de comestibles, con escaparates curiosos como el de la foto, repleto de calabazas de diferentes formas y colores, pero todas con un cierto aire de otro tiempo.





Además, en la plaza se encuentra el café Arcada, con una puerta giratoria y unos expositores que invitaban a empacharse sólo con la mirada. El interior es amplísimo, con muchas mesas y, al fondo, tiene unos escalones que dan paso a la Cervejeira Lusitana.




Como aún no habíamos tomado nada, decidimos desayunar allí, pidiéndonos, por vez primera, un garoto, tres meia leite y un galâo, que son ni más ni menos que unos cafés, cortado y muy pequeño el primero, y con leche el resto, normal el segundo y en vaso largo, casi una leche manchada el tercero, acompañándolos con cuatro tostadas con la exquisita manteiga portuguesa; una tostada consiste en dos rebanadas parecidas a las de pan de molde pero bastante más grande, con corteza dura, masa más esponjosa y altura de unos 3 cms. aproximadamente, que presentaban cortadas en tiras y estaba buenísima (9 euros en total).

Una vez bien avitualladas nos encaminamos hacia la iglesia Real de San Francisco, del siglo XV, que fue capilla privada de los reyes portugueses, cuya residencia estaba adosada a la misma, en la que se alojaban los monarcas cuando visitaban Évora. La iglesia es de una única nave, con pequeñas capillas laterales.





Nada más entrar, un poco a la derecha, lo primero que encontramos es un atril con una recomendación de Anselmo de Cantuária, un poco extensa, pero yo me apresté a seguir al pie de la letra lo contenido en los primeros párrafos:

Deixa um momento as tuas ocupações habituais,
ó homem,
entra um instante em ti mesmo,
longe do tumulto dos teus pensamentos.

Pôe de parte os cuidados que te apoquentam
e liberta-te agora das
inquietações que te absorvem [...].


(ya en alguno de mis diarios he mencionado que viajo con una libretilla donde voy apuntando aquellas cosas que me resultarían difícil retener en mi memoria; luego, junto con los folletos, los tickets y cualquier otro elemento gráfico de interés, va a parar a una carpeta, con lo que tengo una por cada viaje que realizo, una manía como otra cualquiera).

Así que, dejando de lado mis ocupaciones habituales y pensamientos tumultuosos y liberada de las inquietudes que me pudieran absorber, me dispuse a visitar la iglesia con el mejor de los ánimos, recorriendo en primer lugar el lateral derecho, con diversas capillas como la de Santa Teresinha do Menino Jesus, donde se localiza una escultura cerúlea de la santa, o la que contiene un Cristo yacente, con aspecto casi natural, y un gran lienzo que representa distintas santas y ángeles como velándolo.








A mi este tipo de imágenes, desde pequeña, siempre me han dado un poco de cosa; de hecho, no soy nada asidua a las visitas a doña María Coronel o a San Fernando (cuando se exponen una vez al año para que se puedan contemplar sus cuerpos incorruptos), dos tradiciones muy arraigadas en Sevilla y que conocí sólo por una vez y hace relativamente pocos años por aquello de cumplir con el rito, y posiblemente para no tener que escuchar más ¿Pero cómo siendo de allí no has ido nunca?. Bueno, continúo que me desvío del tema.

El altar mayor contiene el coro, bastante vistoso, con sillería de madera y unos lienzos que representan a diversos santos y a la derecha se encuentran unas ventanas desde donde podían escuchar misa los reyes y así tenían al sacerdote de frente, puesto que éste oficiaba de espaldas al público, cuestión de privilegios.





A ambos lados hay unos pequeños retablos barrocos curiosos, el de la derecha dedicado a Nossa Senhora do Amparo y el de la izquierda a Nossa Senhora da Conceiçao, que albergan las pequeñas imágenes de las advocaciones respectivas y varios cuadros de ángeles y ermitaños.

También en el lateral derecho hay unos escalones que dan acceso a una capilla adosada, que es la Capilla de Oraçao, con una figura del Señor con la cruz a cuestas y larga melena de pelo natural que impone cuando no te lo esperas y te lo encuentras de pronto; posteriormente, veríamos algunas imágenes similares en diversos lugares durante el viaje, pero ya el efecto novedad había desaparecido, obviamente. Hay una mesita con una urna y unas tarjetas donde se pueden dejar las plegarias por las intenciones que cada cuál quiera escribir. Ni que decir tiene que aquí sí que cumplí con el ritual, guiada por ese puntito, llamémosle de fe o de superstición que creo todos podemos tener.





En el lateral izquierdo, la primera capilla, de la Orden Tercera, es la que me pareció más interesante de todas, consistente en un altar barroco con un Cristo crucificado rodeado de ángeles en la que se mezclan los dorados de la tribuna, las molduras y las columnas salomónicas que enmarcan las imágenes de San Francisco y Santa Clara (con los que guardo una especial vinculación, digamos sentimental), el mármol, diversas pinturas de caballeros de la orden - que, al igual que otras de otros retablos, eran de pintores portugueses de la corte -, unos preciosos lienzos de azulejos y unos ángeles lampadarios muy curiosos. A mí los ángeles lampadarios me gustan mucho y suelo fijarme especialmente en ellos cuando voy a alguna iglesia, en fin, un poco especial que es una, qué le vamos a hacer.




El resto de las capillas, lo mismo que las del lado derecho, en mi opinión, tenían más encanto por lo entrañable de las imágenes que albergaban que por su valor artístico, como la de la Virgen con las figuras de Jacinta y de Francisco Marto, dos de los pastorcillos a los que se apareció, según la tradición, en Fátima.




El pórtico me gustó especialmente, con unos arcos de medio punto y otros de herradura, estando representados en la fachada los símbolos reales: el pelícano de Juan II y la esfera armilar de Manuel I. Pero, posiblemente, el lugar más interesante de la iglesia está fuera, adosado a la misma: la Capella dos Ossos, a la que se accede por un pequeño claustro con arcos ojivales. A la entrada, en el lugar donde se ubica la taquilla (que no utilizamos más que para entregar el vale por los cuatro tickets que nos habían proporcionado en el hotel) existen unos vistosos paneles de azulejos típicos, que componen un Via Crucis.




Cuando se enfila el corredor que lleva a la capilla, la frase escrita en el dintel de la gran puerta ya nos prepara el cuerpo para lo que veremos en el interior:




Nos ossos que aquí estamos pelos vossos esperamos, que se podría traducir más o menos como: Nosotros, huesos que aquí estamos a los vuestros esperamos. La verdad es que se siente un cierto escalofrío, que aumenta al contemplar los cráneos (al parecer 5.000), tibias, peronés…, que conforman un macabro estucado que recubre todas las paredes y los pilares de la capilla, pero a mi lo que más me impresionó (aunque a estas alturas, y por diversas razones personales y profesionales, ya no me impresionan estas cosas) fue ver que hay colgados dos esqueletos completos, uno de adulto y otro de niño. El espectáculo no puede ser más dantesco y el tener estos dos cuerpos colgados de sendas cadenas, francamente, me parece de muy dudoso gusto.




La capilla era un lugar de oración y meditación de los monjes franciscanos y se construyó en el siglo XVI con restos de los túmulos e iglesias de la ciudad. Aunque no es muy grande, tiene tres naves y, además, del osario, un altar con un crucificado y a la derecha de éste el túmulo de uno de los fundadores: Jacinto Carlos de Silveira, muerto por los soldados de Napoleón en 1808.




Desde luego, no puedo negar que la capilla es muy singular y, tras darme un par de vueltas rápidas y tener, en un momento dado, la sensación de que algunas de aquellas cuencas vacías me miraban, salí y me concentré en los utensilios que se encontraban en unas vitrinas expositoras: llaves de sagrario, misales y un Antifonario Romano de 1748, entre otros.






Nos sentamos un momento en un banco de azulejería, donde nos hicimos algunas fotos. Para mí, por razones que ahora no vienen al caso, los bancos de azulejería tienen también un cierto encanto y constituyen un lugar en el que suelo sosegar mi espíritu cuando visito ciertos lugares donde, como en éste, se encierran tantos restos de vida.



Dos de mis compañeras de viaje y yo


Desde allí, aún un poco atónitas por lo que habíamos visto nos encaminamos hacia la Catedral, un edificio mezcla de románico y gótico, dedicado a Santa María, construido en granito. Tiene dos torres asimétricas de tipo fortaleza y un pórtico con unas esculturas magníficas, y muy bien conservadas, que representan a los apóstoles.



Fachada de la catedral


Pagamos 2,5 euros por la entrada para visitar la catedral y el claustro (dos de mis amigas subieron también a la torre, desde la que se aprecia una estupenda vista, según comentaron, abonando por su entrada combinada 3,5 euros). La catedral tiene planta de cruz latina y consta de tres naves, las laterales tienen un número importante de lienzos, algunos de ellos con franco deterioro, de los siglos XVI y XVII, muchos de ellos anónimos y otros de pintores portugueses. En la nave derecha hay algunos curiosos como una Pietá, un Cristo y la Verónica, ambos de autor desconocido, un tríptico de la Santa Cena de Pedro Nunes y otro del Nacimiento de la Virgen de Benito Coelho da Silveira.

En la nave central, el presbiterio es barroco, todo de mármoles rosa, blanco y verde grisáceo, presidido por un gran lienzo de la Asunción de la Virgen, que da nombre a la catedral, bajo dosel dorado sobre el que descansa un gran crucifijo con dos ángeles orantes todos de mármol, y contrasta grandemente con el resto de la catedral por la mezcla ornamental.






Vistas del presbiterio


Toda esta nave se abre a las laterales a través de unas grandes pilastras con arcos ojivales y capitales sencillos; el conjunto me pareció de gran belleza, al igual que el segundo cuerpo de arcos más pequeños, todo ello en el color argamasa de la piedra con listado horizontal en blanco; el pequeño púlpito es también de mármol. Pero una de las cosas que más llamó mi atención fueron las grandes lámparas de cristal, no sé si portugués, pero a mi me parecieron checas, o al menos me recordaban algunas de este estilo que suelen tener guardadas ciertas hermandades y sacan especialmente para que iluminen los preciosos altares efímeros con que singularizan algunos de los cultos a sus imágenes titulares, aunque lo que las hacía diferentes es que, en lugar de esas fundas embellecedoras, generalmente de damasco rojo, que suelen ocultar las cadenas de las que penden y los cables, tenían ensartadas unas bolas de madera y cuentas y la central partía de una gran roseta de madera, con unos nervios o radios a modo de rueda.



Vista de la nave central de la catedral


Al lado del presbiterio se encuentra una curiosa capilla, la de las reliquias, de un barroco abigarrado, estando todas las paredes cubiertas de relicarios, lo que le da un aspecto a modo de rocalla. Las capillas estaban a oscuras y, para que se iluminen, hay que recoger una ficha en el mostrador de la entrada, previo pago obviamente, aunque desconozco el importe porque nos enteramos justo allí y no nos apetecía volver al principio, así que pude verla gracias a que otros visitantes habían sido algo más previsores.

La nave izquierda contiene otra colección de lienzos de diferente suerte, tanto a nivel de conservación como de valor artístico, aunque algunos me parecieron muy interesantes, especialmente dos de grandes dimensiones: el que plasma la “Llegada de Santa Inés al convento” de Antonio de Oliveira Bernardes (siglo XVII) que, si mi intuición no me falla, se representó a sí mismo a la izquierda como observador (aunque mira realmente al espectador) de la escena un tanto bélica, pues aparece la santa entre varios soldados en una especie de forcejeo que, al desconocer la historia, intuyo pueda ser alegórico y, muy especialmente, de nuevo por su asociación con determinados recuerdos y personas muy queridas, “El milagro de la Porciúncula”, del mismo autor, que representa la aparición de Jesús y la Virgen entre ángeles a San Francisco, momento en que se le concede la indulgencia o “Perdón de la Porciúncula”. En un intento de clarificar algo, especialmente para aquellas personas interesadas que lo desconozcan, la Porciúncula era una pequeña iglesia que reconstruyó San Francisco de Asís, en la que se convenció de su vocación y donde fundó la Hermandad de los Frailes Menores o Franciscana; posteriormente, junto a Santa Clara, fundaría también en ella la Orden de las Clarisas. Según la tradición, estando un día orando en ella, se le apareció Cristo para concederle el favor que quisiera. El santo pidió que se concediera indulgencia plenaria a todos los que visitasen la iglesia y se hubieran arrepentido de sus pecados y confesado; el Señor accedió a su petición con la condición de que el Papa ratificara la misma, cosa que hizo Honorio III, de ahí que cualquiera que, libre de pecados, visite el 2 de agosto la Basílica de los Ángeles en Asís, donde se encuentra la capilla de la Porciúncula, obtendrá la citada indulgencia.

Otro de los elementos que me parecieron singulares y que se encuentra en un pequeño altar barroco, que se divisa en la parte izquierda de la foto anterior, es una imagen de Nossa Senhora do Anjo, una preciosa talla gótica policromada de vivos colores en la que, por la disposición del manto, yo diría que representa a la Virgen embarazada, aunque no pude constatar este hecho pues no aparecía ni la imagen ni la referencia en la guía que llevaba; tampoco pude descifrar la leyenda que porta, por lo que me quedé con las ganas y la curiosidad, pero mi conocimiento del latín no daba para tanto y la paciencia de mis acompañantes tampoco.




Nossa Senhora do Anjo


Al lado de la puerta de salida se encuentra la capilla que contiene la pila bautismal, con un lienzo de azulejos con motivos florales y un fresco representando el bautismo de Jesús y un gran candelabro de pie, creo que de caoba de Brasil o de ébano por el color negro, con el cirio pascual.




Una vez visitada la catedral nos dirigimos al claustro, de estilo gótico, al que se accede bajando una pequeña escalera de piedra. En las esquinas están las figuras de los cuatro evangelistas y en la parte derecha según se sigue el sentido de la visita, existen tres túmulos, el primero de D. Manuel Trindade Salgueiro, “Arzobispo do Mar”, con la mitra, el báculo y una espada, todos de bronce y una placa ofrecida por “los armadores Capitaês e Oficiais da Frota Bacalhoeira”. El segundo es de mármol, corresponde a Emmanuel Mendes da Conceiçao Santos y tiene la esfinge del arzobispo y el tercero, también de mármol, con una cruz, el báculo y la mitra, de Augusto Eduardo Nunes. Todos son del siglo XX.



Vista del claustro



Detalle de uno de los evangelistas


Existe también una pequeña capilla con otro túmulo de mármol sobre leones y con unos ángeles sedentes. La verdad es que el lugar deprime un poco, no porque se encuentre allí un sarcófago sino por el deterioro de las paredes y de las imágenes que se alojan sobre pequeñas ménsulas de piedra, en especial una Virgen, también de época medieval, sobre una columna, por el mal olor como a cieno que existe y la gran suciedad debida a las palomas que entran en el claustro, llenándolo todo de guano. Estas cosas son, a mi modo de ver, difíciles de entender porque el claustro es precioso.




Enfrente de la escalera de acceso se encuentran los servicios, detrás de una puerta conventual, y al lado hay una pequeña escalinata con escalones de piedra formando caracol, para mí imposibles, que lleva a una terraza que recorre el claustro. Algunas de mis amigas son más aventureras que yo y pudieron captar estas imágenes desde arriba.



Patio del claustro



Detalle de los contrafuertes y chapiteles


No obstante, la vista desde abajo tampoco era nada despreciable.



Vista del exterior de la catedral desde el claustro


Menos mal que llevábamos en total tres cámaras de fotos porque la mía, a las primeras de cambio se quedó sin pilas y como el cargador y las de repuesto estaban en la maleta, tendría que esperar ya a Lisboa para poder captar alguna instantánea, por lo que debo dar las gracias a mis amigas por fijarse también en las pequeñas cosas y por su infinito aguante.

Cuando salimos de la catedral empezó a llover y hacía un frío tremendo, así que nos encaminamos hacia la Universidad, elemento prioritario para todas nosotras en nuestra visita a Évora, dada la vinculación que tenemos con la de Sevilla. No nos dimos cuenta de que, al lado de la catedral, hay una cuesta que lleva directamente a la entrada, pero el viento y el frío hicieron que no nos asomáramos a una especie de templete con una admirable vista y desde el que se apreciaba la misma. De esto nos apercibimos ya a la vuelta, por lo que salimos bajando las escalinatas, rodeando la catedral y dirigiéndonos hacia Largo da Porta de Moura ; tampoco nos importó mucho porque así pudimos ver algunas calles tan pintorescas como ésta





Y una casa, con una preciosa fachada con un ventanal “manuelino” que, por lo que vimos después en la guía, era la casa de García Resende, un poeta y diplomático renacentista.




Enfilamos ya por la Rua Duques do Cadaval, con la muralla a nuestra izquierda, hacia casi el final, donde nos encontramos un edificio que tenía un escudo con la inscripción “Universidade de Evora” pero estaba cerrado. Nos volvimos bastante decepcionadas, por cierto, y con la idea de una visita imposible, cuando vimos una especie de entrada con un portón de hierro abierto, que daba a un callejón donde estaban aparcados varios coches y en la parte izquierda había unas puertas acristaladas que dejaban ver unas dependencias y una puerta donde ponía “Secretaría”. Como no me gusta dar nada por perdido sin haberlo intentado, le comenté a mis amigas que iban en avanzadilla pues yo había encendido un cigarrillo, que por qué no miraban si alguna de las puertas de cristales estaba abierta y, efectivamente, una lo estaba. Yo no me quité, por si acaso y hasta que no encontraran a alguna persona, del portalón de entrada porque era sábado y casi las 13 horas, con lo que no me apetecía nada que pudieran cerrarlo y nos quedáramos dentro.

Llamaron y salió un chico negro y empezó a hablar con una de ellas. Ya me incorporé al grupo y veo que ésta le está diciendo que éramos profesoras de la Universidad de Sevilla y que queríamos visitar la de Évora si era posible. Le presentó la tarjeta identificativa que el chico confundió con una de visita porque la retuvo un rato e hizo ademán de guardársela en el bolsillo, tras decir que iba a llamar al “padre”. Nos quedamos esperando y al cabo de unos minutos apareció un señor, vestido con traje y corbata, de bastante buen ver, todo hay que decirlo, que se presentó como el padre y su apellido (que, por preservar su anonimato, voy a omitir, al igual que su origen), nos dijo que era español y que aquello no era la Universidad sino el Seminario, pues estaba adyacente a la misma, pero que si queríamos nos podía enseñar el claustro pues, si apreciábamos el arte, seguro que nos gustaría; evidentemente, todas asentimos porque era una ocasión magnífica que no podíamos desaprovechar puesto que no es un lugar que, a priori, salvo que se conozca su existencia, una piensa visitar ya que no aparece entre la información habitual para el viajero. Además, había empezado a contarnos la historia del Seminario-Universidad y no podíamos, ni queríamos, dejarlo a medias. En sus orígenes, la Universidad y el Seminario formaban un conjunto, el colegio del Espíritu Santo, fundado por el cardenal Henrique en 1559, de ahí que se conociera también como “Edificio Henriquino”, a quien habían nombrado dos años antes rey tras la muerte, sin descendencia, de su primo Juan III “el piadoso”, quien creó una casa de estudiantes, en la que estábamos, administrada, al igual que la Universidad, por los jesuitas. Actualmente conserva el refectorio primitivo, con suelo hidráulico y un pequeño púlpito, que no visitamos.

Nos explicó que parte de las habitaciones (60) se utilizaban actualmente como hospedería, pero sólo alojamiento, tenían un precio de 20 euros la noche la sencilla y 30 euros la doble y que, quién quisiera pernoctar allí, no tenía más que solicitarlo, cuando llegara encontraría un sobre con la llave de la habitación y que, en ese mismo sobre, a la salida, debía depositar de nuevo la llave y el importe, sin que tuviera que hacer nada más ni tener contacto con nadie, pues no había recepcionista. Está claro que la seriedad y confianza mutua es imprescindible.


Entramos a través de la cocina, a la que me referiré posteriormente, hasta desembocar en un claustro precioso, sencillísimo, pero sólo la estructura y el color de sus paredes, ya le daban su belleza. Es un doble patio del siglo del siglo XVI que mantiene unos pozos primitivos en mármol y una pequeña fuente, que era también la original, para lavarse las manos antes de entrar en el refectorio. Como nuestro amable cicerone nos dijo, los naranjos, el blanco y el amarillo albero, le conferían un aspecto muy sevillano, otra de sus gentilezas.



Vista del primer patio, con los primitivos pozos



Detalle del aguamanil


En uno de los patios existían dos pequeñas estatuas, una de Jesús adolescente, que se erigió para conmemorar las bodas de plata del prelado D, Manuel Mendes da Conceiçao Santos, el 3 de mayo de 1941, mira por dónde recordé que era el mismo del que hacía un rato habíamos visto su sepulcro en la catedral; la otra era una imagen de la Virgen de Fátima, que como no indicó nada más, supongo que se debería simplemente a la gran devoción mariana que se profesa por esta advocación en Portugal, pero mi curiosidad me llevó a leer en el pedestal su fecha, 31 de octubre de 1942, por lo que el motivo debía ser distinto al anterior.




Cuando estábamos en el patio oímos de pronto un órgano y a una especie de coro entonando unos cánticos. El sacerdote nos explicó que eran unos chicos de Cabo Verde, seminaristas, que estaban esos días allí y que celebraban el séptimo aniversario de la fundación del Seminario en su país, al igual que el que nos había abierto la puerta y todos los que encontramos en la cocina.

Cuando atravesamos anteriormente la cocina, habíamos visto a un grupo de seis o siete personas jóvenes que estaban haciendo la comida; ahora nos enterábamos que todos iban a reunirse a festejar la efeméride, compartiendo un plato típico de su país, que se llamaba “Cachupa”. Todo ésto nos lo fue contando mientras volvíamos hacia la cocina que era un espacio con un gran encanto, repleto de cachivaches antiguos (que a mi me gustan muchísimo), platos de cerámica por las paredes y los estantes, quinqués, objetos de cobre, depósitos para el agua, el aceite y la leche, mesas de madera con tapa de mármol y los fogones, en los cuales estaba hirviendo en una gran cacerola la mezcla de harina de mandioca, carne y verduras, denominada con ese nombre tan original.




Vista de la cocina


Habían hecho también una especie de empanadillas rellenas de carne picada con otros ingredientes y fritas, que tenían ya sobre unas bandejas y, muy amablemente de nuevo, nos las dieron a probar. Además, accedieron a que tomáramos fotos de la cocina y una de mis amigas se fotografió también del brazo de aquellos muchachos sin que se hubiera dado cuenta de que eran seminaristas; las risas, obviamente, llegaron luego, cuando se lo hicimos saber porque ella no se había enterado de esa parte de la explicación (o eso nos dijo). Estas, también por motivos obvios, quedarán sólo para nosotras; las demás están publicadas con permiso pues lo pedí, una vez que expliqué que pensaba escribir el diario de viaje y publicarlo.

Una vez degustamos las deliciosas empanadillas y después de despedirnos de los amables y sonrientes muchachos, salimos en dirección a la Universidad, junto con el padre que se brindó a acompañarnos y a enseñárnosla. Al contemplar la muralla, hizo que nos fijáramos en los vestigios de las “Tres culturas”, pues se percibían perfectamente las piedras romanas abajo, encima las árabes y en la cúspide las cristianas, representadas por los palacios, la verdad es que no hubiéramos reparado en ello.
Recorrimos la galería de acceso al claustro y, gracias a él, pudimos contemplar un aula por dentro, pues todas las puertas estaban cerradas, algunas con llave, en otras estaban dando clase y no se nos hubiera ocurrido abrir ninguna. Providencialmente, al final había una abierta y vacía, con lo cual pudimos admirarla a placer. Desde luego, era un gustazo poder estar allí, en un espacio reducido, donde las sillas de pala, la mesa y la pantalla y el proyector de transparencias eran los únicos elementos más o menos actuales y estándar que existían pues, como nos fue explicando nuestro acompañante (y comprobaríamos posteriormente ya sin él), no había dos aulas iguales, aunque todas mantienen similar disposición: azulejos cubriendo todas las paredes hasta media altura - en ésta primera que vimos en la que se impartía Física, representaban escenas del Génesis, concretamente la expulsión del Paraíso -, un banco corrido de madera, que eran donde se sentaban los antiguos discentes y un púlpito, también de madera, desde donde el docente dictaba sus lecciones.






Detalle de los azulejos del aula


Al lado del aula, ya en la galería, decorada también con azulejos de diferentes motivos, algunos geométricos, otros florales, otros con personajes de época… estaban los tablones de anuncios, muchos sin ningún anuncio, y en el del fondo un reloj en el que el tiempo también se había detenido, lo mismo que en el techo, con las vigas originales, o en las puertas.




Fuera ya de la clase, nosotras continuamos recibiendo nuestra particular lección de Historia: El Estado incautó todos los bienes cuando la Desamortización de Mendizábal y el famoso Marqués de Pombal, entonces ministro, expulsó a los jesuitas, por lo que dejó de ser Universidad hasta que se recuperó de nuevo, en el año 1979. Es la segunda más importante del país, tras la de Coimbra, y se calcula que puede acoger a unos 10.000 estudiantes. Llegado a este punto, dada la hora y que, sin duda, estarían esperando al padre para el almuerzo, se despidió de nosotras con un fuerte apretón de manos, el deseo de que tuviéramos un buen viaje y que regresáramos alguna vez por Évora.

No sabiendo agradecer bastante su dedicación, salimos de la galería hacia el gran patio central para poder admirar la asombrosa portada que se sitúa sobre la balconada principal.





En uno de los arcos del piso superior se divisaba una figura que no sé por qué, a mi se me antojó que podía ser Darwin, quizás por el parecido fisonómico, pero, una vez que me enteré que allí no se cursaban estudios de ciencias, sospeché que no podía ser él, por lo que, a la vuelta, indagué para filiarlo: se trata de Tulius, un importante personaje autodidacta que llegó a ser nombrado Doctor Honoris Causa.




Entramos en otras aulas, una que tenía el letrero de Secretaría, en la que los azulejos estaban dedicados a Baco y otra en la que acababan de finalizar las clases, por lo que aprovechamos para escurrirnos hacia su interior, con escenas de personajes de la época. Dimos por terminada nuestra visita tras hacernos algunas fotografías y enfilar la puerta y la cuesta al lado de la catedral que mencioné anteriormente.

Nuestros estómagos ya exigían que parásemos a almorzar, por lo que nos dirigimos hacia uno de los restaurantes que nos habían recomendado en el hotel, pasando por la plaza donde se encuentran el convento dos Loios (del que vimos únicamente la fachada) y el templo romano. El templo es de mediados del siglo I, se denomina de Diana aunque no se sabe ciertamente si se dedicó a esta diosa. Originariamente estaba rodeado de un estanque, en el centro de la plaza, donde se situaba el foro y se conservan bastante bien, tanto las columnas como la planta de alzado.





Cuando llegamos al restaurante, al ser éste pequeñito y no tener reserva tendríamos que esperar casi una hora, pero allí mismo nos dieron otras recomendaciones, además de alguna que yo llevaba recogida en el foro. Todos estaban igual de llenos, seguía lloviendo con mayor intensidad, hacía más frío y teníamos más hambre, así que lo intentamos en otro que, aunque no figuraba en ninguna de las notas, nos pareció que tenía una pinta estupenda y, como era también pequeño y sólo quedaba un par de mesas libres pero venía gente detrás, no nos lo pensamos más y nos sentamos. Se llama “1/4 para as 9” (hora reflejada de manera perpetua en el reloj de madera sobre el mostrador) y comimos extraordinariamente (la verdad es que no se puede decir que haya algún día que no lo hayamos hecho, pues la gastronomía y amplia oferta de restaurantes hacen que sea difícil comer mal en Portugal). Pedimos que retiraran los entrantes que habían puesto porque el aliño de pulpo y las huevas no nos apetecían demasiado y en su lugar solicitamos un plato de Paio, dado que nos gustó mucho cuando lo tomamos en la cena y unos pimientos asados, que estaban riquísimos. Como platos principales, decidimos compartir (porque debíamos coger el coche y no queríamos llenarnos demasiado) un Arroz de perdiz, que sirven en una olla de barro, de la que nos apartamos las cuatro un buen plato y aún sobró para otro y Carne de porco con ameijas a l’alentejana, era una bandeja también generosa de carne de cerdo a trozos con almejas, de la que también sobró un poco. Lo regamos todo con cinco cervezas, una botella de Quinta da Aveleda, que no abandonamos en ninguna comida porque está buenísimo frío y dos botellas de agua (la conductora, obviamente, no probó nada de alcohol) y pusimos el punto final con una Encharcada (crema realizada con almendras, coco, canela y almíbar) y un trozo de Doce maravilla de chocolate (Tarta de galletas con nata, mantequilla y virutas de chocolate), también compartidos. El importe del almuerzo fue de 54 euros.







Seguía lloviendo y había que bajar un poco la comida, así que tomamos la cuesta donde se ubica el restaurante, la rua de Pedro Simôes, que desemboca en la comercial 5 de Outubro e hicimos un poco de tiempo mirando los escaparates. Aunque esta vez no visitara la Duty Free de un aeropuerto, los gustos siguen siendo los mismos, así que recalé, cómo no, en una perfumería y, ante la genial propuesta del dueño en cuanto a precio, hice una magnífica compra, ya que dos frascos de 100 ml. del perfume de Givenchy que uso últimamente y una barra de labios de Dior (ésta por primera vez) me los dejó a un precio un poco menor del que, en el aeropuerto, tendría sólo uno de los perfumes. Por tanto, no me lo pensé, a fin de cuentas iba a ser el único capricho que me iba a dar.

Nos fuimos hacia el hotel a recoger el coche y nos pusimos en marcha hacia Lisboa, con la segunda hoja del itinerario presta a seguirse, una magnífica opinión sobre Évora y, personalmente, con el deseo de volver para conocer aquello que, bien por estar cerrado, o por cuestión horaria, había quedado por admirar.

Tomamos la autopista en dirección a Lisboa y, tras una hora aproximadamente de camino, nos encontramos con algo que no aparecía en la ruta que había impreso desde Gogogle maps; llegamos a un punto en que había que elegir: ¿Lisboa norte o sur?, sin tiempo apenas para decidir ni posibilidad de abrir otro mapa para poder elegir adecuadamente, la conductora lo tuvo claro: Norte y que sea lo que Dios quiera, total, ya estábamos cerca de Lisboa y, por un sitio o por otro, llegaríamos (importe de la autopista: 8,35 euros). Bueno, pues no resultó tan sencillo, en principio, pues era ya de noche, la velocidad, sin ser excesiva, impedía que la copiloto (o sea, yo) tuviera tiempo y luz suficiente para comprobar a la vez el itinerario impreso, el mapa de la guía y las diferentes salidas de lugares múltiples, que había también que leer; el tráfico era bastante denso, con lo que mi amiga ya tenía bastante con ir pendiente de la conducción y, hasta que no encontramos una salida que llevaba a un centro comercial, no pudimos parar para preguntar y volvernos a orientar, pues no podíamos tomar otras salidas ya que llevaban a distintas localidades. Bien, ya reubicadas, enfilamos el puente Vasco da Gama, pagamos los 2,35 euros de la tarifa del nuevo peaje y llegamos, a pesar de todo, más fácilmente de lo que pensábamos, al hotel.

El hotel que habíamos reservado en Lisboa era el Luxe by Turim, en rua dos Passos Manuel, no exactamente en el centro sino en una zona un poco más periférica que, cuando llegamos como era de noche, nos impresionó peor que cuando ya la vimos a la luz del día, pues es una zona normal, con comercios, empresas, gente transitando hacia sus trabajos o sus compras etc. Tuvimos suerte y encontramos un aparcamiento cerca del hotel, donde dejamos el coche, mientras llevábamos nuestras maletas y hacíamos los trámites de inscripción en el hotel.

No es muy grande, pero está todo muy nuevo pues se inauguró hacía menos de un año, subimos a nuestras habitaciones (dos contiguas), bastante espaciosas, con dos camas individuales pero más grandes de lo habitual, y un baño no excesivamente amplio pero suficiente; la única pega, por decir algo, era la racanería a la hora de dejar gel de baño, parecía que lo tenían racionado pues era sólo un botecito para dos, con lo cual, nos compramos uno a las primeras de cambio, porque yo, aunque sin derrochar, odio eso de no poder usar el que quiera.

Preguntamos en recepción dónde dejar el coche en un aparcamiento controlado, pues aunque la calle no parecía insegura no nos atrevíamos a dejarlo y, además, era zona azul, aunque esa tarde no había ya que pagar nada. Nos recomiendan el parking de Martin-Moniz y allá que lo llevamos; desde luego, es seguro, con cantidad de cámaras, muy grande y fácil, y también muy caro, pues fueron 22 euros por día completo. Según las informaciones que yo llevaba, en la calle de al lado del hotel había uno público pero nosotras no lo vimos y, ya que estábamos allí y nos había gustado, no íbamos a andar buscando. Un día después, la rotura de los cristales de un coche y del escaparate de una farmacia en la misma calle del hotel, nos hizo alegrarnos de haberlo dejado a buen recaudo.

Rápidamente llegamos a la praça da Figueira, bastante recoleta, con una estatua ecuestre de Juan I, muy armónica; al lado, prácticamente, se encuentra la praça dom Pedro IV, más conocida como Rossío, que se considera realmente el centro de la ciudad. La plaza, que tiene un pavimento muy vistoso, realizado con teselas en blanco y negro, formando unas ondas; es grande, rectangular, con bastantes comercios y lugares donde tomar algo, entre ellos dos muy afamados, el café Nicola y la pastelería Suiça, que visitaríamos en otro momento. En el centro de la plaza hay también otra estatua sobre un alto pedestal que, según la guía tenía una serie de figuras femeninas, pero no se podían apreciar porque habían colocado, como adorno navideño, una estructura rodeándola, con bombillas que asemejaban las ramas de un árbol; posiblemente a la luz del día se pudieran ver; y en ambos extremos, dos fuentes.





Al final de la plaza, a la derecha, si nos situamos en la acera donde se encuentra la salida de metro (norte para quien se oriente con los puntos cardinales), está el Teatro Nacional Doña María II, hija de Don Pedro. El teatro, de estilo neoclásico, presentaba igualmente iluminación navideña y nos hicimos algunas fotos, solicitando a una pareja de españoles como nosotras, y como los miles que debíamos haber tenido la misma idea a la hora de escoger lugar donde pasar el puente, que nos inmortalizasen para así tener una todas juntas; es una de las pocas que tenemos de estas características, aunque la escasa iluminación hace que sea más que nada, testimonial.



Teatro Nacional Doña María II



Las cuatro protagonistas de este viaje


Ya era hora de que buscáramos un sitio para cenar y, por la proximidad, nos decidimos por la Rua das Portas de Santo Antao, una calle paralela a la vecina praça do Restauradores, que nos recordaba muchísimo a la conocida Rue des Bouchers de Bruselas, al estar repleta de restaurantes, de gente que iba y venía y, sobre todo, de camareros que intentaban que entráramos en sus establecimientos; algunos tenían expositores para que se viera lo que ofrecían, pero nosotras llevábamos dos posibles destinos, el primero, Gambrinus, miramos la carta y decidimos que no merecía la pena pagar un precio tan alto por una cena porque tampoco teníamos tanta hambre, así que nos dirigimos al segundo, la Casa do Alentejo.






Está claro que, si uno no sabe que existe, no se le ocurre siquiera mirar porque la entrada no invita para nada a ello, pero cuando se asciende la escalera se entra en un lugar que combina una mezcla de estilos árabe, rococó, tradicional portugués…en un ambiente decadente y que me recordaba, en algunas de sus dependencias, a los antiguos casinos, no los de juego, sino aquéllos de grandes sillones y barra de madera y latón, en los que se iba a leer el periódico, cerrar algún trato, hablar de fútbol o de política y jugar al ajedrez, a las cartas o las damas, mientras se tomaba un café o un vino. Dejamos el patio morisco de la primera planta y seguimos subiendo hasta el segundo piso, en el que hay dos partes diferenciadas: un salón grande, antiguo salón de baile, donde se comía de menú, y unos comedores más reducidos, donde se hacía a la carta.




Vista general del salón de baile o de los espejos



Vista de uno de los comedores


Dado que éstos en ese momento estaban llenos (la fotografía la hicimos ya a la salida), por lo que tendríamos que esperar y que nos apetecía sentarnos en una mesa de ese salón dorado lleno de espejos, de arañas de cristal y apliques y con un pequeño escenario donde se situaría antaño la orquesta, decidimos que comeríamos de menú, aunque no nos lo terminásemos completamente pues nos parecía que sería demasiado.



Dispuestas para la cena


Un camarero nos atendió inmediatamente, informándonos sobre el mismo, donde había varios platos para elegir, al igual que el postre; los entrantes eran fijos (aceitunas, una bandeja de paio y otra de queso) y comiéramos lo que comiéramos, el precio también (27 euros), pudiendo repetir la bebida que quisiéramos. Pedimos una sopa de verduras, que estaba muy buena y un plato de lomo de bacalao al horno cada una, que efectivamente no pudimos terminar pues era un trozo muy generoso, gustosísimo y bien hecho, sobre un lecho de espinacas y una especie de puré hecho con harina, perejil y patatas (nos dijeron que se llaman migas) que ya nos gustó menos; los acompañamos con una botella de tinto y otra de vino blanco (no era a elegir, sino el que solían poner habitualmente, Vizconde de Borba) más que aceptables, agua y terminamos con dos cafés, un té verde y yo tomé un té de manzana y canela que estaba bastante bueno.

Sobre la mesa había un cartel donde se describía la historia del lugar y, por él, nos enteramos que la casa era un palacio, construido extramuros de la ciudad, que formó parte de la muralla Fernandina. A mitad del siglo XV era un lugar donde permanecía y se mataba el ganado. Dos siglos más tarde se asentó el club Majestic y, posteriormente, se convirtió en Liceo y después en casino; además hubo una tienda de antigüedades, llamada “La Liquidadora”. Luego, por razones desconocidas tomó el nombre de club Monumental, hasta 1928, y cuatro años después se alquiló al gremio alentejano.
Cuando ya salíamos del salón, leímos que los sábados y domingo por la tarde seguía habiendo baile con orquesta, pero no fuimos a comprobarlo, aunque sí que nos echamos unas buenas risas imaginándonos sentadas en los pequeños sofás laterales con el carnet de baile en la mano…

Tras la opípara cena, nos encaminamos hasta Rossío para coger un taxi que nos devolviera al hotel (precio de la carrera: 5,35 euros) pues era ya una hora tardía para ir caminando, aunque no nos hubiera venido nada mal, y guardar fuerzas para el día siguiente, donde conoceríamos la ciudad a la luz del día.
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  Últimos comentarios al diario:  DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO
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Merche137  Merche137  10/04/2011 01:16   
Muchísimas gracias por tu valoración, cristoforo, pero ten en cuenta que se me quedaron muchas cosas para el próximo...así que no te va a quedar más remedio que completar la información por otra fuente...Seguro que lo disfrutarás pues Lisboa y Sintra son maravillosas. Saludos.

beatbcn  beatbcn  28/06/2012 12:29
Genial !!! Que diario más bien escrito, con todo máximo detalle, genial! Aquí tienes mis cinco estrellas!

Merche137  Merche137  15/07/2012 22:37   
Muchas gracias beatbcn, me alegra que te haya gustado. Saludos

Gulpiyuri  Gulpiyuri  23/02/2013 04:50   
Muchas gracias, es un bonito diario con temas muy interesantes.
Te lo estrello.
Jo, he puesto el comentario en otro sitio, es que no son horas

Merche137  Merche137  17/04/2013 23:59   
En cualquier caso, gracias Gulpi...Saludos

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macdidia
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
spainsun
Site Admin
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Sep 01, 2000
Mensajes: 69073

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
rocmat
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Super Expert
Mar 11, 2012
Mensajes: 482

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
Molleda
Super Expert
Super Expert
May 23, 2009
Mensajes: 261

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 29698

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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