![]() ![]() 17 DIAS DE NOVIEMBRE DE 2013 POR TAILANDIA ✏️ Blogs de Tailandia
Viaje de 17 dias por Tailandia, conduciendo un coche de alquiler 10 diasAutor: Espitoni Fecha creación: ⭐ Puntos: 4.9 (19 Votos) Índice del Diario: 17 DIAS DE NOVIEMBRE DE 2013 POR TAILANDIA
01: BAGKOK I
02: BANGKOK II
03: CHIANG RAI
04: TRIANGULO DEL ORO
05: CHIANG MAI - DOI SUTHEP
06: CHIANG MAI - TREKKING, RAFTING Y ELEFANTES
07: CHIANG MAI - TEMPLOS
08: CHIANG MAI - DOI INTHANION
09: SUKHOTAI
Total comentarios: 9 Visualizar todos los comentarios
Etapas 13 a 15, total 17
Nos levantamos a las seis y media. Tranquilos no nos habíamos vuelto locos. Esa misma mañana volábamos con destino a Krabi. A las siete menos cuarto salíamos del hotel sin desayunar. Nada más salir pillamos un atasco. Me entraron temblores por las piernas. Como fuese igual que el del día anterior, no llegábamos a tiempo al aeropuerto ni de coña. Por suerte lo del atasco fue solo un espejismo. La circulación se normalizó al poco tiempo y empezamos a circular de forma fluida. Paramos para llenar el depósito. 400 bth, a 36,48 bth el litro. Tardamos unos 20 minutos incluyendo la parada para repostar. Llegamos al aeropuerto sin problemas y con tiempo más que suficiente. Y menos mal, porque al llegar, no vimos el parking de los rent a car. Pasamos por delante del aeropuerto y nada. Salimos y volvimos a entrar. Y tampoco. Acabamos delante del parking normal. Antes de entrar mi mujer bajó del coche y le preguntó a un guarda que había en la entrada del parking. Su respuesta, si, si, si. Y nos metimos. Pero no, no, no. No era allí. Y es que esa es una de las peculiaridades de esa gente. Siempre dicen que sí, aunque no entiendan ni una sola palabra de los que les estés diciendo. Sonríen y dicen que si.
Salimos sin parar. Pero antes nos cobraron 25 bth solo por pasar por dentro. Lo del dinero me daba igual. Lo que empezaba a preocuparme era como íbamos a salir de esa. Porque lo de dejar el coche abandonado en una esquina no me parecía una buena idea. A grandes males, grandes soluciones. Nos dirigimos a llegadas, y paramos delante de la terminal. Dejé a mi mujer al cuidado del coche y me fui corriendo a buscar la oficina del rent a car. No me costó localizar la oficina de Sixt. Un chico salió de detrás del mostrador y me acompañó hasta el coche. Pues resulta que para devolver el coche en el aeropuerto de Suvarnabhumi hay que hacer precisamente eso, ir a la terminal de llegadas y avisar en el mostrador de la compañía correspondiente. Él mismo nos acercó a la terminal de salidas, y sin ni siquiera mirar el coche nos dio el OK. Eso delante de la terminal de salidas. Como si no tuvieran un parking donde devolver el coche. El proceso de facturación fue muy rápido lo que nos dejó tiempo más que suficiente para ir a la sala de espera de Bangkok Airways. Supongo que a estas alturas todo el mundo lo sabe ya, pero por si queda algún despistado por ahí, esta compañía tiene una sala de espera en la que pueden entrar todos los pasajeros que vuelan con ellos. Es una especie de sala VIP, pero sin que sea necesario volar en Bussines para acceder a ella. Antes de entrar comprobaron los billetes y nos apuntaron una clave para acceder a internet sobre los mismos. Pero lo mejor no fue el wifi, ni los sofás, ni las sillas con mesas. Lo mejor fue el bufete. Cuatro cosas para picar, o como en nuestro caso, para desayunar. Café, chocolate, mini sándwiches, bizcocho de chocolate, y alguna otra cosa que no recuerdo. Así que aprovechamos y desayunamos gratis por gentileza de Bangkok Airways. Todo un detallazo. Me puse las botas de bizcocho de chocolate. Estaba buenísimo. Nuestro vuelo, el PG0222 salió puntual a las nueve y cuarto. Nos volvieron a servir el desayuno. Y como siempre hay sitio para un poco más, para adentro. El vuelo llegó puntual a las once menos veinte. La predicción meteorológica que llevábamos vigilando desde hacía unos días no se equivocó. Nos recibió un tiempo terrible. Totalmente nublado y con una ligera llovizna. No hacía frío pero tampoco el calor bochornoso que nos había acompañado los días anteriores. Una lástima llegar a la playa y encontrar ese tiempo tan malo. Y eso que en teoría la temporada de lluvias ya había terminado. Recogimos las maletas y salimos a la terminal,. Sólo había un chiringuito donde ofrecían taxis. Nos pidieron 600 bth por un taxi que nos llevara a Aonang. Intenté negociar, pero se negaron en redondo. Precio fijo. Si lo quieres lo tomas y sino te jodes. Busqué algún otro sitio donde ofrecieran taxis, pero no lo había. Salimos a la calle y enseguida se nos acercó un joven que nos preguntó a dónde íbamos. A Aonang. OK, los tickets hay que comprarlos en el interior. Estábamos atrapados. No nos quedaba más remedio que pasar por el tubo. Entramos de nuevo en la terminal y nos dirigimos al mostrador. ¡Qué otra nos quedaba!. Sorprendentemente esta vez en lugar de un taxi, nos ofrecieron ir en autobús. 150 bth cada uno, la mitad que yendo en taxi. Venga pues, iremos en autobús. Nos sentamos dentro, y a esperar. No tardó en llenarse por lo que el autobús no tardó mucho en ponerse en marcha. Directos a Aonang. El autobús iba muy lento, le costaba bastante. Tardó cerca de una hora en llegar a Aonang. El mal tiempo no ayudaba mucho. Una vez en Aonang fue haciendo paradas en los hoteles que habían indicado los pasajeros. No fuimos los primeros, pero tampoco los últimos. Nuestro hotel era el Mercure Deevana Krabi. Un hotel muy nuevo pero un poco alejado de la playa. La habitación estaba muy bien, nueva y grande. Y la piscina era espectacular. Estrecha pero larguísima. Recorría todo el complejo del hotel. Algunas habitaciones incluso tenían acceso directo a la piscina. Fue la piscina más bonita de todas las que vimos en el viaje. Y el precio inmejorable. 6.000 bth por cuatro noches. Supongo que el hecho de no estar en primera fila hace que los precios tengan ser más bajos que los de la competencia para atraer clientes. Dejamos la maleta en la habitación y directos a la calle en dirección a la playa. De camino realizamos una pequeña prospección del precio de las excursiones. Preguntamos en cuatro sitios diferentes. Cada uno con un resultado diferente. Por cierto pedimos precio por tres excursiones para dos personas. Phi Phi Island; Four Islands; y Hong Islands. De los cuatro sitios nos quedamos con dos. En uno nos pidieron más de 5.500 bth por las tres excursiones para dos personas. Casi sin regatear bajaron a 5.000 bth. En el otro sitio el precio de salida era el mismo, pero cuando empezamos a regatear nos las dejaron en 4.600 bth. De ahí no hubo manera de bajar. Ah, y los mayoristas eran los mismos en las dos agencias de viajes. Me gustó esta opción. Si hubiera bajado un poco más probablemente las habría comprado en ese momento. Pero al no hacer la última bajada preferí mirar un poco más. Pero la vendedora parecía muy confiada en su oferta, y nos dijo que comparáramos con otros sitios. Al final de la calle nos encontramos con el muelle desde el que salían los barcos que iban a Railay. Ya teníamos plan para esa tarde. Pero antes teníamos que comer. Más vale prevenir que curar, y vete tú a saber que nos íbamos a encontrar en Railay. Comimos en un restaurante que vimos al otro lado de la calle justo enfrente del muelle. Pedimos unas verduras salteadas, una tempura de gambas, unas gambas con verduras, un agua y un sprite. La comida simplemente pasable. El precio desorbitado, 670 bth. Un palo. Y ahora sí, a Railey. Nada más entrar en le muelle vimos la taquilla en la que vendían los tickets. El precio era fijo, ni nos molestamos en regatear. Eran 100 bth por trayecto y persona. Con el billete en la mano nos dirigimos hacia la playa y en un extremo vimos la barca en la que nos teníamos que montar. Estaba varada sobre la arena, dentro del agua. Pues nada a mojarse toca. Agua hasta las rodillas con mucho cuidado de no mojarnos los pantalones, escalerilla metálica un poco inestable y alehop, ya estábamos en la barca. Fuimos los primeros en subir, pero a los cinco minutos la barca ya estaba llena. Casi todo gente cargada con maletas o con unas mochilas enormes. Me pareció muy incómodo eso de tener que cargar las maletas sobre la cabeza para poder subirlas a la barca. Todos acababan con los bajos mojados. Vamos, vamos, rapidito que ya tenemos ganas de llegar a la playa. Por cierto, la última barca vuelve a las seis de la tarde. Detalle importante, si uno no quiere quedarse colgado en Railay. Aunque supongo que siempre se podrá encontrar a alguien con una barca dispuesto a devolveros a Aonang. Previo pago de una buena cantidad, evidentemente. Antes de zarpar, durante los cinco minutos de espera, tuvimos tiempo de echarle un vistazo a la playa de Aonang. Una estrecha franja de arena, con los árboles sobre la orilla. El agua no se veía demasiado limpia; estaba un poco turbia. No era una playa paradisiaca, pero tampoco estaba tan mal como había leído. Sobre todo el entorno que si que tenía su punto. A mi me causó una buena impresión. Al menos en ese primer momento. Más tarde ya se verá. El barco fue navegando a muy poca distancia de la costa. Las vistas eran preciosas. Sobre los acantilados costeros entre los que pudimos distinguir unas pocas playitas de arena. El paseo en barca no duró más de diez o quince minutos, pero resultó muy agradable. No me hubiera importado que nos hubieran dado una vuelta un poco más larga. Total, con el tiempo que hacía no es que apeteciese mucho tumbarse en la playa. Una primera parada en Tonsai y seguidamente a Railay. Me había parecido leer que los barcos paraban en la parte mala de Railay. Que esa zona más que una playa era un manglar. Pero a mí aquella playa me parecía muy bonita. Mucho más que la de Aonang. En ese momento pensé, si esta es la playa de la que todo el mundo habla tan mal, la otra debe ser la ost…a Para desembarcar se repitió el proceso; escalerilla metálica, salto al agua con cuidado de no mojarse; y con el agua hasta las rodillas, intentar llegar a la orilla sorteando las olas. Un procedimiento extraño, pero muy apropiado para mantener el entorno, ya que de esta manera no es necesario construir muelles ni puertos que alteren el paisaje. Además como la temperatura del agua era alta, tampoco pasaba nada si nos mojábamos. La playita en cuestión era una pequeña franja de arena dorada. Con los árboles y la vegetación sobre la misma arena. Y enmarcando el conjunto unos bonitos acantilados de roca cubiertos de plantas. El único pero, los chiringuitos que habían construido en primera línea de la playa. Los chiringuitos le quitaban ese punto salvaje que esperábamos encontrar en este tipo de playas. Sin ellos el lugar hubiera sido casi perfecto. Lo que si que era una maravilla era el agua. No solo porque estuviera calentita, sino por lo transparente que era. Limpia a pesar de los barcos atracados en la arena. No nos enredamos mucho, ya que si esa era la playa fea, mejor irnos a la otra. Tomamos un camino de arena que cruzaba lo que debía ser el pueblo. Nada, unos pocos bares / guesthouses con aire mochilero. El camino atravesaba la isla. Lo que podría ser un camino precioso, por la arena por la que se caminaba, por el entorno que lo rodeaba; quedaba muy desmejorado por toda la porquería que encontramos. Basura por todos los lados, con un aspecto muy descuidado. No salvaje, ni selvático, sino descuidado. Un poco de limpieza no le vendría mal a este lugar. Como la península no era muy grande, no tardamos mucho en llegar a Railey West. Menuda decepción. Aquello no era una playa. Era un manglar; que no sé lo que es, pero si todo el mundo dice que lo es, por algo será. Así que en manglar en queda. Una playa horrorosa, que en vez de arena parecía ser de fango. Con el agua formando charcos por el fango, y unos arbustos horrorosos naciendo en el agua. Pero que cosa más ……., más …….. No apetecía nada quedarse allí. Y de bañarse ya ni hablo. ¡Qué horror!, ni bajamos a la arena. Estaba claro nos habíamos equivocado totalmente. La playa buena era la otra, y ésta el manglar o churro de playa. Un pequeño fallo técnico que nos obligaba a seguir caminado para llegar a otro lugar que resultase un poco más interesante. De todas formas no todo fue negativo en Railay West. Fotogénicamente si que resultaba muy atractiva. Los altos acantilados, las plantas sobre el agua, la ancha franja de ….¿arena?. Pudn conseguir unas fotos fantásticas. Pero de meterse en el agua nada de nada. De hecho no había nadie nadando. Ni una sola toalla en la arena. Como curiosidad, al fondo de la playa vimos a un grupo de gente haciendo escalada. Buscando un lugar más apetecible para sentarnos en la arena tomamos el camino a Phra Nang. Un camino mucho más bonito que el anterior, y sobre todo mucho más limpio. El camino avanzaba por debajo de la roca erosionada, dando la sensación de estar en una cueva. Las rocas tenían formas caprichosas. Algunas parecían colgar del techo y otras tenían la forma de columnas que parecían aguantar el techo. El lado derecho estaba abierto, quedando delimitado el camino en ese lado por una valla de bambú. Este camino si que era muy bonito. Y por si eso fuera poco, está lleno de monos. Los vimos sobre la valla de bambú. Pero no nos hicieron ni caso. Como no llevábamos comida en las manos pasaron de nosotros. Ese día pensé, ¡qué exagerada que es la gente!. Dos días más tarde, al pasar por ese mismo lugar cambié de opinión. La playa de Phra Nang era la más bonita de las tres con diferencia. La franja de arena era un poco más ancha. Decir que el agua era transparente es quedarse corto. A la izquierda, la playa se encontraba limitada por una pared de roca. Un bonito acantilado gris y verde. Hacia la derecha, tres colores. El azul turquesa del mar, el tostado de la arena, y el verde de la jungla que marcaba el límite de la playa. Por ese lado la playa describía una curva, quedando oculta tras ella el acantilado que la limitaba por ese lado. Y enfrente varias rocas que salían del agua cubiertas totalmente de vegetación. Ese lugar es lo más parecido al paraíso de todas las playas que visitamos en Tailandia. Un lugar precioso, del que resulta fácil enamorarse. Sin duda alguna es la playa más bonita que vimos en los cuatro días que estuvimos en Krabi. Y eso que no hacía sol. Si hubiera hecho buen tiempo ya habría sido el no va más. Aunque no lucía el sol no pude resistirme a tomar un primer baño. El agua estaba calientita. Así da gusto ir a la playa y no da nada de pereza tomar un baño. Pero como soy un culo de mal asiento no aguanté mucho tiempo en el agua. Mi mujer me esperaba tumbada en la arena. Me tumbé un rato junto a ella. Pero aquello era demasiado para mí. Me cuesta mucho quedarme parado en un sitio sin hacer nada, sabiendo que hay mil cosas por ver. Y que conste que me esforcé y aguanté todo lo que pude. Pero no fue suficiente. Elegí un objetivo y me lancé a por él. A la izquierda de la playa, bajo el acantilado se han formado dos pequeñas cuevas. Aunque más que cuevas podríamos dejarlo en oquedades. En el interior clavados sobre la arena había un montón de falos, como si se tratara de dos altares. Los había de todos los tamaños y colores. Una curiosidad, pero poco más. Al final no era más es eso, unos cuantos palos pintados en forma de miembro sexual masculino clavados en la arena. Resultaba un poco raro ver todo eso allí delante. No sé si para los tailandeses ese lugar tendrá algún significado, pero a mí me pareció una frikada. Un sitio curioso para hacerse una foto. Pero de ahí a decir que es bonito hay un mundo. Junto a las cuevas, una pequeña lengua de arena de no más de un metro de ancho permitía pasar a una zona llena de rocas. Era como si el techo de una cueva se hubiera derrumbado dejando el suelo lleno de mega rocas. Entre las rocas, un pequeño sendero de arena avanzaba haciendo eses hasta quedar cortado. Para pasar había dos opciones, o subirse por encima de unas rocas del tamaño de dos persona, o pasar a cuatro patas por un agujero que quedaba entre dos rocas. Opte por la primera vía. Pasar no resultó muy difícil. Y eso que iba con chanclas. El estrecho sendero de arena continuaba entre rocas enormes debajo de un techo de piedra. Eran unos pocos metros, pero el sitio era precioso. Diferente. Y finalizaba en la orilla junto a unas rocas. Un estrecho corte entre las paredes de roca. No había nada parecido a una playa, y las vistas tampoco merecían la pena. Solo se veía al agua. Si alguno tiene tiempo puede volver a la playa nadando bordeando la orilla. Para los menos atrevidos no queda otra opción que dar media vuelta y volver por donde se ha venido. A la vuelta opté por agacharme y pasar a cuatro patas bajo la roca. Resultó mucho más cómodo que saltar por encima. De vuelta a la playa, la pequeña lengua de arena por la que había pasado cuando entré en la cueva, había desaparecido. La marea había subido y se la había tragado. Y es que las mareas subían y bajan a una velocidad de vértigo. Me tomé otro baño y de nuevo a la arena con mi mujer, que aceptaba con resignación mis idas y venidas. Pero la paz duró poco. Había una cosa que me apetecía muchísimo hacer. Ir hasta el mirador y la laguna interior. Convencí a mi mujer de que me daría prisa y salí casi a la carrera para aprovechar el tiempo al máximo. El inicio del camino al mirador estaba muy cerca de la playa. Y como estaba bien indicado no me costó localizarlo. De hecho ya me había fijado donde estaba cuando veníamos Al llegar a la entrada del camino varios monos se habían adueñado de él. Y un grupo de curiosos los cosían a fotos. Esperé unos pocos minutos a que la situación se normalizara y me lancé a la aventura. Me crucé con una pareja de españoles que ya estaban de vuelta y les pregunté si era tan complicado como decían. Me contestaron que si, que la subida era bastante dura, pero que una vez arriba llegar al mirador resultaba sencillo. En cambio la laguna interior era otro cantar. Había que bajar dos paredes verticales descolgándose por una cuerda. No lograron desanimarme. Estaba decidido a subir hasta allí arriba. Hasta me había calzado unas zapatillas de trekking, que había llevado en la mochila expresamente para hacer esa mini excursión. Esa subida fue una locura. Una pared casi vertical en la que tuve que ascender trepando, ayudándome de todo lo que quedaba al alcance de las manos. Raíces, ramas, rocas, y sobre todo unas cuerdas que habían colocado al efecto. En algún tramo se podía subir sin la ayuda de las cuerdas, pero en la mayor parte de la subida eran indispensables. Hay gente que dice que no son seguras, que cuanto menos se utilicen mejor. Pero a mí no me dieron esa impresión. Además tenían otra utilidad, iban marcando el camino, por lo que en todo momento resultaba muy sencillo saber por donde habái que subir. Para rematar la faena el camino estaba embarrado y patinaba un montón. Una vez arriba el camino se volvió más suave. Pero a duras penas se distinguía. Había árboles, ramas, hojas por todas partes. Y olvidaros de encontrar cualquier tipo de señalización. Pero aún así resultó sencillo. Una vea arriba el camino se bifurcaba en dos. El de la izquierda conducía al mirador, el de la derecha a la laguna interior. Yo opté por el camino del mirador, que una vez superada la ascensión inicial no presentó ninguna dificultad. Desde abajo hasta el mirador tardé unos veinte minutos. Pero que quede claro que subí como una moto. Ahora lo pienso y fui un inconsciente subiendo de esa manera. Todavía no entiendo como no acabé escalabrado. Mientras subía, me preguntaba si aquello merecía la pena. Al llegar al mirador el cansancio desapareció de golpe. Las vistas eran espectaculares. De esas que quitan el hipo. Se veía gran parte de la península, con Railay West a un lado y Tonsai, al otro; y en medio un enorme palmeral que las separaba. Bueno creo que era la playa de Tonsai, pero no lo sé a ciencia cierta. Esas vistas eran realmente impactantes. El esfuerzo de subir hasta allí arriba había merecido la pena. Por cierto aunque se diga que es un mirador, yo no lo calificaría como tal. No había nada, ni una triste barandilla de madera. No era más que un pequeño claro al final del camino que se asomaba sobre un acantilado. Sin ningún tipo de protección. Pero no importa que no sea un mirador de verdad. Eso es lo de menos. Lo imp0ortante es lo que se veía desde allí, y eso no se paga con dinero. Me quedé un rato disfrutando de las vistas. Estaba yo solo. ¡Que momentazo!. Fue lo mejor de los cuatro días que pasamos en la zona de Aonang. Por desgracia no pude dedicarle todo el tiempo que me hubiera gustado. Le había dicho a mi mujer que me daría prisa, y eso significaba que no podía enredarme demasiado. Deshice un poco el camino y tomé el desvío hacia la laguna. Primero una bajada sencilla, simplemente había que tener cuidado de no patinar. Pero no tardó mucho en complicarse. La bajada pasó a ser del estilo de la primera subida. Eso sí más corta. No sé si fue cosa mía o si por el efecto óptico de la bajada, pero me pareció incluso un poco más complicada que la subida. Menos mal que pude servirme de las cuerdas; sin ellas no creo que hubiera podido bajar esa rampa. Una vez abajo ya se veía la laguna interior por una grieta. Una pequeña parte, pero que ya permitía intuir la maravilla que se escondía al final de esa bajada. Solo con verla desde allí ya me maravilló. Pero a partir de ese punto la bajada se complicaba mucho. Ya no bastaba con bajar como una cabra, había que descolgarse por una cuerda como si se hiciera rappel. Y no una vez, sino dos, había dos tramos de pared en los que tendría que descolgarme. Pero lo peor es que a la vuelta había que subirlos. Me pareció demasiado lío para una persona sola. Si hubiera ido acompañado tal vez me hubiera lanzado. Que digo tal vez, seguro que hubiera bajado. Pero yendo solo me dio un poco de palo. Aquello me iba llevar bastante tiempo, ya que esas cosas no pueden hacerse a lo loco. Al menos un poco de cuidado hay que tener y eso se traduce en tiempo. Me quedé con las ganas de ver la laguna de cerca. Otra vez será. Media vuelta y de nuevo hacia arriba. Subir este tramo me pareció más sencillo que bajarlo. Y al contrario, bajar el tramo que acababa en el camino de la playa me pareció mucho más complicado de lo que me había parecido subirlo. Es por la sensación que produce mirar hacia abajo y darte cuenta de que si echas mal un pie o pegas un patinazo no vas a parar de rodar hasta que llegues al fondo. Por suerte no pasó nada de eso y llegué abajo, sano y salvo. Hecho un guarro, sudado y embarrado; pero de una pieza. Al llegar a la playa la cara de susto de mi mujer ya me dejó claro que no hacia falta que me acercará. Directo al agua. Un chocolate espeso me rodeo en un instante. Llevaba barro hasta en las orejas. Vaya guarrería. Pero que divertido. No sé porqué, pero muchas veces el nivel de diversión que uno puede alcanzar está íntimamente ligado a lo que se está dispuesto a ensuciarse. Una vez recuperado mi aspecto normal, recogimos los trastos y nos fuimos paseando hasta el final de la playa. Un agradable paseo por la orilla sobre la arena. Ya empezaba a hacerse tarde y la mayoría de la gente ya se había ido. Con el día tan horrible que hacía no apetecía mucho estar en la playa. La verdad es que la parte izquierda, por donde se entraba en la playa, era más bonita, con el acantilado, y las cuevas. Pero desde la derecha también se tenían unas vistas muy buenas. Por ese lado la playa no tenía salida. Alguno dirá que él salió por ese lado nadando. Y otro que él se encaramó por las rocas. Pero eso no es una salida para gente normal. ¡Raros, que sois unos raros! Al no haber salida volvimos caminando por la orilla. Podría haber sido un paseo romántico con una bonita puesta de sol de fondo. Eso si las nubes nos hubieran dejado ver algo. Nos consolamos disfrutando de la belleza del lugar. De repente se nos acercó un barquero y nos preguntó a donde íbamos. A Aonang. ¿Y cuando habéis pagado para venir?. 100 bth. ¿Puedo ver el ticket?. Si, míralo. Lo discutió con otro chico que lo acompañaba y nos dijo que ellos nos llevaban por ese mismo precio. Desde allí, sin necesidad de ir caminando hasta Railay East. Venga pues. Pero tenía truco. Nos dijo que esperáramos a que buscara más gente para llenar la barca. ¡Llenar la barca!. Pero si no queda nadie. No, no, no. Y si no la llenas, qué, nos quedamos aquí tirados. Nos giramos y seguimos caminando hacia la salida de la playa. No era un farol, ni tan siquiera lo hicimos para obtener un precio más barato. Simplemente no queríamos quedarnos a pasar la noche en la playa. Pero ellos no quisieron perder unos clientes tan fácilmente. Salieron corriendo detrás de nosotros, y nos dijeron que de acuerdo, que salíamos enseguida. Pagamos, nos mojamos los pies y subimos a bordo. Nos ahorramos tener que atravesar andando toda la isla, y además fuimos con una barca para nosotros solos. Nos sentamos debajo del toldo, para resguardarnos del aire, nos tapamos con una toalla, y a disfrutar del paseo. Si la ida me había gustado, la vuelta fue todavía mejor. En una barca más pequeña, con mejor visibilidad, y nosotros solos, lo que quieras que no, hace que te sientas más cómodo. Las vistas sobre los acantilados cortaban el aliento. Lástima que solo fueran quince minutitos de nada. Si el tipo aquel me llega a decir que primero tenía que pararse el algún sitio o que teníamos que dar un rodeo, le hubiera dicho que sí sin pensarlo. Cualquier cosa con tal de dar un paseo más largo. No hubo suerte. Nos dejó en la playa de Aonang, en el mismo sitio donde habíamos cogido la barca al mediodía. Pero parecía otro lugar. La marea había bajado mucho y la playa se había convertido en un lodazal. Ya no parecía una playa. La franja de arena era mucho más amplia. Pero tampoco parecía arena, era una especie de pasta grisácea. Y al pisarla era como un limo en el que se hundían los pies al caminar. En ese momento entendí las críticas que había leído sobre esa playa. Con la marea baja perdía mucho. De camino al hotel paramos en la agencia que nos había ofrecido el mejor precio con la intención de cerrar el trato y contratar las excursiones para los próximos tres días. Pero la chica no estaba. El chiringuito estaba abierto, con las luces encendidas, pero no había nadie. Esperamos un rato, pero seguía sin aparecer nadie. No quería pasarme la tarde allí esperando como un pasmarote, así que continuamos el camino hacia el hotel. Ya volveríamos más tarde. Antes quise hacer otro intentó, y paré en otra agencia. Resultó que la chica que la atendía era una de a las que había preguntado por la mañana. Y me reconoció. Al darme cuenta intenté escapar, pero me siguió y no me dejó hasta que acepté ir con ella a otra agencia. Sí, no me llevó a la suya, sino a otra diferente, en la que había un chico. Hay cosas que se escapan a nuestro entendimiento, y vale más aceptarlas sin preguntarse el por qué. No queríamos volver a empezar con regateos, así que le dijimos que no queríamos regatear, que nos diera el precio final, y que si nos convencía se lo compraríamos. Nos pidió 4.800 bth. Casi. Le dije que un poco más abajo nos habían ofrecido lo mismo por 4.500 bth. Era una mentirijilla sin maldad, el mejor precio que teníamos eran 4.600 bth, pero contaba que no aceptaría mi oferta e intentaría subir algo. Pero al hacerle la oferta, el tipo se hizo el ofendido y nos dijo que no. Ni contraoferta ni narices, que nos fuéramos a otro sitio. Como tú quieras. Nos levantamos y nos fuimos. Yo alucinaba, no me esperaba esa respuesta. Volvimos a la agencia que nos había dado el mejor precio, pasando por delante de la chica que nos había atrapado por la mañana. Allí seguía sin haber nadie. ¿Pero dónde se ha metido esta tía?. Mientras esperábamos, pregunté en otra agencia que había enfrente. 6.000 bth. Se iba de precio y no tenía ganas de iniciar el regateo de nuevo. En la agencia que nos interesaba seguía sin aparecer nadie. ¿Pero dónde están?. Vámonos al hotel, pero ahora sin paradas. Hay que ser duros. ¡Qué te crees tú eso!. Al pasar por delante de la otra chica, nos volvió a parar. Es que somos unos flojos de espíritu. La cosa fue más o menos así. - Mi amigo me ha dicho que queréis pagar 4.500 bth. - Así es. - Si os consigo el mismo precio me las compráis a mí. - Si claro. - No hay más que hablar, trato hecho. La única condición que nos puso fue que la excursión del día siguiente fuese la de Phi Phi Island. Las tres excursiones eran Phi Phi Island con barca rápida (Aonang Spead Boat Tour); Four Islands en long tail (Andaman Krabi) y Hong Islands en long tail (Barracudas Tour). No prestamos mucha atención a quienes eran los mayoristas, aunque me había cansado de leer que eso era lo realmente importante. El problema es que cuando alguien escribe bien de una agencia, enseguida salé otro contestándole que tuvo una mala experiencia con esa agencia. Y al final no sabes cuales son las buenas y cuales la malas. Con los deberes hechos, ya nos podíamos ir a descansar un rato al hotel. Cuando llegamos al hotel ya eran casi las siete. Un poco antes de las nueve salimos a cenar. Recorrimos toda la calle del hotel. Pasamos por delante de varios restaurantes pero no teníamos prisa por lo que no nos paramos. Al llegar al final de la calle, surgió la duda, hacia la derecha o hacia la izquierda. Nos decidimos por girar a la izquierda. Porque sí. Y cuando nos cansamos de pasear, pues a cenar. Nos metimos en un restaurante que no era más que una terraza. Estaba lleno. Nos dijeron que esperáramos un poco, que enseguida nos podríamos sentar. Y así fue, al poco rato se vació una mesa y pudimos sentamos. Cenamos un plato de calamar con noodles gigantes, otro de gambas con ajo, un agua y un sprite. Nos cobraron 300 bth. Un precio razonable para Aonang, donde por regla general los precios suelen ser un poco más elevados que en el norte. De postre, sin pedirlo, a todo el mundo le servían una rodaja de piña y una de sandía. La cena no estuvo mal, y el precio ya lo he dicho, razonable. Al salir del restaurante nos metimos entre pecho y espalda dos crepes. Una de nutela y la otra de plátano con chocolate, regadas con un batido de sandía. 80 bth. Delicioso. Y a dormir, que a lo tonto se nos había hecho tarde. Etapas 13 a 15, total 17
Nos levantamos a las siete y media. La predicción meteorológica para ese día era de lluvia. Y no se equivocó. Estaba lloviendo. Una lluvia continua, no una tormenta pasajera. Hacía uno de esos días en los que lo único que apetece es sentarse en la camilla y mirar por la ventana. Me dio mucha rabia que hiciera tan mal tiempo cuando ya no estábamos en época de lluvias. Pero mucha más rabia me dio cuando al mirar la predicción para los próximos tres días, solo vimos nubarrones negros y gotas de agua. ¡No puede ser!. Menudo desastre. Nuestra estancia en la playa amenazaba con ser desastrosa.
En este hotel no teníamos incluido el desayuno, por lo que salimos a desayunar al exterior, mucho más barato que dentro del hotel. Nos metimos en el primer bar que vimos a pocos metros del hotel. Pedimos un sándwich de queso, un porridge con piña, un agua y un café. No cobraron 220 bth. No sabía lo que porridge y aún así lo pedí, me hizo gracia el nombre. Ahora ya sé lo que es. Un potingue asqueroso de arroz pasado caliente con piña. No entiendo como alguien puede comerse esa porquería. Aunque la culpa fue mía por pedir cosas raras. Como hacía mal tiempo creíamos que la excursión se anularía. Por eso nos tomamos las cosas con calma. Como tardaban en servirnos aproveché para volver al hotel y pedir en recepción que llamaran a la agencia para confirmar que la excursión se anulaba. Al colgar el teléfono la recepcionista con una sonrisa me dijo que no se anulaba. ¡Por amor de Dios, pero si está lloviendo!. A quién se le ocurre ir a la playa en un día así. Pues a los tailandeses. Volví corriendo al bar. Menos mal que ya nos habían servido el desayuno. Nos lo comimos a toda prisa y corriendo para cambiarnos y coger los trastos para ir de excursión. La recogida estaba prevista a las ocho y media. Llegábamos tarde, pero la furgoneta todavía no había pasado a buscarnos. Mejor así. Además había mucha gente esperando lo que nos tranquilizó un poco. No éramos los únicos pardillos a los que iban a llevar a navegar bajo la tormenta. Una cosa que me chocó mucho fue que cuando venían a recoger a alguien para ir de excursión, no lo llamaban a la gente por el nombre sino por el número de habitación. Supongo que nuestros nombres deben ser difíciles de pronunciar para ellos. Pero seguro que no tanto como los suyos para nosotros. Bueno, que el sistema me pareció un poco raro y poco práctico, pero ellos sabrán. Cuando nos recogieron, la furgoneta ya estaba casi llena. Solo hizo una parada más en otro hotel, y directos al puerto. No era el puerto desde el que salían las barcas hacia Phra Nang, sino otro más grande que estaba un poco más lejos. Por lo que vi, prácticamente, todas las excursiones, por no decir todas, salían desde este puerto. Al bajar de la furgoneta, la sensación que me invadió fue la de caos absoluto. La desorganización era total. Había un montón de gente esperando distribuidas por grupos. Cada mayorista, un grupo. Nos llevaron a nuestro grupo, comprobaron el bono que nos habían dado en la agencia y nos pusieron una etiqueta de color verde en el pecho. Cada excursión, un color diferente. Y es que la furgoneta de la agencia, no iba a buscar a todos los que hacen la misma excursión, sino que recogía a todos los que habían contratado una excursión con ellos. Pero eso era lo de menos. Una vez en el puerto distribuían a la gente con las pegatinas. Y a partir de ahí estate atento, porque ellos ya se desentendían de tí. Si te descuidabas corrías el riesgo de quedarte allí tirado. Por cierto ese día tocaba la excursión de Phi Phi Islands. Y la mayorista era Aonang Spead Boat Tour. La mejor de las tres con las que contratamos. “Los de las etiquetas verdes, por aquí. Los verdes por aquí”. Una multitud se movilizó. Viendo la cantidad de gente que íbamos en el grupo le dije a mi mujer, date prisa, como nos descuidemos nos quedamos sin sitio para sentarnos. Y menos mal que me hizo caso. La lancha era grandecita, pero estaba claro que todos no cabíamos en la zona cubierta. Hay cosas que no cambian. Para subir a la barca tuvimos que meternos en el agua, algo muy típico por esos lares. Nos sentamos en dos de las pocas sillas que había bajo el toldo. No era el mejor sitio para disfrutar de las vistas, pero si el mejor para resguardarse de la lluvia. Se llenaron las sillas de la zona central. Después las de los laterales, menos solicitadas porque sobre ellas goteaba el agua que caía sobre el toldo. Y por último la parte delantera, donde iban a la intemperie. Yo me los miraba asombrado, la gente se sentaba bajo la lluvia sin protestar. Hasta que llegó un grupo de españoles y aquí se montó la de San Quintín. No querían subir, se negaban a ir al descubierto bajo la lluvia. La guía que sí, ellos que no, y mientras todo el mundo esperando. Finalmente la guía pudo convencerlos y se montaron en la barca, pero no se fueron a la parte delantera, se buscaron un hueco bajo el toldo y allí se quedaron, unos sentados y otros de pie. Con el bote a reventar nos pusimos en marcha. Estoy seguro de que en la barca iba más gente de lo recomendable. Pero que más da. En Tailandia esas cosas son secundarias. Donde caben cincuenta, caben cincuenta y cinco. Y quien dice cincuenta cinco dice sesenta o sesenta y cinco. O los que haga falta. A ojo de buen cubero creo que íbamos más de sesenta personas. Como era de esperar no había chalecos salvavidas para todos. En cambio si que tuvieron tubos y caretas para todos. Tras media hora navegando llegamos a Bamboo Island. Una bonita playa de arena con palmeras y una abundante vegetación detrás. También había varios chiringuitos y hasta una zona con tiendas de campaña hacia el interior. Por lo visto era posible pasar la noche en ese lugar. La isla era muy bonita. Me recordó mucho a las playas paradisíacas que siempre salen en las películas. Pero fallaba algo. En concreto dos cosas. La primera es que había mucha gente, demasiada. Parecía la puerta de un colegio en un día de lluvia. Con una pequeña diferencia, en lugar de mamás con coches dejando a los niños, había guías con barcas desembarcando turistas. Mirases hacia donde mirases, gente y más gente. En la arena, entre las palmeras, en el agua. Un exceso de gente. El segundo problema lo traíamos desde casa. Y es que somos de Mallorca, y en casa playas no nos faltan. Y ese fue el problema. Esperábamos playas kilómétricas, largas extensiones de arena. Pero no, todas las playas de visitamos eran más bien pequeñitas. Cuatro pasos de lado a lado. En ese sentido me decepcionaron un poco. Con lo que no podemos competir es con el entorno. No nos engañemos, mucho mejor sus palmeras que nuestros hoteles. Hubo un tercer elemento negativo. Pero de éste no podíamos culpar a nadie. El tiempo. Nubarrones grises y lluvia. Ni un solo rayo de sol. Una lástima, porque cualquier playa mejora mucho bajo el sol. Por lo menos hacía calor. Dimos una vuelta por la isla, pero como no paraba de llover no la disfrutamos plenamente. Y total, ya que me estaba mojando, pues a nadar. Me metí en el agua con la careta que me habían dado en la barca. Vaya chasco. Solo había coral muerto, algunas rocas y unos pocos peces de colores. Muy pocos y pequeños. Un snorkel penoso. Mientras yo me bañaba mi mujer se acercó a un chiringuito y se compró una botella de agua y una bolsa de patatas. Le cobraron 100 bth. Un robo. Así que cuidado con los chiringuitos de las playas, son unos sacacuartos. Sin darnos cuenta nos habíamos comido los 40 minutos libres que teníamos para ver la isla. Volvimos al barco donde ya estaba casi todo el mundo, por lo que zarpamos a los pocos minutos. Cuando nos íbamos ya quedaba poca gente. La mayoría de las barcas ya habían zarpado, por lo que la isla parecía casi desierta. Estaba mucho más bonita. Pasamos por delante de la Viking Cave. Ni paramos. El barco disminuyó la velocidad y pasó por delante al ralentí. Casi no me dio tiempo ni de coger la cámara. Y casi mejor así. No es más que una cueva en un acantilado al nivel del agua, con unos andamios de bambú en la entrada. No me pareció gran cosa. Tal vez por dentro sea la leche, pero desde fuera no valía ni un duro. Siguiente parada, Pileh Bay. Una bahía casi cerrada rodeada de acantilados cubiertos de vegetación. Casi una laguna interior. Lo único que se lo impide es el pequeño corte por el que entran y salen los barcos. El agua era verde turquesa. No hacía sol, pero brillaba de todos modos. Esa bahía era preciosa. Por desgracia solo entramos para verla y nos fuimos sin parar. Una lástima, porque el lugar era realmente bonito. Me hubiera gustado que parásemos un rato y nadar en esas aguas tan verdes. Es lo malo de tener que ir a demasiados sitios en un solo día, que hay que ir corriendo por todo y algunas cosas se quedan a medias. De todas formas la navegación era muy agradable. De isla en isla, viendo como se hacían pequeñas a medida que nos alejábamos. O al contrario, viendo como el contorno de la isla se definía a medida que nos acercábamos. Una pena que la visibilidad fuese reducida debido al día tan oscuro y a la maldita lluvia que no cesaba. No caía con fuerza pero no paraba ni un minuto. Algo que parecía no importar a la gente a la que habían sentado en la parte delantera de la barca. Aguantaban todo lo que les estaba cayendo encima sin rechistar. Siguiente destino, Maya Beach. La verdadera estrella del día. La entrada a la bahía fue espectacular. Con los acantilados abrazando la bahía, las plantas llenando las paredes de los acantilados, y al fondo la playa, con una arena amarilla que resalta enmarcada entre el intenso azul del agua y el verde de la línea de palmeras que delimita la playa. Una imagen de postal. O mejor todavía de película. Pero desde la entrada, ya quedaba claro que aquel lugar no iba a ser tan idílico como parecía de lejos. Y es que toda excursión a Phi Phi, toda sin excepción, pasa por Maya Beach. Y eso tiene un coste. La bahía estaba llena de barcas varadas junto a la arena. Todas juntitas, una al lado de la otra. Y la arena apenas podía distinguirse bajo tanta gente. Y eso que todo el mundo estaba de pie. Había que estar loco para sacar la toalla y tumbarse en un día como ese. No me quiero ni imaginar como debe ponerse esa playa en un día soleado. Atravesarla de una punta a la otra debe resultar imposible. Al menos si quiere hacerse sin pisar a nadie. Pero hay que ser positivos. Si uno logra abstraerse de la marabunta, disfrutará de uno de los lugares más bonitos que pueden verse en Tailandia. No me extraña que la eligiesen para rodar la peliculita de marras. Y es que esa bahía es preciosa. El conjunto es perfecto, nada desentona. Es como si alguien se hubiera preocupado de crear el lugar perfecto. Pero para eso, como he dicho, es necesario ser capaz de ver más allá de la multitud que lo ocupa todo. De verdad, ese lugar es precioso. El conjunto es el que lo hace encantador. Ni las barcas, ni la gente, ni tan siquiera el mal tiempo, lograron acabar con el encanto de Maya Beach. Por eso, y a pesar de que tengo que dar la razón a todos los que dicen que este lugar está masificado, creo que merece la pena venir a verla. Pero hay que ser consciente de lo que nos vamos a encontrar allí, o de lo contrario la desilusión puede ser mayúscula. Si los dejasen, los barcos ocuparían toda la playa. Por eso han tenido que acotar una pequeña zona en la que no pueden atracar para que la gente pueda nadar sin miedo a verse arrollada por una barca. No podía irme de allí sin darme un chapuzón. Hubiera sido un sacrilegio. Agua transparente y calentita. Y un entorno maravilloso. Como resistirse a eso. Me encantó ver la playa desde dentro del agua. Una bonita perspectiva. Todavía nos quedaba tiempo, así que recorrimos la playa tranquilamente. Como era pequeña, no nos llevó demasiado tiempo. Y al llegar al final, en la parte derecha, una vez pasados los barcos, descubrimos el único lugar en el que fue posible sacar alguna foto limpia. Estuvimos unos cuarenta minutos en la playa. Más que suficientes en un día lluvioso, pero que me hubieran sabido a poco en un día soleado. Al igual que en Bamboo Island, cuando volvimos a la barca para irnos, ya quedaba menos gente en la playa. Ya se habían ido varios barcos y la densidad de población había descendido. Aun así seguía habiendo mucha gente. Menos que antes, pero seguía siendo mucha. A por el siguiente, Monkey Bay, a muy pocos minutos de Maya Beach. El nombre no podíae ser más explícito. Allí se va a ver monos. La barca se acercó al acantilado donde los árboles colgaban de la pared hasta casi tocar el agua. Y entre los árboles, los monos al oír la barca se desplazaron a las ramas más bajas. Como si supieran que habíamos ido allí a verlos. ¡Qué listos! No tardamos en descubrir el porque de su comportamiento. Llegó otro barco que se puso a nuestro lado. Y el guía se puso a tirarles plátanos. Eso es lo que querían, comida. Se volvieron locos. Pillaban los plátanos al aire, los pelaban con mucha maña, y se los comían como si no hubiera mañana. Lo mejor fue cuando un plátano cayó al agua. Uno de los monos, ni corto ni perezoso saltó sobre una roca, se metió en el agua y obtuvo su recompensa. Fue una parada de unos pocos minutos. Lo justo para ver los monos. Y a seguir. El sitio era bonito, y lo de los monos, pues curioso. Pero no deja de ser una parada de relleno. Si no la hicieran tampoco pasaría nada. Justo enfrente estaba Phi Phi Don Island. Podría ser un lugar bonito si no hubiera tantos barcos amarrados en la orilla. Había tantos que no dejaban ni un sitio libre para bañarse. La playa, de arena, fue de las más largas que vimos. Pero las cuatro casas que allí llaman pueblo le quitaban cualquier atisbo de encanto. En cambio en las fotos queda mucho mejor de cómo se ve in situ. ¡Qué raro!. Suele ser al revés, pero ……. La parada en Phi Phi Don no tenía otro sentido que comer. Nos llevaron a un restaurante donde tenían expuesto un buffet. Por llamarlo de alguna manera, porque podíamos elegir entre cuatro cosas contadas. Verduras, pollo, pasta, y alitas de pollo. Poca variedad, pero eso sí en cantidad. Lo probé todo. Lo que más me gustaron fueron las alitas de pollo. Al horno, como las que te puedes comer en tu casa, sin sabores raros. Me puse las botas. Por fin comida normal. De postre sacaron sandia. No estaba mala pero tenían la manía de sacarla calentorra, y así no es lo mismo. Las bebidas no estaban incluidas. Por un sprite nos cobraron 30 bth. Al terminar de comer, y aunque estaba lloviendo, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Total, llevábamos mojándonos todo el día. Un poco más de agua no nos haría daño. El pueblo no tenía ningún atractivo. Tiendas y restaurantes para turistas. Y ya que la comida no había sido gran cosa, rematamos la faena comiéndonos una crepe de nutela por la que nos cobraron 60 bth. Un poco carilla, pero hay que darse algún caprichillo de vez en cuando. Cansados de no saber que hacer, volvimos al barco donde nos sentamos bajo el toldo. No tardamos mucho en ponernos en marcha de nuevo. Esta vez nos llevaron a un sitio que me pareció entender que se llamaba Hin Kiang. Era la hora del snorkel en aguas abiertas. Un nombre muy pretencioso para algo muy sencillo; bucear con tubo a unos cuantos metros de distancia de la orilla. Seguía lloviendo, pero para meterse en el agua tampoco molestaba. Aquí el snorkel estuvo mucho mejor. Pude ver algo de coral. No mucho, pero algo. Y sobre todo muchos peces. Variedad y cantidad; muchos colores, de diferentes tipos, e incluso algunos de un tamaño ya respetable. Es este aspecto el snorkel fue una pasada. Para ser perfecto falló el coral, por eso bajaré la nota medía a aprobado. Mientras nadaba notaba unos pequeños pinchacitos a los que no presté mucha atención. Cuando estaba a punto de salir del agua descubrí a que eran debidos. A unas pequeñas medusas transparentes y tan pequeñas que ni se veían. Pasaban totalmente inadvertidas. Solo eran unos pinchacitos leves, molestos, pero que no dejaban restos de dolor Nos dieron cuarenta minutos para hacer snorkel. Y los aproveché a conciencia. Empecé nadando cerca del barco. pero poco a poco fui cogiendo confianza y me alejé bastante con la intención de encontrar un tesoro escondido. El tesoro no apareció, y alejándome no vi nada que no hubiese visto junto a la barca. Pero al menos había menos gente alrededor. No fui el último en subir a la barca, pero casi. Cuando subí sólo quedaban dos personas más en el agua. Junto con Maya Beach, el snorkel fue el plato fuerte de la excursión. Después de lo que había visto en Bamboo Island, no esperaba gran cosa. Pero no estuvo nada mal, sobre todo por la gran cantidad y variedad de peces que pude ver. Por desgracia nunca me acuerdo de comprar una cámara acuática, por lo que no tengo fotos del snorkel. La última parada era en Lohsamah Bay. Una bonita playa a la que no nos acercamos por el mal tiempo que hacía. Para compensar nos dejaron hacer snorkel de nuevo. Pero a mí, tanto tiempo respirando por un tubo me marea. Con la parada anterior ya había cubierto el cupo de snorkel por ese día. La gente que si que repitió dijo que había sido parecido al anterior. Más de lo mismo. Pero lo que no iba a hacer ni de coña era quedarme más de media sentado en el barco. Eso nunca. Para matar el rato no se me ocurrió nada mejor que ir nadando hasta la isla. Mi mujer pasó del tema, así que tuve que ir solo. Las distancias en el agua engañan. La playa estaba más lejos de lo que había calculado por lo que me costó llegar hasta la orilla. De hecho el último tramo no lo hice nadando sino pie a tierra, con lo que cuesta caminar dentro del agua. Pero el esfuerzo mereció la pena. La isla estaba casi vacía. Tan solo había tres barcas de pescadores, no de turistas, y tres chabolas camufladas entre la maleza. Conté seis personas, lo que no quiere decir que no hubiera más dentro de las chabolas. Por lo visto vivían allí. Pasaron olímpicamente de mí, ni me miraron. Estaban a los suyo. Un poco más adelante también había un chiringuito para turistas. No me debían esperar porque estaba cerrado. La próxima vez les enviaré un mail de confirmación para que no se olviden mí. Esa si que era un isla virgen. Sin turistas, sin barcos, ni nada de nada. Solo agua, arena, palmeras y detrás los acantilados cubiertos de vegetación. La playa no era muy diferente de las que ya habíamos visto, pero al estar casi desierta la pude disfrutar de verdad. Por eso este fue mi momento favorito del día. Paseando por esa playa fue cuando mejor me sentí, el momento del día en el que más disfruté. Es increíble estar en una playa paradisíaca, y no ver a nadie. Ver solo eso, la arena, los árboles, las rocas, el agua. Sólo la playa. Lo único que falló fue la dichosa lluvia que no paró ni un momento. Me hubiera quedado más tiempo, pero tenía que volver al barco. y tenía que hacerlo nadando. Llegar a la playa con la corriente a favor se me había hecho durillo. Ahora tendría la corriente en contra. No las tenía todo conmigo. A ver si no voy a tener fuerzas suficientes y va a tener que venir a rescatarme. Eso si que sería un cuadro. Si me llega a pasar una de esas, mi mujer me deja tirado en el agua. Estoy seguro que le dice a la guía que de media vuelta y que se vaya, que es mi problema si me ahogo. Al final no pasó nada. Llegue hasta la barca sin problemas. Supongo que a la ida había empezado con demasiado ímpetu y lo había pagado. Para volver regulé un poco mejor y me resultó más sencillo y menos cansado, y eso que la corriente no ayudaba. Llegué al barco con tiempo suficiente. Todavía quedaba gente dentro del agua haciendo snorkel. Mientras esperábamos a que volvieran todos a bordo, nos dieron un zumo de naranja que me vino de perlas. Devolvimos la careta, el tubo y a casa con una paradita rápida en Railay para dejar a la pareja que habíamos recogido allí por la mañana. A las cuatro llegábamos al puerto, y en poco menos de media hora estábamos de vuelta en el hotel. Recuperados de la paliza del día salimos a la calle con una idea fija, darnos un masaje. Nos paramos en el primer sitio que encontramos al salir del hotel. Total, todos estos sitios eran iguales. Mi mujer se dio un masaje tailandés y yo un masaje con aceite de coco. La diferencia fue que a mí me untaron con aceite de coco y si bien el masaje seguía siendo predominantemente de contacto, como un masaje tailandés. Me hizo daño, pero de una manera más soportable. Y como novedad me hizo unos cuantos estiramientos diferentes que no esperaba. Muy relajante. Pagamos 250 bth cada uno, más 20 bth de propina a cada masajista. Después de un masaje de éstos, uno no sabe si está relajado o molido por la paliza. Pero merece la pena probarlos, aunque sea solo una vez. Fuimos a cenar al mismo sitio que el día anterior. Pero en el último momento decidimos no repetir y nos metimos en el restaurante que había al lado. Pedimos unas almejas, una tempura de gambas, unos noodles sea food, un agua y un sprite. Nos cobraron 376 bth. La comida estuvo correcta, sin más. De camino al hotel nos comimos dos crepes, una de nutela y otra de piña con chocolate. Pero en lugar de piña me pusieron crema de cacahuete. Me comí la crepe porque era dulce, pero no la disfruté. Mira que están buenas las crepes, pero cuando les rellenan de porquería no son lo mismo. Pero no todo fueron malas noticias. Se equivocaron al cobrarnos y solo pagamos una de las crepes, por lo que las dos crepes nos salieron por 35 bth. Para quitarme en mal sabor de boca, me compré un batido de mango por 30 bth. Eso si que fue un acierto. Estaba buenísimo Y a dormir, que ya era hora. Etapas 13 a 15, total 17
Nos levantamos a las siete y media. Lo primero, asomarnos por la ventana para ver como había amanecido el día. Nubes y lluvia. ¡¡¡Me cago en las bajas presiones y en el anticiclón de las azores!!!. L la predicción del tiempo era de lluvia durante todo el día. Una lata, pero contra el tiempo no se puede luchar.
Fuimos a desayunar al mismo sitio que el día anterior. Un sándwich de queso, unas tostadas con mermelada, un agua y un café. 190 bth. Suprimiendo el porridge del día anterior, el desayuno mejoró mucho. Pero me quedé con hambre. Las raciones eran escasas. Tardaron bastante en servirnos. No lo hicieron hasta los ocho y media. A esa hora ya teníamos que estar esperando en la recepción del hotel a que vinieran a buscarnos. Y todavía no habíamos empezado a desayunar. No tragamos, engullimos sin masticar y corriendo hacia el hotel. Cuando llegamos a la recepción todavía no habían pasado a recogernos. Así que nos pusimos a esperar. Ese día tocaba Four Islands en long tail. El mayorista era Andaman Krabi Tours. Fuimos los últimos a los que recogieron, así que sin más paradas, directos al puerto, al que llegamos a las nueve. Nos llevaron al mismo puerto que el día anterior. Como el día anterior había un jaleo del copón. Confirmado, la organización no es el fuerte de esta gente. Tendrán muchas virtudes pero el orden y la organización no son una de ellas. Se repitió la ceremonia del día anterior. Nos entregaron la pegatina de colores, nos separaron por grupos, y a esperar a que estuviéramos todos. Como el día anterior, cuando el guía nos dijo que le siguiéramos, nos pusimos a la cabeza del grupo. En el grupo éramos veintidós personas. Seguro que no habría sitio para todos en la parte cubierta. Y no queríamos que nos tocara a nosotros sentarnos a la intemperie. Y no fallamos, llegamos los primeros a la barca, lo que nos dio derecho a elegir sitio. Como no, elegimos sentarnos al fondo, en la zona cubierta, que fue llenándose hasta que los últimos en subir tuvieron que sentarse bajo la lluvia sin protección de ningún tipo. ¡Valientes! El long tail era más pequeño que la speed boat del día anterior. Tenía más encanto. Lo que no cambiaba era la manera de subir a la barca, metiendo los pies en el agua y trepando por una escalerilla metálica que más que una escalera parecía una trampa. Y sin más dilación dio comienzo la excursión. La primera isla que visitamos fue Tup Island. Nos dio la bienvenida con un nuevo aguacero. En realidad solo chispeaba, pero me dio mucha rabia, porque me había hecho ilusiones de que no volvería a llover. Esa fue la tónica durante todo el día, lluvia a intervalos. Ahora te mojas, ahora no, ahora te mojas, ahora no. Pero del sol no tuvimos noticias en todo el día. El cielo estuvo permanentemente cubierto de unos nubarrones grises muy desagradables en un día de playa. Esta excursión la hicimos en long tail, mucho más lento que las speed boat. Pero no hacía falta más. Las islas que teníamos que visitar estaban relativamente cerca de Aonang por lo que incluso con un long tail llegamos bastante rápido. Es más, incluso diría que esta excursión resultó más agradable por el hecho de ir en long tail. Al ir más despacio pudimos disfrutar mejor del paisaje, y todo resultó más pausado, más acorde al ritmo que requerían esas islas. Pero volvamos a Tup Island. Una isla muy bonita, con una playa preciosa, y varios islotes alrededor, dándole un toque diferente a las islas que habíamos visto el día anterior. Como playa me gustó más que las del día anterior. La franja de arena era más ancha, y la isla describía una curva que hacía que la playa pareciese más larga. Y sobre todo, no había ningún chiringuito que rompiese la armonía del paisaje, muy bien complementado por la gran cantidad de plantas que cubrían las rocas que empezaban justo en el punto donde terminaba la arena. Tal vez el conjunto no tuviese el nivel de Maya Beach al no ser una bahía cerrada, pero seguía siendo precioso. En cambio si que me pareció mucho mejor como playa para tumbarse a tomar el sol. Lástima que nosotros no pudiéramos hacerlo. La playa no cubría todo el contorno de la isla. Por ambos lados se encontraba acotada por rocas, más allá de las que resulta bastante incomodo pasar. Y con chanclas como íbamos nosotros, no es que resultara incómodo, es que hubiera sido una temeridad. Recorrimos la playa de una punta a la otra. Sorteando a la gente que nos iba saliendo al paso. Por lo visto era hora punta, y es que parece ser que la primera parada de todas las agencias que hacen esta excursión es Tup Island. La otra cosa que se podía hacer en esta isla, era pasar por una lengua de arena a un islote que estab justo enfrente. Resultaba curioso pasear por esa lengua de arena, pero vamos que tampoco era como para tirar cohetes. Además al llegar al islote no había nada que hacer. No había playa, no había caminos que lo cruzasen. No había nada de nada. Solo rocas. Así que hasta tomar un baño resultaba incomodo. Pero como esa lengua de arena era el verdadero motivo de la parada en Tup Island., no cruzarla hubiera quedado muy feo. De vuelta a Tup Island todavía nos quedaba un buen rato. Lo aproveché tomando un baño en compañía de un banco de peces que me rodearon casi al instante de meterme en el agua. Fue muy divertido, con el agua por la cintura y los peces dando vueltas a mi alrededor. De repente desaparecían y por la cara que ponía la gente sabías adonde habían ido. Iban y venían, y así nos tenían contentos a todos. Le dije a mi mujer que se metiera en el agua conmigo. Obedeció a regañadientes, pero una vez dentro, cuando los peces la rodearon quedó encantada. Y así estuvimos, persiguiendo a la los peces por la orilla hasta que se nos acabó el tiempo que nos habían dado. Pasamos un rato divertido. Al llegar al barco no había vuelto nadie todavía. Así que me fui a dar otra vuelta. Me recorrí de nuevo la playa de una punta a la otra. Pero esta vez con menos obstáculos. Varios barcos ya se habían ido y quedaba poca gente en la isla. Quieras que no, esos lugares ganan mucho cuando queda menos gente. Casi casi se puede llegar a tener la sensación de estar en una isla paradisíaca. Aproveché para sacar unas cuantas fotos sin gente por en medio, y de vuelta al barco. Cuando llegué ya había regresado todo el mundo, solo faltaba yo. Con las prisas resbalé al poner un pie en la cubierta, y me di un buen tozolón. Tardón y torpe, que joyita. Estuvimos una hora en la isla. Si hubiera hecho buen tiempo, habría sido la medida justa. Pero al hacer tan mal día acabamos enseguida con la visita por lo que nos sobró tiempo. No me había recuperado de la caída, cuado ya salíamos con dirección a Chicken Island. Más conocida como la isla del pollo. Y sí, había una roca que parecía la cabeza de un pollo, quedando la isla redondeada como si fuera el cuerpo del animal. El parecido era real. No era como en algunas cuevas donde te dicen, esa roca parece un león cazando un antílope, y lo único que se ve son pedruscos amorfos. Ni león ni antílope ni nada parecido. Aquí el pollo si que se distinguía. Aunque podríamos discutir largamente si era un pollo o un pavo. Yo como reconocido ornitólogo de fama mundial, me inclino más por la teoría del pavo. Dejaremos a un lado la discusión sobre si es macho o hembra, ya que podría llevarnos demasiado tiempo. Pero quizás la retomemos más adelante. Fuimos con el barco hasta la cabeza. Muy despacio para poder ver al bicho tranquilamente y sacarle las fotos que quisiéramos. Y para que los del otro lado también quedaran contentos, media vuelta. Así todo el mundo pudo verlo en primera línea. Paramos en la parte contraria de la isla. En lo que vendría a ser el culo del pollo. Menos mal que era de piedra. De todas formas no nos acercamos a la orilla. Supongo que por precaución, por si al pollo se le aflojaba el esfínter. Era la hora de hacer snorkel. No resultó muy interesante. Rocas y coral muerto. Muy poca cosa. Ni siquiera los peces salvaban el snorkel. Había pocos, todos pequeños y de la misma especie. De esos a rayas negras y amarillas. Cuando ya empezaba a cansarme de ese panorama tan desolador me di cuenta de que junto a la barca había un grupo de gente y que parecían pasárselo bomba. Yo también quiero jugar. Y entonces lo entendí. Todos los peces estaban allí. Uno de los pasajeros había traído pan de molde y se lo estaba tirando a los peces. Y los bichos que son unos interesados se habían concentrado en ese punto. Nunca había visto tantos peces juntos en libertad. Pero lo mejor fue cuando para hacer la gracia tiró un trozo de pan a mi lado. Todos los peces se lanzaron como locos a por él. Me sumergí, y no veía nada. Solo peces por todas partes. Había tantos y tan cerca que no se podía ver más allá. Me rodearon por todas partes. Daba igual hacia donde me girase, solo veía peces. Cientos y cientos de peces. No es una exageración. Y como un cacho de pan no da de comer a tantos peces, les entraba el ansia y mordían todo lo que se ponía a su alcance. Ese algo en este caso era yo. Me mordieron por todo. Pellizquitos indoloros, muchos a la vez. ¡Qué sensación tan extraña!. Y al mismo tiempo alucinante. Estuve un rato jugando con los peces. El suficiente para que mi mujer también se animará y se lanzara al agua. Al principio le hizo mucha gracia ver tantos peces juntos. Pero cuando le tiraron un trozo de pan al lado y los peces se lanzaron a por ella dejó de reír. Y cuando empezaron a morderle se acabó el snorkel. Entonces el que se echó unas risas a su costa fui yo. Antes de volver a subir a la barca me di otro garbeo. Volví a alejarme del tumulto, pero con poco éxito. El paisaje marino era más bien desolador, y los peces estaban todos junto a la barca. Así que no tardé mucho en dar media y salir del agua. De nuevo de los últimos. La experiencia fue fantástica. No por lo que vi, sino por la gran cantidad de peces que vinieron al reclamo de la comida. Fue muy divertido. No me lo podía creer, estar rodeado de peces por todas partes, y no ver más que peces a mi alrededor. Fue lo mejor de todo el día con diferencia. Nos dejaron nadar durante media hora. A un aficionado le parecerá poco tiempo, pero para los que no practicamos snorkel habitualmente es más que suficiente. La siguiente parada fue Tonsa Island, a donde nos llevaron para comer. Aquí no se lo curraron mucho. El supuesto buffet consistió en un cubo de arroz blanco, y dos palanganas, una de pollo con verduras y la otra de algo que parecía pasta con verduras. Las pusieron sobre una mesita en la arena y que cada uno buscase sitio donde comer. Para beber había un cubo con botellas de agua en el barco. En un día normal ese sistema podría resultar aceptable. Pero en un día de lluvia, no. Estábamos en un lateral de la playa, junto a las rocas que la cerraban. Una zona llena de porquería, y que la gente utilizaba como aseo. No era el mejor lugar para sentarse. Tampoco era plan el sentarse sobre la arena. Os recuerdo que estaba lloviendo, por lo que la arena estaba mojada, y con el plato en la mano, pronto el pollo con verduras se hubiera convertido en sopa de pollo. La otra opción era alejarse un poco de nuestra posición y buscar un árbol que nos cobijase. Parecía la mejor opción, pero mientras lo buscábamos oímos unos gritos, dos platos volando y comida en el suelo. Los monos se habían deslizado a traición por encima de una pareja y les habían intentado robar la comida. Aquella gente del susto había soltado el plato y salieron corriendo. Aquello lo aprovecharon los monos para comerse los restos del suelo. Nuestra última opción se acababa de desvanecer. Nos acercamos a la pared de roca, y comimos de pie intentando mojarnos lo menos posible, y sobre todo que no se nos aguara la comida. Un poco cutre, la verdad. Que narices, seamos sinceros, lo de la comida fue penoso. Comimos a toda prisa para acabar con ese tormento lo ante posible. Tanta prisa nos dimos, que nos sobró tiempo. Para aprovecharlo nos fuimos a dar un paseo por la playa. Seguía lloviendo pero con menos fuerza, por lo que no molestaba. Pasamos por delante de un restaurante. Una buena opción para pasar el rato y poder ir al baño. Pero no nos dejaron entrar. Por lo visto solo podían acceder a él, la gente de las excursiones que habían contratado la comida con ellos. Un poco más adelante había un chiringuito, pero estaba cerrado. Y se acabó. No había nada más. Con diferencia ésta fue la peor playa de todas las que visitamos. Estrecha, rodeada por una valla que no permitía el acceso al interior de la isla, y lo peor de todo muy sucia. Había porquería por todas partes. Por lo visto muchas excursiones paran a comer en esa isla, y la recogida de los restos de la comida no es muy eficiente. Fue el único sitio del que me hubiera ido antes de tiempo. La espera se hizo muy larga. El único entretenimiento que encontramos fue mirar los monos que se habían apoderado de la playa buscando los restos de comida que pudieran haber quedado. Les sacamos fotos y los miramos con precaución desde la distancia. Esos bichos tienen muy mala fama. Por algo será. Aunque tardó más de lo deseado, llegó el momento de largarnos de allí. ¡Ya era hora! La última parada del día era Phra Nang Beach en Railay. Ya habíamos estado en esa playa nuestro primer día en Aonang. Esta segunda vivista me reafirmó en mi idea inicial. Era una de las mejores playas que se pueden encontrar en esta zona. Probablemente la más bonita de las que habíamos visitado ese día. Un baño rápido, un paseo muy agradable por la playa, y ya no sabíamos que hacer. Es que sin sol, había pocas que hacer en la playa. Tomamos el camino hacia Railey West. Volvimos a pasar por debajo de las rocas que cubrían el camino. Muy prácticas en ese momento ya que nos protegían de la lluvia. Un camino muy bonito, un buen complemento para la playa. Vimos gente que subía al mirador. Si hacía dos días ya me pareció una locura, no me quiero ni imaginar lo que sería aquello lloviendo y con el camino totalmente embarrado. Para matarse. Al llegar a Railey West la marea estaba alta. Algo de agradecer. Ya que de esa manera hasta parecía una playa de verdad, ya que el agua tapaba el pastizal que se formaba cuando bajaba la marea. Y digan lo que digan, el entorno de esa bahía era muy bonito. Como playa no valdrá dos pimientos, pero paisajísticamente si que merece una visita. Antes de volver al barco mi mujer se compró una bolsa de patatilla. Se la iba comiendo por el camino. Una auténtica provocación a la que no tardaron en responder los monos. Los primeros se conformaron con reclamar su parte desde a valla. Hasta que uno más atrevido se plantó en medio del camino, como diciendo, para pasar por aquí tendrás que pagar peaje. Le tiró una patata a un lado y el mono se consideró pagado. No tardó en aparecer otro en medio del camino. Mi mujer se negaba a seguir compartiendo sus patatillas con los monos, por lo que recurrió a mi ayuda. Me tocó espantar al mono con un par de bufidos. Por suerte el mono no tenía ganas de pelea y se retiró. Batalla ganada. Pero la guerra no había terminado, un tercer mono se lanzó al ataque. Y lo hizo literalmente. Se abalanzó sobre mi mujer con la clara intención de arrebatarle la bolsa de patatas. El grito que soltó mi mujer debió amedrentarlo porque retrocedió unos pasos. Pero parecía dispuesto a volver a la carga. Mi mujer pidió refuerzos, y me tocó volver a intervenir. Esta vez no resultó tan fácil echarlo del camino. Se resistió, y cuando lo hizo no dejó de mirarnos amenazante, de gruñirnos y enseñarnos los dientes. No fue necesario realizar parte de lesiones. Mi mujer salió ilesa del ataque del mono. Hasta aquí hemos llegado, le dije a mi mujer. O escondes las patatillas o te las arreglas tú sola con los monos. La perspectiva no le debió parecer muy halagüeña, porque escondió la bolsa sin rechistar. Los monos no volvieron a molestarnos. Regresamos a la playa sin más incidentes. Nos montamos en el barco y sanseacabó. Tan sólo nos quedaba un pequeño trayecto desde Railay hasta Aonang. Muy bonito. Todo eran acantilados con plantas que cubrian las paredes. Era la tercera vez que pasábamos por ese mismo lugar. Pero cuantas más veces pasaba más me gustaba. Hay cosas que no cansan nunca. Curiosamente esta vez no nos llevaron al puerto desde el que habíamos partido por la mañana, sino que nos dejaron en el muelle que estaba más cerca del hotel. Y aun así nos llevaron en furgoneta hasta el hotel. A las tres estábamos en nuestra habitación. La excursión como tal me gustó más que la del día anterior (Phi Phi Island), con excepción de Tonsa Island que me pareció horrorosa. En conjunto resultó mucho más vistosa. Tal vez porque el día había sido más claro y el paisaje se veía mejor. Además hacerla en long tail, le dio mayor encanto y nos permitió disfrutar más del paisaje. La pena es que se me hizo corta. Estar de vuelta al hotel me pareció un desperdicio de tiempo, podrían estirarla dos horitas más. Pasadas las cinco salimos del hotel con la idea de dar un paseo. Recorrimos la calle del hotel, giramos a la derecha, pero al llevar a la altura del restaurante “La Luna” decidimos parar y comer algo. La comida había sido bastante pobre, y aunque era pronto para cenar, si que podíamos picar algo para matar el gusanillo. De picar algo pasamos a comernos unos espaguetis con tomate (el plato especial del día), un pan de ajo, un tiramisú, un agua, un sprite, un expresso y un batido de chocolate. 450 bth. Si llegamos a parar para cenar no hubiéramos pedido tanto. Todo estuvo muy bueno menos el batido de chocolate. La picada se convirtió en una de las mejores comidas del viaje. Con el estómago lleno, podíamos seguir paseando. Y caminando, caminando llegamos a la calle principal de Aonang. Era parecida a la calle en la que estaba nuestro hotel, pero a lo grande. Era mucho más larga, y había más tiendas, más restaurantes, más de todo, y sobre todo más animación. Más gente paseando. Más gente sentada en las terrazas. Ese era el verdadero corazón de Aonang y no la calle en al que estábamos nosotros. Pero al fin y al cabo era más de lo mismo. Un mercadillo más. Llegamos casi hasta el final de la calle, allí donde los neones se desvanecían. Como seguir más adelante no tenía sentido, dimos media vuelta e iniciamos el camino de regreso. Nos quedaba un tema pendiente, contratar un transfer que nos llevara al aeropuerto el día siguiente. Paramos en una agencia de viajes para contratarlo. Nos ofrecieron hacer el trayecto en furgoneta. Con recogida en el hotel. El precio, 150 bth por persona. Lo teneía todo previsto. Las salidas estaban adaptadas a los horarios de los vuelos. La que nos iba bien a nosotros era la de las seis de la tarde. A esa hora ya habríamos vuelto de la excursión, y nos permitiría llegar al aeropuerto con antelación suficiente para facturar sin prisas. Pero resultó que a esa hora la furgoneta ya estaba llena. Nos ofrecieron dos alternativas; o bien ir en un taxi por 500 bth o bien ir en la furgoneta de las cuatro. Ninguna de las dos opciones nos convenció. Al menos en ese momento. Por eso preferimos probar suerte en otro sitio. Y en ese otro sitio nos ofrecieron directamente la furgoneta de las cuatro. Demasiado pronto. No tenía claro que ya hubiésemos regresado de la excursión de ese día. Además la espera en el aeropuerto sería demasiado larga. Un tercer intento se resolvió de la misma manera. Solo nos quedaba una opción, un taxi que nos llevara a nosotros solos al aeropuerto. Y cuando sólo se tiene una opción, no hay que darle muchas vueltas, se acepta y punto. Y eso hicimos, contratamos un taxi. Acabamos haciéndolo en la misma agencia de viajes en la que habíamos contratado las excursiones. Aquella chica se había portado, y no nos había engañado. Era de fiar. Además nos lo ofreció directamente por 500 bth sin necesidad de regatear. Ese era el precio real, el que se podía obtener en todas las agencias, y difícilmente se hubiéramos conseguido un recio más bajo. Antes de llegar al hotel nos compramos en un chiringuito en medio de la calle una ración de arroz frito con seafood y dos crepes, una de nutela y otra de piña con chocolate. 115 bth. Las crepes con poca sustancia. El arroz con poco seafood. Pero por lo que nos cobraron tampoco podíamos mucho más También paramos en un super y compramos unas galletas para desayunar al día siguiente. Mi mujer ya me había anunciado que si hacía mal tiempo no vendría de excursión. Que ya estaba harta de lluvia. Teniendo en cuenta que la predicción del tiempo para el día siguiente seguía siendo de lluvia, lo más probable es que no viniese. Y si finalmente ella no venía, yo desayunaría en la habitación. Así me daría más prisa. Ese día nos fuimos a dormir temprano. Dos días de playa y snorkel acaban pasando factura a cualquiera. Etapas 13 a 15, total 17
📊 Estadísticas de Diario ⭐ 4.9 (19 Votos)
![]() Total comentarios: 9 Visualizar todos los comentarios
CREAR COMENTARIO EN EL DIARIO
Diarios relacionados ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
![]() |