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ESTAMBUL :RECORRIDO EN ALFOMBRA MAGICA. Primera Jornada: DESDE TAKSIM A GALATA - Blogs de Turquia
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Diario: ESTAMBUL :RECORRIDO EN ALFOMBRA MAGICA. Primera Jornada: DESDE TAKSIM A GALATA  -  Localización:  Turquia  Turquia
Descripción: Recorrido desde Taksim Meydani, bajando por Istiikal Cadessi hasta Gálata. Almuerzo en el Pasaje de las Flores. Viaje al pasado de Estambul
Autor: Gabriellagd   Fecha creación: 
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Etapa: EL BAZAR DE LOS LIBROS ANTIGUOS. Sahaflar Çarsisi y Orhan Pamuk  -  Localización:  Turquia Turquia
Descripción: Recorrido en una tarde por el Barrio de Beyazit, las mezquitas y los mercados, y la búsqueda de las letras y la caligrafía en la ciudad de las tughras.
Fecha creación: 26/03/2020 23:41  
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IN VIAGGIO...
AL BAZAR DE LOS LIBROS: Sahaflar Çarsisi


“Al contrario que en las ciudades occidentales que han formado parte de grandes imperios hundidos, en Estambul los monumentos históricos no son cosas que se protejan como si estuvieran en un museo, que se expongan, ni de las que se presuma con orgullo. Simplemente, se vive entre ellos”.
Orhan Pamuk, "Estambul. Ciudad y Recuerdos"

En la lista de sitios que no deben ser buscados está el Sahaflar Çarsisi, el Bazar de los Libros Antiguos. Como si se escondiera.

El más antiguo de Turquía en su especialidad, lo que es mucho decir en tierra de mercaderes. El nudo del comercio del mundo.

Suena sin esfuerzo a tiempo de turbantes y califas, jenízaros y velos. Palacios y concubinas, con laúdes y chinchines. A estudiantes de las madrassas que acompañan, como en toda la ciudad, a cada mezquita.

Sahaf, en árabe, alude a la actividad o la persona que se dedica a la venta de libros antiguos y Çarsisi significa mercado.
Fue instalado tal como hoy se lo transita, sin rumbo, apuro ni necesidad, en el siglo XV sobre el antiguo barrio Chartoprateia donde funcionaba el mercado bizantino de libros y papel.
El crearse el Gran Bazaar en 1454, los libreros se agruparon en este sector donde hoy aparece.
El incendio de 1950 casi hace a su desaparición gracias a su edificación en madera con tanto o todo lo era entonces, pero el municipio rescató el mercado y lo dotó de la construcción que hoy no se advierte entre los toldos, mesas de libros y paredes cubiertas con objetos en venta.

En Estambul, donde los edificios encastran en rompecabezas, ocultarse y perderse es una constante.
Nos sumergimos en el laberinto" , cita Pamuk a T. Gautier del "Constantinopla" que jamás pude encontrar.
Aparece solo, y para quien se lo merezca. Dueño y señor de la distribución de libros en la ciudad siempre gigante.

Sabedor de que no compite en visitantes con el Gran Bazaar o con el Egipcio, espera ser profundamente deseado para hacerse visible en el complejo de Beyazit, en un patio contiguo y antiguo entre la mezquita y la entrada Fesciler del Bazaar.

El barrio se extiende desde la Mezquita de Suleymaniye - levantada por Suleymán "el Magnífico" con diseño del gran Mimar Sinan - , se recuesta sobre el estrecho del Bósforo hasta Beyazit y abarca hasta Tahtakale, el corredor que une el Gran Bazaar con el Bazar Egipcio en calles repletas de puestos de venta de objetos de cocina, servicio de té y cafeteras de cobre que caen en manojos y cubriendo muros y vitrinas.
Unos pocos escalones abajo, a la intemperie, el acceso a la Mezquita Nueva y su plaza.
Todo unido, da cuerpo a Eminönü, parte de la vieja Constantinopla, la multitudinaria, la bizantina, con el cielo siempre cubierto del aleteo de los albatros y un aroma a pescado fresco que pervive a pesar de que hace años se liberó la zona retirando los puestos de venta que se ubican ahora en los mercados de Kadikoy, en Beşiktaş o en Usküdar.

Eminonü tendría por significado el de " frente a la Justicia" debido , tal vez, a que en los muelles de la base del Puente de Gálata se localizaban los juzgados y sedes aduaneras otomanas. Ese perfil administrativo hizo que más tarde se instalara la estación de Orient Express desde el que partiera el asesino de Agatha Christie y que hoy reemplaza la Estación de Sirkeci.

Advertir la homogeneidad urbanística, histórica y temática del barrio Beyazit y recorrerlo no es sinónimo de acceder al Bazar de los Libros Antiguos. Baste con indagar entre quienes hayan estado en la ciudad que Mehmet II le arrancó de las manos a Constantino XI en 1453, quién estuvo en el Sahaflar Çarsisi.

Sólo para pocos.

La localización en el mapa, a dedo o con app, tampoco es garantía de nada donde una cuadra son diez metros o doscientos, las mezquitas se yerguen en volúmenes increíbles sobre bloques edificados o se ocultan en el corazón de un complejo comunitario, las calles caen en picada hacia el mar o trepan las casas de colores, y las curvas desaparecen detrás de muros mágicos.

"...Como mucho podríamos decir que existe una belleza pintoresca en el placer que obtenemos al entrever estos edificios pr un hueco entre las calles, o desde una cuesta cubierta de higueras o cuando se reflejan en ellos las luces del mar."

Es que Estambul tiene vida propia, se mueve, se muestra y se esconde. Como sus gatos.

"El Bósforo tiene un alma específica" escribe Pamuk

Sin minaretes que nos orienten, los mercados con sus techos abovedados se localizan - en el mejor de los casos - por el movimiento de la gente, los ruidos de los voceadores, o los aromas. Y la intuición.

Hay un momento en el que la ciudad de nos mete y lo que pudo haber sido sentido de la orientación deviene en intuición. Y todo es más exitoso.

El Sahaflar Çarsisi, silencioso y custodiado por los adorados felinos, no convoca multitudes.

Se lee en el material turístico que el Bazar está " en un ángulo" de Gran Bazaar. Pues no lo sé porque no tenemos idea de cómo llegamos. Sencillamente, apareció.

Una tarde, una de esas de no parar, mareadas por el murmullo de los corredores del Kalpakçılar Çarsisi en los que los tenderos nos invitan a pasar, ver, degustar y comparar, fuimos exitosas en la localización de una salida que sólo se divisa por la diferencia de la luz. Dentro de los bazares no hay iluminación natural y predominan los tonos amarillos intensos decorados con guardas en marrones, blanco, tierra y azul, sobre los que flamean cientas de pequeñas banderas turcas.

Así, tan perdidas como entramos, salimos y - de la nada- se hizo presente una muralla baja de la que pendía el cartel de acceso al Sahaflar Çarsisi.

Estábamos, puestas a ubicarnos, a un lado de la Universidad de Estambul, detrás de la Mezquita de Beyazit y de la torre que lleva el nombre del barrio, y - por obra y gracia de la casualidad y el deseo - aparecimos dentro del bazar donde no sólo libros antiguos se encuentran.

Es magnífica la sensación de descubrir si buscar; de llegar dejándose llevar por esta ciudad con su propios movimiento y voluntad.

Hace unos días, una amiga que vive en Bologna me dijo : "Vos no elegís vivir en Bologna. Ella te elige a vos."

Y Estambul te lleva a donde ella lo desea. Como una alfombra mágica.

Acompañando las murallas de Beyazit, el Bazar de los Libros Antiguos , aloja un silencio poco común en sus callecitas de adoquines, árboles que dan maravillosa sombra y guías de luces que iluminan la caída de la tarde que se hace prematura en invierno.
Los mozos con las bandejas que no se llevan por la base sino pendiendo de una manija central. En torno a élla, los manjares locales, pocillos de café y pequeños vasos transparentes emplatados que dejan ver el líquido ambarino . Van y vienen sirviendo a los libreros desde bares que están , si es que era posible, más ocultos que el mismo Bazar.



Sentados en banquetas bajas, los vendedores conversan y se ríen. Su lengua es indescifrable, parecida a ninguna, en la que sólo pueden entenderse los silencios. Pero no hay muchos mientras está abierto el bazar de los libros antiguos, y en turco. Todos hablan.

La lengua es la misma del Medioevo cuando poblaron desde Asia Central a Anatolia, entonces parte de Bizancio. Se la compara por sus reglas con el vasco y el japonés y carece de distintivo de género.

En la década del 20 se la sometió a una investigación lingüística tras la que se desprendió de las palabras prestadas de orígen árabe o persa. Y en 1928 el entonces presidente Mustafá Kemal Ataturk - literalmente "Padre de los Turcos" como el Parlamento lo declaró - dispuso la aplicación de un alfabeto que dejaba atrás el turco otomano. Crearon un alfabeto que se despojó el árabe, usando el latino y con símbolos añadidos que permiten un signo para cada fonema.

De la mano del nuevo alfabeto, a lo que se denominó "la revolución de los signos", Turquía superó el analfabetismo y llegó a una alfabetización de más del 92% en 2006.

Como cuando se recorre la feria del libro que se extiende en el Paseo de Gracia en Barcelona, o los pequeños locales sobre los canales en Amsterdam, los puentes parisinos o los pórticos de Torino y, claro, todo está escrito en catalán, holandés, francés o italiano. Y a quién le importa? Así se recorren en Constantinopla las líneas de los títulos en turco y hasta se lleva alguno como ideal recuerdo de la ciudad de libreros, caligrafistas y editores.

La belleza está en la mezcla de libros antiguos y recientes, nuevos y de segunda mano - cuantas más mejor- que se acarician como Pamuk lo hacía en la infancia con los ejemplares familiares de historia y la famosa Enciclopedia Istanbul Ansiklopedisi , la primera que se registre sobre una ciudad.

En la existencia misma de la letra, árabe o turca, dibujo elegante, redondeado, fuerte y sorpresivo. De curso intempestivo, puntos, rayas y asteriscos que jamás dejaremos de mirar como un misterio, como todo lo que espera por aquí. Como los gatos.
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Ver Etapa: EL BAZAR DE LOS LIBROS ANTIGUOS. Sahaflar Çarsisi y Orhan Pamuk



Etapa: ESTAMBUL : ISTIKAL CADESSI Y EL PASAJE DE LAS FLORES  -  Localización:  Turquia Turquia
Fecha creación: 27/03/2020 00:06  
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Las ciudades se recorren con tiempo.

Primero con la imaginación, luego con el cuerpo y, más tarde, con la memoria. Después en los sueños.

Su forma, esa trama de rectas y curvas con enemiga letra diminuta, y se va metiendo en la cabeza de tanto mirarlas en el plano de un mapa. El recorrido del metro, los espacios que señalan las plazas, los rieles del tren, los cursos de los ríos atravesados por sus puentes, hasta que se se nos hacen familiares. Un rompecabezas que nos obsesiona.

Se alzan en una tercera dimensión como en los viejos libros troquelados que se desplegaban y saltábamos dentro. Como en aquel de Praga en el que , cada noche hace diez años atrás, nos perdíamos con Sofi antes de dormir.

Se las intuye al diseñarse los recorridos, visitas, horarios, caminos de idas y vueltas que, al fin, dibujan el día a día, el hora a hora.

Ni qué decir si las indicaciones en otro idioma se van pegando a la memoria o un alfabeto distinto empieza a hacerse deductible.

Una aventura sin haber siquiera empezado a armar valijas.

Estamos entonces in viaggio.

Esa imágen anticipada, intuitiva o adivinatoria, se completa cuando - y pie en tierra - la imaginación se yergue con la ciudad misma en toda su magnitud.

Puede ocurrir que, desde entonces, jamás dejemos de estar allí. Una parte permanece, como me ocurre con Estambul.

Jamas regresé.

Embrujo o magia que hacen de la estadía un tiempo infinito.

Y las estampas, como postales, se ubican en un gran collage en que cada pieza halla su sitio, y van y vienen no importa qué estemos haciendo. Irrumpen atrapando nuestra atención para llevarnos una y cien veces más a los rincones, los detalles, las esquinas, los barcos, las vidrieras, los cielos, los aromas y los sonidos que flotan para siempre.

Así, hoy irrumpió temprano el Pasaje de las Flores, el Çiçek Pasajı.

Cuando una inicia en Taksim Meydani ( plaza , en turco) que dá nombre al barrio, bajo el bronce del Monumento a la República centrado en esta icónica zona, se adivina el recorrido de la famosa Istikal Caddesi, la Avenida de la Independencia.

La peatonal atraviesa otra Estambul muy distinta de la Sultanahmet donde nos alojamos custodiando Hagia Sophia y la Mezquita Azul.

La porción de la ciudad que se apoya en la avenida Istikal no es la Constantinopolis de Constantino, ni la que Mehmet - el Fatih - atrapó en el 1453 tras numerosos días de sitio, estrategia y batalla en el séptimo asedio otomano.

Esa, la hoy denominada Eminonü, es la antigua y mítica, la que fue capital de cuatro imperios: el romano, el bizantino, el latino y el otomano.

Istikal, en cambio, está en la porción norte , por encima del Cuerno de Oro, del otro lado del adorado Bósforo adonde todos y todo miramos y al que a diario se le rinde merecido culto.

Donde dos mares de juntan, el Mediterráneo y el de Mármara; dos mundos se reunieron desde el inicio de los tiempos. Allí empieza Asia.

Istikal es una ancha calle devenida peatonal - apenas recorrida por el Tranvía de la Nostalgia- que va y viene por los barrios más comerciales, cosmopolitas, de movimiento incesante y estilo y estética europeizada a la usanza del siglo XIX.

Va y viene desde Taksim, atraviesa Beyoglü y conduce a la Cité de Pera, antes de derramarse en el mar en Gálata.

Péra, por su forma o porque en griego significa "más allá". Baste con mirarse un mapa para advertir que, atravesando el Bósforo y dejando a las espadas las alturas de los minaretes de las innumerables mezquitas, se alza la porción más europeizada de esta ciudad colosal.
Péra rodea Gálata, la colina que cae al mar en picada. La caminata de descenso, apenas ayudada por escalinatas, es de una pendiente iluminada, acompañada de negocios a ambas manos hacia los que los ojos se van sin control.

Volvamos a Taksim. Conviene cargar fuerzas con un delicioso té de granada, jazmín o negro y la porción más exquisita de vaclava en el centenario Hafiz Mutafá.

La comercialización en cadena no ha conspirado contra la exquisitez de ese romance que los turcos tienen con el azúcar, el turrón, el chocolate, el almíbar, las cremas y las mousse.

Entremos en clima...en el Estambul del siglo XIX, la del gran Imperio Otomano con el que la Primera Guerra arrasó hasta verla transformada en República en 1923 de la mano del mítico Ataturk.

Para entonces , antes de a guerra, se habían radicado, no ya los venecianos y genoveses que fueron testigos desde la Edad Media como protagonistas de la actividad comercial en la que Constantinopla representaba el puente entre dos continentes, sino poblaciones dedicadas a la actividad económica como podría imaginarse. Industria, banca, ferrocarriles, tiendas, todos querían su sitio entre Beyoglü, Pera y Gálata. Y había sitio para todos.

A pesar del triste Pogromo de 1955 merced al que las comunidades griega y armenia dejaron la zona que contribuyeron a desarrollar, quedaron sus monumentales y elegantes palacetes que cobijan hoy una zona de sedes diplomáticas.

Es que en ese año un grupo nacionalista simuló un ataque a la casa natal de Kemal Ataturk - Padre de la Patria, literal- en Salónica ( actual Grecia, antes territorio otomano ) que fue respondido con el saqueo a los bienes de las comunidades que, tras vivir históricamente en la ciudad, decidieron abandonarla.

El fin de la armonía hizo que los templos no musulmanes, a los que se exigían condiciones que casi impedían ser edificados, se localizaran en una segunda línea, como la que nos permitió detectar - por total casualidad - la iglesia de San Antonio.

Tras un pórtico que no podía más que hacer pensar en un edificio particular, se hizo visible ya puesto el sol el mismísimo día de Navidad un árbol encendido y a cuyos pies reposaba un pesebre de talla.

Y tuvimos árbol en la ciudad de absoluta mayoría musulmana sunnita. Y música navideña en tonos de azul y plateado en un edificio de un gótico bien europeo. Un énclave católico romano en el medio de Pera.

Quién podría haber buscado la Navidad en el mundo musulmán?
Pues la Navidad nos encontró a nosotras.
Así es de sorpresiva esta ciudad fundada en el 330 d.C. como Bizancio, que antes fuera llamada Bizas y capital de la provincia griega de Tracia establecida por un hijo de Poseidón y, en el siglo VI a.C., ya hubiera sido Ligos.
Se lee en la Epopeya de los Argonautas que "...llegados a la embocadura del Ponto, descendieron a tierra; entonces reinaba en la región Bizante, de quien procede el nombre de la ciudad de Bizancio..."
No tiene más que destino de esplendor cultural, y económico es lo que exhibe soberbia la ciudad actúa. No son las huellas del pasado sino su estirpe.
Entre quienes se instalaron en Estambul se hallaba İsmail Hakkı Bey, llegado desde Anatolia y se ubicó entre los confiteros de a pesar de que su arte era un sarraf cuya profesión era la de cambista de dinero o bonos.

Iniciando su negocio con los dulces, de esos que dan color a cada cuadra en la actual ciudad con estanterías sólo comparables con las exhibidoras de helados italianas o las escenografías de chocolates en Bruselas, uno de de sus hijos, Mustafá, que simultáneamente era pastelero y muecín de la Mezquita Arpacılar, quien desde el minarete llamaba a la oración.
La primera tienda estaba en Eminonü rodeada de sastres y relojeros en la calle Bahçekapı. En 1924, Hafız Mustafa - ya una marca - apareció en Yerebatan ( donde la Basílica Cisterna) con sus otros productos, en los que se especializó a lo largo de los años.

Más tarde fue el tiempo de cruzar el Bósforo e instalarse en Beyoglü y fue el nieto del pastelero pionero quien siguió adelante hasta que inició la importación de cacao y el chocolate se sumó al negocio con marca propia: Cocolat.

A pesar de dos cambios de manos, las cinco generaciones que inició Hakki permanecieron en el ambiente de Hafiz Mustafá donde deleitarse es imperativo en esta ciudad de placeres, de sentidos exacerbados.
La charla que hace de música de fondo en el salón con mezcla de sabor a chocolate y café, almendras y pistachos, es una constante en la ciudad de Constantino.
La amabilidad de los estabulíes, el estilo de atención de la mesa son distintivos en esta parte del mundo en la que un simple café es un agasajo.
Tras llevarnos granos cubiertos de chocolate y latas de té que esperan en nuestra cocina el invierno, seguimos el extenso recorrido encajonado entre elegantes edificios que crecieron con Hafiz Mustafá.
Tomada la decisión, una jornada entera es cuanto insume llegar hasta el barrio de Gálata adonde la maravilla es admirar la Torre por la noche. Y así fue. Una maravilla.
Mientras se camina por Istikal, y con escasas distracciones de shopping, la cabeza se entretiene en las distinguidas fachadas de un mundo que dejó de existir cuando el gran imperio otomano fue desmembrado tras la guerra.

Y nada cuesta imaginarse carros a caballo atravesando los pórticos de los edificios que hoy son sedes diplomáticas , señoras de raso o taftán arrastrando faldas y altos sombreros.
La mayoría de sus construcciones son antiguas embajadas, de los siglos XVIII, XIX y XX y estilo art nouveau. Los palacetes, con entradas imponentes y fastuosas escaleras, rememoran una Estambul que nunca ha dejado de ser. Hemingway, Agatha Christie, Trotsky y el mismísimo Atatürk se hospedaron aquí en sus visitas a la ciudad.

Flota el pasado en una ciudad que es una resúmen de la historia del Mundo, su mapa.

Y se percibe ,lo mismo que en Budapest, la estirpe del Imperio en cada ladrillo. La competencia con la elegancia parisina, la opulencia, la magnitud londinense, que no es sino consecuencia de que Istikal ha sido y es el eje de la antigua capital.
La Grand Rue de Pera, fue la elegida. Como cuando el segundo metro del mundo se desarrolló luego del London Underground.

Sin apuro, el recorrido merece la mayor de las paciencias. Cuadra a cuadra en las que, sobre los comercios de marcas globalizadas, se yergue el ciudad histórica e intacta.

Y, de repente y casi de casualidad a pesar de estar advertida, aparece bajo antiguas marquesinas de hierro negro el Pasaje de las Flores, el Çiçek Pasajı.
Encerrado en una modernidad que dificulta detectarlo, como si se lo devorara, el Pasaje se le impone y basta con cruzar su pórtico y se abre otro tiempo. Otro mundo.
Nos crecen las faldas y los tocados. Guantes largos y música de fondo.
Un túnel hacia un exitoso énclave parisino en la ciudad.

Sobre ambas manos de esta "Arcade" inglesa o "Promenade" francesa, cafés y restaurantes esperan con manteles de blanco impecable y mozos de saco negro y largos delantales cayendo sobre sus pantalones.
Balcones con flores de seda en las alturas desde las que nos miran estáticas imágenes de las señoras de la Belle Epoque. Nos espían como a intrusas que osan visitar su pasaje en enero aunque en un día particularmente soleado.

Está vacío. De pleno rococó, con sus arcos y bóvedas, esperándonos en invierno.
Bandeja en mano, y en esta lengua incomprensible que los descendientes del centro del mundo por siglos transforman en tantos idiomas como visitantes reciba la ciudad, invitan a sentarse. O es lo que suponemos.
Como sólo pueden hacerlo estos cosmopolitas por naturaleza, mercaderes de todos los rubros, seguros de su orígen , transforman su idioma en el de quien puedan conquistar como su cliente, como hace siglos conquistaron Constantinopla.

Y no es sino un halago para el visitante que hablen su propia lengua. Es una muestra de diversidad cultural, de civilización, de absoluta convivencia étnica y religiosa, de la inmensa bienvenida que Estambul derrama en toda su magnífica extensión. De que todo lo entienden y todo lo saben, porque todo lo han visto.
No prueban su inteligencia ni su autoestima. Sólo se exhiben eternos en esta porción del mundo y nos dicen que, no importa de dónde vengamos, hay un sitio para nosotras en Estambul.

Y es cuando la amabilidad supera al idioma y empieza el disfrute de sus delicias.

Pobres de aquéllos que derrochan tanta belleza y cultura y recurren a la vulgar, despreciable App de la ignorancia y la comodidad. Esa que se atreve a transformar en una voz metálica la lengua ajena y hace perder la posibilidad del camino que se recorre entre el misterio de no entender nada hasta la comprensión.
Acaso no es delicioso escuchar y no entender, pero interpretar. Mirar un texto y no leer, pero deducir. Hablar con las manos hasta dibujar en el aire lo que necesitamos o hacer visible la dirección hacia donde deseamos dirigirnos. Y llegar.
Desde cuándo la comunicación debe ser literal, exacta, sistemática?

Ensayar palabras hasta reproducirlas con respetuosos defectos y devolver un saludo, corresponder con un "gracias" o "de nada". Y es cuando, inevitablemente, el local saluda el esfuerzo, agradece la labor de ser parte del lugar abandonando el rol de turista para convertirse en un viajero, un explorador, un transeúnte más de la calle que hace cientos, miles, de años ellos recorren.
La piel se pone como de una gallina, pero turca.

Saludarse con un Güle-Güle arranca una sonrisa en cada estambulí que reconoce el aprendizaje. Y no hubo manera de reproducir otro saludo.

Volvamos al Pasaje de las Flores adonde nos sentamos allá en el fondo como para no perder detalle de lo que ocurra hasta la entrada y el tercer piso, el último, por sobre el que un techo de vidrios opacados por el tiempo y el invierno deja pasar luz apenas suficiente.
Pescados y verduras adornadas con mil especias y pita nos retienen enamoradas del Pasaje que nos hace mirar hacia arriba inevitablemente como esperando que una capelina se asome o nos ofrezcan un ramo de violetas.

El pasaje, en nuestra cultura urbana una "galería" , que conecta Istikal con la calle Sahne y que originariamente alojara al teatro Naum, al que los Sultanes asistían a escuchar ópera y que el incendio de 1870 arrasara.
Desde entonces, su nuevo dueño y un arquitecto - ambos griegos - establecieron una bodega. Después de la Revolución Bolchevique de 1917 muchas mujeres rusas nobles empobrecidas, incluida una baronesa, vendieron flores en el pasaje como medio de subsistencia. En la década de 1940 el edificio estaba ocupado principalmente por tiendas de flores, de ahí el nombre turco.

Imperdible! Y le siguen los demás pasajes de la avenida establecidos en similares espacios históricos y que forman una trama secreta en esta zona afrancesada de esta ciudad que tantos amaron.

Seguimos andando con la segura sensación de que vamos hacia el Bósforo, y no nos equivocamos. Descenso abrupto.
El cielo se oscurece como para hacernos comprender que se acerca el final de la jornada , pero es enero y no nos engaña. Sabemos que restan muchas horas hasta resignarnos al descanso.
Cuando el agotamiento es innegable, se advierte - iluminada- la Torre de Gálata, el obsequio de los genoveses que era dueños de la zona, conviviendo con romanos, bizantinos, otomanos. Dueños con su flota del mar y en permanente disputa con los venecianos. Pero ya viajaremos a la Cuarta Cruzada con Baudolino en otro viaggio.

Guardo el hábito de, antes de la partida de cada sitio , girar sobre mis pies y admirar la escenografía. No como se mira lo que no se volverá a ver, sino para llevarme la última visión en la memoria.

Así lo hice cuando, en plena oscuridad, atravesamos el Puente de Gálata entre el brillo de las luces reflejando sobre el agua inquieta.
Y la cabeza se vuelve una y cien veces. Aroma a pescado fresco que viene de la planta superior donde los locales dejar caer las líneas con anzuelos esperando tener suerte.

Los 490 metros no alcanzan como para no prometerse regresar, como cada rincón.
Ya en Eminonü, nos perdemos buscando el camino.
Pero los minaretes o al-minar, orientan. Seis tiene la Mezquita Azul, con la que Ahmet generó gran enojo por superar a la Medina. Pues le añadió a éste un séptimo y así zanjó la cuestión.
Cuatro le levantaron a Hagia Sophia cuando conquistaron la ciudad en clara señal de conversión, y otros tantos tiene Suleymaniye, la levantada por Suleymán "el Magnifico".
Las edificadas por príncipes y princesas sólo pueden ostentar dos.
Se lee así el cielo como otros lo leerían mirado las estrellas, y la ciudad orienta.

Cuando creemos que es Sultanahmet Camii - la Azul- contamos los minaretes y advertimos que el mármol blanco no es sino el material de Suleimaniye. Asomada tras la verja, detrás de la mezquita, confirmo que la casualidad nos condujo a la tumba de Hürrem Sultan, la esposa.
Mientras, los gatos van y vienen y los vecinos les garantizan comida y colman de agua los recipientes improvisados.

Aquí, amados, son custodios de la historia monumental. Y Mehnet tenía una gata, Zita que en árabe significa "novia" a quien adoraba a pesar de su ganada fama de extremadamente cruel y despiadado. Era práctica que quien accediera al sultanato estrangulando con cordones de seda - eso sí- a todos los hombres de la familia que pudieren conspirar por el trono. Y Mehmet honró la consigna al ser el tercero hijo varín concebido por Murat II con una hermosa esclava eslava.

Supo que, para garantizar su llegada y permanencia, la sensibilidad no era lo suyo tras la marginalidad en la corte, en la que también se destacó por su cosmopolitismo, ilustración y el mecenazgo.
Todo por aquí contribuye a una atmósfera extraña. Misteriosa. De una serenidad desconfiada.
Miles de "nazar boncuğu" - los ojos turcos- parecen observarnos mientras, extranjeras, caminamos sus calles fuera de los horarios de turistas.
Y aparecen los gatos , como en Atenas, por detrás de todos los muros, las rejas quietas de los "kulliye", esos complejos urbanos que reúnen la mezquita, la madraza - escuela - , un hospital, comedor público, hamman - baños públicos- en un concepto mucho más abarcativo que el estrictamente religioso.
Ningún templo ha sido levantado en soledad.
Un paredón tranquiliza la búsqueda porque indica que estamos tras la Universidad de Estambul, y sabemos que el barrio es Beyazit, donde el día previo tomamos el té en la madraza de Sinan Pasha, con chocolate belga.
Y así pasan los días, interminables aunque insuficientes, y se le hace a Estambul una promesa de seguro retorno.
Nos quedamos enredadas en las calles angostas, los cuerpos cilíndricos de los "turbe" ( tumbas) por aquí y por allá, quioscos con arcos en punta o curvos , los arabescos de las "tugras" ( sellos imperiales) , las curvas de los ojos de las columnas de la Cisterna Basílica - supuestas lágrimas de los esclavos que las esculpieron- y la serpiente venida desde Delfos hasta el Hipódromo de Constantinopla, los halos de las vírgenes, los tallos de las flores de Iznir y los arcos de los bazares.
Estambul es una trampa sin salida. Una medida distinta de las cosas, un modelo distinto del Mundo ante el que me rindo, a los pies del Fatih.

No obstante la historia majestuosa, la certeza de poderío ineludible, del destino de poder, de una espiritualidad inquebrantable, reinan la serenidad, las voces bajas, la sonrisa distendida, el té más amable, el trozo de turrón y la mano extendida para negociar algo. Aunque no se venda nada.
Los estambulíes se muestran y ofrecen a sí mismos y a su ciudad, recordando a Pamuk, como la mercancía más valiosa que exhibir.
Seguimos in viaggio.

Güle-Güle!!!
gabriellainviaggio.blogspot.com/
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Ver Etapa: ESTAMBUL : ISTIKAL CADESSI Y EL PASAJE DE LAS FLORES



Etapa: UN DIA EN LA CIUDAD DE LAS MEZQUITAS  -  Localización:  Turquia Turquia
Descripción: RECORRIDO POR ALGUNAS MEZQUITAS. REFLEXIONES SOBRE EL CULTO, LA ARQUITECTURA Y LOS HÁBITOS EN UNA CIUDAD MÁGICA
Fecha creación: 28/03/2020 05:28  
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EN ALFOMBRA MAGICA

Con Sofia,

Lo que hacia otro destino sería un tradicional vuelo en aeronave comercial , camino a Estambul lo es en alfombra.

Así se llega a la deslumbrante, inmanente, Constantinopla.

Al centro del mundo. A la capital más poblada de Europa en todos los tiempos.

A la dueña del tiempo.

Estambul no es imperial. Es mágica.

No es poderosa, es única.

La distancia que nos separa es sólo de 15 horas de vuelo, pero es otra la que en realidad se recorre. Es un tema de dimensiones, no de usos horarios.

Pinchando el cielo con sus minaretes logra el efecto buscado, ascender. Se despega de la tierra redondeada en colinas, sin demasiado verde, y toca el cielo.

Es que, aunque extensa, todo el espacio fue ocupado. De ambos lados del Estrecho de Bósforo, no cabe ni un alfiler.

La visibilidad desde la altura de la famosa muralla, los alminares y las torres protegió a la antigua Constantinopla de sus eternos enemigos, de quienes la apetecían como a una manzana en el Paraíso y la asediaron hasta obtenerla. Hoy se le suman los edificios de una modernidad que no afectó el dibujo de la ciudad en el horizonte.

Reúne varios mundos superpuestos y es una apasionante tarea discriminarlos en la caminata que no para nunca.

Estamos llamadas a una marcha permanente, ininterrumpida, de un rincón al otro - apenas separados por metros - a paso apurado, porque el invierno nos marca la agenda. Y porque es inevitable la ansiedad por ver, sentir, escuchar, oler. Llevárselo todo puesto.

Cuando la alfombra aterriza evadiendo las puntas de los alminares, todo junto se viene encima. Y no alcanzan el tiempo ni los ojos.

Una plaza arroja rieles y avenidas serpenteantes y ascendentes. Una avenida se hace calles, y cada calle pasaje, y el pasaje se estrangula en un pasadizo por el que se divisa el acceso a uno de los bazares, los cafés, los mercados o las zonas de ablución de los templos fácilmente detectables por la prolijidad del calzado que espera el fin de la oración.

En este rincón del mundo la gente se viste con mucha sencillez y hasta homogeneidad que se comprende cuando de sacarse - hombres y mujeres- sus zapatos a velocidad para ingresar a la mezquita se trata.

Segundos insume la ablución y descalzarse.

Mientras nosotras debemos sentarnos para sacarnos las botas o los borceguíes, ellos sólo empujan los contrafuertes y, sin mirar hacia atrás, se desprenden de lo mundano e ingresan a lo sagrado.

El tiempo del "salat" hace que el aire se llene del canto empalagoso como el almíbar de un vaclava, que explica que Alá es grande y único, Mahoma su Profeta y recuerda que orar es mejor que dormir.

Una bruma de sonido, de canto sereno e ininteligible, pero sagrado, viene de lo alto de los minaretes.

Y al primero le sigue los que, sucesivamente, le van contestando que es tiempo de detenerse. Y todo se detiene.

Inicia una especie de silencio, de mutismo en reflexión aún para los que no dejan de andar, de circular por una avenida o en el metro.

La ola humana que se desplaza por las calles extrañas, enredadas sobre sí mismas, como un caracol, no es bulliciosa. Es serena, y se torna introspectiva.

Mayoritariamente masculina en las zonas menos turísticas - tal como Sofia advirtiera- se muestran distendidos, amables; desconocidos pero conocedores de lo que sucede más allá de la muralla de Constantinopla, la Segunda Roma.

Al iniciar el llamado una se conmueve porque no es una orden ni una alarma de reloj, sino una invitación para que lo mundano deje paso a lo celestial, a lo divino.

Cinco son los horarios de llamado al "salat" - oración obligatoria aunque a nadie parece obligar- que antes hacían los almuédanos ahora proviene de parlantes o, raramente, de una grabación.

Cinco oportunidades para los musulmanes sunnitas, la mayoría, mientras que los chiítas sólo lo hacen tres.

Aquéllos son quienes, al morir Mahoma, decidieron que debía aplicarse la Sunna - enseñanzas del Profeta - para escoger a quien ocupara su sitio. A su vez, los chiítas - minoritarios - consideran que debía seguirlo su yerno, Alí.

La aparente y sutil diferencia enfrenta de manera violenta a los musulmanes del Mundo actual y explica uno de los ejes de los conflictos en los que se va la vida de propios y ajenos.

No hay posibilidad de ignorar los llamados de los que tomamos debida nota en tanto una hora antes de cada uno se desvanece la posibilidad de visitar sus mezquitas.

Llegado el momento y si no se ingresa a una mezquita, se sabe dónde está la qibla, dirección hacia la Kaaba en La Meca.

Hasta una app supera al astrolabio medieval y nos lo indica con su "qibla finder" y ofrece modernidad a la tradición de unidad de la comunidad a la hora del rezo desde cuando Alá se reveló a Mahoma indicándole ese rumbo y todos lo siguieron en el 623, orando hasta entonces en línea con Jesusalén.

En los templos, el mihrab orienta la oración, al sitio sagrado, y a escasa distancia una escalera conduce al Imán al minrab, desde donde se lee el Corán.
Y si se dice que Italia tiene más iglesias que católicos, pues Estambul no se le queda atrás, y cuadra a cuadra, acompañan la marcha.

La tentación se alimenta conforme más templos de visiten. Uno no es la medida, y es que puede seguirse un recorrido conforme avancen los llamados.

Cada llamado se percibe como una oportunidad de reencuentro con la identidad que va mucho más allá de lo religioso.
Y para los que no somos parte de esa identidad, la conmoción es inevitable. Se demora el paso y se aprovecha para mirar una escenografía humana que ningún orden de palabras llega a explicar apropiadamente.

Nada condiciona el acceso, con la sola excepción del estricto cumplimiento de las normas que el Islam respeta.

Recuerdo que hasta cuando no tenía más de 10 años mamá y las tías usaban para las ceremonias religiosas unas hermosas manillas de encaje para cubrirse la cabeza. Las guardo.

Blancas, grises o negras, según lo impusiera la ocasión.

Pues en Estambul eso no ha cambiado, con la rígida condición de que el cabello femenino no debe siquiera asomarse.

No se mira al cielo, es muestra de desconfianza a Alá.

No se arreglan las prendas que se llevan puestas ni se descubren los brazos.

Tampoco deben estirarse las piernas si se está sentado en las alfombras, es irrespetuoso.
No es menos cierto que los visitantes tenemos asignado el mismo espacio que a las mujeres locales. La parte trasera. La ley islámica, exige que hombres y mujeres permanezcan separados en la sala de oraciones; en teoría, las mujeres deben ocupar las filas detrás de los hombres. Mahoma habría preferido según el hadiz, su palabra, que "Las mejores mezquitas para las mujeres son las habitaciones interiores de sus casas." El segundo califa Umar llegó a prohibir la asistencia de mujeres a las mezquitas y les exigió que rezaran en sus casas. A veces, se reservaba a las mujeres un lugar determinado de la mezquita; por ejemplo, el gobernador de La Meca en 870 aisló mediante cuerdas atadas entre las columnas un lugar separado

Es prudente en cualquier caso pasar inadvertidas.
Tampoco comparten la fuente de ablución en la que, con velocidad, lavan sus manos, nariz, boca, oídos y la cabeza.

Sin aludir a las arquitecturas bien diferenciadas conforme la data del edificio, es Hagia Sophia la madre indubitada de todas.

Es su planta, su altura, sus cúpulas, semicúpulas, columnas, sus galerías y claristorios los que dibujaron a todas y a cada una de las que la siguieron. No por nada era el sitio más preciado como símbolo de la conquista.
Y ninguna en Estambul supera al genio bizantino, ni la grandiosa Sultanahmet o Suleymaniye Camii, aunque - como en tanto - la comparación es odiosa, inútil e injusta.
Tras la Yeni Camii Mezquita Nueva -, la Mezquita Azul y la de Beyazit - vecina a la magnífica Universidad de Estambul - se advierte no sólo que lo colosal es sinónimo de culto y tributo, sino que la mezquita representa un "módulo" de desarrollo urbano. Un concepto de armado de la ciudad para el que la religiosidad no se agota ni de lejos en el rezo.

El "külliye" es el complejo en el que el tempo es un edificio central pero no solitario. Se une a un hospital, comedor, biblioteca - usualmente con forma de quiosco- , un hamman ( baño turco), una madrasa y otros servicios de caridad, con marca otomana registrada desde las dinastías Selyúcidas del siglo X hasta el final del Imperio con el nacimiento de la República en 1923.

El külliye llegó a incluir universidad, escuela de derecho y de medicina, todo administrado como una fundación con sus propios recursos.

El diseño que se advierte hoy es el que introdujo el gran Mimar Sinan en el siglo XVI. Contemporáneo del Palladio que desarrolló el estilo del gótico veneciano, de Miguel Angel con San Pedro, de Vignola o de Herrera y el inconfundible estilo que exhibe españa empezando con el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la Plaza Mayor, los edificios de Lerma o el Cuartel General del Ejército del Aire ahí donde Madrid recibe tras atravesar su Arco del Triunfo.

Ese fue el tiempo de Sinan, cristiano capturado como esclavo y sometido a la formación de Jenízaro - guardia de corps feroces protectores del Sultán - que devino genio matemático e ingeniero del ejército. Diseñando obras civiles durante la expansión del Imperio contactó con diversas estéticas hasta que, cerca de los 50 años, Suleyman lo designa arquitecto de la corte.

No basta con que las mezquitas colmen cada barrio con magnitudes insólitas, manojos de minaretes de variadas alturas y balcones - en una ciudad en la que todo tiene un sentido - o en el centro de manzanas impenetrables. Así, es que la joya llamada Rüstern Pasha fue levantada por Minan Sinan en una colina de ferreterías, un par de cuadras más lejos de la Yeni Camii y por encargo del Gran Visir y esposo de Mihtimah, una de las hijas de Suleyman. Nada con la novela, aunque este Gran Visir conspiró con la esposa del Sultan, la famosa y temida Roxelana, acusando de complotar al promogénito de Suleyman, el que termina siendo decapitado.

El mantenimiento del templo provenía de los alquileres de los negocios sobre los que estaba edificada. Si recorrer el barrio de Tahtakale no es sencillo por la multitud, encontrar el acceso a Rüstern Pasha es imposible y muy bueno es contentarse con divisarla desde la costa.
No.

Una empieza a meterse en Estambul cuando detecta que la ciudad gira en torno de la espiritualidad, y - luego- el comercio de los mercados, la pesca del Bósforo, un eterno cosmopolitismo, el romance con la Europa a la que pertenecen y no pertenecen al mismo tiempo. Es que es otro mundo.

Desde la alfombra seguimos flotando , sostenida en un aire con aroma a canela, a comino, azafrán, a granadas frescas y en grano, a café o castañas braseadas.

Escribir sobre Estambul se convierte en una plegaria al retorno.

Aunque no hay zonas erradas para alojarse, ninguna como Sultanahmet.

Edificaciones apenas de dos pisos, ventanas de rejas con arabescos y rematadas todas por una terraza que mira al Estrecho del Bósforo.

Allí se ofrece el desayuno, mirando a un lado Hagia Sophia y la Mezquita Azul y - del otro - Usküdar.

Basta con levantar la vista para recordar que hemos llegado hasta donde la pasión por buscar la maravilla nos llevó. Y nos traeerá nuevamente.

Y una sale a la calle tras desayunar ensalada griega y algún dulce venido del Paraíso y , girando en una esquina, toparse con un exhibidor de cerámicas de cientos de colores, de alfombras y kilim, de cueros de los tonos más extraños, cajas y vasos de tés de granada o de manzana. Y de todo lo que el mercado más grande del mundo antiguo todavía tenga para ofrecernos.

Empieza el romance con los gigantes pañuelos de seda, y la elección de la talla de hamman infaltable en la valija de regreso; el color de la granada que me mira desde el estante de la cocina, y la colección de aromas de la caja de especias que tiene por destino la cacerola del otoño. Un par de almohadones que no puede sino tener tulipanes, y cuencos esmaltados para servir humus que atrapar en pita caliente y crocante.

Comerciantes apasionados, no soportan la compra pasiva, sumisa. Hay que pujar, regatear, discutir, levantar un poco la voz y reírse; amagar con irse y regresar; gesticular como sólo los mediterráneos lo hacemos , y - entonces y sólo entonces- una se merece la mercadería. Hay que ganársela.

Ellos no venden, ellos ofrecen.

Y, sin advertirlo, las bolsas se van amontonando y la ciudad entrega sus bienes más preciados. No a cambio de dinero sino del trabajo de comprar entre carcajadas y miradas agudas.

La alfombra voladora lleva a otro tiempo. No importa la vestimenta - que en gran parte de la población local es el hiyab - ni los medios de transporte que se entrelazan. El tiempo siempre es otro, el pasado.
Muchos pasados.

Algo hay en Estambul que trae y lleva a otro tiempo de la gloria de una ciudad que fue capital de cuatro imperios: el romano, el bizantino, el latino y el otomano.

Será la nostalgia de la que tanto habla Orhan Pamuk y que, allá lejos al leerlo, no entendí. Ese sentimiento esencial al estambulí y que no cuesta nada advertir en el sonido, en los colores y los ritmos.

Los colores. Nada es estridente con la sola excepción de sus telas y cerámicas exhibidas en vidrieras, mercados o colgadas contra las paredes en las callecitas que van o vienen.

Lo demás es discreto, aunque jamás en tamaños aunque temen la envidia y nos ofrecen sus ojos o "nazar". Lo gigante es lo que predomina. Nada pasa inadvertido. Volúmenes imponentes recortados sobre el Bósforo.
Ningún edificio se oculta. Todo se exhibe con soberbia y se admira con humildad. Un bloque encaja en el vecino y todos se ven en una sola vista panorámica en la que las colinas y el mar, cortado en gajos por los puentes, se graba en la memoria como un regreso seguro.

En armonía se encastran los siglos, sin conflictos, como quien ha tenido que acomodarse y no le es incómodo. Así ha sido la dominación: caída o conquista, según como se la mire.

Los tramos de muralla bizantina abrazan el distrito de Fatih, donde las mezquitas no tienen competencia en el protagonismo. Claro enfoque religioso de la vida cotidiana en el que el urbanismo se diseña con molde de "kuliye".
Y, tras dias y días de caminata, se reconocen los monumentos funerarios como el de....II en Sultanahmet, las adoradas colunas y obeliscos, los pórtios de bazares que anuncian la sucesión de arcos de medio punto y bovedas de cañón pintadodo de amarillo huevo: el Grand Bazaar, el Egipcio o de las especias y el de los libros. Y los gatos.
Ello sin contar trozos de la ciudad, como el que se encaja en la Yeni Camii - Mezquita Nueva - en el que los tenderos colman callejuelas angostas y atestadas de estambulíes en el famoso barrio de Eminonü. Allí se honra la ciudad con estatuas de bronce como la del vendedor de telas, la del anciano y el niño jugando sobre una tabla, o el Jenízaro amenazante.

El costumbrismo, la cultura cotidiana es también parte del culto.

Como aceptar un té de granada servido en los pequeños vasos tallados con un trozo de algún dulce, o agradecer a quien pasa su tarjeta de transporte cuando advierte que la nuestra se ha agotado.

Para cerrar semejante vértigo al descender de la alfombra, ya camino del hotel mientras el frío aumentaba, el anuncio de una madrassa invitando a la visita llamó nuestra atención y curiosidad.

Ni dudamos. Una vez dentro del complejo de Sinan Pasha - discípulo de Mimar Sinan - , sentimos inquietud por no perturbar la atmósfera de silencio, creyendo que no seríamos bienvenidas , hasta que fuimos recibidas por un sonriente local.

En inglés o en italiano nos explicó la función de difusión del Islam y de la escritura que desde allí se concretaba en la sala de los caligrafistas.

Nuevamente sin zapatos, y siendo la cuarta vez en el día en el que luchábamos con nuestras botas, lo acompañamos a una de las habitaciones que rodeaba al patio central, en cuyo mismísimo eje se levantaba un quiosco.

Sobre alfombras de las buenas admiramos la tarea del jóven caligrafista, tras lo que nos obsequiaron el primer párrafo del Corán escrito dando forma a la primera letra del alfabeto árabe, sinónimo de nuestra "a".

Charla mediante, nos invitaron con un té que compartimos sentados en una mesa a la que se sumaron un anfitrión pakistaní y una visitante marroquí. Una caja de chocolates belgas pasó de mano en mano traída por un "hermano" que, al cabo de unos minutos, entendí era hermano en Alá, y no de sangre de ninguno de los presentes.

Sólo hablaban entre éllos en árabe, no en turco, pues es el árabe la lengua del Islam.

Pocas veces en la vida me sentí tan ignorante acerca de las reglas del anfitrión. Cuánto se habla? Cuánto se contesta? Cuándo es momento de decir adiós?

Discreción y prudencia, aunque con gentileza. Cruzamos miradas con Sofi y anunciamos la partida.

Entonces, nos ofrecieron un libro a cada una. Pregunté, en mi absoluta certeza de ignorancia, si les debía algo por la guía en la visita, el té con chocolate y el obsequio.

La inmediata respuesta fue : "El único pago es que lean el libro".

Nos dimos la mano - por mi exclusiva y occidental iniciativa - en signo de despedida y me pregunté inmediatamente si las mujeres islámicas tienen ese hábito.

Como lo suponía, al indagar sobre el punto descubro que sólo los hombres estrechan la mano. Un "salam" o "güle-güle" hubiera estado perfecto.
Salimos de esa atmósfera casi mística, sintiéndonos felices y admiradas , cómplices, por la belleza a la que el espíritu inquieto y curioso nos había llevado.

Nos tentó, a pocos metros, la entrada angosta, escondida, a la mezquita Atik Alí Pasha, pero ya era demasiada aventura para una tarde.

No sé qué habrán sentido los grandes exploradores, peró sé la emoción que nuestra intrépida decisión nos regaló.

Atravesamos la porción de Divan Yolü que nos separaba desde la estación Camberlitas del tranvía hasta Sultanahmet Meydani, y luego caminando a nuestro hotel.
Como cada noche, nos despidieron el Hipódromo extendiéndose entre la Quiosco Alemán y el Obelisco de Teodosio, Santa Sofía con su aro de luz sobre el que la cúpula se sostiene como suspendida en el aire - tal como Procopio de Cesárea la describe- y la Mezquita Azul , de fiesta.

La luz se va e impone cerrar el día imaginando el que le sigue.

Jamás se regresa de Estambul.

Salam!

“…Los arquitectos de cierta importancia en países cristianos se sienten muy superiores a los musulmanes, porque hasta la fecha éstos jamás han realizado nada comparable a la cúpula de Santa Sofía. Gracias a la ayuda del Todopoderoso y al favor del sultán he conseguido construir para la mezquita del sultán Selim una cúpula que supera a la de Santa Sofía en cuatro zira (varas) de diámetro y seis de altura…”.
Mimar Sinan. Autobiografía
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  Últimos comentarios al diario  ESTAMBUL :RECORRIDO EN ALFOMBRA MAGICA. Primera Jornada: DESDE TAKSIM A GALATA
Total comentarios 1  Visualizar todos los comentarios

Spainsun  spainsun  28/03/2020 13:39   
Te he reunido las etapas en un solo diario. No se si ese era el orden que querias. Gracias por compartirlo.

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Ciudad Tema: Estambul: Preguntas y Consejos
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Mar 24, 2020
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Fecha: Mie Mar 25, 2020 07:40 pm    Título: Re: Estambul: Preguntas y Consejos

Gracias
Osiris79
Osiris79
Super Expert
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Jun 21, 2016
Mensajes: 390

Fecha: Mie Mar 25, 2020 09:29 pm    Título: Re: Estambul: Preguntas y Consejos

Me has descubierto un lugar que visitaré en mi próximo viaje a Estambul Muy feliz Muy feliz Es un monumento que se encuentra fuera del recorrido turístico habitual. El Estambul "oculto"...

Tienes razón, enfrente del Parque de la Paz Internacional, muy cerca de la estación del Marmaray... se encuentra esa sección de la Muralla de Constantinopla que buscas.

Ivi90
Ivi90
Experto
Experto
Sep 05, 2016
Mensajes: 133

Fecha: Lun May 25, 2020 11:29 pm    Título: Re: Estambul: Preguntas y Consejos

¿Alguien sabe las restricciones que tiene Turquía para españoles? ¿Creéis que se podrá viajar en Julio? Tengo vacaciones a finales de mes y no me importaría salir de España con las precauciones necesarias, claro está que no depende sólo de mi.
marisitaroja
Marisitaroja
Indiana Jones
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Feb 17, 2010
Mensajes: 3716

Fecha: Mar May 26, 2020 08:18 am    Título: Re: Estambul: Preguntas y Consejos

Mirs en la pagina del ministerio de exteriores
venecia1
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Dr. Livingstone
Dr. Livingstone
Abr 26, 2009
Mensajes: 7893

Fecha: Mar May 26, 2020 03:46 pm    Título: Re: Estambul: Preguntas y Consejos

Ivi90 Escribio:
¿Alguien sabe las restricciones que tiene Turquía para españoles? ¿Creéis que se podrá viajar en Julio? Tengo vacaciones a finales de mes y no me importaría salir de España con las precauciones necesarias, claro está que no depende sólo de mi.

Hay un hilo específico para Coronavirus en Turquia. Espero te sea útil.
Saludos

Coronavirus en Turquía: Cancelaciones, Sanidad
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