El lunes 2 de noviembre nos levantamos con la hora justa como siempre, salimos corriendo como siempre y dejamos la casa hecha un desastre como siempre. Nos dirigimos a la terminal 4 de Barajas y cogimos el avión hacia París - Charles de gaulle sin ningún tipo de percance a resaltar, lo cual viene a ser un milagro dada mi afición a perder documentación importante en el peor momento posible.
Aterrizamos y, mientras cogíamos las maletas, consideramos la mejor opción para llegar hasta el parque (por cierto, de lo poco que vi del aeropuerto me pareció muy viejo y feo). Decididimos que lo mejor era el autobús VEA pues en pocos minutos salía uno. Ingenua de mí, pensé que el aeropuerto estaría lleno de carteles informativos que pondrían Disney o algo así, pero como no vimos ningún tipo de indicación de dónde se cogía el dichoso autobús, hubo que preguntar en información. La chica nos indicó en español la puerta adecuada y, cuando llegamos a ésta, un maromo enorme que daba miedo y uniformado de Disney nos señaló la cola de en frente, dónde por fin pudimos ver un cartel de lo más cutre en el que, escrito con bolígrafo, ponía Disney. Esperamos unos 10 minutos y apareció un autobús que me dejó helada. ¡No tenía nada qué ver con los flamantes autobuses rojos que se podían ver en la página web! Evidentemente, acabamos dándonos cuenta de que solo era una lanzadera que nos llevaría hasta la terminal correcta para coger el VEA.
Una vez allí (no recuerdo qué terminal era), nos dispusimos a entrar directamente en ese flamante autobús rojo de Disneyland, pero, a pesar de que tanto en el foro como en la propia página web había leído que se podía pagar el billete directamente en al autobús, el señor conductor nos hizo bajar y comprarlos en la oficina; un pequeño contratiempo sin importancia que nos impidió sentarnos en las filas delanteras, en las que había menos niños, por lo que al final nos tocó aguantar a uno de esos diablillos insoportables que lloran solo para llamar la atención.
Tras un recorrido de unos 40 minutos, mirando al cielo y rezando para que no lloviera, llegamos a nuestro querido hotel Sequoia. Por fuera me dio un poco de repelús porque me recordaba a mi instituto con ese tejado verde, la fachada marrón y las ventanas rectangulares, todo perfectamente simétrico, pero por dentro era sumamente acogedor, con esa chimenea que daba tanta calidez...
Me maravilló la organización y eficiencia con que iban atendiendo a las personas. El conserje que nos dio la hoja de registro no pudo pasarnos con ninguna recepcionista que hablara español, pero tampoco supuso un problema; la chica, que parecía de Europa del Este, nos explicó todo despacito en un inglés que hasta yo entendí sin problemas. Me extrañó que no nos diera un plano del parque, pero no se lo comenté.
Subimos a la habitación, en la quinta planta del ala norte, dentro del edificio central. Tras varios intentos para abrir la puerta (durante toda la estancia tuvimos problemas con la tarjeta, que, básicamente, abría cuando quería), conseguimos entrar en la habitación. La primera sensación que tuve es que era bastante austera; no sé por qué me esperaba más "detalles Disney". Pero la verdad es que dentro de la habitación se pasa poco tiempo, así que tampoco era necesario más. Eso sí, el baño me pareció un poco viejo, con la bañera muy estrecha ¡y unas toallas enanísimas!. El agua de la bañera se quedaba siempre atascada, y un día también se nos atascó el agua del water (hubo que comentarlo al personal del hotel y, al volver por la noche, ya estaba solucionado).
Los ojos me hicieron chiribitas cuando vi las camas. Ya lo sabía, pero no dejó de hacerme ilusión ver que tenía una cama doble para mí solita. ¡Además, es una de las camas más cómodas en las que he dormido nunca! Una delicia.
Entre unas cosas y otras nos habían dado ya las 4 y pico de la tarde ¡y aún no habíamos comido! Tras bajar nuevamente a recepción para pedir el plano del parque, salimos disparados para el Disney Village, que me decepcionó un poco porque me lo esperaba bastante más grande, y decididmos tirar para lo fácil... así que acabamos en el McDonalds. Y, toda vez que ya teníamos el estomago lleno, enfilamos con toda la ilusión del mundo hacia Disneyland Park.
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Hola,
Somos una familia con 2 hijos de 14 años. Estamos dudando entre Canadá y Guatemala con Belice para un viaje de 15 días a finales de agosto 1a quinzena de septiembre. Alguien que haya visitado los 2 que nos ayude a decidir?
He estado en los dos y todo depende de los gustos que tengais: naturaleza, cultural, étnico, idiomas, etc Canada solo te puedo hablar de las Montañas Rocosas e Isla Vancouver. Naturaleza en estado puro, ingles, mas caro y septiembre todavia no hace frio y habrá menos turismo Guatemala, intercambio cultural, historia, mas barato, también es naturaleza pero diferente a Canada y septiembre es temporada alta de lluvias.
Si Canadá es la Costa Oeste probbalemente vas tarde para alojamientos porque es un viaje que planear con muchísima antelación, y para las entradas de lagos etc(que ya están agotadas. Y puede que ya no queden coches o sean muy caros
Guatemala no requiere preparación e incluso se puede preparar in situ
Es temporada de lluvia pero te puede condicionar poco
He estado en ambos y en Canada en ambas costas....
Bastante diferentes, pero ambos son muy recomendables.
Canada oeste esta carisimo, y este año aun peor porque estan con los mundiales de futbol en junio.... Y mucho turismo se ha trasladado de junio a setiembre ( porque les mnte el viaje a unos amigos mios en enero para setiembre ) con lo que creo que estara mas que caro.....
Canada este es mas asequible pero en mi opinion menos espectacular...
Yo sinceramente este año y con poco tiempo tiraria para Guatemala.