La terminal era un galpón grande y lleno de gente y colectivos, pero sólo un baño, ningún bar, sólo máquinas expendedoras de comida chatarra y una sola pantalla de 32 pulgadas para indicar llegadas y salidas. Esa calidad de terminales nos hizo pensar que ese transporte es el menos utilizado por los ciudadanos, los usamos los que viajamos de manera económica para conocer lugares y/o viajar de noche para evitar gastos en hoteles. Hacer el mismo viaje en avión costaba más, pero no llegaba a los 60 dólares frente a los 22 euros de nuestro viaje o los 46 que cobraba Flexibus.
A muy poca distancia de la terminal aprendimos a usar la tarjeta para sacar los tickets del metro (subterráneo). Llegamos al hotel presagiando que no podríamos ocupar la habitación ya que el horario para ingresar era a las 14 hs. y eran las 7,30 hs. recién. Así fue, pero nos permitieron dejar los carry on sin ningún problema. Salimos a desayunar y entramos en una panadería/café donde no tenían té ¿? Y entonces pedí una taza de agua caliente con un croissant (factura típica) y usé uno de los saquitos que me traje de Londres. A pesar del sueño decidimos caminar hasta que pudiéramos ir al hotel porque sólo estaríamos una noche en París.
Caminamos hasta el Inmenso predio del Louvre y caminamos un rato por el exterior ya que había que sacar entradas con anterioridad y con la cantidad de gente que había las esperas eran largas y de pie. Somos bastante ignorantes en materia de arte y seguramente no podemos valorar las obras exclusivas que hay y preferíamos gastar esos euros en otras cosas. Caminamos por los jardines de las Tuileries y la Plaza de la Concordia y empezó a ganarnos el cansancio y la falta de sueño.
Como expliqué en otra parte los grandes y famosos monumentos no nos atrapan en demasía y no era grave no ver algunos porque siempre preferimos caminar por otros lugares, cruzando personas y escuchando sus idiomas, buscando detalles y lugares más naturales.
Muy cerca de allí estaba el histórico río Sena donde buscamos infructuosamente algún asiento para descansar y disfrutar del lugar; nunca lo encontramos y nos acomodamos en unos escalones de pasto y tierra en las orillas donde la gente hace gimnasia, pasea o sube a la gran cantidad de paseos en barco que se ofrecen. El Sena es el tercer río de Francia en longitud con 776 km de largo y es atravesado sólo en París por 37 puentes.
Caminando por las calles aledañas nos dimos cuenta que todos los bares de la zona, y después se repitió en otros sectores que tuvieran algún atractivo al frente, las sillas no estaban enfrentadas o de costado sino a la par y de frente al río, plaza o parque que tuvieran para apreciar.
La primera impresión, que no cambió, fue que es una ciudad muy amplia, con grandes edificios y una arquitectura que en parte se asemeja a algún barrio de Buenos Aires como Recoleta. También la vimos con mucha basura tirada en la calle, calles con curvas que desorientan si uno quiere acortar camino y no conoce (torpeza propia). Comparada con Londres está menos limpia pero más moderna y espaciosa.
Veíamos la torre Eiffel en la altura y decidimos llegar pensando que eran algunas cuadras… fue un martirio con gusto porque recorrimos algunas calles y bulevares hermosos y muy bien cuidados con gente desplazándose en bicicletas y monopatines eléctricos.
La torre fue verdaderamente impactante, cuenta la historia que fue muy cuestionada y combatida durante su creación sin imaginar la trascendencia que finalmente tiene como símbolo y atractivo turístico.
En el puente de Jena que está pegado a la torre sobre el Sena disfrutamos de una mujer tocando el violín melodías muy agradables hasta que empezó a lloviznar y hubo que buscar refugio. Subimos por los Jardines del Trocadero y descansamos un rato comiendo algo parecido a un almuerzo al paso. Tomamos el metro y volvimos al hotel alrededor de las 16,30 hs. Ocupamos la habitación y después de una ducha nos desmayamos hasta la tardecita. La habitación estaba en el segundo piso, era grande, muy cómoda y con un baño amplio y completo. Teníamos una ventana a la calle y no hubo nunca ruidos ni dentro del hotel ni en la calle. El hotel se llama Jeff hotel y está cerca del Paláis Garnier y a 8 cuadras aproximadamente del Moulin Rouge de Montmartre.
Salimos a cenar y probamos los espaguetis saltados con carne y verdura que estuvieron muy ricos. Compartimos el plato con una gaseosa y cerveza por E 14.-
Por la mañana desayunamos en el hotel por E 8 cada uno; muy completo con pan, croissant, yogurt, cereales, manteca, dulce, queso, complementados con café o varias opciones de té.
Caminamos hasta la plaza frente al Moulin Rouge para hacer un free walking tour; había mucha gente, pero por suerte los guías en español eran varios y el grupo quedó conformado por 12 personas. Nuestra guía fue Ileana, argentina, artista que estaba allí con una beca de arte que había ganado y era cubierta por Francia.
La caminata fue muy linda, en la zona de Montmartre (Monte de Marte) un barrio de intelectuales y rica historia con subidas y bajadas entre callecitas, bares y edificios famosos por aparecer en distintas películas y plazas arboladas y monumentos que ofrecían historias y leyendas muy agradables. El barrio tiene en la Iglesia de Sacré Coeur (Sagrado Corazón) su atractivo más visible en la cumbre de la sierra de 130 mt. de altura y las escaleras y funicular que ofrecen una vista privilegiada de la ciudad y un descenso mecánico al centro. Tenemos la costumbre de tratar de caminar siempre cerca de nuestros guías para conversar “off the record” y conocer sus historias, sus miradas y sus opiniones personales sobre cada lugar. Visitamos el Moulin Rouge (por fuera) y algunos otros lugares donde los artistas generaban condiciones para su inspiración y obras. Una anécdota recuerda que una noche, Picasso había estado bebiendo en uno de los típicos bares nocturnos que los aceptaban (los artistas eran marginados por sus ideas y por ser generalmente pobres) y como no tenía dinero para pagar entregó un dibujo de su autoría como pago que, si bien fue recibido a regañadientes y sin prestarle valor alguno (Aún no era Picasso el artista) le pidieron que no vuelva a ese lugar sin dinero. Muchos años más tarde un crítico estaba conociendo el lugar y se sorprendió al ver el dibujo y le comentó al dueño que lo que tenía colgado de manera improlija en su pared era un original de Picasso que valía miles de euros.
En una esquina del barrio existe un viñedo que, bajo particulares características, se mantiene y es cuidado por los vecinos que también se encargan de la producción de vino que subastan para recuperar los gastos. Toda la zona de Montmartre fue una zona marginal de París durante muchos años. Cerca de la Iglesia del Sagrado Corazón está la Plaza de los Artistas también llamada del Teatro donde hay numerosos cafés y restaurantes entre los cuales muchos artistas realizan dibujos, retratos y pinturas con diversas técnicas que ofrecen “a muy buen precio” (Para ellos) a los cientos de turistas que recorremos sus calles.
Las calles de París no tienen un tránsito vehicular muy alto y, según nuestra guía, poseer automóviles es una señal de status dado el alto costo de mantenimiento y gastos fijo por la falta de espacio. También puso en esa categoría la posesión de mascotas, especialmente perros, por las mismas razones. Cierto es que vimos muy pocos perros y casi ningún gato.
En una parada de la caminata vimos una inmobiliaria que pedía E 360.000 por un departamento de 26 m2 !!! Nuestra guía nos comentó que muchas de esas “ofertas” son tramposas ya que miden como metros cuadrados los departamentos de altillo donde las habitaciones presentan la inclinación del techo a dos aguas lo que reduce el espacio utilizable notablemente.
Bajamos caminando hasta el centro y fuimos bordeando el río Sena hasta la Catedral de Notre Dame que aún está en reparación después del incendio que afectó a gran parte de su edificio. Es una construcción imponente y uno la pone en su real dimensión al observar, como ocurrió con la torre Eiffel) a las personas ubicadas dentro de la obra (o la torre) y parecen muñecos diminutos.
Volvimos caminando una parte y en metro otra porque el clima estaba feo. Llegamos al hotel con una llovizna intensa a buscar nuestro equipaje, pero tuvimos que esperar porque la llovizna se transformó en diluvio durante larga media hora. El personal del hotel nunca nos hizo sentir incómodos a pesar de haber desocupado la habitación a la mañana.
Fuimos a la terminal Bercy nuevamente para viajar en la empresa Flexibus hacia Barcelona durante la noche.
Si bien la opción del viaje nocturno nos ahorra una noche de hotel (Promedio U$D 100/120) el hecho de estar desde la mañana sin opción de baño, ducha, cama, etc. es a veces molesto y cansador y es algo a replantear si hay oportunidad de otro viaje similar. La opción son los trenes, pero, al menos en la Europa más turística, son bastante caros y sin buscar en los de alta velocidad.
El colectivo salió a tiempo y completo; coche similar al que usamos desde Londres, con asientos igual de incómodos y duros, pero además sin cortinas por lo cual apenas amaneció fue imposible dormir. Hubo paisajes muy lindos durante el cruce de los Pirineos y los típicos manchones cultivados de cada campo. No hubo paradas durante el recorrido y llegamos puntualmente a las 11,35 a Barcelona.