El viernes nos levantamos relativamente temprano pues habíamos quedado en recepción a las 8,30 y nos fuimos hacia la estación. Otro día de lluvia, no muy intensa pero fastidiosa al fin y al cabo. Desayunamos allí mismo (en el hotel sólo teníamos alojamiento) en un sitio justo a la entrada que disponía de cuatro mesas fuera, ya que en el interior sólo despachaban; aunque era más bien pequeño, había una amplia variedad de pan (con el que podías tomar desde mantequilla únicamente a ponerle todo lo que quisieras dentro) y bollería además de café, un chocolate parecido al cola-cao, batidos, zumos etc. Todo estaba buenísimo y desayunamos los 7 de manera abundante por muchísimo menos de lo que nos hubiera costado en el hotel.
El día anterior habíamos celebrado un pequeño cónclave para decidir dónde íbamos porque los últimos mensajes leídos en el foro desaconsejaban la visita a Gante por las obras, así que yo, por si acaso, llevaba un itinerario alternativo que incluía Malinas y Amberes. La verdad es que mi mayor ilusión cuando pensé en este viaje era ir a Gante; no sabía exactamente por qué pero me atraía especialmente, quizás por la historia (la ciudad en que nació “nuestro emperador Carlos I de España y V de Alemania” que estudiamos en el colegio) o por esas imágenes de sus bellos edificios que había visto en alguna ocasión, lo cierto es que me apenaba pensar que estando tan cerca no iba a verla. Todos estuvimos de acuerdo en una cosa: viniendo como veníamos de Sevilla, donde estamos más que acostumbrados a las obras ¿nos iban a echar para atrás unas cuantas más?; y, por otro lado, los habitantes de Gante (desconozco el gentilicio por más que lo he buscado) tendrían que andar por las calles ¿no?, así que decidido: íbamos para allá.
Cogimos el tren a las 9,27 (9 € ida y vuelta en 2ª clase) y en algo más de media hora llegamos, tardó un poco sobre el tiempo habitual (20 minutos) porque se detuvo un rato en una especie de apeadero. Nos dirigimos hacia la zona donde se tomaba el tranvía (línea 1); en la misma estación de Gent-Sint Pieters hay un pasillo donde se encuentran las taquillas. Compramos ida y vuelta, lo más favorable era una tarjeta de grupo para 5 personas ya que servía para 10 viajes (costaba 10 €) y cuatro billetes individuales (dos para cada trayecto, a 1,20 € cada uno) que había que validar en una máquina justo a la entrada del andén. En pocos minutos llegó el tranvía que nos dejaría en el centro, al lado de la Ópera, que no sé si se visitaría porque estaba cerrada tanto a la ida como a la vuelta. Emprendimos la marcha por una calle comercial, creo que se llamaba Veldstraat, con un montón de tiendas de ropa y zapaterías, entre las que, como no podía ser menos estaba la omnipresente Zara, y llegamos a la plaza donde se encuentra la iglesia de San Nicolás (St Niklaaskerk).
Esa zona estaba toda en obras, con grandes zanjas y vallas. Como llovía bastante, había un tramo un poco difícil porque estaba todo enfangado pero eran pocos metros hasta la entrada pedregosa de la iglesia, donde se encuentra la puerta de acceso (la entrada es gratuita). Era la iglesia de los mercaderes y fue construida entre los siglos XII al XV. Su exterior no tiene ninguna ornamentación y la torre es cuadrada, sin remates, de tipo fortaleza; sin embargo, el interior es magnífico, con unas columnas y arcos que evidencian la pureza de su estilo gótico.
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Sus vidrieras, muy sencillas ya que, con la excepción de una, no tienen ningún motivo, la dotan de una gran luminosidad por lo que, a pesar de lo gris que era el día, pudimos apreciar perfectamente los detalles de su altar mayor y el sagrario, ambos de estilo barroco, con columnas y trabajos escultóricos de mármol blanco que contrastan con el resto de sus colores: marrón oscuro de la caoba, negro y dorado. No obstante, y a pesar de todo, a mi me dio cierta impresión de descuido, no sé si es que la vi con la luz plomiza del día que entraba por los cristales, un poco sucios, de los ventanales y al reflejarse en la piedra resaltaba más la heterogeneidad cromática o por los que yo, con buena voluntad, imaginé restos de lo que habrían sido, en su día, unos frescos en alguna de las bóvedas pero que podían ser igualmente grandes manchas provocadas por la humedad, dado que desde abajo no se podía contemplar con total acierto.
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Detalle del Sagrario
A la salida, tras admirar la fachada de Casa Gremial de los Albañiles (Metselaarshuis), con sus diablillos, nos dirigimos hacia el Belfort con intención de subir porque había ascensor, que si no, servidora se queda abajo (aunque el vértigo no me lo quita nadie), pero no sé si era por el día que hacía, la cuestión es que no se podía, total, que a mi me dieron un gran disgusto.
Después de contemplar una vez más la plaza de San Bavón (Sint-Baafsplein) y los edificios que la circundan, entre los que se encuentran la Lonja del Paño (Lakenhalle) y el Teatro Nacional Flamenco (Vlaamse Schouwburg), siempre mirando hacia arriba e intentando evitar el plano de las grúas (aunque no vimos la famosa campana “La Gran Triunfante”, no sé si es que no estábamos en el lado correcto o que realmente estaba perdida entre tanta caseta prefabricada de las obras), nos fuimos a la catedral (St. Baafskathedraal).
Este santo es el patrón de la ciudad, pero antes de consagrarse a la vida religiosa había sido un tanto licencioso y más bien déspota hasta que, tras la muerte de su joven esposa, escuchó un sermón de San Armando que le hizo reflexionar y decidió cambiar de vida. Repartió todos sus bienes a los necesitados y a la abadía de San Armando y se fue a recorrer algunos países predicando el evangelio. Cuando regresó a Gante, vivió durante 3 años en una celda que construyó en un gran árbol del bosque. Finalmente se convirtió en monje e ingresó en la citada abadía (que luego cambiará su nombre, adoptando el de San Bavón), donde murió y está enterrado aunque en la catedral existe una urna con parte de sus restos.
La catedral tiene más mezcla de estilos y mayor suntuosidad en las vidrieras y capillas que la que acabábamos de visitar; sólo el púlpito de mármol y madera de roble que representa “El triunfo de la verdad sobre el error” es ya de por sí una obra admirable.
En una de las capillas había un músico tocando el arpa, lo que hizo que ese momento fuera algo más sublime.
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Detalle de la capilla
Detalle de la capilla
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Detalle del arpista
Detalle del arpista
A la salida de la misma, y siguiendo el sentido de nuestra visita, nos encontramos con un cuadro de Rubens en el lateral de un crucero, que representa “La entrada de San Bavón en la abadía de Gante” y lo muestra arrodillado y vestido de caballero, plasmando el momento de la conversión, tal y como acabábamos de leer pero, sin duda, el mayor tesoro de la catedral se encuentra en una capilla a la que hay que acceder previo pago de 3 € (pero están requetebién pagados) y es el políptico “La adoración del Cordero Místico” de los hermanos Van Eyck, al que no se permite fotografiar, por lo que las imágenes están tomadas de Internet, pues no me gusta transgredir mucho esas reglas cuando de obras de arte se trata.
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Tanto si uno es amante de la pintura, como era nuestro caso, como si no, merece la pena coger la audioguía y dedicar un buen rato a escuchar las explicaciones sobre la obra mientras la vas contemplando ya que si entras, la ves y sales, hombre puedes decir que la has visto evidentemente, pero para eso está la copia que hay en otra capilla y no hay que pagar nada. Si fantásticas son, lógicamente, las tablas que constituyen su anverso, las más conocidas, no menos sorprendentes son las que forman las puertas cuando éste se cerraba, con una preciosa Anunciación, las imágenes de San Juan Bautista y Evangelista que más que una pintura parecen esculturas en sus hornacinas y a cada lado, las imágenes de Joseph Vijd e Isabella Borluut que fueron los que lo donaron. Yo debo confesar que no las conocía porque siempre había visto la obra abierta, por lo que le dediqué bastante tiempo a esta parte porque me entusiasmó.
Aún algo perplejos por la maravilla que acabábamos de ver, se imponía un pequeño descanso para asimilarlo y reponer fuerzas, así que nos fuimos a un café; bueno, en realidad era la Baafs Brasserie, en la misma plaza de Sint-Baafsplein, un lugar muy pero que muy agradable ya que sólo los mantelitos individuales con una fotografía antigua en sepia invitaban a traérselos de recuerdo (como evidentemente hicimos algunas), bien decorado y donde a esa hora aún temprana para nosotros (las 11,30) que íbamos a tomarnos un algo calentito, ya estaba alguna gente almorzando. Pedimos unos cafés, unos zumos y yo un té y vimos que en la mesa de al lado tenían una bandeja repleta de unos panecillos blancos e integrales a los que le estaban poniendo mantequilla, con lo cual, por la vista que tenían y las ganas de acompañar la bebida con algo más sustancioso, decidimos que los pediríamos también. Para no complicarme mucho, le dije al camarero que queríamos “The same”. Nos trajo unas cucharas grandes, que evidentemente no iban a ser para dispersar el azúcar, tenedores y cuchillos, vamos un cubierto de almuerzo en toda regla y, algo sorprendidos, vimos que, poco después, a los compañeros de mesa le trajeron unos tazones humeantes grandísimos. Temiéndonos lo peor le pregunto al camarero qué nos iba a poner y era una sopa; le dije que no pretendíamos almorzar y que sólo queríamos el pan, pero resulta que el pan era sólo para el acompañamiento de la sopa y el segundo plato que no sé lo que sería porque no lo vimos. Cuando le dije que queríamos únicamente el pan y la mantequilla se extrañó mucho pero fue tan amable que nos los puso. Trajo dos platos grandes llenos con los exquisitos panecillos, esponjosos por dentro cuando se partían y bastante mantequilla; creo que cabíamos a dos por cabeza así que volvimos a desayunar y, al final, nos quedamos con ganas de repetir pero no era plan de dejar al hombre sin el pan para los almuerzos. Lo más sorprendente fue que nos cobró por ellos sólo 2,50 €. Presentíamos que el día iba a salir redondo.
Tras el excelente refrigerio nos dirigimos a ver el castillo de Gerardo “El Diablo”, que estaba en la misma calle de la catedral, algo más hacia delante, pero antes nos paramos a hacernos algunas fotos con las torres al fondo, el tranvía y el monumento a los hermanos Van Eyck que se encuentra delante del castillo, ya que había que dejar constancia gráfica de que estábamos en Gante. El castillo también estaba cerrado.
Monumento a los hermanos Van Eyck
Continuamos por la Belfortstraat, camino hacia el Ayuntamiento, metiéndonos por algunas callejuelas en las que había también algunos edificios notables, aunque igualmente con obras.Y desembocamos en el Ayuntamiento (Stadhuis), una impresionante construcción, realizada en dos estilos totalmente distintos, pero donde destaca, indudablemente la parte gótica, con una esquina y un trabajo ornamental fabulosos.
Delante nuestra iba un grupo constituido por dos familias compatriotas que, al oirnos hablar, nos pidieron que les hiciéramos unas fotos y nosotros aprovechamos para lo mismo, así saldríamos todos juntos alguna vez.
Continuamos caminando por la Belforstraat hacia la plaza (St. Jacobskerk) donde se encuentra la iglesia de St. Jacobs; únicamente la vimos por fuera ya que estaba igualmente cerrada.
Queríamos ir hacia la zona de los muelles; justo en la acera en la que estábamos había un cartel donde indicaban la dirección pero era una encrucijada entre dos calles y la flecha daba la impresión que apuntaba hacia la calle a la que nos dirigimos: Steendam. Avanzamos por la misma, en la que se encontraban algunas tiendas que parecía habían cerrado pero definitivamente, ya que los escaparates estaban descuidados y vimos una que tenía cosas antiguas, aunque no era exactamente una tienda de anticuario, sino más bien un rastrillo de cosas de segunda o cuarta mano como máquinas de coser, proyectores y cintas de super 8, tocadiscos… y, como reclamo, unos vehículos aparcados en la puerta, a punto para ser utilizados.
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Dudando aún entre llevarnos la bici o la motocicleta, seguimos avanzando en la que suponíamos era la dirección hacia los muelles cuando vimos que nos íbamos adentrando en una zona que nos llevaba más bien hacia las afueras. Como no había un alma por la calle no podíamos preguntar, así que seguimos hasta un puente sobre los que pensamos eran canales pero no aparecían por ningún lado las famosas casas que tanto habíamos visto y que eran como la tarjeta de presentación de Gante, así que estaba claro que esa zona no podía ser. Me animo a cruzar la carretera para preguntarle a un par de adolescentes que pasaban por allí y me dijeron que estaban justo en dirección contraria, es decir, que tendríamos que desandar lo andado y volver a la plaza St. Jacobskerk pero que tampoco estaban muy seguros porque no eran de allí.
Bueno, pues volvimos sobre nuestros pasos y, tras unos 15 ó 20 minutillos de confusión, estábamos otra vez viendo la iglesia de Saint Jacobs y continuamos de frente hacia la plaza Vrijdagmarkt donde, según el itinerario, nos debíamos encontrar a Jacob van Artevelde, ilustre comerciante de paños que imprimió un notable impulso a dicha industria y responsable del auge de la ciudad.
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Pues, efectivamente, allí estaba el hombre con el brazo en alto señalando a Inglaterra, en medio de una plaza circundada por las típicas construcciones y con un mercadillo del que estaban recogiendo ya algunos tenderetes, por lo que aquello estaba repleto de furgonetas; habíamos vuelto al centro, que una tiene una cierta virtud para perderse en ocasiones por las afueras de algunos de los lugares que visita, especialmente en aquéllos donde el idioma es más desconocido.
Tras la nueva consulta a un hombre que pasaba - con pinta de ser autóctono y en el que me fijé porque me recordó bastante a Paulo Coelho tanto por su pelo y barba blancos como por su indumentaria, de negro riguroso y con un sombrero que le daba un aire bohemio, amabilísimo por lo demás, que en paralelismo con la estatua extendió también su brazo para mostrarme el camino de la calle que nos llevaría al barrio de Patershol - nos encontramos ya con Greta la Loca (Dulle Griet), el famoso cañón, afortunadamente nunca disparado, en el que nos hicimos la foto de costumbre. Continuamos por el muelle hacia el puente para admirar una magnífica perspectiva del canal.
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Cruzamos un puente de madera, sobre el río, bajo el que pasaban algunas barcazas cubiertas en las que se realizaba la visita a través de los mismos y desde el que había una bonita perspectiva de las viviendas. Al final del puente vimos las dos famosas casas del siglo XVII a las que hacían alusión en todas las guías y también en el foro, donde venden unos dulces típicos, pero resistimos férreamente la tentación.
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Callejeamos un poquitín por el barrio y nos dirigimos hacia la calle que lleva al castillo de los condes de Gante (Het Gravensteen) y nos encontramos el pequeño puente desde el que se observan unas magníficas vistas, que habrían sido aún mejores de no ser por los andamios, los paneles de protección de algunas casas que estarían restaurando y alguna que otra grúa al fondo, que interferían bastante en la instantánea que se admiraba desde el puente, según en la dirección en que mirásemos, cuando, de pronto, escuchamos una campanilla, una música de charanga y divisamos que venía un nutrido grupo de hombres con una especie de tarasca. Cuando se van acercando vemos que son un montón de jóvenes y otros no tanto, ataviados con lo que adivinamos eran como trajes académicos de distinto tipo, unos negros y blanco, otros rojos, otros verdes, otros con chaqué, portando lo que parecían unas varas de mando y algunos llevaban unas carretillas atestadas de cerveza, casi tantas como las que ya llevaban dentro la mayoría de los que desfilaban. Me acerco a preguntarle a uno que en qué consistía aquello y me dice que es una fiesta que hacían los estudiantes para conmemorar el 175 aniversario de la institución universitaria en la ciudad, que se acababa de iniciar con el pasacalles, los acompañaban también profesores y que iban a celebrarlo durante todo el día en el castillo. Esta vez, como mi amigo llevaba cámara de vídeo, no tuve yo que emplear la de fotos para grabar, así que saqué algunas instantáneas de tan “glorioso momento”.
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Allá que mis amigas se fotografiaron con algunos de aquellos muchachos que tenían una pinta de ser de lo más aplicado y, aunque algunas personas los seguían, nosotros nos quedamos un ratito más, contemplando las vistas desde el puente bajo la lluvia y a ellos perderse a lo lejos y lanzar al aire sus gorros cuando llegaron, mientras yo recordaba mentalmente “La mauvese reputation” de Georges Brassens en la versión de Paco Ibáñez.
Posteriormente, nos dirigimos hacia el castillo, pretendiendo entrar a verlo pero la chica que estaba en la puerta nos dice que no se puede visitar porque los estudiantes lo tenían “tomado” completamente durante todo el día para celebrar su fiesta y casi nos da con la puerta en las narices. ¿Por qué será que todo eso me suena de algo?; y no es que yo tuviera un “déjá vu”, sino que ambas situaciones me ocurrieron en un viaje anterior a Florencia. Nada, está claro que los desfiles y los porteros “amables” son lo mío. Bueno, nos conformamos con ver la fortaleza por fuera, intentando abstraernos de los andamios, rodearla y asomarnos al foso.
Avanzamos otra vez por la calle Sint-Veerlepein y vimos la fachada de la antigua Lonja del pescado, que no se podía visitar pues estaba cubierta la entrada con unos paneles y en obra, cuando nuestros estómagos avisaban que ya era hora de que realizáramos una parada en el camino y almorzáramos, así que volvimos hacia la plaza Vrijdagmarkt porque antes habíamos visto un montón de restaurantes por allí y ya no era hora de buscar demasiado. Miramos algunas cartas, intentando unificar todos los gustos y contentar a los niños pero no nos acabábamos de decidir, cuando vimos que había un restaurante español, Casa Serenas, y dijimos ¿por qué no?, total, nos íbamos a hartar de mejillones y otros productos típicos de la tierra en todos los almuerzos y cenas que aún nos quedaban y, ya puestos, pues vamos a hacer patria. El sitio tenía buen aspecto, no era demasiado grande, pero había varias mesas ocupadas por familias que estaban ya terminando, con lo cual, nos quedaríamos pronto solos; una de las dos camareras nos hizo pasar un poco más al interior donde había una mesa grande y allí nos acomodamos.
Habíamos visto en una de las mesas los restos de una paella que no parecía tener mala pinta y, salvo el carnívoro de mi hijo que se pidió un entrecot, los demás consensuamos que tomaríamos arroz. No se nos ocurrió quitar ninguna ración más, con lo que pedimos una paella para seis personas, una ensalada y la carne, todo ello con los consiguientes refrescos, cervezas y agua.
Tuvimos que esperar pero mereció la pena pues al cabo de una media hora, más o menos, apareció la camarera con una paella impresionante, generosa de marisco, pollo y mejillones; posiblemente no fuera muy ortodoxa según los cánones valencianos, pero estaba magníficamente hecha y todos coincidimos en que era una de las mejores que habíamos tomado, tan descomunal (no tuvimos el punto de inmortalizarla con una foto) que, a pesar de que todos repetimos, sobró casi la mitad. Nada más verla nos dijimos que aquello merecía un vino y nos pedimos, cómo no, un Rioja, en fin, que lo único que nos faltó es que alguien entonara “En tierra extraña”. Como entramos un poco tarde, efectivamente tal y como preveíamos, cerramos el local después de haber echado un buen rato de amena charla y mejores risas (precio total del ágape: 186 euros). Sin ningún remordimiento de conciencia por habernos comido una extraordinaria paella en Gante, aún a riesgo de que a alguien le pudiera sorprender tamaña osadía y pensara que era una “catetada”, nos fuimos a continuar con el paseo por los muelles, dudando entre decantarnos por “iQue viva España!” o “Asturias, patria querida”, dado lo exaltado que iban los ánimos en ese momento, pero nadie se atrevió.
Nos encaminamos hacia la famosa casa de las “Cabezas coronadas” y, aun a pesar del vino, logramos adivinar cuál era la de Carolus Rex, aunque no lo digo para no chafarle el ratito de juego a quien por allí pase. La casa está emplazada en otro pequeño puente desde el que se divisa la que dicen es la única casa de madera que queda en la ciudad.
Desde allí nos fuimos hacia los muelles del Grano (Graslei) y de la Hierba (Korenlei), con sus bonitas fachadas pertenecientes a las casas gremiales. En esa zona, el río estaba lleno de barcos turísticos (creo que salen de ahí) y pequeñas lanchas y estaba ya anocheciendo, por lo que había una luz preciosa que no pudo captar la cámara fotográfica por mucho que nos empeñamos. Los edificios estaban ya iluminándose, al igual que los numerosos árboles de Navidad y los decorados de los ventanales, con lo que se reflejaban en el agua las siluetas desproporcionadas por efecto de la luz, como si de un cuadro impresionista se tratara. Debo decir que, para mí, ese fue un momento absolutamente mágico.
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Como contraste, el otro muelle por el que paseábamos estaba todo en penumbra, con unas especie de sombrillas plegadas y la silueta de la iglesia inacabada de San Miguel (St. Michielskerk), lo que le daba un aspecto bastante fantasmagórico y casi imponía subir la escalinata de piedra que nos conduciría de nuevo hasta el entorno de la iglesia de San Nicolás.
Como no nos apetecía tomar nada, después del copioso almuerzo que habíamos hecho, decidimos ir ya a esperar el tranvía que nos llevaría de vuelta a la estación y poder coger el tren de las 19,24 de regreso a Bruselas, que llegó puntualísimo como todos y atiborrado también pues muchos habían tenido nuestra misma idea, con lo que en las plataformas había un montón de gente de pie; menos mal que el trayecto no es muy largo y en unos 25 minutos estábamos en nuestro destino.
Dudábamos entre ir al hotel o continuar del tirón pues nos costaría un poco volver a salir, así que optamos por seguir y, desde la Gare du Nord, nos encaminamos nuevamente a la Grand Place. En esta ocasión, y para hacer algo de tiempo, nos dimos una vuelta y fuimos a buscar al “meoncete” por la rue de l’Etuve. En una confluencia con otra calle perpendicular, y en lo que sería una zona algo más amplia de acera se encuentra la fuentecita con el pequeño Manneken Pis. Ese día no le habían vestido de nada, así que lo encontramos al natural, con la hornacina rodeada de una especie de muérdago (aunque a mi me recordaba más unas ramas de los pinsapos de mi infancia) con unas bombillitas navideñas. Según el cartel colocado en la verja en el que anuncian los días en que lo atavían, sería al día siguiente cuando le pondrían los ropajes de San Nicolás, es decir, que lo vestirían de papá Noel, pero nosotros no fuimos a comprobarlo. Ea, pues ya que nos habíamos hecho las fotos volvimos hacia la Grand Place; por las calles aledañas existen infinidad de tiendas de recuerdos, en las que se encuentran imágenes del niño en todo lo que se pueda imaginar; algunas en plan broma, en las que habían cambiado las proporciones y dimensiones, y no precisamente de su estatura que, la verdad sea dicha, resultaban un poco chabacanas y chocolates, muchos muñequitos de chocolate.
Continuamos en dirección a la Grand Place por la calle Karel Bulsstraat y en la esquina con la plaza nos encontramos un buen grupo de gente, como esperando ante una casa; era la famosa escultura en bronce de Charles Everad, una especie de héroe, que murió en el siglo XIV por proteger la ciudad de los abusos de los regentes y defender sus derechos. El monumento, realizado por Julien Dillens lo muestra en actitud moribunda, y están representados también un ángel (la cabeza) y una cabeza de perro a sus pies. Al parecer da buena suerte tocar tanto el brazo como ambas cabezas, a la vez que se pide un deseo, por lo que para no ser menos, y cuando terminaron de desfilar los que teníamos delante, nosotros contribuimos también a darle brillo.
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Dada la cantidad de gente que se arremolinaba a nuestro alrededor y la oscuridad de la noche, la única fotografía que hice salió fatal, así que vuelvo a recurrir a Google para tener un recuerdo.
Después de estar un rato curioseando por la plaza, acompañados de nuevo por la música y las luces sobre la fachada del Ayuntamiento, nos fuimos a cenar, cómo no a la rue des Bouchers. De nuevo Chez León estaba hasta los topes, con bastante gente esperando en la puerta, por lo que nos decantamos por otro de los numerosos restaurantes, esta vez, aunque hacía un poco de frío, nos llamó la atención uno de esquina, “Le Bourgeois”, donde había varias mesas en la calle, bajo unos toldos y disponían de estufas, lo que agradecimos. Tenía buena pinta y la comida también, así que allí nos acomodamos en dos mesas. Cada uno pidió algo diferente, algunos combinando platos del menú y otros pidiendo sobre la carta; mi hijo, para no variar carne, y una de mis amigas, también repitió mejillones. La comida era abundante y estaba todo muy bueno, así que nos volvimos a poner tibios. Mientras estábamos cenando empezó a llover bastante, aunque los toldos impedían que nosotros nos mojásemos. Como venía siendo lo habitual, no llegó a 20€ por persona y quedamos francamente contentos.
A pesar de haber estado de viaje y no pasar por el hotel, no teníamos sueño y sí ganas de tomarnos algo para rematar bien la noche; por tanto, nos encaminamos otra vez en dirección a la plaza y en una callejuela lateral había una heladería-chocolatería con una de esas fondues donde cae el chocolate en cascada y rebozan brochetas de fruta, con un olor…; como todos éramos golosos y, afortunadamente por ahora, no nos tenemos que preocupar por nuestras cifras de glucemia, nos pedimos una por cabeza, unos de fresa con chocolate blanco, otros de plátano con chocolate negro o con leche y algunos, como yo, pues mixta para probar ambas, en mi caso con chocolate negro. Te las ponían inmediatamente después de empaparlas en una especie de barquitas de papel, con el chocolate aún caliente. Era difícil decidir cuál estaba mejor si la fresa o el plátano, aunque en una cosa sí coincidimos: la fruta que sea, con chocolate negro.
Paseando tranquilamente nos fuimos por la galería St Hubert hacia el hotel; misteriosamente, aún no habíamos comprado nada más allá de unas chocolatinas y algunos muñequitos para consumo inmediato, dejaríamos los caprichos para los dos últimos días. Relamiéndonos aún del exquisito segundo postre que nos habíamos tomado, nos despedimos en el ascensor y quedamos para ir al día siguiente a Brujas.