Nos marchamos de casa de nuestros amigos después de disfrutar de un último, y magnifico, desayuno. Por una parte sentíamos cierta tristeza y, por otra, teníamos claro que, si seguíamos allí, terminaríamos por salir rodando de la casa. Así que aprovechamos para meternos en el coche, mientras todavía cabíamos en el, y nos fuimos en busca de nuevas aventuras.
Ya habíamos visto algo de la sierra y de Seattle, así que ahora nos dirigimos hacia Puget Sound, la enorme bahía, o golfo, por el que el mar penetra en el norte del estado de Washington. Puget Sound esta rodeada por el norte por la enorme isla de Vancouver, ya en la Columbia Británica, al este, por la costa de Washington y, al sur, por la península olímpica, que esta separada del resto de la costa por el Hood Canal, una especie de fiordo. La gran bahía esta salpicada por las islas San Juan, un precioso archipiélago de islas boscosas. Algunas de las islas San Juan estan deshabitadas, otras contienen pequeños pueblos y, en otras, familias de las zona tienen casas de recreo a las que acceden en barco o por ferry. Pero, de todas partes, se ven vistas preciosas del mar, de las islas y de las cordilleras nevadas que cierran la perspectiva por el sur y el este. Orcas, ballenas, delfines, focas, águilas y todo tipo de pesca de altura son ejemplos de la fauna local…
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Tomamos rumbo norte por la I-5 y nos desviamos a nivel de LaConner, uno de esos pequeños pueblos de la costa que, en EEUU, a veces convierten, un poco a la fuerza, en sitios “pintorescos” con sus consabidos restaurantes medio pijos, medio chi-chi y sus galerías de arte. LaConner llena todos los requisitos con sus restaurantes con terrazas al estuario en que esta situado el pueblo y sus galerías de arte montadas en edificios victorianos restaurados en la calle principal. No estuvimos mucho tiempo. Si recomiendo, si alguien pasa por ahí en primavera, que se den una vuelta por el cercano valle de Skagit, que es uno de los centros principales del cultivo de bulbos de tulipán en el país. En esa época, cuando los tulipanes florecen, un área de más de mil hectáreas se llena de tulipanes y el valle se convierte en un verdadero espectáculo. Esta foto no es mía, pero bueno, da una idea….


De LaConner cruzamos a un lugar que yo siempre pronuncie “anacourtes”, con acento en la “o” (es lo que siempre había oído) hasta que un amiga española, que estaba visitando la zona, puso el dedo en un mapa y comento: “Mirad, aquí hay una isla que se llama Ana Cortés”. Lo que es la influencia del ambiente… Esta claro que hay veces que uno no ve lo que tiene delante… También existe la versión inversa: Tengo un amigo cubano que habla ingles perfectamente y sin ningún acento. Sin embargo, según cuenta, se paso muchísimo rato buscando, en un pueblo de California, una dirección situada en “payaro” (con acento en la segunda “a”) Boulevard cruzando, en el proceso, varias veces “Pájaro Boulevard” sin darse cuenta que ese era el “payaro” que buscaba. Yo, como el, me quede sorprendido cuando caí en cuenta que mi “anacourtes” de toda la vida era, realmente, una tal Ana que, probablemente, había sido amiga, esposa o parienta de algún explorador español del siglo XVIII…
Bueno, la cuestión es que Anacortes conecta con la isla de Whidbey, la mayor de las islas San Juan, vía el espectacular Deception Pass. Este “paso”, o estrecho, de la decepción fue descubierto por uno de los exploradores del área que, al ver como el mar entraba hacia la tierra entre dos enormes desfiladeros, asumió que había finalmente dado con el supuesto “paso por el nordeste”, una especie de río que se pensaba conectaba el océano Atlántico con el Pacifico por el lado norte del continente americano. Después de navegar un poco, el señor llego a la conclusión que solo había descubierto un ramal mas de Puget Sound y, bueno, se decepciono… Que le vamos a hacer…
Hoy en día el Deception Pass no decepciona a nadie que venga buscando paisajes. Esta conectado por un puente, construido a gran altura y dividido en dos secciones por una de las islas que abundan en el área. Desde los miradores que están en la isla, y desde el puente en si, se disfruta de una vista francamente espectacular del mar que, este día, estaba súper azul y lleno de veleros y barcos de pesca o recreo haciendo piruetas alrededor de las islas San Juan con sus bosques, promontorios y playas rocosas. La verdad que el lugar es muy, muy bonito…..
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Inmediatamente después de pasar el puente en dirección sur se encuentra otro mirador y, un poco mas adelante, la entrada al Deception Pass State Park, uno de los parques estatales de Washington, que contiene dos grandes áreas de camping para tiendas y vehículos recreativos localizadas en medio de un bosque húmedo y alrededor de un lago. El parque tiene montones de senderos, áreas de picnic, preciosas vistas de la bahía y un larga playa a lo largo del estrecho y del Pacifico. Vimos personas metidas en el agua que parecían divertirse pero, tanto mi señora como yo, nos hemos convertido en plantas tropicales y el agua fría no nos va. Ver a estas personas nadando nos dio mala impresión, especialmente después que vimos, también nadando en la misma zona, a unas focas… Como decía el Dr. Seuss en uno de sus libros infantiles: “No, no, no… That’s not for me…”
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Cruzamos la isla de Whidbey, pasando por bonitas fincas con sus típicos graneros rojos y yendo en dirección sur, hasta llegar a Keystone, donde debíamos tomar el ferry hasta Port Townsend, al otro lado estrecho de Juan de Fuca y ya en la península olímpica.
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El sistema de feries del estado de Washington es realmente excepcional. Cuenta con montones de barcos que conectan a Seattle y a otras ciudades de la costa con las islas de la bahía y con otras zonas residenciales que son utilizados diariamente por decenas de miles de pasajeros. Para información sobre los horarios de invierno y verano y el precio de los pasajes, echad un vistazo a www.wsdot.wa.gov/ferries. Nuestro cruce a Port Townsend tomo unos 40 minutos y costo $14 para dos pasajeros y un coche y, a pesar de haber llegado con 45 minutos de anticipación para la salida de las 4:30, casi nos quedamos fuera, pues fuimos los penúltimos en entrar al barco. Los otros coches en la fila tendrían que esperar hasta las 6 de la tarde para cruzar al otro lado del estrecho.
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El paseo en los feries siempre es agradable pero este en particular fue muy bonito. El barco era casi nuevo, ir a la península olímpica es un poco como ir de fiesta y el día era especialmente bonito. Desde la cubierta podíamos ver, a un lado, las islas, los picos del Cascade Range y las moles de Mt. Rainier y Mt. Baker y, por el otro, las cumbres nevadas de la sierra olímpica que parecían salir del mismo mar y que habían desarrollado un tono medio azuloso que les hacia parecer aun mas fantásticas y remotas de lo que ya de por si eran. Gaviotas y focas amenizaban la escena.
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La entrada a Port Townsend, una antigua (para EEUU) ciudad, con muchas construcciones de la época victoriana, es muy bonita. Port Townsend fue la ciudad más importante de Washington hasta la mitad del XIX. A través de sus muelles salía toda la madera, las pieles y el oro que se sacaba de los bosques. Se asumía la ciudad seria eventualmente la capital económica o política del futuro estado y el promontorio sobre el puerto se lleno de bellas mansiones con sus miradores y sus torretas en madera trabajada. Hasta dos de la dinastía de los Rothschild se mudaron al pueblo! Pero el tren, cuando al fin llego, siguió la línea de la costa, dejo la península olímpica desconectada y termino en un pueblucho de mala muerte que se llamaba Seattle. Seattle floreció y Port Townsend se fue a… Bueno, se quedo muy pequeño. Y menos mal, porque hoy en día es un pequeño museo de la época y uno de los pueblos mas históricos y pintorescos del oeste. Últimamente, Port Townsend ha atraído a artistas, chefs de renombre, buenos hoteles y visitantes que quieren disfrutar de su visita a la península olímpica desde un lugar pintoresco, atractivo y con una buena oferta hotelera, gastronómica y de entretenimiento.
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Para su tamaño, el pueblo ofrece bastante… Encontramos habitación en el Marine Inn, justo en frente del puerto deportivo. La habitación estaba muy bien. Por $129 teníamos una habitación bien amplia con una cama king, baño completo, terraza al mar y un magnifico desayuno. Y esa noche cenamos en un lugar que nos había recomendado nuestra amiga, el Silverwater Café, cerca de la calle principal y en el centro histórico, fenomenalmente. Los dos comenzamos con un chowder, tipo Nueva Inglaterra, de cangrejo de Dungeness seguido, en el caso de mi señora, por crostinis de fricasé de ostras de la bahía y, en el mío, de un filete de halibut delicioso hecho al grill con soufflé de espárragos. De postre, una tarta de moras silvestres de la zona. Y todo por $65 con propina… Al lado del restaurante, que estaba montado en un antiguo almacén, había un teatro donde se ofrecían actuaciones 5 días por semana. Vamos, que no estaba mal el lugar.
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Solo teníamos un problema. A mi se me había montado un músculo en el hombro derecho, parece que de cargar las maletas tan ligeras con que andábamos, que cada día me molestaba mas y que por la noche me dolía tanto que dormía muy mal. Averiguamos en el restaurante que en Port Townsend había una conocida escuela para masajistas. Allí mismo la chica que nos sirvió, que resulto súper simpática, se ofreció para llamar a alguno del directorio y, efectivamente, conseguimos a alguien para que viniera a darme un masaje en mi hombro fastidiado el día siguiente por la mañana a primera hora. Pero, bueno, eso es ya otra etapa….