Tomamos un desayuno rápido. Hoy toca Yosemite, donde según una página web que consultamos ayer, se preveen…¡¡¡ ¿nevadas?!!!
Rápidamente nos conectamos a la web del parque y parece que no es tan grave, “sólo” hay una probabilidad del 100% de lluvia, pero no estamos tranquilos del todo.
Llegamos al mostrador de Dollar a las 8 en punto, y media hora más tarde ya estamos montados en “nuestro” Ford Focus de color blanco, que conforme pasaban los días iba adquiriendo un tono más oscuro, jajaja.
Para estrenarnos en la conducción por tierras americanas, me toca a mí, aunque Eloi lo está deseando. Momentos de pánico cuando el GPS no detectaba el satélite, pero pronto, después de dar algunas vueltas por el aeropuerto, sin repajolera idea de por dónde tirar, nos empieza a guiar. Nos secamos el sudor de la frente

Pasamos un larguísimo puente, de unos 15 km, de salida de San Francisco, que pasa por el medio de la bahía. Nos parece espectacular estar en una autopista de 6 carriles de dirección única, rodeados de agua a izquierda y a derecha, sin ver el final.
Justo pasado el puente, el paisaje empieza a ser aún más bonito. Suaves colinas tapizadas de hierba seca, de color amarillo, con el contraste de un cielo azulísimo salpicado de nubes que prometen lluvia.




Pasamos Groveland y localizamos a pie de carretera el cámping que tenemos reservado para la segunda noche en el Parque.
En la cuneta hay restos de nieve ya casi fundida. A la entrada del parque una “ranger” examina nuestro pase. Le preguntamos si vamos a necesitar cadenas para circular y nos comenta que no son necesarias en el valle, y que quizá Tioga abra mañana.

Paramos en Merced Grove con intención de ver las sequoias gigantes pero desistimos por la cantidad de agua y hielo que aún hay en la tierra, y la que cae del cielo. Luego nos arrepentimos, pero bueno, ya está hecho.



Seguimos circulando y cada vez hay más nieve en la carretera, más niebla, más lluvia.

Pero el paisaje, pese al mal tiempo, es precioso. Paramos a cada momento para hacer fotos.




Dejamos el coche chorreando por dentro casi tanto como por fuera. Llegamos a Curry Village con la ayuda de Marta, y en recepción nos atienden en español. El check in empieza a las 17h, pero nos tienen una tienda ya preparada, pese a que son sólo las 15h. Eso lo agradecemos mucho, porque con este tiempo no hay mucho que hacer por aquí si no tienes una canoa en el maletero…


Almorzamos una pizza que nos parece la mejor del mundo, con el hambre que llevábamos, y no nos queda más remedio que meternos en la tienda porque sigue lloviendo, así que decidimos echarnos una siesta. Cuando nos levantamos aún llueve, pero necesitamos salir y recogemos del coche todo lo que nos obligan a cerrar en la caja de hierro de la entrada de la tienda: comida y artículos de perfumería sobre todo. Nos han asegurado que los osos visitan periódicamente el valle en busca de algún “emparedado” (¿¿os acordáis del Oso Yogui??) o de lo que sea que huela bien y puedan pillar. Los osos tienen 7 veces más olfato que un perro sabueso… casi nada.
Nos vemos obligados a meter en la caja una maleta entera, que apareció en San Francisco empapada de colonia de algún bote roto procedente de otra maleta. Suerte que la caja es grande… Damos una vuelta por el complejo. El bufé de la cena abre a las 17h y las 19,30h ya no cabe un alfiler. Nos acordamos de un gag de la serie “Frasier” donde se menciona el bufé “Sabores de Alaska”, del cual uno de los personajes es un incondicional.
Algo más tarde nos conectamos a internet en la sala común y luego nos tomamos dos sopas riquísimas y compartimos una ensalada para cenar.
Sigue lloviendo y hace un frío horroroso. En la penumbra de la tienda le digo a Eloi: Ahora es cuando viene el oso... ya me parece ver su silueta recortada, en posición de ataque…como en las películas de miedo. Lo que nos reímos con esa tontería.
Esta noche dormimos bastante bien. El radiador calienta mucho. Pese a que hay una cama para cada uno (muy cómodas), dormimos los dos en una, porque… tenemos frío.
Por suerte, tenemos mantas de sobra… usamos 5 de ellas, y no pusimos más porque del peso casi no podíamos movernos bajo las sábanas.