8.
Como ya he explicado, tengo la suerte de poseer un sueño fácil y profundo, lo que me permite descansar en cualquier lugar y haber permanecido dormido en situaciones que a Silvia o a mi familia todavía les cuesta explicarse. Pero todo tiene un límite. La noche junto al lago Victoria estuvimos en la tormenta más grande y violenta en la que hemos estado en nuestras vidas. Me despertó la pared de la tienda que debido al viento se movía como si fuera de papel. Silvia ya estaba despierta y me preguntó:
- ¿Has visto que tormenta? ¿Qué hacemos?
- Nada, tranquila que ahora seguro que escampa.
Los dioses de las tormentas africanas se tomaron mi comentario como una provocación personal y a partir de ese momento, la tormenta fuerte se convirtió en naturaleza desatada juntándose lluvia, viento, rayos y truenos que no dejaban de subir de intensidad, hasta un punto que el agua empezó a filtrar por la tienda y nos dimos la mano, esperando lo que empezaba a estar claro que era el fin del mundo.
Después de un rato esperando, que pudo estar entre los dos minutos y las dos horas, oímos un ruido fuera, alguien estaba colocando la lona que cubría nuestra tienda. Abrí un poco la puerta y allí estaba Gody, calado hasta los huesos y sonriendo con sus 500 blanquísimos dientes.
- ¿Te ayudo?
- No, tranquilo, todo bajo control. Ya pasa la tormenta.
- ¡Te quiero!
- Jajaja.
Todos nuestros chicos estaban colocando los restos de las tiendas, algunas de las cuales habían sido arrancadas enteras del suelo. Después de confirmar que todo el mundo estaba bien, nos volvimos a acostar aunque esta vez me llevó un rato el conciliar el sueño, pensando en lo que acabábamos de pasar.
Desayunamos junto a la playa, sorprendidos de que después de la tormenta todo siguiese en pie, los pescadores saliesen normalmente, hubiese pájaros... El plan del día incluía una excursión en barca por el lago Victoria para la que nos preparamos y puntualmente, la barca llegó a nuestra playa. Dentro había sitio para todos y aunque había vivido tiempos mejores y había agua en el suelo, nos llevó las dos horas de la excursión sin problemas. La guía nos dejó solos con el capitán, que como capitán no dudo de sus habilidades, pero como guía tenia bastante poca idea y unas ganas inexistentes por mejorar en ese aspecto. La excursión fue bastante aburrida porque el capitán hablaba poco inglés y no dijo nada y lo poco que sabíamos era lo que nos habían explicado antes más lo que alguno habíamos leído. Dando gracias otra vez a Javier Reverte, expliqué la historia de los grandes exploradores lo mejor que supe a los que tenía más cerca.
Paramos la barca en la orilla de una de las islas del lago. Los lugareños se acercaron curiosos y vimos cómo utilizaban el agua del lago para todo, bañarse, recogerla en cubos para beber y cocinar e incluso para lavarse los dientes con una especie de palo "deshilachado" en la punta. Estuvimos un rato haciendo fotos del pueblo ya que nos pidieron que no hiciéramos fotos de la gente y tampoco pudimos bajar. Después volvimos viendo cómo había una zona de baño de hombres y otra más alejada para mujeres. Luego nos explicaron que aunque el agua del lago no es potable y tiene muchos organismos, los habitantes del lago están ya acostumbrados y no les pasa nada. Yo supongo que aunque no les pase nada a corto plazo, no creo que la esperanza de vida sea muy alta.
Volvimos al camping donde el campamento ya estaba recogido y en lo que terminaban de preparar el camión, nos tomamos una Kilimanjaro junto al lago Victoria. Yo pensé en la sensación que tuvo que tener Speke, tras todas las penurias y enfermedades que habían pasado en la selva al llegar y ver la inmensidad del lago. Y saber que había ganado a Burton.
Después de un rato salimos hacia nuestra siguiente parada, nada más y nada menos que el P.N. Serengueti. De camino nos ocurrió una anécdota que quedaría en nuestra memoria los días siguientes: Junto a la carretera, a veces nos encontrábamos con sacos de leña puestos de pie. Éstos pertenecían a familias que vivían cerca y que los vendían. En uno de ellos paramos para comprar más leña para nuestras hogueras. Mientras negociaban la compra de varios sacos con el que parecía el padre, dos de los hijos nos miraban con curiosidad y timidez. Nosotros llevábamos a todo volumen el wakawaka de Shakira, la canción del mundial y del continente en ese momento. Mientras algunos bailaban y el resto llevábamos el ritmo con las manos, el mayor de los hermanos de unos seis años, empezó tímidamente a moverse; primero los hombros, luego los brazos. Al ver que le animábamos, se empezó a venir arriba y ante la sorpresa de su hermano de unos 3 años, empezó a bailar en un estilo tan peculiar como contagioso. Todos, incluido su hermanito le empezamos a imitar y él seguía bailando mientras se moría de la risa. Durante todo el viaje, cada vez que había música no hubo otro baile que el del chaval de la leña.
Llegamos a las puertas del parque más tarde de la hora de comer, así que comimos en una de las entradas del parque. Junto a los baños había una especie de lona negra de un metro y medio de alto con una banda azul vertical en el centro. Curioso. Preguntando por ello a la guía, me comenta que ésta ya es zona de moscas tse-tse y que esas lonas, por la razón que sea, las atraen, que se ve que las confunden con culos de búfalos. Ni con toda la imaginación del mundo pude confundir aquello con un culo de ningún animal, pero como tampoco soy una mosca tse-tse, me puse a comer. No vimos muchas moscas tse-tse, que vienen a ser una versión más grande y musculada de la mosca común. Por lo visto, para que te afecte la enfermedad del sueño, te tienen que picar unas cien veces y no vimos suficientes ni para dormirte un brazo.
Una vez comidos entramos en el parque, una vez más con mi cámara en ristre. Teníamos muchas esperanzas puestas en el Serengueti ya que nos habían dicho que era mejor que todos los parques que habíamos visto anteriormente. Vimos muchos animales, pero lo cierto es que la densidad, el número de animales por metro de parque me pareció menor. Por lo visto todo tiene que ver con dónde esté la gran migración, que cuando estuvimos nosotros, en Octubre, estaba en gran parte en Kenia. Aun así vimos una enorme manada de elefantes que me recordaron al Libro de la Selva y que pasaron justo al lado del camión. Con el camión parado y todo el mundo callado es impresionante el oír avanzar la manada, en el silencio sólo interrumpido por los clics de las cámaras de fotos.
A estas alturas ya teníamos la vista acostumbrada a la búsqueda de animales. Así como los primeros días, era la guía quien más solía ver, en este punto ya llegábamos a ver leones a los que sólo les asomaba un poco de la cabeza o hienas totalmente metidas en arbustos. Sobre todo entre los hombres surgió una pequeña competición a ver quien veía la cosa más guay y más difícil. Competición que quedó desierta cuando a todos nos parecía que lo mejor era lo suyo sin ninguna duda.
Cuando ya anochecía, nos llevaron hacia una de las sorpresas más agradables del viaje: El tented camp. Entre otras cosas: Un circulo de sillas alrededor de una hoguera. Un enorme comedor cubierto. Y sobre todo, una habitación de hotel de lujo dentro de una enorme tienda para cada pareja, con una enorme cama, mesilla, ducha de agua caliente, baño... ¿Puede un hombre adulto llorar de emoción al ver una taza de váter? Perfectamente y de hecho así fue. Y si hubiera sabido cantarle una saeta lo habría hecho.
Uno de los momentos del viaje fue sin duda la ducha de agua caliente al aire libre. En la parte de atrás de la tienda, estaba el espacio de ducha, tapado con una lona, pero que permitía asomar la cabeza y ver la llanura del parque. La sensación de estar desnudo al aire libre, en el medio del Serengueti, con el agua caliente, el sol poniéndose y viendo los animales a lo lejos fue increíble y es de los recuerdos que, tiempo después me viene más a menudo a la cabeza.
Después de las duchas, fuimos yendo todos a la hoguera donde nos tomamos una cerveza, charlando junto al fuego. Ya era noche cerrada y con los frontales descubrimos que, no muy lejos de nosotros había una hiena. Pasando la luz por la oscuridad, dos puntos brillantes delataban su presencia. Ya estábamos acostumbrados así que nadie ya se preocupó. Cenamos amenizados por los chistes de un compañero y después fuimos a tomar un gintonic junto a la hoguera. La sorpresa fue que nuestros chicos, junto con el equipo del tented camp nos habían preparado una sorpresa a las dos parejas de recién casados del grupo: Una riquísima tarta de chocolate servida por ellos mismos cantando y bailando la ya muy popular Jambo Bwana. Luego nos pidieron que cantásemos algo típico los cuatro novios, pero a pesar de los esfuerzos míos y de mi compañera Loren, creo que los chavales todavía se acuerdan con horror de nuestra versión de "Mi carro".
Un rato después nos fuimos a la cama. Ya que tenía lámpara, intenté leer algo del libro que llevaba y que aún no había tropezado, pero creo que llegué a leer media página antes de darme por vencido.