Sólo permaneceríamos esa mañana en Kuressaare, para ver el Castillo Episcopal y dar un paseo rápido por el pueblo. Caminando por el parque de la ciudad llegamos en pocos minutos hasta él. El castillo había sido construido en el siglo XIV y era el mejor conservado de los países bálticos. Tenía forma cuadrangular y nosotros entramos por el lado norte, donde estaban las torres Tall Herman y Sturvolt. En el interior del castillo había un patio rodeado de galería porticadas. Visitamos varias de las habitaciones: la cocina y los hornos, el pozo, el refectorio, la capilla, el hipocausto (sistema de calefacción), las dependencias privadas del obispo, donde había varias esculturas de madera de arte barroco y escudos de armas de la nobleza de Saaremaa, la Torre de Defensa (Sturvolt). Por la Torre de Vigilancia (Tall Herman) accedimos al Museo de Saaremaa, donde había una exposición sobre la historia de la isla con una pequeña sección dedicada también a la fauna y flora.





Saliendo del castillo pasamos por el club de entretenimiento o Kursaal, construido en los años 60 del siglo XIX. En este edificio había una torre de vigilancia, una sala de conciertos y un restaurante/cafetería. Caminando por la calle central del pueblo (Lossi St y Tallina St) vimos varios monumentos de interés, como el monumento de los isleños que perdieron su vida en la guerra de independencia de Estonia entre 1918-1920, monumento que como anécdota desagradable el ejército soviético lo derribó en al menos dos ocasiones; la Casa de la Nobleza, que pertenecía a la nobleza de Saaremaa, y que ahora era la sede del gobierno; la Casa de las Cortes, que era tribunal, oficina de policía y prisión; la Iglesia Ortodoxa de St Nicholas; la plaza de Kuressaare, donde vimos el Ayuntamiento, el edificio Weighing House (guardaba las pesas del mercado) que actualmente es la oficina de correos, y también un mercadillo en las calles colindantes.



Compramos comida en un supermercado para hacernos un picnic antes de salir rumbo hacia el sur de Estonia, a la ciudad balneario de Pärnu a orillas del mar Báltico. Hicimos en primer lugar una visita panorámica por el barrio hanseático situado junto al río. Este barrio tenía una organización totalmente cuadriculada, por lo que era muy fácil de recorrer (Ruutli St, Nikolai St, Vee St, Uus St, Kuninga St). Destacaban en él las casas de comerciantes, la mayoría de ellas de los siglos XVII-XIX. En este barrio vimos también dos de las iglesias más importantes de la ciudad: la Iglesia de Elizabeth, mandada construir en el siglo XVIII por una hija del zar Pedro el Grande, y la Iglesia Ortodoxa de St Catherine, del siglo XVIII también de estilo barroco. Este día estaba algo apático con la cámara de fotos, así que no hice ni una. Luego me arrepentí porque esta ciudad merecía la pena al margen de sus playas. Desde este barrio fuimos caminando hasta el hotel, el TERVIS SANATORIUM (que no era un sanatorio, ¿eh?, jejeje). Hotel bastante correcto que ofrecía tratamientos terapeúticos. Desde el hotel nos fuimos hasta la playa para caminar por el paseo marítimo. Algunos de mis compañeros también se bañaron en las aguas del Mar Báltico. La playa era de arena fina y muy larga. Por lo que se veía debía estar la marea muy baja (o es que la playa era así siempre) porque había que caminar bastante para llegar hasta el agua. Por lo que me dijeron después, una vez dentro del agua tampoco cubría enseguida, sino que podías alejarte bastante, y también que el agua no estaba tan fría como pensaban para estar por aquellas latitudes. Para ser zona turística tampoco estaba masificada. Es más, estaba prácticamente vacía. Quizás allí la gente tenía la costumbre de ir por la mañana. Como yo no me bañé aproveché para hacer al menos unas fotitos de la playa.

Después del remojo continuamos paseando por la playa hasta el final. Entramos a otro hotel balneario para ver las vistas de la ciudad desde la terraza de la última planta. Y luego otro paseíto más por la playa. Paramos a tomar unas cervezas en un chiringuito del paseo marítimo y a charlar y ver el paisaje. En definitiva, a no hacer nada, que viene muy bien de vez en cuando. Regresamos al hotel para arreglarnos y salir a cenar por el barrio que habíamos visitado por la tarde. Por fin dimos con uno interesante: el SEEGI MAJA (menudo trabajo de investigación he tenido que hacer para encontrar el nombre del restaurante sin saber cómo se llamaba cuando estuve ni su dirección, jajajaja, sólo por la zona y las fotos, y mirando guías de Pärnu) ubicado en un edificio del siglo XVII y con decoración imitando la época medieval. Carta en consonancia con el sitio, con platos de carne de caza bastante contundentes (carne de jabalí, de venado, según la carta también de oso, no sé que decir de eso). Todo riquísimo. Era un broche perfecto para Pärnu y para Estonia, porque al día siguiente regresábamos a Letonia.