Por la mañana temprano salimos hacia la ciudad de Narva, una de las más grandes de Estonia (cerca de 70000 habitantes), para visitar su fortaleza y alguna de sus iglesias. Había sido fundada durante el siglo XIII por el Reino Danés y posteriormente perteneció en diferentes ocasiones tanto a Suecia como a Rusia, hasta la independencia de Estonia. Durante la época de dominación soviética se produjo una inmigración masiva de rusos. La ciudad fue destruida en la II Guerra Mundial y durante muchos años después se prohibió a los estonios regresar, lo que cambiaría la composición de la población, haciendo que más de un 90% fuera rusa.
Narva me pareció en conjunto una ciudad desangelada y descuidada, sin vida, fea. En cierta manera me recordaba a Voru. En primer lugar vimos el Antiguo Ayuntamiento del siglo XVII, construido en una mezcla de estilos arquitectónicos de Alemania, Suecia e Italia. Después fuimos a la Iglesia Luterana de Alejandro, del siglo XIX. Fue destruida parcialmente durante la II Guerra Mundial, primero por los bombardeos soviéticos que dañaron el tejado y más tarde por el ejército alemán que destruyó la torre. Los soviéticos obligaron a la congregación a irse y convirtieron la iglesia en un almacén. Cuando vimos la iglesia estaba todavía en proceso de rehabilitación. Se conservaban los palcos de madera originales. Por último nos acercamos hasta la fortaleza de la ciudad, formada for el castillo del siglo XV y la Torre Long Herman. Compramos la entrada para el Museo de Narva, situado en el interior de la torre, donde vimos una exposición sobre la historia de la ciudad. Desde la parte superior de la torre se obtenía una panorámica excelente de la fortaleza de Ivangorod y fue donde tomé la fotografía.
Narva me pareció en conjunto una ciudad desangelada y descuidada, sin vida, fea. En cierta manera me recordaba a Voru. En primer lugar vimos el Antiguo Ayuntamiento del siglo XVII, construido en una mezcla de estilos arquitectónicos de Alemania, Suecia e Italia. Después fuimos a la Iglesia Luterana de Alejandro, del siglo XIX. Fue destruida parcialmente durante la II Guerra Mundial, primero por los bombardeos soviéticos que dañaron el tejado y más tarde por el ejército alemán que destruyó la torre. Los soviéticos obligaron a la congregación a irse y convirtieron la iglesia en un almacén. Cuando vimos la iglesia estaba todavía en proceso de rehabilitación. Se conservaban los palcos de madera originales. Por último nos acercamos hasta la fortaleza de la ciudad, formada for el castillo del siglo XV y la Torre Long Herman. Compramos la entrada para el Museo de Narva, situado en el interior de la torre, donde vimos una exposición sobre la historia de la ciudad. Desde la parte superior de la torre se obtenía una panorámica excelente de la fortaleza de Ivangorod y fue donde tomé la fotografía.



Cuando íbamos de camino a Narva vimos que estaba todo cubierto como por niebla. Al bajar del autocar notamos que en realidad era humo y que había un olor raro en el ambiente, como a quemado. La explicación que nos dió el guía fue la siguiente: todas las zonas del norte de Estonia próximas al Mar Báltico eran ricas en turberas (oxidación y carbonización parcial de la vegetación en zonas de humedales), que se utilizaban para obtener combustible. Por las temperaturas más altas del verano estas turberas realizaban un proceso de combustión, que podía durar perfectamente 1 ó 2 meses. De ahí el olor y el humo.
Después de visitar la ciudad fuimos a la zona costera de Narva-Joesuu, pero no pudimos ver absolutamente nada, debido al humo de la turba. Comimos en el hotel en el que nos habíamos alojado la noche anterior y luego salimos hacia el Convento Kuremäe Pühtitsa Uspenski, el único convento ortodoxo de clausura en Estonia. Según la leyenda, en el siglo XV unos pastores vieron en repetidas ocasiones en la montaña a la Virgen de los Bienaventurados. Más tarde encontraron un icono de esa virgen al pie de un roble. Para celebrar este evento la población de la zona decidió construir un campanario en la colina Pühtitsa y a finales del siglo XIX la Iglesia Ortodoxa consideró santo este lugar y comenzó la construcción del Convento Uspenski. El conjunto que vimos estaba formado por la iglesia, con sus 5 pináculos con forma de bulbo, casas de madera para las monjas y supuestamente un hospital, un hogar para ancianos, una escuela y un albergue de peregrinos (digo supuestamente porque hubo varios edificios cuya utilidad no conseguí identificar).
Después de visitar la ciudad fuimos a la zona costera de Narva-Joesuu, pero no pudimos ver absolutamente nada, debido al humo de la turba. Comimos en el hotel en el que nos habíamos alojado la noche anterior y luego salimos hacia el Convento Kuremäe Pühtitsa Uspenski, el único convento ortodoxo de clausura en Estonia. Según la leyenda, en el siglo XV unos pastores vieron en repetidas ocasiones en la montaña a la Virgen de los Bienaventurados. Más tarde encontraron un icono de esa virgen al pie de un roble. Para celebrar este evento la población de la zona decidió construir un campanario en la colina Pühtitsa y a finales del siglo XIX la Iglesia Ortodoxa consideró santo este lugar y comenzó la construcción del Convento Uspenski. El conjunto que vimos estaba formado por la iglesia, con sus 5 pináculos con forma de bulbo, casas de madera para las monjas y supuestamente un hospital, un hogar para ancianos, una escuela y un albergue de peregrinos (digo supuestamente porque hubo varios edificios cuya utilidad no conseguí identificar).






Íbamos paseando por los jardines del convento, cuando de repente vimos la siguiente estampa. Aún hoy me pregunto cómo eran capaces de colocar la leña de aquella manera, como si fuera un castillo de naipes. Anda que si me llego a apoyar más fuerte de la cuenta y caen todas las maderitas rodando una detrás de otra, jejeje.


En el convento había una tienda de souvenirs, donde vendían estampas de la virgen. La mayor parte del grupo compró una estampita, pero yo aún no he tenido tal ataque de religiosidad. Desde Kuremäe continuaríamos bordeando la costa del golfo de Finlandia hasta asomarnos al mar en la Cascada Valaste. Toda esta parte de la costa es de acantilados, por lo que deberíamos ver la cascada precipitarse desde lo alto hasta el mar. Había una escaleras de caracol para acercarse hasta la cascada y unas pasarelas, pero tuvimos mala suerte. La cascada estaba seca. Estonia estaba en situación de sequía porque hacía varias semanas que no llovía lo habitual.
Después del chasco que nos llevamos continuamos hacia el pueblo de Rakvere, donde estaríamos alojados 1 noche. Como era tarde no nos daría tiempo de ver los puntos de interés del pueblo, así que nos fuimos a comer. Entramos a un supermercado que había cerca de la plaza del ayuntamiento y decidimos comer en esta misma plaza. No estuve nada acertado en mi elección de comida: una ensalada envasada de arenques, piña y un salsa de color rosa oscuro. Bueno, la mezcla era mortal, por lo fuerte que estaba y por el sabor tan desagradable. Para más inri mis compañeros estaban comiendo embutidos y me ofrecieron en varias ocasiones, pero por vergüenza no acepté y allí que tuve que tragar con el potingue aquel hasta que no pude más y la tiré. Aquello no fue una cena, fue un castigo. Para terminar de darme la indigestión, estuve en todo momento perseguido por las avispas. Para bajar la comida nos dimos una vuelta hasta una colina situada a las afueras del pueblo, donde dió la casualidad de que estaba el castillo del pueblo, que me pareció algo ruinoso. No obstante la foto que le hice no lo deja muy mal parado.
Después del chasco que nos llevamos continuamos hacia el pueblo de Rakvere, donde estaríamos alojados 1 noche. Como era tarde no nos daría tiempo de ver los puntos de interés del pueblo, así que nos fuimos a comer. Entramos a un supermercado que había cerca de la plaza del ayuntamiento y decidimos comer en esta misma plaza. No estuve nada acertado en mi elección de comida: una ensalada envasada de arenques, piña y un salsa de color rosa oscuro. Bueno, la mezcla era mortal, por lo fuerte que estaba y por el sabor tan desagradable. Para más inri mis compañeros estaban comiendo embutidos y me ofrecieron en varias ocasiones, pero por vergüenza no acepté y allí que tuve que tragar con el potingue aquel hasta que no pude más y la tiré. Aquello no fue una cena, fue un castigo. Para terminar de darme la indigestión, estuve en todo momento perseguido por las avispas. Para bajar la comida nos dimos una vuelta hasta una colina situada a las afueras del pueblo, donde dió la casualidad de que estaba el castillo del pueblo, que me pareció algo ruinoso. No obstante la foto que le hice no lo deja muy mal parado.
