MADABA.
Poco después de las 07:30 dejábamos el hotel de Amman, por la noche ya dormiríamos en Petra. Madrugar nos permitió evitar en parte el caótico tráfico que nos pilló el día anterior al atravesar Amman. En la salida hacia el sur, nos obsequiaron con un tour por los barrios más exclusivos de la capital, con edificios modernos, tiendas de marcas de lujo y mansiones de varios millones de dinares. También pasamos por barrios donde se asientan las delegaciones diplomáticas, incluyendo la enorme Embajada de Arabia Saudí y la de Estados Unidos, en cuyas inmediaciones está terminantemente prohibido hacer fotos, incluso desde los autobuses, bajo amenaza de que te incauten la cámara y demás incomodidades. Supongo que el recorrido se deberá a que pilla de paso para salir de la ciudad hacia el sur porque de lo contrario no encuentro explicación, salvo que sea una sugerencia oficial para mostrar a los extranjeros la pujanza económica y social jordana, y es que parece que está incluido en todas las visitas panorámicas que realizan las agencias receptoras locales. En fin, no sé.
La ciudad de Madaba también se encuentra entre colinas, tiene 90.000 habitantes y se la conoce como la ciudad de los mosaicos, realizados en su mayor parte por artesanos locales. Su principal reclamo turístico es el llamado “Mapa de Tierra Santa”, un mosaico del año 560, que se conserva en la Iglesia ortodoxa de San Jorge. En su origen, el mosaico contaba con más de dos millones de piezas y medía 17,5 m x 10 m, reducido en la actualidad a 15,7 m x 5,6 m, ya que le faltan algunas partes. Señala 150 localidades citadas ya en la Biblia y representadas con imágenes detalladas, los nombres escritos en griego y con símbolos que identifican cada lugar; las ciudades más importantes se señalan en rojo y, entre todas, destaca Jerusalén, que aparece con los 36 monumentos y edificios más representativos de la época. Parece que era un auténtico mapa que ayudaba a peregrinos y viajeros a seguir su ruta.
Hay un edificio anexo a la iglesia con una reproducción del mapa, donde los guías dan explicaciones, ya que, con muy buen criterio, no tienen permitido hacerlo dentro la iglesia para evitar molestas aglomeraciones.
La ciudad de Madaba también se encuentra entre colinas, tiene 90.000 habitantes y se la conoce como la ciudad de los mosaicos, realizados en su mayor parte por artesanos locales. Su principal reclamo turístico es el llamado “Mapa de Tierra Santa”, un mosaico del año 560, que se conserva en la Iglesia ortodoxa de San Jorge. En su origen, el mosaico contaba con más de dos millones de piezas y medía 17,5 m x 10 m, reducido en la actualidad a 15,7 m x 5,6 m, ya que le faltan algunas partes. Señala 150 localidades citadas ya en la Biblia y representadas con imágenes detalladas, los nombres escritos en griego y con símbolos que identifican cada lugar; las ciudades más importantes se señalan en rojo y, entre todas, destaca Jerusalén, que aparece con los 36 monumentos y edificios más representativos de la época. Parece que era un auténtico mapa que ayudaba a peregrinos y viajeros a seguir su ruta.
Hay un edificio anexo a la iglesia con una reproducción del mapa, donde los guías dan explicaciones, ya que, con muy buen criterio, no tienen permitido hacerlo dentro la iglesia para evitar molestas aglomeraciones.

Soy una enamorada de los mosaicos y me hacía mucha ilusión ver éste por su fama y lo que representa; sin embargo, confieso que me quedé un poco fría al contemplarlo. Había visto muchas fotos y grabados y esperaba unos colores más vivos, pero quizás porque en el momento de la visita el reflejo de la luz entraba de lado por las ventanas abiertas o por el contraste con el resto de la iglesia, sumamente colorista, me pareció un tanto… no sé cómo decirlo, ¿apagado? En fin, no pretendo decir que me decepcionase muchisimo sino que esperaba algo diferente. Me quedé hasta que se fue casi toda la gente para intentar apreciarlo mejor, pero seguí sin disfrutarlo plenamente, y reconozco que ha sido al ver las fotos y darles un poco de color cuando he podido apreciar los detalles e identificarlos un poco mas con la idea que tenía de antemano.
La colorista iglesia ortodoxa de San Jorge y el mosaico.




Distintos fragmentos del "mosaico mapa":











Había alguna otra posibilidad de visita en Madaba, como el pavimento de mosaico de la Catedral o el Parque Arqueológico, también con mosaicos, pero como íbamos a ver más mosaicos en otros sitios, preferimos pasear un rato por las animadas calles de Madaba, repletas de gente en su vida cotidiana, como un zapatero instalado en plena calle con sus pieles y su máquina de coser, atendiendo a los clientes.

Las panaderías eran enormes, al igual que las fruterías. Curioso que con tanta fruta, fuese casi imposible encontrarla para comer o cenar en restaurantes y hoteles, aunque sí la pusieran a la hora del desayuno, quizás sea que no tienen costumbre de tomarla de postre. El caso es que melones, sandías, uvas y plátanos (unos pequeñitos de la zona del Jordán) están realmente jugosos.

Tampoco faltaban en las tiendas las banderas de los equipos de fútbol preferidos por los jordanos, hermanadas curiosamente aquí, jeje, el Barça y el Real Madrid. Son forofos de nuestros equipos y según nos dijo textualmente el guía, cuando juegan y más todavía cuando se enfrentan entre si, se lo toman más a pecho, discuten y hasta se pelean incluso más que aquí. Lo cierto es que no había nadie (policías, camareros, vendedores, hoteleros…) que no te hablase del Real Madrid o del Barça y muchos niños y mayores llevaba puestas sus camisetas. Hay quien asegura que muchos jordanos conocen España por los equipos de fútbol (bueno, quizás no pasa solamente en Jordania...).

Y, por fin, la cúpula dorada de la mezquita.


EL MONTE NEBO.
De Madaba fuimos al Monte Nebo, apenas a 10 Km. de distancia. La mañana había amanecido soleada y muy calurosa, con calima. No eran las condiciones ideales para ver el mejor panorama de la Tierra Prometida por Dios a Moisés. La iglesia conmemorativa sigue en obras y no se puede visitar, pero desde la terraza se pueden contemplar las vistas y, también, sacar fotos del monumento de Gian Paolo Fantoni, que representa una serpiente enroscada en un bastón. El cartel indicador señala hacia donde están los lugares, pero no se distinguían demasiados detalles en la distancia, difuminada en una neblina marrón de polvo y calor. De todas formas, emociona estar en un sitio tan emblemático y la panorámica no deja de ser sugerente aunque incompleta.



Después de contemplar las zonas fértiles y verdes del valle del Jordán, e incluso vistas anteriores desde esa misma carretera, con zonas de cultivo y viñedos, desanima un poco la visión tan árida que se tiene justamente desde el Monte Nebo a lo lejos, porque el único círculo verde estaba bastante próximo, y no puedes por menos que pensar, madre mía, y… ¿ese secarral era la Tierra Prometida? Supongo que en aquella época, el paisaje sería bastante diferente al actual, o que la calima reinante acentuaba más el tono ocre del paisaje, en el que apenas se adivinaban como una tenue mancha desvaída las aguas del mar Muerto. Vale, quizás, al fondo, muy al fondo, se ven unas sombras verdes, ¿no?

Como ya he dicho, el Memorial de Moisés no se puede visitar porque está en obras; sin embargo, han colocado bajo unas carpas un pequeño museo, donde se recogen fotografías y objetos varios; y, sobre todo, bajo una segunda carpa, se pueden contemplar los magníficos mosaicos del pavimento musivo, con preciosas figuras alegóricas de personas y animales.




Tras dejar el Monte Nebo, hicimos la inevitable parada en la tienda de mosaicos, donde nos ofrecieron una demostración de cómo se hacen, nos dieron un te y nos invitaron a comprar. Poco éxito tuvieron: los precios de los mosaicos que merecían algo la pena eran muy poco atractivos para españolitos en crisis aunque el envío al domicilio en España sea gratuito. Si alguien está interesado, mejor que pruebe suerte en la propia Madaba, pero chollos no hay. Afortunadamente, ésta fue la única parada “de compras inducidas” que hicimos durante el viaje.
LA AUTOPISTA DEL DESIERTO.
Antes de comer, el guía nos propuso un cambio en el itinerario previsto para la jornada. Teóricamente, teníamos que ir al castillo de Shobak y luego directamente a Petra. Su idea fue hacer ya la visita a la Pequeña Petra en vez de dejarlo para dos días después, de camino hacia Wadi Rum. Nos aseguró que es mucho mejor ver la Pequeña Petra antes que Petra ya que en primera instancia sorprende y gusta mucho más que después de haber visitado su hermana mayor. Encontramos lógica la explicación y, además, es lo que aconseja casi todo el mundo: así que aceptamos por unanimidad.
El cielo, su color azul un poco desvaído por el polvo y la calima, empezó a emborronarse de nubes, pero no nubes blancas y nítidas sino de un sospechoso tono entre gris y marrón. Hacía mucho calor, bochorno más bien, y se presentía un cambio de tiempo. Teníamos por delante más de 250 Kilómetros hasta Petra y, para acelerar, tomamos la autopista del desierto. En el camino paramos a comer el menú diario de 10 dinares más bebida, de postre nos dieron galletas de sésamo y dátiles; también hubo quien llevaba comida preparada.
En Jordania vimos varios tipos de desierto muy diferentes entre si (dunas, rocas, arena, de tipo Almería, jeje), éste por el cruzábamos ahora era bastante plano, de arenas beiges y piedras, poco atractivo, en definitiva. En ruta por la carretera, el cielo estaba cada vez más oscuro, arreciaba el viento y por la derecha empezaron a verse remolinos de polvo en el horizonte. Por la izquierda, apenas había visibilidad, envuelto el panorama en una especie de velo marrón. El guía nos comentó que es un viento particular (no recuerdo el nombre que le dio), que se da a veces en primavera; según él, en Jordania no es demasiado preocupante, pero en Arabia Saudí puede durar varios días y mueve tales cantidades de arena y polvo que llega a paralizar la vida cotidiana. Nos advirtió que sería mejor aumentar la velocidad porque como nos cogiera la nube marrón, podíamos tener algún problemilla. La velocidad no fue suficiente para dejar atrás la nube, que nos pilló de lleno, envolviéndonos por completo.. Fue una sensación curiosa, mezcla de tensión y emoción. El viento zarandeaba el autobús y durante un par de minutos no vimos absolutamente nada más que polvo, arena y barro que sacudía el lado izquierdo del autocar; íbamos sumamente despacio aunque no llegamos a parar completamente.
El cielo, su color azul un poco desvaído por el polvo y la calima, empezó a emborronarse de nubes, pero no nubes blancas y nítidas sino de un sospechoso tono entre gris y marrón. Hacía mucho calor, bochorno más bien, y se presentía un cambio de tiempo. Teníamos por delante más de 250 Kilómetros hasta Petra y, para acelerar, tomamos la autopista del desierto. En el camino paramos a comer el menú diario de 10 dinares más bebida, de postre nos dieron galletas de sésamo y dátiles; también hubo quien llevaba comida preparada.
En Jordania vimos varios tipos de desierto muy diferentes entre si (dunas, rocas, arena, de tipo Almería, jeje), éste por el cruzábamos ahora era bastante plano, de arenas beiges y piedras, poco atractivo, en definitiva. En ruta por la carretera, el cielo estaba cada vez más oscuro, arreciaba el viento y por la derecha empezaron a verse remolinos de polvo en el horizonte. Por la izquierda, apenas había visibilidad, envuelto el panorama en una especie de velo marrón. El guía nos comentó que es un viento particular (no recuerdo el nombre que le dio), que se da a veces en primavera; según él, en Jordania no es demasiado preocupante, pero en Arabia Saudí puede durar varios días y mueve tales cantidades de arena y polvo que llega a paralizar la vida cotidiana. Nos advirtió que sería mejor aumentar la velocidad porque como nos cogiera la nube marrón, podíamos tener algún problemilla. La velocidad no fue suficiente para dejar atrás la nube, que nos pilló de lleno, envolviéndonos por completo.. Fue una sensación curiosa, mezcla de tensión y emoción. El viento zarandeaba el autobús y durante un par de minutos no vimos absolutamente nada más que polvo, arena y barro que sacudía el lado izquierdo del autocar; íbamos sumamente despacio aunque no llegamos a parar completamente.



Cuando la nube se fue disipando, los cristales del lado izquierdo estaban salpicados de enormes manchas marrones, consecuencia del barro caído del cielo. Mi lado del autobús, el derecho, estaba menos afectado por los pegotes de barro, pero aun así algunas motas marrones aparecen en las fotos que fui tomando en ruta a continuación. Habíamos vivido una tormenta de arena. Nosotros ya habíamos visto otra en Túnez, pero en aquella ocasión estábamos en un hotel en el desierto y por tanto más resguardados y seguros que en un autobús en medio de la nada. Pasado el pequeño sobresalto, nos quedamos tan contentos con la experiencia vivida.
FORTALEZA DE SHOBACK.
Cuando dejamos la autopista para coger la carretera de camino a Shoback, el paisaje cambió completamente y empezaron a surgir las colinas, dibujando un perfil sorprendente, propio de las estribaciones de la carretera de los Reyes. Lástima que la calima no nos permitiese apreciar las formas en toda su desolada belleza.
De repente, en medio de un panorama árido pero de formas espectaculares , apareció en todo lo alto una forma pétrea, aislada e inquietante. Era la fortaleza de Shobak, edificada en 1115 por Balduino I, rey de Jerusalen, conquistada en 1189 por Saladino y restaurada en el siglo XIV por los mamelucos. Hoy día se encuentra en bastante mal estado de conservación. El guía nos preguntó si queríamos visitarlo o nos conformábamos con verlo desde el centro de visitantes pues lo mejor son las vistas; la mayoría decidimos subir la empinada cuesta que lleva hasta allí. Al fin y al cabo no habíamos llegado hasta allí para marcharnos con un vistazo.
De repente, en medio de un panorama árido pero de formas espectaculares , apareció en todo lo alto una forma pétrea, aislada e inquietante. Era la fortaleza de Shobak, edificada en 1115 por Balduino I, rey de Jerusalen, conquistada en 1189 por Saladino y restaurada en el siglo XIV por los mamelucos. Hoy día se encuentra en bastante mal estado de conservación. El guía nos preguntó si queríamos visitarlo o nos conformábamos con verlo desde el centro de visitantes pues lo mejor son las vistas; la mayoría decidimos subir la empinada cuesta que lleva hasta allí. Al fin y al cabo no habíamos llegado hasta allí para marcharnos con un vistazo.

Más que el interior, bastante destartalado, destacan las impresionantes vistas que se obtienen desde los bastiones de la ciudadela. Realmente, la fortaleza goza de un emplazamiento magnífico. Dejo algunas fotos.




Insisto en que más que las ruinas en sí mismas, que no nos van a impresionar pues poco queda en pie, (destaca el torreón con inscripciones árabes, la muralla exterior y una capilla del tiempo de los cruzados), merece la pena ver el panorama y el emplazamiento si el lugar pilla de paso; de lo contrario, mejor explorar otras posibilidades.
Desde allí, nos dirigimos hacia la Pequeña Petra atravesando un paisaje realmente impresionante. Lástima que el día no sea lo suficientemente claro para admirar los contrastes de colores de la tierra y las rocas en todo su esplendor, aun así la visión en directo fue mucho mejor que la que captó la máquina de fotos.
Desde allí, nos dirigimos hacia la Pequeña Petra atravesando un paisaje realmente impresionante. Lástima que el día no sea lo suficientemente claro para admirar los contrastes de colores de la tierra y las rocas en todo su esplendor, aun así la visión en directo fue mucho mejor que la que captó la máquina de fotos.



LA PEQUEÑA PETRA.
Su verdadero nombre es Siq-al-Barid y se halla a 15 minutos en coche de Wadi Musa, el pueblo desde el que se accede a Petra, y también destaca por las edificaciones excavadas en la roca aunque a menor escala, naturalmente.




No sé qué impresión me hubiera producido este lugar habiendo visto Petra previamente, quizás no me hubiese gustado tanto como me gustó o igual me hubiera gustado lo mismo. De todas formas, aconsejo verlo antes que Petra, seguro que se disfruta más. Por cierto, la entrada es gratuita. El cielo estaba un poco turbio más que nublado y los rayos del sol surgían como a través de un filtro ocre, pero había luz más que suficiente para apreciar las rocas y sus excavaciones con nitidez.

Nada más llegar, nos encontramos con pequeñas cuevas excavadas en rocas de formas caprichosas y una tumba en toda regla que nos hizo soltar una exclamación. Era el aperitivo ideal para lo que nos esperaba al día siguiente. Las máquinas de fotos echaban humo. Éramos un grupo numeroso, pero como apenas había nadie más, nos desperdigamos sin estorbarnos unos a otros, admirando las tumbas excavadas en las rocas. Había algunas bastante fotogénicas y hasta encontré una réplica de la famosa tumba en forma de careta de Petra.




Esta tumba resulta especialmente hermosa acariciada por los rayos del sol al atardecer:


Aunque el guía nos dijo que era mejor dejar las escaleras porque pueden resultar peligrosas, una vez solos no le hicimos caso y nos metimos por todos los rincones, viendo que el interior de las tumbas suele estar manchado por el humo negro de las hogueras de los beduinos. Recordé que hay que visitar la llamada “Casa Pintada”, un triclinio del siglo I d.C. que conserva restos de frescos con figuras mitológicas. No sabía cual era, pero me llamó la atención ver a unas personas subiendo unas escaleras, el tramo intermedio vigilado por un personaje con turbante. Así que fui a explorar allí. Los escalones son altos y están un poco desgastados, pero suponen un buen aperitivo para lo que vendrá a continuación. En el interior estaban tres chicos franceses y un guía, que al verme mirando con curiosidad me comentó, en castellano, que me encontraba ante un caso único de frescos en el yacimiento. Me señaló el sitio y, aunque están deteriorados, se aprecia perfectamente los motivos de flores, hojas, uvas y hasta un personaje mitológico tocando una flauta.


Después seguimos por la calle principal que acaba en otro desfiladero cerrado por escaleras que ascienden a “la mejor vista del mundo”, o algo así. Las escaleras no tenían muy buena pinta, pero la llamada de la aventura fue demasiado fuerte y unos pocos decidimos investigar. Fue una especie de mini subida al Monasterio (todo en la Pequeña Petra parece ser un aperitivo o un ensayo de la gran Petra). Apenas se tarda unos minutos en llegar al final, si bien hay un tramo un poco complicado, pero que no cunda el pánico: si alguien desfallece... hay sillas al rescate


Al borde del precipicio, aguardaba una beduina con su puesto de artesanía y el panorama sobre la boca del desfiladero: lo de la mejor vista del mundo es un tanto pretencioso, pero tampoco está mal como colofón.

En resumen, me gustó mucho la Pequeña Petra. Si es posible, recomiendo verla antes de ver Petra, pero aunque se vea después, creo que gustará, aunque seguramente no tanto. La carretera que va de la Pequeña Petra a Petra tiene unas vistas espectaculares, aunque el sol poniente sobre sus montañas desdibujaba ligeramente los contrastes de las rocas, sus matices y sus colores. Antes de llegar, vimos una bonita puesta de sol (o medio sol,
)

