Dejamos la Bretaña para retornar a París, donde pasaremos los tres últimos días de nuestro viaje. Éste es el desplazamiento más largo que tuvimos en nuestra aventura francesa, aunque las autopistas están en perfecto estado y se hace cómodo el moverse por el país galo. Eso sí, con unos “religiosos” peajes.
Arribamos a la capital francesa y hacemos entrega del coche muy cerca de nuestro hotel, en el barrio de Montparnasse. El coche lo reservamos con AVIS y no tuvimos ningún problema.
Por la tarde, decidimos acudir de una vez a la Torre Eiffel pues suponíamos que sería lo que más saturado de turistas estaría. Posteriormente nos daríamos cuenta que cada rincón de París tiene su amplia dosis de visitantes. Después de tener la posibilidad de ver y palpar las maravillas que atesoran el Valle de Loira y la Bretaña, la Torre no nos impresionó excesivamente. No obstante, se agradece tirarse en los jardines que hay justo enfrente entre la diversidad cultural y lingüística de los que frecuentan el monumento parisino. Andando desde ahí nos dirigimos al edificio de Los Inválidos, donde está enterrado Napoleon Bonaparte. Sólo pudimos verlo por fuera pues ya estaba cerrado a la hora de la tarde en que llegamos.
Entrada ya la noche, fuimos a la Torre Montparnasse (edificio más alto de París), donde en su última planta (piso 59 creo recordar) hay un mirador. Merece la pena ver París iluminado.

