Hoy dejábamos atrás la Bretaña tras unos días fantásticos, pero aún nos quedaban dos días enteros de disfrutar antes de volver a casa, pues la bajada a España la hacíamos en dos etapas. Nos levantamos sin prisa y desayunamos con calma, ya que nuestro único destino de hoy sería La Rochelle, donde hacíamos noche. Nos quedaban pendientes Fougeres y Vitré, pero lo meditamos detenidamente y estábamos contentos con todo lo que ya habíamos visitado, por lo que lo dejaríamos para un futuro viaje a Normandía o al Valle del Loira. La idea era llegar a La Rochelle lo antes posible y relajarnos un poco en alguna playa por allí, pues el día era espléndido y algo caluroso.
El camino hasta La Rochelle se nos hizo un poco pesado, ya que al ser domingo y encima el primero de agosto, había muchísimo tráfico. Pero por fin, sobre las 13:30 llegamos a la ciudad y aparcamos fácilmente a escasos metros del puerto, pero como es domingo no hay que pagar.
¡Perfecto! Echamos a andar en busca de la oficina de turismo, y nos maravilló el puerto con sus torreones. Antes de seguir visitando, decidimos tomarnos un sándwich en alguna de las muchas terrazas que daban al mar y así cogíamos fuerzas para seguir visitando la ciudad. ¡Se estaba de vicio! Ya con el mapa en la mano, que por cierto me costó 1 euro, nos pusimos a recorrer La Rochelle con una ruta explicada que proponía el mapa. Es una ciudad diferente a todo lo visto en la Bretaña: ciudad pesquera de comerciantes, se caracteriza por sus fachadas blancas construidas sobre soportales gigantes, donde los comerciantes refugiaban sus mercancías y hacían sus negocios. Nos gustó mucho, aunque hacía bastante calor y empezaron a entrarnos las ganas de darnos un bañito playero.
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Así que nos fuimos al hotel, para dejar las cosas, ponernos el bañador e ir en busca de una playita cercana. El hotel estaba a las afueras, 10 minutos en coche más o menos, era el Interhotel Le Beaulieu, dentro de una zona comercial (Carrefour, Intermarché, etc.) y no estaba mal, aunque un poco caro, pero La Rochelle en general es cara. En la propia ciudad hay dos playas: una muy pequeñita que está en plena zona turística (Centre Ville) y otra un poco más apartada, por la zona universitaria, llamada “Les Minimes”. Nos fuimos a esta segunda y la zona en general también nos gustó, tenía ambiente, un montón de terrazas y oferta gastronómica... Así que allí pasamos la tarde, tomando el sol, dándonos un bañito, relajándonos, disfrutando... Hasta que nos dieron las 19:30 y nos fuimos a tomar una cerveza a una terraza y luego a cenar a otra unos moules frites para despedirnos en condiciones. Yo pedí los de curry y mi novio los de crème, deliciosos ambos, y un vinito rosé. Después nos compramos un helado y dimos un paseo viendo como anochecía e iba bajando la marea. Contentos y tristes al mismo tiempo porque sólo nos quedaba un día, nos volvimos al hotel... ¡Al día siguiente era el colofón final!
El camino hasta La Rochelle se nos hizo un poco pesado, ya que al ser domingo y encima el primero de agosto, había muchísimo tráfico. Pero por fin, sobre las 13:30 llegamos a la ciudad y aparcamos fácilmente a escasos metros del puerto, pero como es domingo no hay que pagar.
¡Perfecto! Echamos a andar en busca de la oficina de turismo, y nos maravilló el puerto con sus torreones. Antes de seguir visitando, decidimos tomarnos un sándwich en alguna de las muchas terrazas que daban al mar y así cogíamos fuerzas para seguir visitando la ciudad. ¡Se estaba de vicio! Ya con el mapa en la mano, que por cierto me costó 1 euro, nos pusimos a recorrer La Rochelle con una ruta explicada que proponía el mapa. Es una ciudad diferente a todo lo visto en la Bretaña: ciudad pesquera de comerciantes, se caracteriza por sus fachadas blancas construidas sobre soportales gigantes, donde los comerciantes refugiaban sus mercancías y hacían sus negocios. Nos gustó mucho, aunque hacía bastante calor y empezaron a entrarnos las ganas de darnos un bañito playero.
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