Hoy nos tocaba un día muy concurrido, así que tocó ponerse el despertador a las 7:30 para llegar pronto al Monte. Tras un buen desayuno de palique con la dueña del hotel (quien nos dijo que nuestro plan del día era bastante ambicioso), nos dirigimos a Saint Michel con mucha ilusión. A las 10 ya habíamos aparcado. La verdad es que no me había informado mucho sobre los precios y, de haberlo sabido, habría organizado la ruta de otra forma para llegar allí por la tarde (cuando ya no hay que pagar) y dormir por los alrededores, pues había bastantes alternativas a buen precio. Pero bueno, esto ya se sabe a toro pasado. De todas formas, la ilusión que teníamos hizo que no nos supiera mal pagar los 12 euros de parking y los 9 euros cada uno de entrada a la abadía.
Nada más aparcar, las vistas del monte a lo lejos, con su abadía presidiendo, son alucinantes. Por muchas fotos que hubiera visto, verlo en vivo y en directo es indescriptible. Y conforme te vas acercando y se va haciendo cada vez más grande, es más impactante aún. Cogimos el autobús, porque andando se tardaban como 45 minutos y llevábamos buen tute encima con las caminatas de los días anteriores. La marea estaba bajísima, de hecho, casi ni se veía el agua. Los alrededores parecían un desierto inmenso. Hicimos una visita guiada del Abadía, pero nos metimos en el turno de inglés por no esperar media hora al español. La guía era una mujer super mayor que tenía que sentarse cada dos por tres porque le daban mareos... ¡pensábamos que se iba a caer redonda! Me gustó mucho la abadía y la historia que te van contando sobre las distintas plantas, los siglos de construcción, etc. Y sólo puedo decir que se les fue mucho la pinza al construir eso... pero que gracias a esa ida de pinza podemos disfrutar nosotros Después de la visita, dimos un paseo por la calle principal, pero empezaba a venir muchísima gente y como ya lo habíamos visto todo, nos fuimos yendo hacia el coche. A la vuelta, paramos con el autobús en la primera parada, que es un puente-mirador, y allí nos sentamos un rato con la estampa de Mont Saint Michel al fondo. Preciosísimo.
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Sobre las 13:00 cogimos carretera rumbo a Saint Malo. Fuimos tranquilamente por la carretera que bordea la bahía de St. Michel y como teníamos hambre, decidimos parar en una especie de merendero que encontramos en un pueblo (creo que era le Vivier sur Mer) y allí comimos unos sándwiches. Estando allí empezaron a llegar muchísimas familias con tuppers a pasar el día en la playa, pero lo curioso es que no había playa propiamente dicha, porque la marea estaba tan baja que para llegar al mar había que andar un buen trecho... Igual luego subía, no sé.
Nosotros comimos y sobre las 14:30 llegamos a St. Malo. Aparcamos por una calle paralela a la playa, hacia dentro, donde no había que pagar y sólo a 5 minutos andando de las murallas. Una vez más, alucinamos al ver la ciudad: sus murallas, sus fortalezas perdidas por el mar,... Pudimos acercarnos andando hasta la primera de las fortalezas, pues con la marea baja no había problema (luego cuando nos íbamos, nos fijamos y el mar ya cubría el camino de acceso). Ver St. Malo desde la fortaleza fue una de las vistas más bonitas que recuerdo. Viendo las nubes y con la experiencia de días atrás, predijimos lluvia en 5 minutos así que corrimos a buscar refugio ¡y menos mal! Cayó una buena, que duro poco pero fue intensa. La playa, que estaba llena de gente, se desalojó en cuestión de segundos. Tras la lluvia seguimos visitando la ciudad, por las murallas y por las calles de dentro. Nos compramos en una tienda un dulce típico bretón, kouign amann, mmmmm, rico rico. Tras la visita de St. Malo, rumbo al último destino del día: Rennes.
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Llegamos al hotel sobre las 18:00 (hotel Voltaire, 37 euros, desyuno aparte). El hotel está un poco a las afueras, pero en 5 minutos en coche llegas al centro y además hay un autobús casi en la puerta que también te lleva al centro. Descansamos un poco en el hotel, pues habíamos madrugado y sobre las 19:00 nos vamos para el centro. Aparcamos muy cerca del centro, por la Pl. de Bretagne, que como eran más de las 7 no había que pagar. Fuimos caminando hacia el centro (teníamos mapa que venía en la guía) y siguiendo el recorrido recomendado por la guía vimos todas las cosas típicas: sus fortificaciones, casas de madera con entramado, el ayuntamiento, place des Lices... Y nos sentamos en una terracita a tomar un vinito antes de ir a cenar. Había muchísimo ambiente, mucha gente en la calle, muy buen rollo, me gustó. Para cenar, nos salimos un poco del bullicio turístico y fuimos a la calle St. Malo (perpendicular a Sainte Anne) que parecía un poco más alternativa y cenamos en un restaurante de comida típica de Nueva Orleans a muy buen precio. Después de cenar, seguimos viendo un poco lo que nos faltaba y rumbo al hotel a descansar.
[img]Nada más aparcar, las vistas del monte a lo lejos, con su abadía presidiendo, son alucinantes. Por muchas fotos que hubiera visto, verlo en vivo y en directo es indescriptible. Y conforme te vas acercando y se va haciendo cada vez más grande, es más impactante aún. Cogimos el autobús, porque andando se tardaban como 45 minutos y llevábamos buen tute encima con las caminatas de los días anteriores. La marea estaba bajísima, de hecho, casi ni se veía el agua. Los alrededores parecían un desierto inmenso. Hicimos una visita guiada del Abadía, pero nos metimos en el turno de inglés por no esperar media hora al español. La guía era una mujer super mayor que tenía que sentarse cada dos por tres porque le daban mareos... ¡pensábamos que se iba a caer redonda! Me gustó mucho la abadía y la historia que te van contando sobre las distintas plantas, los siglos de construcción, etc. Y sólo puedo decir que se les fue mucho la pinza al construir eso... pero que gracias a esa ida de pinza podemos disfrutar nosotros Después de la visita, dimos un paseo por la calle principal, pero empezaba a venir muchísima gente y como ya lo habíamos visto todo, nos fuimos yendo hacia el coche. A la vuelta, paramos con el autobús en la primera parada, que es un puente-mirador, y allí nos sentamos un rato con la estampa de Mont Saint Michel al fondo. Preciosísimo.
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subir fotos gratis[/img]Sobre las 13:00 cogimos carretera rumbo a Saint Malo. Fuimos tranquilamente por la carretera que bordea la bahía de St. Michel y como teníamos hambre, decidimos parar en una especie de merendero que encontramos en un pueblo (creo que era le Vivier sur Mer) y allí comimos unos sándwiches. Estando allí empezaron a llegar muchísimas familias con tuppers a pasar el día en la playa, pero lo curioso es que no había playa propiamente dicha, porque la marea estaba tan baja que para llegar al mar había que andar un buen trecho... Igual luego subía, no sé.
Nosotros comimos y sobre las 14:30 llegamos a St. Malo. Aparcamos por una calle paralela a la playa, hacia dentro, donde no había que pagar y sólo a 5 minutos andando de las murallas. Una vez más, alucinamos al ver la ciudad: sus murallas, sus fortalezas perdidas por el mar,... Pudimos acercarnos andando hasta la primera de las fortalezas, pues con la marea baja no había problema (luego cuando nos íbamos, nos fijamos y el mar ya cubría el camino de acceso). Ver St. Malo desde la fortaleza fue una de las vistas más bonitas que recuerdo. Viendo las nubes y con la experiencia de días atrás, predijimos lluvia en 5 minutos así que corrimos a buscar refugio ¡y menos mal! Cayó una buena, que duro poco pero fue intensa. La playa, que estaba llena de gente, se desalojó en cuestión de segundos. Tras la lluvia seguimos visitando la ciudad, por las murallas y por las calles de dentro. Nos compramos en una tienda un dulce típico bretón, kouign amann, mmmmm, rico rico. Tras la visita de St. Malo, rumbo al último destino del día: Rennes.
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