Al día siguiente, todavía con la emoción en el cuerpo, no nos costó nada madrugar. Desmontamos la tienda y desayunamos y para las 6 de la mañana ya estábamos arrancando el coche. Un puercoespín quiso darnos los buenos días, cruzando alegremente la carretera. El sol brillaba con todo su esplendor y las vistas no dejaban de asombrarnos.
La carretera discurría a través de un larguísimo valle escoltado por la codillera Alaska y salpicado por pequeños pozos originados por aguas sedimentadas de antiguos glaciares. Las vistas eran alucinantes, tanto que al terminar el valle, pensamos que el final de la Denali Highway no podía ser tan espectacular como lo que estában viendo nuestros ojos.
Nuestras expectativas de Alaska eran bastante altas, pero todo lo vivido hasta el momento lo estaba siendo superado con creces.

Continuamos nuestro recorrido, el tiempo increíble, 25 grados, y de repente un pequeño caribú saltó a la carretera y se puso a correr delante de nosotros, como queriendo mostrarnos el camino.
A medida que avanzábamos, el paisaje variaba de grandes valles a montes y lagos para volver otra vez a enormes mares de pinos. Habíamos dejado atrás la cordillera Alaska, cuando volvimos a vislumbrarla por la izquierda. Esta vez con picos cada vez más blancos y enormes glaciares al fondo. Otra vez las vistas volvían a impresionarnos.

Pero el camino no terminaba ahí. Poco antes de llegar al cruce de Paxon, al final de la carretera, nos encontramos con una vista de casi 360º de la cordillera. Fue el colofón de la Denali Highway. Era increíble!! En su momento pensamos que ni si quiera en el viaje al Himalaya habíamos visto cordilleras tan extensas! Supongo que la emoción del momento y la lejanía en el tiempo del viaje a Nepal hacía que olvidáramos las grandes moles que vimos en el Himalaya, pero la verdad es que las vistas de Alaska eran realmente espectaculares:

