Es increíble ver cómo todas las carreteras de Alaska son tan panorámicas. Dejamos atrás Valdez y y la carretera de Richardson para iniciar la Glennallen Highway.
Nos alegramos de volver a deshacer parte del camino, ya que la visión desde el lado contrario es diferente. Al principio tuvimos muchas dudas de si volver por carretera a Anchorage, o coger el ferry y aparecer en Whittier. Era una decisión complicada, pero queríamos pasar por el glaciar Matanuska y experimentar lo que siente un escalador de hielo. Puesto que ya habíamos visto parte del estrecho del príncipe William, decidimos volver por carretera.
Nada más girar a la izquierda en el cruce, fue curiosa la imagen desde el retrovisor. Un blanquísimo volcán con un rojizo cielo al fondo en medio del camino, como si de una postal se tratase. Iba siendo hora de buscar alojamiento. Al final dormimos en un camping muy peculiar a pocos kilómetros del cruce. Era una especie de museo de antigüedades. El precio fue un poco más caro que el de otros campings, pero el sitio donde montamos la tienda también lo merecía, una verde campa rodeada de pinos frente a un precioso arroyo. La única pega, cómo no, los mosquitos. Ni si quiera en el baño podía una estar tranquila!
El día siguiente nos aguardaba con nuevas aventuras. Un alce se nos cruzó en la carretera cuando los rayos de sol intentaban atravesar las finas nubes del cielo. La carretera, una vez más, con bonitos tramos escénicos:
Nos alegramos de volver a deshacer parte del camino, ya que la visión desde el lado contrario es diferente. Al principio tuvimos muchas dudas de si volver por carretera a Anchorage, o coger el ferry y aparecer en Whittier. Era una decisión complicada, pero queríamos pasar por el glaciar Matanuska y experimentar lo que siente un escalador de hielo. Puesto que ya habíamos visto parte del estrecho del príncipe William, decidimos volver por carretera.
Nada más girar a la izquierda en el cruce, fue curiosa la imagen desde el retrovisor. Un blanquísimo volcán con un rojizo cielo al fondo en medio del camino, como si de una postal se tratase. Iba siendo hora de buscar alojamiento. Al final dormimos en un camping muy peculiar a pocos kilómetros del cruce. Era una especie de museo de antigüedades. El precio fue un poco más caro que el de otros campings, pero el sitio donde montamos la tienda también lo merecía, una verde campa rodeada de pinos frente a un precioso arroyo. La única pega, cómo no, los mosquitos. Ni si quiera en el baño podía una estar tranquila!
El día siguiente nos aguardaba con nuevas aventuras. Un alce se nos cruzó en la carretera cuando los rayos de sol intentaban atravesar las finas nubes del cielo. La carretera, una vez más, con bonitos tramos escénicos:

Esta vez tocaba el turno al glaciar Matanuska, el más largo de Estados Unidos accesible en coche. Nuestra idea era hacer un pequeño trekking por el glaciar y aprender a escalar en hielo. El color blanco-azulado del hielo era precioso.


