Son las cinco de la mañana. La ciudad despierta y nosotros estamos cansados y con ganas de darnos una ducha. Acudimos al hotel que teníamos reservado. Istana Batik Ratna es el elegido.
Si un psicólogo me enseñase una fotografía de Yogia y me pidiera que le pusiese un único adjetivo, este sería el de sucia. Antes de llegar al hotel, que se encontraba apenas a 300 metros de la salida más alejada de la estación, pudimos contemplar el intenso tráfico, la infinidad de tuk tuk aparcados y las fachadas ennegrecidas por la contaminación. Justo en el cruce con Malioboro, pudimos ver dos prostitutas que vestían y se ofrecían entre los coches, al más puro estilo occidental.
Desafortunadamente es muy pronto y el hotel está completo. Se ofrecen a guardarnos las maletas y nos prestan el cuarto de baño para que nos aseemos. No es lo que hubiéramos querido, pero formaba parte de lo posible. Nos comentan que hay una excursión de japoneses y a las 9 se van. En ese momento nos entregarán la habitación. Al final me preguntan si tenemos reserva. Si, es más, lo hice directamente. Rebuscando en un cajón aparece el booking, pero soy consciente que si llegamos tarde, no creo que la hubieran conservado.
Algo que me llamó la atención, en general, durante toda mi estancia en Indonesia, es que los hoteles se sitúan en calles principales, con unas entradas muy pobres, y dentro te encuentras un auténtico paraíso de vegetación y colorido.
Una vez aseados, en los baños públicos, que amablemente nos han prestado, preguntamos a la recepcionista la posibilidad de hacer una de las excursiones a los templos. Nos ofrece precios en un coche privado. 250.000 Prambanan, 300.000 Burubudur y 450.000 ambas.
Salimos a desayunar mientras lo decidimos. Al lado sale una pequeña calle estrecha. “Gang”, donde hay muchos restaurantes. Necesitamos cafeína intravenosa. Un restaurante, que aún se encuentra cerrado se ofrece a abrir para nosotros. Unos cafés, tortillas francesas, y coca colas nos devuelven a la realidad. Justo en frente hay un restaurante español. Sale el dueño a saludarnos. Nos dice que su mujer es española. El no me da buena espina y no llegamos a entrar en nuestra corta estancia en Yogia. Parece que el día se ve de otro color y el sol intenta asomar entre la contaminación. La decisión es Prambanan. Está más cerca y es menos intenso. Aún es muy temprano, así que es de suponer que a la hora de comer estaremos de nuevo en el hotel.
No me preocupaba el alojamiento en Yogia porque había multitud de hoteles en el centro. La sorpresa, es que según pasábamos, estaban casi todos llenos. Era sábado, y es una ciudad que atrae mucho turismo local.
Prambanan es un complejo compuesto de varios templos, de los cuales, tres son principales. Es muy agradable llegar a ellos pues el pasaje hasta la entrada es ajardinado y arbolado. En Bali estuvimos en alguno que tan sólo ofrecía una agradable paseo y el propio templo se diluía en si mismo.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Apenas hay gente, pero sólo pagamos los extranjeros. La entrada son 90.000 IRP. En el precio está incluido el Sarong, obligatorio en prácticamente todos los templos.
Es un templo hindú del siglo IX. No so voy a aburrir sobre su historia, ya que podéis encontrar toda la información que necesitéis en internet.
Reconozco que me defraudó un poco el tamaño. Le habíamos dicho a nuestro chofer que nos reuniríamos con él en unas dos horas y media, y en una lo teníamos totalmente pateado.
Nos sucedió una anécdota en Prambanan, nada que ver con lo que pasaría al día siguiente en Borobudur. Unas turistas de Malasia me enseñaron una cámara de fotos. Fui a cogerla porque pensé que querían que las fotografiase, pero no, querían que me hiciera unas fotos con ellas.
Salimos del complejo principal y un pequeño trenecito turístico, nos llevó a otro templo menor. Sin duda, el terremoto del 2006 había hecho estragos en él. Estaba acordonado y nos dejaron hacer fotografías durante diez minutos, y de nuevo, nos dejaron en la entrada.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Al salir pasamos por un mercadillo y por una plaza repleta de pequeños bares. Había tan poca gente en el templo que estoy seguro que la mayor parte de los chiringuitos no tienen ni un cliente al día, al menos en temporada baja.
Decidimos tomar una cerveza, no sin antes preguntar el precio, ya que no aparecía en la carta. Nos dijo que 20.000 IRP por lata de 33 cl. La sorpresa fue al pagar ya que las había cobrado al doble. La explicación, diáfana derivaba en que lo había dicho para que nos sentásemos y la segunda, que se había quedado sin cervezas y había tenido que comprárselas al del bar de al lado. Como veis, respuestas sin fundamento.
Yo lo hubiera dejado, no me apetecía discutir, pero mi compañera se enfadó muchísimo con la camarera y pensé que en una de estas, le iba a soltar un sopapo que la mandaría a la torre más alta del templo. Al final, la mesonera llamó a alguien, creo que debía ser una especie de responsable del centro y le dijo que no se podía hacer eso. Hablaban indonesio pero veía los gestos del señor mayor y a ella con cara de póker, aceptando que no llevaba razón. Al final nos cobraron lo correcto, y nos despedimos con el gesto típico español, tocándonos los mofletes de “tienes mucha cara, señorita”
Entre unas cosas y otras si pasaron las dos horas y media. El chófer nos llevó al hotel. Nos pareció una persona fiable y le preguntamos el precio para el día siguiente a Borobudur, haciéndolo directamente, si la comisión del hotel. Al final, el precio 250.000 rupias. A las 8 de la mañana nos estaría esperando.
Intentamos comer en el mismo sitio donde desayunamos, ya que queríamos probar la spanish omelette que aparecía en el menú. Se componía de aceitunas negras, huevos y aceite de oliva. Supongo que sustituirían la patatas por aceitunas. El caso es que no pudo ser, ya que nos dijeron que estaba cerrado
Comimos en otro próximo. Tomé una sopa de verduras y una hamburguesa. Después a descansar unas horas.
Anocheciendo estuvimos paseando por la bulliciosa Malioboro Street. Una calle llena de tiendas con poco gusto para el mundo occidental y muchos restaurantes.
Decidimos cenar en una terraza en la primera planta, justo delante del Ibis Malioboro. Estuvimos a punto de marcharnos, ya que aún había migas de la cena anterior, que no habían limpiado. Supongo que pensaban que eran mesas muy grandes, y había sitio al otro lado. Eso hicimos.La cena bastante regular. Un fish and chips. El único sitio en Indonesia donde el fish no era atún. Tampoco puedo determinar la especie.
Era tarde y estaban cerrando. Un empleado regaba las plantas. Al terminar, no daba crédito. Una rata empezó a campar por sus anchas en el recinto.
Había un atajo para llegar al hotel a través de la “Gang”, pero era tarde y no era cuestión de correr riesgos innecesarios. Al día siguiente deberíamos madrugar para visitar Borobudur.