MIÉRCOLES 29 ENERO DE 2014
La parte californiana de nuestras vacaciones tocaba a su fin. Habían sido 9 días de sitios espectaculares y excelentes comidas, pero no esperábamos menos de Seattle. El vuelo salía a las 16:05, pero como queríamos ir con tranquilidad, a las 11:00 ya habíamos devuelto las llaves de la habitación y salíamos con destino al aeropuerto de Los Ángeles. Durante el viaje de 2 horas Paula estuvo un poco revoltosa, pero era algo que en cierto modo esperábamos. Preferíamos que si lloraba lo hiciese en el coche en lugar del avión.

Ready to go
Dejamos el coche en la misma oficina de alquiler en la que lo habíamos recogido, y esperamos al minibús que nos llevase al aeropuerto. Había una niebla bastante espesa y no teníamos muy claro que el vuelo no se retrasase, pero aún había tiempo suficiente para que se aclarase y mejorase el clima.

Esperemos que mejore, porque si no...
El trayecto lo pasamos hablando con Felipe, un conductor guatemalteco que nos fue dando conversación y que fue muy amable. Nos dejó en la terminal de Delta y todos nos despedimos. Tal y como habíamos hecho en Málaga, buscamos un sitio para envolver el carrito, pero como no veíamos nada, al final acabamos preguntando al personal del aeropuerto. Nos informaron que allí no tenían ese servicio, así que, un poco desilusionados, nos acercamos al mostrador de facturación. Mientras caminábamos por la terminal del aeropuerto, mi cara de pronto se puso blanca, y casi nos da algo a los dos cuando me di cuenta que me había dejado la mochila con los pasaportes y los billetes en el bus (cuando digo que tengo la cabeza perdida…)
La primera idea fue coger un taxi hasta la oficina de alquiler y cruzar los dedos para que la hubiesen dejado allí, así que salí corriendo en busca de un taxi. Cuando encontré uno parado en la calle el conductor me dijo que tenía que ir a la parada que estaba en el piso de abajo porque él no me podía llevar. ¡Qué simpático! Pensé, aunque sabía perfectamente que tenía razón. Bajé corriendo por las escaleras mecánicas y, mientras lo hacía, pensé que lo del taxi era una tontería. Era más factible parar a otro de los minibuses de Dollar y que preguntase por radio o me acercase a la oficina.
Nada más llegar a la calle vi pasar uno, y me lancé a por él cuando se paró en un semáforo. Nuevamente, el conductor me indicó que fuese unos metros más adelante a la parada, ya que ahí no me podía abrir la puerta, y eso fue lo que hice. Antes incluso de decir la primera palabra, él hombre me preguntó: ¿estás buscando una mochila, verdad?. En ese momento respiré tranquilo y más aún cuando me dijo que Felipe estaba en otra terminal, pero que pasaría por ahí en unos minutos.
Tal y como me habían dicho, al poco tiempo apareció por ahí Felipe y me entregó amablemente la mochila. Como me imaginaba que Asun estaría preocupada, salí corriendo hasta donde la había dejado y también respiró tranquila al verme llegar con la mochila al hombro.
Ya con más calma, en el mostrador de facturación no nos pusieron ninguna pega en llegar hasta la puerta del avión con el carrito, con lo que se hizo mucho más cómodo llevar a la niña. Además nuevamente nos dejaron el asiento de al lado vacío por lo que Paula pudo ir en su maxicosi todo el trayecto que fue bastante tranquilo.

Menos mal que todo quedó en un susto
Llegamos a Seattle a las 18:40 y nuevamente tuvimos que ir a una oficina de Dollar a recoger otro coche. A la chica que nos atendió le pareció muy curioso que acabásemos de dejar un coche con ellos en Los Ángeles y un par de horas más tarde estuviésemos recogiendo otro en Seattle. Tal y como nos había pasado en California, se sorprendió con la categoría de coche que habíamos elegido, pero no le dimos mayor importancia. Por lo menos hasta que vimos lo que nos querían dar (un Hyundai de juguete). Como veíamos imposible meter allí todo lo que llevábamos (y aún nos faltaba comprar otra maleta), tuvimos que discutir un rato con la gente del rent a car, para acabar teniendo que pagar un suplemento de 10$ diarios para que nos diesen uno de categoría superior. No estábamos muy satisfechos, ya que no habíamos tenido ningún problema con la reserva anterior, a pesar de que era exactamente igual, pero realmente había sido error mío al hacer la reserva, por lo que no había nada que pudiésemos hacer…
Habíamos perdido algo más tiempo del deseado, así que salimos disparados hacia el hotel que, por suerte estaba muy cerquita del aeropuerto y no tardamos mucho en llegar.
Habíamos quedado en casa de mi sobrina para cenar allí con ella y su marido, así que no nos entretuvimos mucho. Su casa estaba a una media hora del hotel, pero el camino no se hizo largo y no encontramos nada de tráfico. Se percibía en el ambiente que el equipo de la ciudad había llegado por primera vez en su historia a la final de la super bowl, y muchos edificios estaban decorados con sus colores.
El partido era el domingo 2 de febrero y, a pesar de que era en New Jersey, nos imaginábamos que habría ambientazo durante esos días en Seattle.
Como hacía mucho tiempo que no nos veíamos, casi nos dieron la una de la mañana con tanta charla.