MARTES 4 FEBRERO DE 2014
Cuando llegamos a Paris teníamos una hora y media para llegar al vuelo de conexión, así que decidimos no estresarnos e ir con calma, porque íbamos bien de tiempo (o eso pensamos). Cogimos un tren para cambiar de terminal, y cuando fuimos a pasar el primer control de seguridad, todo se torció.
El problema vino porque a mí no me dejaban pasar porque no tenía la tarjeta de embarque propiamente dicha (con su código de barras). Una chica que hablaba español me indicó que simplemente debía dirigirme a un mostrador de Air France que estaba justo al lado para que me arreglasen mi billete, así que yo, que ya había dejado absolutamente todo lo que llevaba encima en las bandejas de plástico para pasar el escáner salí disparado hacia donde me había indicado sin nada más que los pasaportes de los tres (no fue una decisión muy hábil, por cierto).
Lo primero que me dijeron allí fue que ellos no tenían nada que ver, ya que la compañía que operaba el vuelo era Air Europa (a pesar de que pertenecen al mismo grupo) y me indicó que debía ir a otra terminal al mostrador de la compañía. Mi cara debió ser un poema, pero no quería perder ni un segundo más allí, así que salí disparado sin pensar demasiado. Tuve que pasar otro control de policía donde tuve que explicar por qué no llevaba absolutamente nada encima, y de allí coger un bus para ir a la otra terminal.
Cuando empecé a ser consciente de la distancia que estaba recorriendo, me di cuenta que iba a ser imposible llegar al vuelo que teníamos previsto, pero lo que más me preocupaba era que Asun y Paula estaban literalmente tiradas en un control de seguridad, y yo ya no iba a ser capaz de regresar hasta allí sin ayuda.
Pregunté qué hora era al conductor del bus, y cuando me dijo que solo faltaban 30 minutos para la salida del vuelo, confirmé mis temores. Al bajarme de allí, había un hombre en la puerta que se sorprendió cuando le dije que iba al mostrador de Air Europa, ya que no estaba allí, y lo único que me pudo decir fue que volviese a coger el bus hasta la siguiente parada y que preguntase allí. En ese momento yo ya estaba de los nervios y en lo único que podía pensar era en cómo estaban mi mujer y mi niña, porque ya hacía unos 45minutos que las había dejado, y no tenía forma de contactar con ellas.
Preguntando a mucha gente, llegué hasta el mostrador de Air France situado en la puerta 56A y sudé la gota gorda para explicar la situación. No eran capaces de arreglar los billetes y yo ya veía que me iba a tener que quedar a vivir allí en plan Tom Hanks en “La Terminal”. No tenía forma de explicarle al chico el control en el que se habían quedado Asun y Paula, y tuve que suplicarle que me consiguieran alguna forma de contactar con ellas. Finalmente, me dieron una tarjeta de teléfono de cortesía, con 5 minutos de tiempo, pero que pensé que serían suficientes. Busqué un teléfono público, y por fin conseguí hablar con Asun. Conseguí que me explicasen exactamente cuál era ese control de seguridad, y regresé al mostrador de Air France para que me indicasen como llegar hasta allí. El chico con el que había hablado ya no estaba, pero otro de los que quedaban allí había medio escuchado la historia, por lo que no tuve que repetirle absolutamente todo. A pesar de que allí había 2 policías de servicio, no se molestaron siquiera en acompañarme hasta allí, y simplemente se limitaron a indicar vagamente el camino.
Finalmente conseguí llegar hasta allí, pero por el lado contrario, y no pude evitar alguna lagrimilla al ver a lo lejos a Asun y a la niña. Lo más curioso era que no me dejasen acercarme, y ella tuvo que apañárselas absolutamente sola para pasar todos los trastos por el control (carrito, maxicosi y todas mis pertenencias incluidas) y cargar con ellos hasta donde yo estaba sin que nadie tuviese la decencia de ayudarla (o de haberme dejado pasar a mi).
Le expliqué más o menos por encima la odisea que había tenido, y cual fue mi sorpresa al enterarme que, después de estar allí sola con la niña media hora, mientras que todos los empleados que pasaban por allí no hacían más que cotillear al verlas allí solas, había llegado uno de los jefes y le había dicho a la simpática que no nos había dejado pasar, que podíamos haber pasado sin ningún tipo de problemas, porque la documentación que llevaba yo encima era más que suficiente (evidentemente, yo andaba perdido por vaya usted a saber qué terminal, por lo que no sirvió de nada).
La situación era desesperante, pero aún no había llegado a su fin (para nuestra desgracia).
Fuimos todos juntos de vuelta al mostrador 56ª para ver si arreglaban los billetes definitivamente y, tras pasar por las manos de 3 personas diferentes y la consiguiente espera, consiguieron darnos los billetes, aunque el de Paula era diferente a los nuestros. Nos indicaron que tendríamos que pasar antes por el mostrador de Delta para que nos asignasen los asientos, y en principio todo quedaría arreglado, aunque el único vuelo que había salía a las 20:40, es decir 7 horas más tarde del inicialmente previsto.
Teníamos que cambiar nuevamente de terminal, y seguimos sufriendo con la desinformación por parte del personal del aeropuerto. Desde alguna chica que no sabía diferenciar entre izquierda y derecha y se justificó diciendo que era el final de su turno de trabajo y estaba cansada, a una señora de un mostrador de información a la que tuvimos que corregir porque pretendía que volviésemos al lugar de donde acabábamos de llegar porque según ella el mostrador de Delta estaba allí. Cada minuto que pasaba era más y más difícil mantener la calma, pero como desgraciadamente la espera hasta el vuelo era larga, teníamos tiempo de sobra para encontrar el dichoso mostrador y arreglar las cosas. Todavía tuvimos otro cambio inútil de terminal (porque tuvimos que volver) antes de encontrar a los de Delta y que casi se nos volviesen a saltar las lágrimas. Llegamos allí a eso de las 14:00 y nos tuvieron allí hasta las 15:00 esperando sin decirnos absolutamente nada pero mirándose entre ellos con caras raras y comentando la situación con un montón de gente diferente. Finalmente, el chico nos dijo que si queríamos podíamos ir a comer algo, porque todavía iban a tardar otra hora más, y que volviésemos más tarde.
Para entonces, creo que ya nos conocíamos el aeropuerto de Paris mejor que muchos de sus empleados, de tanto tiempo y tantas vueltas que habíamos dado. Tomamos un bocadillo que no estaba muy allá en una cafetería, y a las 16:00 cruzamos los dedos antes de llegar nuevamente al mostrador de Delta.
Por fin conseguimos los billetes (yuuuupiii!!!!) y estábamos listos para viajar, pero tuvimos que facturar el carrito de la niña (porque son así de majos y allí no permiten llegar hasta la puerta de embarque), por lo que tuvimos que cargar con el maxicosi a cuestas el resto del tiempo que estuvimos dando vueltas por allí. Para colmo, a todo esto hubo que unirle que Paula se empezó a poner nerviosa y estuvo llorando casi sin parar las más de tres horas que nos quedaban hasta el embarque.
Cuando llegamos a Málaga cerca de la medianoche, no nos lo podíamos creer, y lo más sorprendente fue que nuestro equipaje no se perdió.