E. EL VIAJE
1 y 2. ALICANTE-VALENCIA-ESTAMBUL-DELHI-JODPHUR-JAISALMER
El día se presenta largo y duro, pero nos levantamos a las 5,30 de la mañana con la misma ilusión que en nuestro primer viaje a Asia, allá por el año 2003. En taxi llegamos a la estación de tren, donde cogemos un Euromed que en dos horas nos deja en la estación Joaquín Sorolla de Valencia. El traslado al aeropuerto lo hacemos en metro (unos 20 minutos), y a las 10,30 estamos facturando las maletas. El vuelo se retrasará un poco, y a las dos de la tarde salimos dirección Estambul, donde llegaremos a la hora prevista.
Turkish Airlines fue nombrada mejor compañía europea en 2013, y realmente hizo honor a este galardón, tanto a la ida como a la vuelta, con cómodos aviones (dentro de lo confortable que puede ser la clase económica), comida decente, buen entretenimiento y una tripulación educada y diligente. El único “pero” que le puedo poner, es que la información que las pantallas del avión facilitaban sobre la puerta de embarque para coger el enlace a Delhi desde Estambul, estaba equivocada, o fue cambiada en el último momento, lo que hizo que viviéramos algún momento de agobio, a pesar de que teníamos algo más de una hora en hacer el cambio. Al final, después de correr por los pasillos del aeropuerto turco, alcanzamos la puerta correcta con tiempo más que suficiente.
El vuelo a Delhi transcurre sin novedad, y conseguimos dormitar unas horas, aterrizando en la capital india a las seis de la mañana del viernes. Las maletas salen rápidamente (respiramos aliviados, porque si nos pierden alguna como el año pasado en Lima, nos causaría un grave trastorno, dado que pocas horas después tenemos que coger un vuelo interno dirección a la ciudad de Jodphur), y, después de pasar un par de estrictos controles, y cambiar algo de dinero (solo 50 € porque sabemos que el cambio es bastante malo), nos "tiramos" en la sala de espera hasta que al mediodía, embarcamos dirección Jodphur con la compañía Air India. En poco más de una hora (en tren son unas 15 horas) aterrizamos en el pequeño aeropuerto de esta ciudad del estado de Rajasthan, donde teníamos apalabrado un taxi (3.000 rupias, unos 40 €) con el hotel donde nos alojaremos en nuestro primer destino, la pequeña ciudad de Jaisalmer, situada en el desierto del Thar, no muy lejos de la frontera con Pakistán, El problema fue que, cuando salimos del aeropuerto, no había nadie esperándonos. Eran las dos de la tarde, y preguntamos por el coste de un taxi, pero nos pedían 75 €, así que mientras dudábamos en que hacer, apareció nuestro taxista, disculpándose por la tardanza. Relajados después del momento de incertidumbre, nos instalamos en el taxi que inició su recorrido de 300 km, en medio del caos circulatorio propio de las grandes ciudades asiáticas, y que no nos llamó excesivamente la atención. Lo que si supuso una novedad para nosotros, fue la presencia de numerosas vacas que campaban a sus anchas, no solo por la ciudad, sino también por las carreteras, lo que hacía que la conducción fuera como una carrera de obstáculos, en la que había sortearlas. Esto que parece llamativo, e incluso gracioso, se hace especialmente peligroso por la noche, en carreteras con poca o ninguna luz, así que con nuestro ángel de la guarda particular en estado de máxima alerta, llegamos a Jaisalmer, sin novedad, pero con la sensación de que estábamos ilesos de milagro.
Al llegar al hotel, y después de recibir nuestro primer "namasté" o saludo de bienvenida por parte de un empleado del hotel, le doy una buena propina al taxista que, aunque presenta rasgos suicidas en su genética, nos ha traído sanos y salvos (la propina es algo consustancial al país, así que vamos concienciados, aunque a veces resulte un verdadero coñazo, sobre todo si no llevas billetes pequeños,). El hotel Sahi Palace está perfectamente situado, al lado de la muralla, y nuestra habitación, aunque un poco pequeña, es bastante confortable, con una mezcla entre lo antiguo y lo moderno muy lograda. No tiene aire acondicionado, pero sí ventilador, suficiente en esta época.
Después de compartir un "chai" o de bienvenida con el dueño, un té con leche con especias un poco picante, muy típico del país, y al que me haré bastante aficionado, nos instalamos en la habitación, tomamos una reparadora ducha, y vamos a cenar al restaurante situado en la terraza del edificio, con una preciosa vista del la muralla iluminada. Pedimos un pollo tandorii (macerado con yogurt y una mezcla de especias, y cocinado al horno), arroz, varios trozos de chapati (un delicioso pan sin levadura también denominado roti, que se usa como cuchara para coger los alimentos con las manos, propio del la India y Pakistán. Su receta básica contiene harina, aceite, agua y sal), y un pancake (una especie de crepe) de banana y miel, de postre, todo ello acompañado por dos enormes cervezas de 640 ml. de la marca Kingfisher, bastante suave y que nos sabrán a gloria, aunque el precio es un poco caro: casi tres euros cada una. Total de la cena 12 €, la mitad en cerveza.
Se está estupendamente, hay una suave brisa fresquita, y disponemos de wifi para enviar algún whatsapp, pero se nos cierran los ojos, y a las 9 de la noche estamos durmiendo, rendidos, después de día y medio de viaje.
3. JAISALMER
Hemos dormido 10 horas de un tirón. A las ocho y media estamos desayunando tostadas, huevos revueltos y té (unos 3 €), en la terraza del restaurante, antes de lanzarnos a descubrir una ciudad que se está despertando (al contrario que en otros países del sudeste asiático, los indios no están muy acostumbrados a madrugar).
Cambiamos algo de dinero en el hotel a 74 rupias el euro y salimos a la calle donde atravesamos callejones estrechos llenos de basura por el que campan a sus anchas numerosos animales: cerdos, cabras, gallinas, y sobre todo vacas, muchas y enormes vacas que al principio dan un poco de miedo cuando te cruzas con ellas, porque están bien armadas. Las vacas son un animal sagrado en la India y puedes verlas por todas partes, la gente las alimenta aunque no sean de su propiedad a modo de ofrenda, una buena acción para limpiar su karma. La vaca simboliza la Madre Tierra y proporciona leche para alimentarse, bueyes (más económicos que tractores) y estiércol que utilizan a modo de combustible o cemento para la construcción.
Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a las puertas de la llamada ciudad dorada, situada en la cresta de una roca arenosa de color amarillento (de ahí su nombre) y coronada por un fuerte cuya construcción se inició en el siglo XII, y que después de varias ampliaciones a lo largo de los siglos, cuenta con 99 imponentes bastiones sobre una pequeña colina.
Aquí nos "entra" un guía "no oficial" que nos ofrece una visita guiada en castellano durante toda la mañana por 200 rupias (el equivalente a una cerveza), así que aceptamos. Comienza a explicarnos algunos detalles sobre el nombre de la ciudad, aunque al poco rato nos dice que se tiene que ir a votar en una elección local, y que continuará guiándonos un amigo suyo, llamado Ganesh, como el conocido dios hindú. Seguimos ascendiendo atravesando puertas, todas ellas construidas en curva, para evitar las embestidas a la carrera de los elefantes del ejército enemigo, y circulando por callejones llenos de gente, donde lo que más nos impresiona es el colorido de todo lo que nos rodea, especialmente los preciosos vestidos que llevan las mujeres, y que se denominan saris. El sari es de seda o de un algodón muy fino, con colores brillantes, rojos, rosas, azules, amarillos, morados....todos ellos con diversas tonalidades, y hermosos bordados, que la mujeres combinan perfectamente, incluso aunque estén trabajando en el campo, como iremos descubriendo a lo largo de nuestro recorrido .Según nos explican, cada casta, e incluso cada religión lleva un tipo de vestido. Los puestos de verduras y frutas (aunque no son tan variadas como en otros países), los tenderetes donde venden de tintes, que amontonan con forma piramidal, y los colores de las fachadas de las casas, complementan este crisol cromático espectacular.
Nos llama mucho la atención los puntos en la frente que llevan sobre todo las mujeres. Se denomina tika o bindi, y representa el legendario tercer ojo del dios Shiva, fuente de conocimiento, fuerza y sabiduría. Tienen diversos colores y significados, así cuando es rojo, significa que la mujer es casada. Los hombres también lo pueden llevar, aunque en este caso es una marca más alargada que en el caso de las mujeres.
Algunas de ellas, llevan también tatuajes de henna en manos y pies, con motivos geométricos o florales. Corresponden a futuras esposas, como parte de un ritual sagrado que favorece la felicidad y la fertilidad, y que, además, protege contra el "mal de ojo". Otras, llevan velo, y creemos que son de religión musulmana, pero Ganesh nos aclara que son hinduistas, y están casadas o comprometidas.
Esta belleza cromática contrasta negativamente con la suciedad y el ruido. Parece que los indios nacen con un dedo pegado al claxon de una scooter, y que no existe un servicio de limpieza porque la basura se acumula en las calles. No he tardado demasiado en pisar mi primera caca de vaca, aunque dicen que da suerte......
Deambulamos por el interior de una ciudad, y observamos que en muchas fachadas hay pinturas en las que aparece Ganesh (o Ganesha), el simpático dios con forma de elefante hijo del dios Shiva y la diosa Parvati, la deidad más popular de la India, venerado por ser el dios de la protección y la buena suerte, junto a algunas inscripciones que lógicamente no entendemos. El guía nos aclara, que esto se hace como perenne recuerdo de una boda, indicándose los nombres de los contrayentes, casta a la que pertenecen, y fecha del evento. Penetramos por vetustas puertas protegidas de los “malos espíritus” por una lima y cinco chiles (una variedad de pimiento muy picante), en algunas havelis, antiguas casas de mercaderes que se enriquecieron por el comercio durante siglos, ya que esta ciudad se encontraba en plena ruta de la seda, y en cuya construcción no escatimaron esfuerzos ni dinero, convirtiéndolas en auténticas obras de arte. En la piedra arenisca de las paredes, los canteros dejaron grabados infinidad de detalles. Son espectaculares los balcones por su minucioso trabajo, como también lo son los arcos, las puertas y algunas pinturas murales. También edificaron maravillosos templos, con una decoración escultórica muy trabajada, dos de los cuales visitamos, tras dejar los zapatos en el exterior. La mayoría de estos prósperos comerciantes profesaban la religión jainista que, como ya he comentado anteriormente, surge como reacción contra el elitismo del sistema de castas hindú y la práctica de sacrificar animales.
Después de salir del recinto amurallado, el guía nos lleva a ver otros havelis, y un par de tiendas donde lleva comisión (por el camino una vaca a la que importuno, intenta darme con el cuerno, dándome un buen susto mientras Ganesh se parte de risa). Compramos una colcha, aunque nos arrepentiremos enseguida, ya que la podíamos haber adquirido al final, y así no tendríamos que transportarla durante todo viaje. Parecemos nuevos.
Después de terminar la visita, le pagamos a Ganesh lo estipulado, además de la correspondiente propina, y nos dirigimos a la terraza del restaurante Midtown, buscando una buena wi-fi para poder consultar internet, y enviar whatsapps, y nos tomamos unas cervezas y un thali, El thali es una especie de plato combinado indio que consiste en la disposición de diversos alimentos en una bandeja circular de acero inoxidable, dividida en varios compartimentos, y que suele llevar, arroz, dhal ( lentejas u otra legumbre con especias, a las que nos aficionaremos bastante), algún curry, normalmente vegetariano, patatas, yogurt, ensalada y trozos de chapati. Cuesta entre 2 y tres euros, y como en este caso, sirve para dos personas si no se tiene demasiada hambre. Por razones de higiene y pensando en los posibles problemas estomacales, decidimos no tomar el yogurt y la ensalada (es decir, lo que no está cocinado).
Volvemos al hotel a descansar un rato, y sobre las cinco de la tarde nos dirigimos en tuk-tuk, al sunset point, un lugar a unos dos kilómetros, en el que hay que pagar por entrar (después observamos que hay varios puntos por donde se puede pasar gratis), y donde se tiene una buena panorámica de la ciudad, aunque el atardecer rodeado de guiris, no fue nada espectacular. Aquí hizo su aparición nuestro ángel de la guarda particular, porque Rosi se dejó una de las cámaras de fotos, y logramos recuperarla una hora después, gracias a la honradez de una turista francesa.
Una vez escondido el sol, regresamos andando a Jaisalmer, observando escenas cotidianas, además de una especie de manifestación (suponemos que por algún tema electoral), controlada por policías que, bastones en mano, resultaban muy amenazadores. Hago alguna foto, e intento realizar un vídeo, pero observo como un policía se dirige hacia donde me encuentro, por lo que "aborto" la maniobra, aunque luego el policía pasó de lado sin decirme nada.
Volvemos al hotel, donde nos duchamos antes de salir a cenar al famoso restaurante Trío (recomendado en varios foros y guías). Un joven abogado, nos guía hasta él (sin pedirnos nada a cambio, lo cual en la India es bastante raro), resultando un lugar recomendable por su limpieza, el servicio, las vistas de la terraza y el precio, aunque la comida no resultará nada especial. Tomamos un thali, curry de pollo, chapati, agua y cerveza por el equivalente a 14 €.
Regresamos caminando al hotel, para bajar un poco la cena, y nos tomamos un té en la terraza antes de irnos a dormir, aunque nuestro sueño fue interrumpido por un grupo de turistas locales, que se creían que estaban en una discoteca, por lo que Rosi les tuvo que dar un "toque", que afortunadamente surtió efecto. Nos reímos bastante recordando una situación similar en Alemania hace varios años, igualmente con turistas hindúes, donde salí al pasillo en "gayumbos" para decirles que se fueran a la "puta calle", expresión literal que no se nos olvidará nunca.
4. JAISALMER
Hoy queremos callejear por nuestra cuenta, y tenemos casi decidido ir a visitar en desierto del Thar, para dar un paseo en camello y ver el atardecer desde sus dunas.
No madrugamos demasiado, y desayunamos tranquilamente (yo como en todos mis viajes a exóticos lugares pruebo un plato local, el aloo parantha, un pan frito relleno de patata y verduras delicioso, y mucho más barato que el típico desayuno continental para turistas. Rosi no arriesga, y pide tostaditas).
A las nueve hemos llegado a la entrada del fuerte, y recorremos parte de lo que no vimos ayer. En las callejuelas angostas, conviven vendedores de chai y de cacahuetes fritos, con monos, vacas y perros;. hoteles y guesthouses, con viviendas particulares y locales de ropa y souvenirs, cuyos propietarios pregonan insistentemente la calidad y bajo precio de sus productos. Vemos la figura de algún dios hindú, un creyente que reza, otro que ofrece unos pétalos de rosa. Las mujeres charlan y cocinan, los turistas sacan fotos y los niños juegan a la pelota, todo en callejuelas de un metro de ancho. Hay que levantar bastante la vista para encontrar el cielo entre tantos balcones y ventanas. Basta con doblar mal en alguna intersección y perderse por completo en tamaño laberinto. Los templos hinduistas y jainistas se muestran en cada callejuela que tomamos, y el sonido que sale del interior de alguno de ellos, nos anima a pasar para contemplar ceremonias muy diferentes a las que estamos acostumbrados en nuestro "primer" mundo.
Tras recibir tantos estímulos, descansamos en el restaurante de un hotel, donde se encuentra una pareja de Lanzarote, con la que charlamos animadamente, e intercambiamos opiniones y consejos.
Al mediodía pasamos a recoger la colcha, a la que le faltaba hacerle una abertura, y ponerle unos botones, para poder meter un edredón si queremos usarla como funda nórdica, y quedamos un par de horas después con Ganesh, que tiene en esta tienda su "punto de encuentro", para ir al desierto.
Después de dejar la colcha en el hotel, tomamos una "birra" en el Midtown, y volvemos de nuevo a la tienda, donde tenemos que negociar duro la visita al desierto, dejándolo en 1.800 rupias. (25 €) los dos. Cerrado el acuerdo, nos "meten" en un destartalado Jeep, en el que viajan una pareja de noruegos y otra de coreanos. De las ajetreadas calles de Jaisalmer, pasamos a un árido paisaje, recorriendo una solitaria carretera llena de arena, arbustos diseminamos y camellos que se cruzan delante nuestro. A lo lejos, se divisan molinos eólicos, lo que tristemente nos confirma, que el progreso ha llegado a todos los rincones de la tierra. El vehículo aparca al lado de unas modestísimas casas, en cuyo exterior se encuentran algunas personas, que no se inmutan demasiado cuando llegamos (con la excepción de uno niños a los que damos bolígrafos y globos), y unos cuantos dromedarios (tienen una única joroba), sestean perezosamente. Vemos que están ajustando las sillas de montar, a 4 de ellos, y que comienzan a subir los noruegos y los coreanos. Mosqueado, le pregunto al conductor del jeep que ocurre con nosotros, y me dice que solo hemos contratado dar un paseo andando por la zona y ver la puesta de sol. Le sonrió y le digo en mi mal inglés, “que sí, que somos gilipollas y hemos ido a ese sucio desierto lleno de molinos, a dar una vuelta a pié.....”
Al ver mi enfado, llama por teléfono, y nos confirma que nosotros también daremos el paseo en dromedario, así que nos preparan otros dos animales y nos disponemos a subir a ellos. Subir al dromedario no es fácil; sea uno más o menos alto, el bicho siempre es más alto por más sentado que esté. Rosi lo consigue bastante rápido, pero en mi caso el animal está muy nervioso, y lanza gruñidos bastante inquietantes. Lo tienen que sujetar entre dos personas, para que me pueda subir, y me indican que me agarre fuerte a las tiras de cuero que hay en la silla, lo cual me acojona todavía más. El díscolo animal levantó primero sus dos patas delanteras, dejándome en un plano bastante inclinado para luego levantar las dos traseras de manera bastante brusca, lo que hizo que casi acabará en el suelo. Al ver mi expresión de miedo uno de los chicos me indica que es un animal joven, poco adiestrado, a lo que le contesto bastante molesto que, si no está entrenado, por qué coño lo utilizan con los turistas. En fin, en una posición bastante rígida, aferrándome a la silla como si de ello dependiera mi vida, iniciamos el recorrido los seis "guiris", acompañados de dos jóvenes, uno llevando cinco dromedarios que van unidos por cuerdas y el otro dedicado exclusivamente al mío, para adentrarnos en el desierto del Thar. Menos mal que no hace demasiado calor (nos comentan que en verano, se alcanzan temperaturas de 50 grados) y poco a poco me voy relajando, consiguiendo finalmente disfrutar de un largo paseo de hora y media. Al filo del atardecer llegamos a una duna, donde hay varias mantas (las otras parejas se quedarán a pasar la noche aquí, lo cual no entiendo demasiado, porque no tiene ningún atractivo, pero para gustos, colores......) y observamos el atardecer bebiendo un té. Regresamos en el Jeep por una serie de pistas de arena, mientras se cruzan por delante varios cervatillos y un zorro, hasta que cogemos la carretera asfaltada donde hay bastante tráfico. Ya es de noche y el uso de las luces largas y cortas, deja mucho que desear, al menos comparándolo a como lo hacemos en España....
Cuando nos quedan unos kilómetros para alcanzar Jaisalmer, un control policial retiene a nuestro chofer durante más de media hora. Al final vuelve partiéndose de risa, contándonos que lo habían "soltado" sin haber pagado ninguna "mordida" a los policías, cosa que según nos dice es muy habitual para evitar problemas, lo cual iremos comprobando a lo largo de los días.
En pocos minutos nos lleva al hotel, donde prepararemos las maletas y cenamos en la maravillosa terraza, conversando con una mexicana residente en Delhi, que viaja con su padre.
Antes de irnos a dormir, pedimos un taxi para el día siguiente temprano, porque tenemos que coger un tren a las seis de la mañana.
5. JAISALMER-JODPHUR
Es noche cerrada cuando bajamos a la recepción, y uno de los empleados tiene que despertar a golpes al conductor que duerme a pierna suelta en una habitación cercana.
En diez minutos estamos en la estación, le doy una propina por haberle hecho levantarse tan temprano, y nos regala una botella de agua, al mismo tiempo que nos dice que pasemos a la sala de espera VIP, para resguardarnos del intenso frío del amanecer en el desierto.
Seguimos su consejo, aunque al pasar a la sala, vemos que está abarrotada de gente durmiendo, así que salimos de nuevo al exterior, y nos ponemos toda la ropa que tenemos (que no es mucha), máxime cuando nos informan que el tren saldrá con retraso. La gente que ha dormido en los alrededores comienza a levantarse, y caminan provistos de gruesas mantas (no se ven apenas cazadoras), para protegerse del frío. Comienzan a llegar más viajeros y compro en un chiringuito un par de "chais" calentitos para entrar en calor (5 rupias cada uno, el equivalente a 10 céntimos de euro). Un grupo de militares, intenta conversar conmigo, pero no hablan ni una palabra de inglés, y me alejo de allí con una sonrisa. A las 7,30 salimos en la clase sleeper, con los billetes comprados a través de internet, con un coste de 4 € cada uno. Nos instalamos en una litera cada uno, cómodamente tumbados, en un tren sorprendentemente vacío. No conseguimos entrar en calor, porque las ventanas no cierran bien y comemos un poco de lomo y unas barritas energéticas a modo de desayuno, mientras observamos el paisaje a través de las gruesas rejas que protegen las ventanas, y que se pueden convertir en trampa mortal en caso de accidente, como hemos visto algunas veces en televisión.
El tren hace innumerables paradas, algunas de bastante tiempo, lo que nos posibilita ver la "vidilla" existente en cada una de las estaciones, con un pulular de gente de lo más variopinta: vendedores de todo tipo de comida, viajeros con enormes fardos bajo sus espaldas, mujeres con niños que no se sabe muy bien donde van, buscavidas..... En una de ellas, me bajo para comprar unas pakoras, empanadillas de patata y verduras, recién hechas, aunque el tipo que me la vendió tenía las manos más negras que el sobaco de un grillo. Rosi no se arriesga a comerla, y una simpática familia que viaja a nuestro lado nos ofrece un pastelillo, que tomo con una sonrisa y un “namasté” de agradecimiento. El revisor echa a varias personas de nuestro vagón, suponemos que porque llevan billete de otra clase inferior, y nos da un poco de pena, aunque concluimos que está haciendo su trabajo.
A las dos de la tarde llegamos a la estación de Jodphur y rápidamente tomamos un tuk-tuk que por 70 rupias (1 €) nos llevará a nuestro alojamiento, la guesthouse Kaesar Heritage, en medio de un tráfico horroroso. El hotel está en pleno centro histórico, en un callejón estrecho al que debemos acceder andando. La habitación no está mal, pero no han cambiado las sábanas, lo que hace que Rosi proteste airadamente y estemos a punto de marcharnos. Al poco rato aparecerá el manager disculpándose, y echando la culpa al empleado que nos atendió, un joven nepalí. Le digo que si tiene alguna habitación, mejor y me enseña una muy bonita, pero que no me la puede alquilar porque está reservada. Mi gozo en un pozo.
Subimos al restaurante, una terraza con impresionantes vistas del fuerte que domina la ciudad, y nos tomamos una birra (170 rupias), antes de salir a dar una vuelta por los alrededores.
Estamos cerca de la Torre del Reloj y del llamado Bazar de las Especias, donde cientos de tiendas ofrecen especias y té de todo tipo, y en el que un joven comerciante que habla un poco de castellano, porque tiene contactos con empresas españolas, nos enseña a diferenciar el azafrán puro del sucedáneo, aunque su inicial tono amable irá decreciendo a medida que se iba dando cuenta que no íbamos a comprarle nada (esta actitud será constante durante todo nuestra viaje, porque cuando les dices que no vas a comprar, te responden sonriendo que "solo mirar" o que "mirar es gratis", pero cuando entras en su comercio, y ven que efectivamente no compras nada, se cabrean. En fin, es la India.
Deambulamos durante un par de horas por allí, percibiendo el aroma de las especias y el abigarrado panorama de los estrechos callejones, hasta que decidimos irnos al hotel para cenar temprano en la coqueta terraza, disfrutando de las vistas del fuerte iluminado alejados del mundanal ruido (que en la India tiene más decibelios que en cualquier otro lugar), y donde conoceremos a una pareja de jóvenes madrileños, con los que charlaremos durante bastante tiempo antes de irnos a dormir, mientras el muecín de una mezquita cercana llama a la oración a los fieles musulmanes.
6. JODPHUR
Hemos descansado bastante bien, y a las ocho de la mañana estamos desayunando en la terraza. Aunque no hay apenas gente, el servicio es desesperadamente lento. Ponemos en funcionamiento el "calma Lao", el mecanismo de defensa adquirido en Laos, para combatir estas situaciones de desidia e inoperancia, y que en la India es muy necesario.
A las nueve, iniciamos la sinuosa subida al fuerte de Mehrangarh, uno de los más grandes del país, cuya construcción se inició a mediados del siglo XV por orden del Maharajá Rao Jodha, y que está rodeado por imponentes y gruesas paredes. Como en casi todos los monumentos en la India, además del ticket de entrada, hay que pagar por cada cámara fotográfica o vídeo que se introduzca, aunque lo normal, ya que hay poco control, es abonar un ticket y utilizar también otras cámaras o incluso los móviles.
Durante casi tres horas recorremos, el recinto musealizado, provistos de una audio-guía en español que te facilitan gratuitamente, atravesando enormes puertas protegidas por afilados hierros, amplios patios y suntuosas estancias, llenas de miniaturas, instrumentos musicales, trajes y todo tipo de mobiliario. Además, sus murallas no sólo conservan una parte de los cañones originales excelentemente conservados, sino que también tiene una vista impresionante sobre la llamada ciudad azul de Jodphur, llamada así por el tono azulado que presentan muchas de sus casas. En un principio eran casas de brahmanes, la casta superior, aunque muy pronto el color fue adoptado por las otras castas porque se decía que ahuyentaba al calor y a los mosquitos. Actualmente las nuevas construcciones se siguen pintando de color azul por motivos más bien turísticos.
A la salida, nos abordan varios "tuktuteros", denominación que desde nuestro viaje a Vietnam, damos a los conductores de los tuk-tuk, motocicletas de dos ruedas, adaptadas para llevar pasajeros, ofreciéndonos sus servicios. Acordamos con uno de ellos que nos llevará a un mausoleo cercano, y al Palacio Real, situado al otro lado de la ciudad, por 250 rupias (menos de 4 €).
Primero vamos al mausoleo, edificado por Saardar Singh en 1899 en memoria de de su padre, el Maharajá Jaswant Singh II, considerado como el mejor gobernante de Jodhpur, construido con láminas finamente talladas y pulidas del mismo mármol blanco del Taj Mahal, que emiten una luz cálida cuando los rayos de sol se posan en su superficie. Es realmente bonito.
Después nos trasladamos al Palacio Umaid Bhawan, una de las residencias privadas más grandes del mundo, denominado así en honor al maharajá Umaid Singh, abuelo del dueño actual del palacio. Cuenta con 347 habitaciones y está dividido en tres partes: el lujoso Taj Palace Hotel, la residencia de la antigua familia real, y un museo sobre la historia de la misma, que es lo que está abierto al público. También visitamos una curiosa galería, en la que se exhiben los automóviles pertenecientes a la familia real. La visita en conjunto no está mal, pero es prescindible, y solo la recomiendo si se tiene tiempo de sobra.
Volvemos a los alrededores del la Torre del Reloj, y nos pasamos para reservar una mesa en el cercano restaurante Unique, con excelentes críticas en la Lonely Planet. Tras recorrer de nuevo varias calles aledañas, donde el tráfico es de tal magnitud, que en un momento dado estuvimos bloqueados, sin poder andar, rodeados de coches, tuk-tuk, motos, vacas, .....sentimos que nuestro nivel de stress estaba a punto de llegar a su límite, así que ponemos en marcha otro mecanismo de defensa que tenemos en este tipo de viajes, ante lo que consideramos un síndrome provocado por la cantidad de estímulos que estás recibiendo (en este caso ruido, olores, empujones...). El mecanismo es muy sencillo y consiste en regresar inmediatamente al hotel buscando un refugio seguro. Eso hacemos, saliendo por un callejón del monumental atasco, y alcanzamos en pocos minutos nuestra guesthouse, para subir a la relajante terraza, donde tomamos unas cervezas acompañadas de un poco de lomo a modo de frugal comida, charlando con una madura pareja de Valladolid, a la que veremos en diferentes etapas del viaje, y con los madrileños, que hacen tiempo hasta coger un bus dirección Jaisalmer.
Tras descansar un par de horas en la habitación y preparar las maletas, nos vamos al muy recomendable Unique, donde cenaremos espléndidamente (20 €, la factura más cara de todo el viaje, pero con una extraordinaria relación calidad-precio) en una terraza con vistas al fuerte, conversando con una pareja de hermanas chilenas que están en la mesa de al lado. Una de ellas vive en Londres, y ha viajado a la India para asistir a la boda de una compañera de trabajo de origen indio. Nos comenta que los novios son de diferentes castas, y han tenido muchísimos problemas para poderse casar, confirmándonos lo que habíamos leído al respecto..
Volvemos al hotel sobre las 10 de la noche, y algo me llama la atención: las calles están casi vacías, y hay casi más vacas que personas transitando por ellas.