Desayunamos temprano algunas tostadas y café en el motel. Nos esperaba uno de los días más exigentes en cuanto al manejo, con muchísimos puntos de interés en el trayecto.
Comenzamos tomando el primer tramo de la
Natchez Trace, una ruta histórica, primero usada por los pueblos originarios y luego por comerciantes, bandoleros y aventureros y que actualmente es en sí misma un parque estatal toda entera, desde Natchez hasta Nashville.
Decidimos empezar por el centro de información del
Natchez State Park, donde conseguimos abundante folletería que nos permitiría elegir nuestras paradas a lo largo de esa ruta panorámica y unas nueces con pasas que constituirían nuestro único almuerzo (no hay negocios ni estaciones de servicio en ningún tramo de esta ruta de película, solo motoqueros, ciclistas, acampantes con sus RV y turistas en general).
Recorrer esta ruta es la experiencia que todo amante del manejo quiere experimentar. No hay ómnibus, ni camiones, ni bocinas, ni cartelería... solo la ruta y los bosques y arroyos que la rodean.
Nuestra primera parada, brevísima, fue en
Emerald Mounds, unos montículos ceremoniales de origen precolombino. Luego seguimos por desvíos internos hacia las
ruinas de Windsor, unas impresionantes columnas de estilo griego en medio de la abundante vegetación que son lo único que queda en pie de una antigua mansión que se incendió (muy fotogénico).
Desde allí, abandonamos un poco el auto y caminamos por un sendero bajo la llovizna para ver un fragmento de la ruta original, que se hacía a pie, en mulas o a caballo. Otra vez, los ciervos nos dieron un buen susto ya que se acercan sin pudor a los visitantes.
Por rutas internas, abandonamos la Natchez Trace a la altura de Port Gibson (una ciudad que se caracteriza por el curioso remate de la torre de esta Iglesia, un puño con un dedo señalando al cielo) y retomamos la 61 con destino Vicksburg.
Ya en Vicksburg, recorrimos el centro de la ciudad y visitamos el
Biedenharn Coca-Cola Museum, situado en el edificio que fue la primera planta embotelladora de la famosa bebida. Otra vez, asaltamos el
gift shop y salimos con muchísimos
souvenirs bajo el brazo.
Almorzamos con vista al río en “
Monsour´s at the Biscuit Company”. Solo vimos por fuera el
Vicksburg Battlefield Museum. Salimos de raje porque nos quedaban muchos kilómetros por delante.
La próxima parada en la ruta 61 fue la ciudad de Leland, uno de los pueblos bluseros por excelencia (ciudad natal de Johnny Winter, quien curiosamente falleció el día que nosotros la visitamos). Paramos en el
Highway 61 Blues Museum, una de las colecciones más completas, y un museo muy recomendable, sobre todo porque alberga la excelente muestra de
Bill Steber, fotógrafo que durante años se dedicó a retratar a los Delta Bluesmen. Mientras recorríamos nos acordamos del documental “
M for Mississippi” que traza un interesante
road trip por la zona rastreando los pueblos de origen de los bluseros del Delta. De hecho, al entrar al museo, inmediatamente nos preguntaron si éramos “blues travellers”, a lo que contestamos que veníamos siguiendo la música en general, no solo el blues.
Cambiando de tema, también nos sacamos unas fotos en el
lugar de nacimiento de la Rana René (o de “Kermit the frog”, como lo dicen los americanos), en realidad se trata de la cabaña donde vivió su creador y el de todos los Muppets, Jim Henson.
Teníamos planeado visitar las cercanas ciudades de Greenville e Indianola (cuna de B.B. King), pero nuestro alojamiento en
Clarksdale no era de fácil acceso porque estaba en las afueras de la ciudad y solo hacía el check in hasta las 20 hs., por lo que decidimos no arriesgarnos. Evidentemente, este tramo tendría que haberse dividido en dos jornadas para poder recorrer tranquilamente todas las paradas de la 61 Blues Highway.
Llegamos al
Shack Up Inn de Clarksdale exactamente a las 19:50 hs. ¿Cómo describir tan particular hospedaje? Los niños suelen soñar con ir a Disneyworld, los rockeros mayores de 30 soñamos con ir al Shack Up Inn... Ubicada en medio de los campos de algodón, en un edificio que era una antigua empacadora, esta posada cuenta con dos tipos de alojamiento: las clásicas
shacks (chozas de madera para varias personas) y habitaciones para dos en la enorme estructura de chapa que eran los galpones.
Nosotros tomamos una habitación, porque las cabañas ya estaban ocupadas con varios meses de anticipación, sobre todo los fines de semana.
Hay además un escenario (“The blues chappel”, con bancos de iglesia auténticos para que se sienten los feligreses) en el que tocan muchos reconocidos músicos de blues. En distintos momentos del año, se realizan
workshops y talleres de interpretación y composición. Está ambientada con todo tipo de elementos que hacen al sur rural: chapas, tractores, autos antiguos, carteles de gasolineras...
Desde que salimos al balcón, comenzaron a saludarnos amigablemente pero con todo tipo de guarangadas, producto sin dudas de la cerveza, los demás huéspedes del lugar. “Hey you, M***** F*****”. Cenamos en el restaurante de la posada y nos quedamos allí ya que esa noche se presentaba el legendario blusero
Robert "Bilbo" Walker Jr.
Luego de un día tan agitado, y con unas cervezas artesanales encima (
una de ellas a base de nueces pecan), nos fuimos a dormir.