Otro espectacular desayuno en lo de Madeleine. Esta vez, como era nuestra despedida, trajo un Atlas y nos pidió que señaláramos exactamente de dónde veníamos, ya que esa era su única forma de viajar. Indicamos con un dedo Buenos Aires y Montevideo, describimos como pudimos los diferentes climas y regiones de Sudamérica y, por supuesto, la invitamos a comer asado y tomar vino cuando quisiera visitar las pampas.
La noche anterior, ella se había encargado de reservarnos dos lugares en el mejor
swamp tour de Lake Martin,
Cajun Country Swamp Tours (no tomen el que está al lado, Champagne Swamp Tour, ya que los lugareños nos contaron que además de no saber mucho del tema, al parecer se mandaron macanas con unos terrenos del lago en los que ubicaron un restaurante flotante con música estridente que no era para nada ecológico).
Nuestro guía, Butch, además de conocer el lago, su fauna y su flora, a la perfección era muy gracioso y didáctico. Nos acercamos bastante a varios caimanes y pasamos con nuestra lancha debajo de un bosque semisumergido lleno de arañas gigantes. El paisaje es realmente espectacular. Recomendamos muchísimo hacer algún tour por los pantanos (
swamps) o por los
bayous (brazos de los ríos) si estás paseando por Louisiana.
El recorrido dura aproximadamente dos horas y, no nos acordamos exactamente, pero salía entre U$ 20 y 30 por persona.
Una vez que bajamos del bote, quemadísimos por el sol del mediodía (imprescindible llevar gorro y protector solar), volvimos a buscar nuestro equipaje a Maison Madeleine y nos despedimos de uno de esos lugares a los cuales uno se promete volver.
Al ritmo de
“Born on the Bayou” de Creedence Clearwater Revival, tomamos la autopista 10 rumbo a Baton Rouge, ciudad que solo vimos de costado. Luego desviamos hacia la legendaria ruta 61 hasta la entrada a la
Tunica Trace Scenic Byway, unos kilómetros después de Saint Francisville.
Su nombre recuerda a sus habitantes originarios, la tribu Tunica. Se trata de una ruta panorámica que termina en la Prisión de Angola, famosa por albergar presos de máxima peligrosidad. Hicimos el recorrido bajo una llovizna finita, lo que no nos impidió cruzarnos con ciervos que saltaron delante de nuestro auto. La ruta ofrece numerosos desvíos hacia cascadas, grutas y senderos para hacer
trekking. Intentamos entrar a uno de los recorridos a pie pero averiguamos que para llegar a la cascada debíamos disponer de 3 horas, en el optimismo de no perdernos por el camino. Un amable guardaparques nos lo informó en un acento que, hasta el momento no habíamos escuchado: es la famosa tonada de los “red neck”, arrastrada, pausada y nasal. Nos quedamos charlando cuanto pudimos, entendimos la mitad de sus indicaciones pero, claramente, le regalamos la mejor anécdota de su semana: cómo dos sudamericanos habían llegado hasta el paraje más perdido del sur rural (“Si ustedes llegaron hasta acá, tal vez, si yo quisiera, podría también viajar hasta allá”, nos saludó).
Seguimos por la carretera 66 y luego por muchos caminos internos, hasta retomar la 61 a la altura de la ciudad de Woodville, ya en el estado de Mississippi.
Woodville fue nuestra primera parada en la
“Autopista del Blues”, la ruta 61. La pequeña ciudad nos recibió con esta postal: una estación de servicio de los ´50 original (no reciclada), con un anciano sentado en la puerta desde la misma época.
El tanque de agua con su nombre sobresalía al final de la calle principal, muy cerca de la plaza y la iglesia. En unas pocas cuadras se concentraban dos casas de antigüedades: nos llamó la atención la vidriera de una de ellas:
Opposite Ends.
Al entrar nos recibió Ramona, su dueña. No solo había hermosos regalos para comprar sino que el edificio en sí era un hallazgo. Antiguamente había sido una especie de almacén de ramos generales, que funcionaba como tienda, ferretería y venta de productos agrícolas.

No tardamos en hacer amistad con Ramona, quien amablemente nos llevó a recorrerlo con su ayudante, un niño del pueblo cercano de Angola que ella cuidaba. La pinotea del piso del salón, las escaleras de madera, el montacargas manual que todavía funciona y más... un segundo piso al cual Ramona todavía no había podido ni limpiar, con los objetos arrumbados allí por años aún sin inventariar: máquinas registradoras, proyectores de cine, cartelería, latas, medias de seda (de antes de las de nylon, aún sin abrir), etc., etc. Ramona nos contó que se trataba de su “proyecto de retiro”, comprar ese antiguo edificio y reciclarlo como tienda, centro cultural y café. Nos entusiasmamos tanto con su proyecto que nos pusimos a bocetar con ella la ubicación futura de las muestras fotográficas y las mesas del bar... ¡pero si daban ganas de largar todo y agarrar una lijadora! Nos sacamos fotos, prometimos seguir en contacto por FB y recomendar su tienda a todo aquel que pasara cerca de Woodville, lo cual estamos haciendo, muy calurosamente.



Luego de dos horas de charla, seguimos por la 61 hasta la coqueta ciudad de Natchez. Lamentablemente, la lluvia impidió un recorrido más profundo por sus mansiones de antes de la Guerra de Secesión y sus lugares históricos (la ciudad es ideal para ver esa arquitectura, ya que se rindió tempranamente ante el Norte, y por ello no fue destruida como su vecina, Vicksburg).
De todas formas cenamos temprano
po boys en
Biscuits and Blues y regresamos para descansar a un
Days Inn rutero en la entrada de la ciudad (U$ 75).