Nos aburría el insulso paisaje de llano relieve que veíamos desde el coche. Nos dirigíamos hacia el norte de Sudáfrica, hacia la frontera de Golela. Las extensas plantaciones de eucaliptos que crecían altos y enclenques, o los campos verdísimos de caña de azúcar dejaban paso de vez en cuando a bosquecillos poco densos de árboles nativos que apenas levantaban pocos metros del suelo. Entre ellos, se escondía algún lodge.
Más al norte, muy cerca de Mozambique, las pequeñas montañas de Lebombo enmarcaban un lago, el Jozini Dam. Territorios solitarios, sin poblaciones, carreteras de escaso tráfico.
Más bonito era el paisaje cerca de la frontera con Swazilandia, redondeadas lomas recubiertas de árboles caducifolios y perennes que componían un bonito contraste de anaranjados y verdes.
Los trámites migratorios marcharon rapidísimos, sorprendiéndonos del moderno y flamante puesto aduanero suazi. Y, ya estábamos en Suazilandia!!
Monótono, llano y deshabitado paisaje. Buena y recta carretera. Se palpaba la extrema miseria. Casas que no eran más que pequeñas chozas. Niños trabajando en el campo, cuidando del ganado o cortando leña. Hay que buscarse el sustento en un país en el que la esperanza de vida no supera los 50 años.

Pronto comenzaban los campos de caña de azúcar, o alguno de girasoles. También algunas fábricas malolientes de destilación de caña. Prevenir la contaminación no preocupa en el Tercer mundo.


Nuestro viaje por el centro de este pequeño país en dirección a Hlane proseguía entre pequeños poblados, pequeños árboles, vacas cruzándose, y las montañas de Lebombo al oeste, que separan de Mozambique. Y algún auténtico paso de cebras………….ellas tenían preferencia.
En Hlane Royal National Park íbamos a pasar la noche, una reserva de fauna de tamaño muy reducido. Nuestra cabaña, reservada un par de semanas antes mediante la web del parque, era lo suficiente espaciosa y bastante agradable. Aparcar a su vera resultaba cómodo. No disponer de electricidad no suponía mayor problema, se solucionaba con la luz de los candiles y el frigorífico que enfriaba con gas. Varias ventanas miraban al Ndolovu Camp, entre árboles.


En los últimos momentos de la tarde nos lanzamos a recorrer los caminos del parque aptos para coches bajos, cruzándonos con muchos impalas, unos cuantos rinocerontes, y ciervos de cuernos enroscados. Los buitres copaban las ramas de los esqueletos de árboles, y cuando remontaban el vuelo, su envergadura realmente impresionaba. Ni elefantes ni jirafas se dejaban ver, y eso que pasamos por sus territorios.
Asustados nos desplazábamos por aquellos caminos con profundos surcos y cuevas, embarradas a veces. Anochecía, y dificultosamente avanzábamos, cuando una tormenta comenzaba a desencadenarse. Los rayos cruzaban el cielo plomizo y los truenos retumbaban. Prácticamente en horario de cierre, a duras penas conseguimos llegar al campamento. Los impalas corrían espantados a refugiarse bajo los árboles. Unos cuantos se convirtieron en nuestros vecinos, protegiéndose entre los árboles que rodeaban nuestra cabaña. Tremendas las tormentas africanas.
El restaurante del campamento es muy agradable, a la luz de los candiles, con techo de madera y abierto a la negra noche africana. La cena, regular: no quedaba impala y nos conformamos con parrillada mixta de carne.
La noche resultaba especial desde el porche de nuestra cabaña. El cielo estrellado tras la tormenta, ……….la luz de la media luna colándose en un juego de claroscuros, que perfilaba la sombra de los árboles sobre una tenue claridad nocturna, todavía llegaban resplandores de relámpagos de la tormenta que se había ido alejando……………y los sonidos de la fauna salvaje, alarmada por la tempestad, los sonidos de la noche africana que gemía, que chillaba, que roncaba, que inquietaba.
Somnolientos pero emocionados, éramos los únicos que habíamos decidido madrugar tanto para participar en el primer turno del día del Rhino Drive. Cuando el sol todavía no había despuntado en el horizonte, partíamos en un 4x4 abierto con un guía swazi a la búsqueda del rino blanco, la estrella del Hlane Royal NP de Swazilandia.
Empezaba a amanecer y las jirafas ……….. ¡qué cuerpos tan bonitos y elegantes!.............. elevaban sus cuellos y sacaban su larga lengua para acceder a los brotes más altos de los árboles. Nos miraban y ni se inmutaban, permanecían tan tranquilotas.



Los elefantes no parecían tan sociales y huían agitando sus orejazas.


Un rinoceronte negro se escondía entre los arbustos. Nos acercamos bajándonos del coche y caminando hacia él. El guía no iba armado………….nos parecía preocupante……., pero, pronto comprobamos que controlaba perfectamente la situación, buscando la dirección adecuada del viento para evitar que percibiesen nuestro olor. Los rinocerontes son animales fácilmente asustadizos y raramente se enfrentan a humanos.
Un par de ejemplares de rinocerontes blancos nos encontrábamos después. Ahí nos volvimos a bajar del coche y a caminar hacia ellos. Impresiona tenerlos tan cerca, sobre todo cuando te descubren y se te quedan mirando, te analizan para decidir si eres una amenaza, y siguen comiendo, o prefieren no ser observados y se marchan. Extraños animales con esa cara tan rara y el cuerno tan primitivo insertado en su cabezota.




La temperatura era agradable mientras desayunábamos en el campamento de Hlane, un campamento íntimo y agradable. Los inquietantes gruñidos nocturnos quedaban sustituidos por relajantes cantos de pajaritos, de alegres coloridos.

Rumbo a Kruger……………
El norte de Swazilandia no parecía tan pobre como el sur. Ellos trabajaban en los interminables campos de caña de azúcar, de verde subido, trabajo absolutamente manual. Ellas vestían coloridamente, intentando vender las frutas u otros productos que portaban sobre sus cabezas, las cuales cubrían con pañuelos a modo de turbantes.
Quién tiene una bici, tiene un tesoro, al igual que en los pueblos zulús.


También en esta frontera los trámites migratorios resultaban rápidos. ¡Qué duro trabajo tienen estos funcionarios de aduanas, y qué caras de esforzados trabajadores! Cada movimiento les costaba un riñón. Realizaban la misma función entre varios, que consistía en entregar un papelito, o en recogerlo, o en subir la barrera. Entre ellos se miraban para ver a quién le tocaba el esfuerzo de estirar el brazo o de remolonear en levantarse.
Y ya estábamos de nuevo en Sudáfrica!
