Este día teníamos otro traslado largo, el último del viaje, desde el hotel hasta Pretoria, lo que suponía un total de 340 kilómetros, con unas cuatro horas en la carretera y el siguiente perfil en Google Maps.

Luego continuaríamos hacia Johannesburgo, ya que por la tarde tomaríamos desde su aeropuerto un vuelo hasta Ciudad del Cabo, donde dormiríamos esa noche y las tres siguientes. Pero eso lo contaré en su momento.
Fuimos por una carretera distinta a la de la segunda jornada. Los paisajes continuaban siendo muy verdes y bonitos, alternando bosques y valles fértiles con todo tipo de cultivos. La guía local nos comentó que suelen hacerse quemas controladas para que los terrenos produzcan más. También estuvo contándonos multitud de cosas sobre la historia y otros aspectos de la vida en Sudáfrica. Pese al tiempo y la distancia, logró que el recorrido se nos hiciese más ameno, ya que aparte de sus comentarios distribuyó hojas plastificadas con mapas, croquis y fotografías para ilustrar lo que contaba. Un detalle por su parte.


Como de costumbre, hice muchas fotos en el trayecto porque me gusta recordar por donde viajo, pero me salieron demasiado mal para ponerlas.
Ya en Pretoria, nos dimos cuenta del motivo por el que se la conoce como la ciudad de las jacarandas: hay miles flanqueando sus calles y sus avenidas. Aunque ya había algunos árboles en flor, aún no estaban en su apogeo. Y es que en primavera, la explosión de flores moradas se convierte en todo un espectáculo para la vista.

Pretoria es la capital administrativa de Sudáfrica. Tiene una población superior a los tres millones de habitantes si se cuenta el área metropolitana, lo que la convierte en la quinta ciudad del país. Curiosamente, desde 2006 tiene abierto un proceso, aún no aprobado, para cambiar su nombre al de Tshwane, que es como denomina su municipio. Aunque su origen es anterior, su fundación se produjo en 1855 por Marthinus Wessel Pretorius, quien la nombró así en honor de su padre. Este líder afrikáner fue el primer presidente de la República de Transwaal, país independiente durante la segunda mitad del siglo XIX, llamado también República de Sudáfrica, aunque sin relación con el Estado actual.


Lo primero que nos llamó la atención fueron sus jardines, amplios, bonitos y cuidados. Luego nos comentaron que están en tan buen estado porque solo se abren al público uno o dos días por semana. Después de recorrer la elegante zona donde se asientan la mayor parte de las embajadas extranjeras, fuimos a la parte alta de la ciudad, donde se encuentra la Sede del Gobierno (Union Buildings), construida en 1910 por el arquitecto británico Herbert Baker.


Los exteriores ofrecen una buena perspectiva de la ciudad, sobre todo los jardines escalonados, donde destaca una enorme estatua de Nelson Mandela. Aquí estuvimos paseando un rato y sacando algunas fotos. Hay vigilancia (además se estaba celebrando una reunión política), por lo que se trata de una zona bastante segura.


Tras recorrer varios puntos de la ciudad, entre los que destaca el Trasvaal Museum, muy importante en geología, arqueología e historia natural (en los jardines hay esqueletos muy llamativos), nos dirigimos hacia Church Square, en cuya parte central está la escultura de Paul Kruger y algunos de los edificios más significativos de la ciudad, como el Raadsaal (antiguo parlamento de Transvaal), el Tribunal donde fue juzgado Nelson Mandela, el edificio moderno de la administración provincial y la sede del servicio de correos.

Aunque Pretoria suele ser más tranquila que Johannesburgo, no hay que descuidarse, pues en algunas ocasiones los indigentes solicitan dinero a los extranjeros de forma violenta. Nos fijamos en que apenas había turistas, así que los blancos con móviles y cámaras llaman demasiado la atención.


Por lo demás, encontramos un patrón parecido a Johannesburgo aunque en proporciones y dimensiones bastante más reducidas: muchos hombres deambulando sin rumbo o en grupos (prueba del alto índice de desempleo) junto a gente dedicada a sus cosas. Comercios de todo tipo, con áreas financieras y zonas deprimidas en el centro. También existen barrios opulentos y bien mantenidos, y en los alrededores no faltan urbanizaciones con casas imponentes, la mayor parte pertenecientes a ciudadanos blancos, junto a zonas modestas, incluso de infraviviendas, donde se apila la basura.

Fuimos a almorzar a un restaurante de un cocinero francés situado en una de esas urbanizaciones, para entrar en la cual hay controles con barreras. Estaba en una casa con jardín muy bonita, el restaurante no era grande pero sí muy “chic”. Se podía elegir el menú entre dos opciones, y me decanté por la sopa de setas y el jabalí (estaba muy tierno). Al final, el chef salió a saludarnos, preguntándonos también si nos había gustado la comida. El sí creo que fue unánime.


Antes de abandonar esta zona acotada, fuimos a un “mercado”, que no era sino la típica tienda donde los guías se llevan una comisión sobre las ventas (solo fue esta vez). Había un poco de todo. Yo no compré nada. A continuación, nos dirigimos al aeropuerto de Johannesburgo, donde tomaríamos un avión con destino a Ciudad del Cabo. Por el camino divisamos otra enorme mezquita. En teoría, Sudáfrica es un país de mayoría cristiana, pero últimamente, con la inmigración, está aumentando mucho la fe musulmana.

Vistas por la carretera de camino hacia el aeropuerto de Johannesburgo.


Recorrimos unos 45 kilómetros por autopista hasta el aeropuerto internacional O.M. Tombo de Johannesburgo, donde habíamos aterrizado el primer día, aunque en esta ocasión a una terminal distinta, pues se trataba de un vuelo doméstico. En la puerta, otra estatua dedicada a Nelson Mandela. Allí nos despedimos de nuestra guía local. Una buena profesional.

La distancia entre Johannesburgo y Ciudad del Cabo es de 1.398 kilómetros, más de lo podía imaginarme en un principio. El vuelo dura unas dos horas y fuimos en una compañía low cost, cuyo nombre no recuerdo. El avión era pequeño y, aparte de nosotros, solo iban otros dos pasajeros. Muy cómodos, por tanto. A bordo, nos ofrecieron una botella de agua, dos sándwiches, un refresco o zumo, un bombón y una bolsa de patatas fritas.

Me tocó ventanilla y me entretuve en hacer algunas fotos: la de arriba corresponde a Johannesburgo y la de abajo a Ciudad del Cabo.

