
Jueves 15 de Octubre.
Nos levantamos temprano para salir a las 6:30 a hacer nuestro último safari con Milton. Claramente es el safari menos provechoso porque apenas vemos nada por la zona en que nos movemos.
Volvemos al hotel a las 9:00 y así nos da tiempo a desayunar, descansar un poco y hacer el check out. Me queda la impresión de que nos han cobrado un poco caras las bebidas pero tampoco le damos más vueltas.
Nos despedimos de Milton en el aeródromo de Masai Mara, que consta de una pequeña choza como sala de espera y una hora después ya estábamos aterrizando en Amboseli.

Nos recibe Erick un Masai loco por los elefantes y directamente nos vamos a hacer nuestro primer safari sin pasar por el lodge. El terreno en Amboseli es completamente distinto al de Samburu y Masai Mara.

Allí llega toda el agua que cae en el Kilimanjaro, por lo que está lleno de lagos de poca profundidad donde se meten los elefantes a comer.



Es muy parecido a la marisma de Doñana y, de hecho, hay muchísima variedad de aves acuáticas.

El principal atractivo de este parque lo conforman la enorme cantidad de elefantes junto con las vistas al Kilimanjaro.
El problema con el Kilimanjaro es que siempre suele estar cubierto de nubes y normalmente sólo se deja ver por las mañanas.



Nos asomamos al llegar y efectivamente está cubierto. Nos pasamos la tarde viendo elefantes y aves acuáticas. Erick también aprovecha para hacer sus propias fotos.



Cuando nos damos cuenta, las nubes se han apartado y nos permiten ver el Kilimanjaro junto con los elefantes.

Es, al fin y al cabo, la típica foto de Amboseli, así que aprovecho para hacerlas yo también.


Se nos hace tarde y hacemos fotos también de la puesta de sol que se ve espectacular desde este parque. Sin duda, y en parte debido a que hasta entonces siempre nos habíamos encontrado con nubes al atardecer, sacamos de aquí las mejores fotos. La verdad es que se trata de un sitio muy especial y con mucho encanto.
Finalmente llegamos a nuestro camp en Amboseli, Tortilis Camp, y alucinamos con él. No tiene nada que sea exageradamente diferente del resto pero está lleno de detalles que te hacen sentir que estás en un gran camp. El lounge y restaurante están arriba del cerro en el que se ubica mientras que las habitaciones están en la base. A media ladera se encuentra la piscina que nos parece super apetecible. Nos enseñan nuestra habitación (número 16 que es la última de todas) y nos dicen que por favor no tardemos mucho en subir ya que la hora de la cena empieza en media hora.
Subimos y aprovechamos para tomarnos una cerve en el lounge con unas vistas espectaculares y viendo anochecer. Aparece Morera, otro Masai que se nos presenta y nos dice que se va a encargar de que disfrutemos de estos días. A continuación nos dice que le acompañemos a cenar pero en lugar de llevarnos al la zona de cenar, nos dirige hacia abajo por la cuesta de piedra que nos lleva hacia las habitaciones y piscina. Apenas hemos bajado 10 metros y vemos que sobre esa cuesta, hacia la izquierda, hay un mini desvío con un pequeño espacio en el que hay una mesa para dos, un fuego y una botella de champán en una hielera. Ahí ya sí que alucinamos de verdad. Sin duda la cena que más hemos podido disfrutar hasta entonces y eso que llevamos un viaje de cine. Qué felicidad. Todo preparado por la responsable del camp, Ianna, que sabía que estábamos de viaje de novios.
Una vez terminamos nuestra cena, le dimos las gracias tan efusivamente como pudimos y luego nos fuimos a dormir, que estábamos fritos y llenos de ganas por volver a meternos en el parque.