Bueno, pues hoy arranca uno de esos días maratonianos que nos van a llevar a dos puntos de gran interés para todo visitante del Japón. Comenzamos, como no, con un madrugón de récord para coger el tres a las 07:16 que nos deja a las ocho en Himeji. La ciudad tiene un punto turístico y lo sabe explotar: Himeji-jo o el castillo de Himeji. Famoso por ser un castillo original y no una reconstrucción tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial como sucede con muchos de sus paisanos, el castillo también es conocido como "La Garza Blanca" debido a su magnificente silueta que a los japoneses les recuerda una garza en vuelo. Una garza sobrealimentada, todo hay que decirlo.
El caso es que el castillo no tiene pérdida: todo recto por la gran avenida que se abre ante vuestros ojos conforme bajáis del tren y salís de la estación (en obras, oh sorpresa). Visto desde lejos, el castillo también parece una cara sonriente, como la casa de los de "Padre de Familia"... "eh, tengo hambre, échame unos shogunes en su punto!!"

El castillo ha tenido varios señores importantes entre los que cabría destacar a Toyotomi Hideyoshi y Ieyasu Tokugawa y resulta entretenido admirar cómo se agudiza el ingenio del hombre cuando se trata de proteger el pellejo propio o arrancar el ajeno: muros especialmente estructurados para dificultar su escalada, miles de saeteras de toda forma y tamaño, puertas con galería superior para permitir el posicionamiento de las defensas, orificios defensivos para permitir arrojar aceite hirviendo, piedras o caramelillos de menta y miriadas de soporte para armas. La construcción del castillo supuso un quebradero de cabeza para el daimyo de la zona y sobre todo la escasez de piedra para los muros y murallas hizo que se echara mano de falsa piedra y de partes de casas particulares y herramientas. No os perdáis la piedra de molino que, según la leyenda, entregó una anciana que la utilizaba para ganarse el sustento moliendo grano.
El recorrido interno se halla perfectamente señalizado con flechas que indican varias rutas, nosotros tomamos la más larga (había incluso un "special event", una zona abierta del castillo con un bonito mirador que normalmente está cerrado al público) y se nos llevó unas dos horitas incluyendo la subida a lo más alto de la torre del homenaje. En la planta baja hay unas letrinas de la época abiertas al público, la masculina tiene un soporte para armas y mola ver al guía japonés haciendo el gesto de sacarse la chorra para explicarte para qué servía el orificio del suelo, por si acaso los carteles no fueran suficientemente evidentes... Sin duda, uno de esos lugares que no debes dejar de visitar si, como a mí, te apasiona la historia antigua o si simplemente has disfrutado como un enano con las diferentes entregas del Onimusha.

Junto al castillo hay unos bonitos jardines que sirvieron en tiempos para el alojamiento de los samurais, el Koko-en, aunque nosotros llevábamos el plan un poco apretado y pasamos de verlos. A quien sí vimos fue a este vecino del castillo que como vemos, se lo pasaba muy bien

Y también un centro comercial junto a la estación que muestra lo desafortunado que puede ser uno cuando elige un nombre que suena bien sin saber lo que significa:

Bromas aparte, dentro de la estación de Himeji hay un bonito mikoshi expuesto con una gran profusión de tallas y grabados en su base, hace la espera del tren bastante amena:

Bien, pues a las 11:52 de nuevo un shinkansen para llegar a Hiroshima (no la visitamos, en resumidas cuentas no me ofrecía nada y últimamente me mosquea mucho la posición nipona de ensalzar el martirio de la población de Hiroshima y Nagasaki y obviar o intentar borrar el de la población de, por ejemplo, Okinawa. Para una discusión más detallada, mensajes privados, por favor) y directamente el tren local (y con infinitas paradas) hasta Miyajimaguchi y de un saltito, plop, al santuario de Itsukushima, conocido generalmente como Miyajima a secas.
Durante el viaje en ferry no puedes dejar de ver los criaderos de ostras que dan fama a la región y una puertecilla roja conocida como "O-Torii" y que da fama a la zona como uno de los tres paisajes más bellos de Japón.

Nada más bajar del ferry recibes la bienvenida de los más famosos habitantes de la zona, los ciervos. A pesar de los carteles que te advierten de que son animales salvajes, etc. lo cierto es que la principal precaución debe ser guardar los papeles importantes (ojito el Rail Pass) y no abusar de la paciencia de los bichos. En esencia, son como perrillos y se dejan tocar sin problemas.

Miyajima es una isla sagrada, por lo que los bosques que la cubren se mantienen salvajes y libres, siendo un enorme espectáculo visual para el visitante. Su carácter sagrado hace que durante mucho tiempo no se pudiera ni pisar la isla (el santuario al que da entrada el O-Torii está sobre plataformas de madera, a modo de embarcaderos) y está prohibido nacer o morirse (WTF?) en la isla.
Bueno, ya es mediodía y nos metemos por Omotesando (la calle de los comercios, sigan la muchedumbre) buscando el Kurawanka, restaurante recomendado en la Lonely, pero no lo encontramos, y he de decir que fue una suerte pues el plato que buscábamos (Okonomiyaki al estilo del lugar, con ramen y ostras) estaba en un modelo de cera en otro local y cuando posteriormente vimos el Kurawanka, nos dimos cuenta de que habíamos salido ganando definitivamente. El restaurante que os recomiendo está al poco de entrar en la calle, al lado izquierdo conforme vas desde el muelle del ferry. Los dos siguientes comercios tienen el primero un farol rojo y el segundo una fachada llena de hojas verdes como decoración. Tiene pinta de tasca, con grandes mesas comunes, y lo llevan un matrimonio mayor que te da un menú en inglés y cocinan todo en una enorme plancha a la vista, y vaya gustazo verlos trabajar. El Okonomiyaki es una ración grandota, ojo delicados:

Después de comer, vistazo a las tiendas y a ver el Torii de cerca. No teníamos marea alta (en esa época o era pronto por la mañana o muy tarde por la tarde) pero estaba subiendo y había suficiente agua alrededor del monumento. Subimos hasta el parque Momijidani, encantador con un bonito puente y un templo con otra pagoda en el camino donde pudimos relajarnos del ajetreo del día antes de bajar de nuevo a la zona del santuario y visitarlo por dentro. Lo cierto es que a pesar de ser una gran atracción turística me encantó, sobre todo por el entorno acuático en el que se encuentra y porque, digámoslo todo, estábamos disfrutando de un día espectacular con un atardecer sobre el mar digno de la más acaramelada película de Meg Ryan.

Un lugar imprescindible, con toda la magia de este maravilloso país.
Pero no hay nada que cien años dure y ya era hora de volver a la costa, cuando ya cerraban las tiendas y con muchas ganas, cada vez más, de volver a este maravilloso lugar. Tren local de vuelta a Hiroshima y un ekiben para cenar en el Hikari directo hasta Kyoto y a reponer fuerzas, que mañana toca Nara... ya es temporada de ciervos en El Corte Inglés.... buenas noches, niños