Hoy no tocaba madrugar mucho pues habíamos quedado con “El Chino” a las 9 de la mañana en nuestra casa. Apareció el hombre puntual en su bicicleta destartalada y nos dijo que lo siguiéramos con nuestro coche hasta su casa. Estaba a menos de dos kilómetros de donde nos alojábamos. Cuando llegamos nos quedamos sorprendidos de las condiciones en las que vivían, tanto él como su hija. Era una cabaña, porque no se podría llamar de otra manera, sin agua corriente ni otras cosas básicas y que tras el paso de los huracanes del verano pasado había quedado algo tocada y estaba ligeramente inclinada. Durante el trayecto “El Chino” nos relató cómo pasaron el huracán, nos enseñó un pequeño refugio anexo a la cabaña, de apenas cuatro metros cuadrados y un metro de alto en el que nos contó se habían refugiado casi treinta personas durante el paso de los huracanes y que había durado unas cuantas horas. Todo bastante penoso.
Cuando llegamos ya tenía “El Chino” ensillados todos los jamelgos. Los pobres animales, más que miedo daban lástima porque eran bastante pequeños y algo esqueléticos. Desde luego nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver por España. Lo primero que nos contó nuestro guía fue el porqué de su apodo y era por sus orígenes chinos, un abuelo suyo que había venido de allí.
Iniciamos el recorrido por el valle de Viñales transitando caminos rurales que usaban los guajiros a diario. “El Chino” nos contó multitud de anécdotas que le habían ocurrido con los turistas. El hombre no callaba. Era un tipo divertido y simpático. Hablando y hablando y tras un par de horitas de paseo viendo cómo los guajiros araban la tierra con yuntas de bueyes, llegamos hasta nuestro destino, la cueva natural, a la que llamaban los lugareños “Cueva del silencio”. A la puerta se habían concentrado otros grupos de turistas y nos tocó esperar a la entrada hasta que saliera el grupo que estaba en el interior. Nos tocó esperar casi media hora y estuvimos charlando con los otros guías que se dedicaban a pasear a los turistas en sus caballos y nos contaron cómo la policía cuando les pillaba paseando a los turistas, al no tener la mayoría de ellos permiso para hacerlo, les requisaba los caballos y les ponían una multa. También nos contaron que luego los caballos se los vendía la policía a otros guajiros para que el círculo no se cerrara. A todo esto el pobre “Chino” se había tenido que ir a esconder los caballos porque se había corrido el bulo desde el pueblo que la policía andaba por la zona, aunque al final todo resultó ser una falsa alarma. Nos dijo antes de largarse que si alguien nos preguntaba dijéramos que habíamos venido andando por nuestra cuenta.
Escena en el valle de Viñales
Así, haciendo tiempo, salieron los turistas y llegó nuestro turno. La cueva, al ser natural, carecía de toda iluminación, pero en Cuba siempre hay alguien dispuesto a hacerle la vida más fácil al sufrido turista, así que nada se había dejado al azar. Había dos amables señores que, a cambio de una módica propinilla, te acompañaban al interior de la cueva con unas lámparas para mostrarte el camino. En el interior de la cueva había estalactitas y estalacmitas con formas caprichosas. Tras cinco minutos caminando casi en plena oscuridad llegamos hasta nuestro destino, una poza natural de unos diez metros de larga por dos metros de ancha y muy poco profunda. Nosotros éramos cuatro y el único que se animó a pegarse un chapuzón fui yo. Uno de los hombres que nos acompañaba nos contó que la cueva tenía varios kilómetros de distancia y que él se había adentrado unos diez.
Tras la visita, salimos de nuevo al exterior y allí estaba “El Chino” esperándonos con los caballos. Partimos de vuelta por un camino distinto al de la ida. Ahora tocaba paradita en casa de otros guajiros que nos ofrecieron una bebida a base de ron que sabía bastante fuerte. También nos cortaron una piña de la que no dejamos ni rastro. Nos hicimos unas fotos con ellos y para no variar nos intentaron vender algo de tabaco. Nos despedimos y continuamos de regreso a Viñales. La excursión duró en total unas cuatro horas y media.
Para este día teníamos planeado una excursioncilla de tarde hasta “Cayo Jutías”, que no está muy lejos de Viñales, más o menos a una hora de coche. Sorprendentemente en la carretera hacia el Cayo hay bastantes carteles que lo indican, así que es casi imposible perderse. Poco antes de entrar en el cayo hay otro control de policía en el que tan sólo te apuntan la matrícula del coche. A unos 400 m. está la entrada al Cayo en la que hay que pagar 5 CUC por persona. El hombre de la puerta nos pidió un pasaporte o carnet de conducir pero nos habíamos dejado todo en la casa de Viñales así que no quedó otra que improvisar un número de pasaporte más o menos acercado a la realidad y que fue suficiente.
Llegamos a Cayo Jutías y apenas había quince o veinte personas en la playa. Nos situamos en la zona en la que está el bar, donde hay un aparcamiento para coches. Aquí por suerte no había parqueador. Nos agenciamos unas hamacas y sombrillas y nos pegamos un bañito. Había en el agua un pelícano que se le veía al bicho bastante acostumbrado al trato con la gente porque no se alejaba mucho. Me recordó a “Pedro”, el famoso pelícano de Mykonos, en Grecia, aunque éste último es toda una institución en la isla. A su compañero de Cayo Jutías le quedan todavía muchas batallas que guerrear.
Estuvimos unas tres horitas en la playa que tampoco nos pareció nada del otro mundo y enfilamos de vuelta a Viñales porque el hambre empezaba a hacer mella en nuestros estómagos. En el camino de vuelta sucedió el acontecimiento luctuoso del viaje y es que a unos quince kilómetros de Viñales, mientras conducíamos por la carretera se nos cruzó un pollo que dudó en el último momento sobre si darse la vuelta o seguir adelante y le costó la vida porque no se pudo evitar el atropello. Por suerte fue el único bicho que matamos en todo el viaje, aunque las opciones de llevarte por delante a algún perro, pollo, gallina, gallo, caballo, vaca, cerdo, etc. son bastante altas porque campan a sus anchas por todos lados y claro hay veces que es inevitable atropellarlos. En nuestro caso ni siquiera paramos para ver que había sido del pollo pues casi con toda probabilidad nadie se habría inmutado por la desgracia.
Llegamos a casa de Bartolo y el hombre ya nos tenía preparada una sopita de verduras que nos supo a gloria, una ensalada, unas viandas fritas, frijoles, arroz y unos filetes de cerdo. Todo muy rico, aunque creo que el hambre ayudó mucho. Para esa noche habíamos comprado en el supermercado del pueblo una botella de crema de ron, de un color amarillo, que tenía buena pinta. Le pedimos a Bartolo unos hielos y nos preparamos nuestros chupitos para tomarlos otra vez sentados en las mecedoras en el porche, como la noche anterior. Posiblemente fueron estos los momentos de mayor tranquilidad y sosiego de todo el viaje porque el ambiente de Viñales a la caída del sol es increíble. Así, poco a poco y trago a trago nos acabamos la botella.