Nos levantamos de nuevo temprano y las señoras ya nos habían preparado un desayuno completo incluyendo huevos fritos y salchichas. Repusimos energías para compensar la escasa cena del día anterior y partimos hacia el “Monumento al tren blindado”, por delante del cual habíamos pasado el día anterior al entrar en la ciudad.
Aparcamos el coche justo delante del monumento y nos bajamos con la intención de hacer unas fotos a los vagones y al bulldozer que están expuestos en el parque. Nada más pisar el suelo ya nos viene una señora diciendo que teníamos que pagar por estar allí. La contestamos que si por entrar en un parque público hay que pagar y empieza la discusión. Aparece la superiora y empieza una conversación sobre el tema. La mujer, tremenda defensora de la causa revolucionaria, nos empieza a adoctrinar con el tema de siempre, que si somos unos capitalistas y unos “colonizadores”, expresión que a mi mujer la sentó muy mal y la cabreó bastante. Hasta el momento nunca nos habían llamado “colonizadores” en ningún sitio. La mujer nos pregunta “¿Cuántos países han visitado ustedes?” La respondemos, “unos pocos”, y nos dice que ella no ha podido visitar ninguno. La intentamos hacer ver que nuestras intenciones no son ni mucho menos colonizarles, que por suerte no hemos vivido esa etapa de nuestra historia y tan sólo pretendemos empaparnos de la cultura de su pueblo, conocer cómo viven, sus costumbres, etc. La comentamos que nuestro viaje no ha sido el típico viaje del turista que tan sólo va a la playa y que hemos querido ver otra realidad (la mujer se empieza a ablandar poco a poco). La ponemos un ejemplo de nuestro interés, como fue el caso de la tarde anterior en la que nos dio por entrar en un local de un Comité de defensa de la revolución en Santa Clara y preguntar a una persona en qué consistía la labor de esos Comités que están repartidos por todos los lugares de la isla (la explicación, por cierto, bastante superficial, pero no podíamos quedarnos con las ganas de preguntarlo). Tras diez minutos de conversación con la encargada del museo del tren blindado, argumentando e intentando hacerla ver que todo había sido un malentendido porque desde que habíamos bajado del avión todo el mundo nos había intentado sangrar en todas partes y que como suele pasar muchas veces, esta vez habían pagado justos por pecadores, porque en este sitio, en el tren blindado, era el único sitio en el que además de ser el precio de la entrada asequible (2 CUC por persona), te ofrecían un pequeña explicación sobre el tema. Al final, todo quedó zanjado y la mujer rompió a llorar, no sabemos si por nuestros argumentos convincentes o por alguna razón más interior que la hizo reflexionar sobre sus motivaciones y que podríamos acertar a intuir.
Bulldozer en el Monumento al Tren Blindado, Santa Clara
Monumento al Tren Blindado, Santa Clara
Solventado el incidente la señora que se dirigió a nosotros en el primer momento nos hizo una pequeña visita guiada sobre los vagones del tren en los que se habían instalado unos cuadros con fotos y explicaciones de la batalla que tuvo lugar en Santa Clara y que fue clave para el triunfo de la revolución. La mujer se mostraba entusiasmada con su trabajo. Se notaba que la fe en la revolución de las personas que la habían vivido de cerca era muy superior a la de las nuevas generaciones que mostraban una apatía total hacia la causa y en la que no creían en absoluto. En el parque – exposición – monumento al tren blindado hay varios vagones (originales) y el bulldozer utilizado para arrancar los raíles y hacer descarrilar el tren. Sobre la explicación de la batalla hay textos donde se relata mucho mejor que lo que yo podría hacer, así que evito cometer torpezas.
Finalizada la visita, nos dirigimos, aconsejados por la buena mujer, hacia una estatua del Che, que se encuentra a menos de un kilómetro de allí, obra de un escultor vasco, en la que hay múltiples referencias a todas las facetas sociales y políticas de la vida del mediático guerrillero.
Desde aquí sólo quedaba de visitar en Santa Clara el famoso “Mausoleo del Che”. No es difícil de encontrar pues ocupa una amplia extensión de terreno a las afueras de la ciudad de Santa Clara. Se trata de un enorme monumento erigido en honor a su persona, con representaciones a ambos lados, y en los bajos del edificio se encuentra un museo dedicado a la figura del Ché, así como el lugar donde descansan sus restos, junto a los de otros 35 guerrilleros. Lo más curioso del lugar es que, además de no cobrar entrada (cosa muy extraña) no se encuentra ni un solo puesto donde vendan recuerdos sobre el Ché. La explicación es que él odiaba el hecho de que se mercadeara y se hiciera dinero con este tipo de cosas y afortunadamente sus deseos se han respetado, al menos hasta el día de hoy. Sobre el museo decir que es pequeño pero interesante.
Mausoleo del Ché, Santa Clara
Para poder comprar un libro sobre el Ché tuvimos que dirigirnos a una tienda situada fuera del complejo, a un kilómetro del mausoleo.
Después de visitadas las dos cosas más destacables de la ciudad de Santa Clara, cogimos la autopista hacia La Habana. Teníamos por delante 270 kilómetros de carretera. A unos cien kilómetros de La Habana se puso a llover a jarros y nuestra intención de pasar unas horas en las Playas del Este se truncó y tuvimos que tirar hacia la capital. Entramos en la ciudad con la idea de devolver el coche ese mismo día, en lugar de esperar hasta la mañana siguiente, que es cuando nos correspondería, pero al llegar al mostrador de Transgaviota en el Hotel Habana Libre, eran las cuatro menos cuarto y el hombre nos dice que ya está cerrado, que el horario es hasta las tres y media. Por suerte nuestra casa particular está a cinco minutos del hotel, así que llevamos las maletas hasta la casa y parqueamos el coche en un sitio al lado del hotel Habana Libre, hasta el día siguiente que lo devolveríamos.
Volvimos a nuestro cuartel general, Casa Hortensia, en Vedado 25, entre h e i, junto al Habana Libre, nos pegamos una duchita y descansamos un rato. Los días de viaje acumulados empezaban a pasar factura y cada día hacíamos menos y estábamos más cansados (curioso, como el chiste del borracho que cuanto menos bebía más borracho estaba). Con este panorama de agotamiento optamos por repetir la experiencia del mojito en la terraza exterior del Hotel Nacional y allí estuvimos casi una hora antes de ir a cenar al restaurante La Roca (ya se sabe que el hombre es animal de costumbres) y ese día prontito al sobre.