Amanece otro día en la isla. Desayunamos tranquilamente en el coqueto comedor del Palacio Azul. La gerente, directora, camarera, recepcionista y arquitecto nos sirve el desayuno con cuidado esmero para que lo disfrutemos al máximo. La comentamos nuestras intenciones para ese día, entre las que estaban subir a “El Nicho”. Nos dice la mujer que ella estuvo trabajando unos años allí y que la carretera está bastante mal, pero que con nuestro coche (Peugeot 307 break) se puede llegar perfectamente. Charlamos con ella un rato sobre varios temas, la mujer muestra una ternura especial por la figura de Hugo Chávez (parece ser que la visita del 2.007 la impactó sobre manera). No para de hacer alabanzas hacia su persona. Intento desviar la conversación hacia otro tema porque éste ya me hartaba un poco.
Tras desayunar y recoger las maletas salimos a coger nuestro coche y oh sorpresa!, nos encontramos con que está bastante más limpio que el día anterior, y veo que hay un señorín por allí lavando los cinco coches que había en el aparcamiento. Me digo a mí mismo, “vaya por Dios, aquí no hay día que te salves de dar alguna propina”, y eso que eran las 9 de la mañana. Para esa hora el calor era ya insoportable.
Parque José Martí, Cienfuegos
Nos dirigimos en primer lugar hacia el extremo de Punta Gorda, a unos 500 m. de dónde nos habíamos alojados, donde se encuentran los hoteles más bonitos de la ciudad.
Cienfuegos
Desde ahí vamos hacia el centro de la ciudad de Cienfuegos, aparcamos el coche en una calle adyacente al Parque José Martí y a pie nos dirigimos hacia la Plaza Mayor, con su catedral y demás edificios restaurados y pintados. Camino ya de “El Nicho”, a la salida de Cienfuegos, hacemos una última parada en el cementerio.
A pocos kilómetros de Cienfuegos paramos a repostar en el coupet Rancho Luna. ¡Craso error!. Se veía bastante movimiento de coches de alquiler en la gasolinera cuando llegamos, incluso tuvimos que esperar. Cuando me apeo para abrir el depósito el amable dependiente ya tiene la manguera preparada para enchufar la gasolina y me empieza a preguntar por el coche, que si es automático o manual?, que si tiene tracción?, y más chorradas que no venían mucho a cuento, cosa que me chocó un poco, pero no le di mayor importancia. Cuando lo pensaba después todo encajaba. Toda la intención del hombre era distraer mi mirada del surtidor, entreteniéndome con cualquier payasada de conversación. Cuando salimos de la gasolinera ya noté que la aguja del depósito no había subido casi nada, porque teníamos la sana costumbre de repostar siempre la misma cantidad, 20 CUC, como medida de precaución, de forma que así teníamos controladas las rayas del depósito que se tenían que llenar ya que el precio era el mismo en todos sitios, porque ya se sabe que cuando vas de turista por el mundo eres carne de cañón, y Cuba no podía ser la excepción. Total, que algo cabreado di la vuelta y me fui directamente a por el hombre, a reprocharle que nos había engañado vilmente y le amenacé con hacer una denuncia ante la policía de Cienfuegos. El hombre no pareció ponerse especialmente nervioso, me suelta “vamos aquí a la sombra y hacemos números..” Y yo le contesto que no tengo ningún número que hacer, que se de sobra lo que se tiene que llenar el depósito con 20 CUC porque los habíamos repostado otras 4 veces antes. Le digo que nos ponga 5 CUC más sin cobrárnoslo y que lo olvidamos. El tío burro que no y que no. Total, que al final, batalla perdida porque como habréis podido intuir no teníamos ninguna intención de perder una mañana en Cienfuegos poniendo una denuncia, y de eso se valen los hijos de p... Como después nos contaría uno de los hijos de la dueña de la casa en la que nos alojamos en Trinidad, debía ser bastante habitual lo que nos habían hecho porque nos dijo que cuando él trabajó allí, el tío que nos la había líado estaba siempre metido en problemas por la misma historia. Así que, aviso a navegantes, evitad repostar en el coupet RANCHO LUNA, a la salida de Cienfuegos.
Otra anécdota curiosa es que en esa zona los carteles indicadores brillan especialmente por su ausencia. Alguien nos comentó que es la propia gente la que los quita para que los turistas tengan que preguntar la dirección hacia Trinidad, y así los jineteros les intentan llevar a las casas de Trinidad en las que tienen comisión. Nosotros nos colamos de carretera y tuvimos que dar la vuelta porque el desvío hacia Trinidad queda justo detrás de la gasolinera del Rancho Luna y la carretera no es tan fácil de ver viniendo en el otro sentido.
Al final, enfilamos dirección a “El Nicho”. La carretera por la que transitamos era una tortura y según nos acercábamos hacia nuestro destino la cosa se iba poniendo cada vez peor. El tramo de carretera que va desde “Cumanayagua” a “Crucecitas”, de unos pocos kilómetros, es un auténtico infierno. A unas pendientes de más del 15% hay que sumarle unos socavones bestiales que hacían que tuviéramos que ir de lado a lado de la carretera para salvarlos y por supuesto en primera continuamente. Nos empezamos a acojonar un poco. A medio camino apareció a mano izquierda una instalación militar, ya dentro de la “Sierra del Escambray” en la que tenía pinta de no haber más de un puñado de militares desganados así como un cementerio de viejos aviones rusos, totalmente en desuso, bien distribuidos por una explanada de monte, para dar la sensación de ser aquello un “Guantánamo II”. Debe de ser la guerra psicológica con los americanos, por si algún satélite espía localizaba la instalación y dar la sensación de que allí había actividad militar, pero de eso, na de na.
Crucecitas (Sierra del Escambray)
Tras media hora de suplicio llegamos a Crucecitas, una pequeña población en plena Sierra del Escambray. Aquí fue cuando ya nuestra opinión sobre la decisión de continuar hacia El Nicho empezó a cambiar. Desde el pueblecito se tenían unas vistas espectaculares de toda la Sierra. Un paisaje que bien merece las penurias del camino. El tramo de unos siete kilómetros que va desde Crucecitas hasta El Nicho la carretera está recién asfaltada y aunque estrecha y con muchas pendientes, pero el firme está muy bien.
Una de las guajibiyas llevaba todo el trayecto de subida hasta “El Nicho” bastante cabreada y asustada, queriendo que nos diéramos la vuelta y tirar hacia Trinidad. Incluso llegó a enfadarse por haber tomado la decisión de subir por esa carretera infernal, aunque el último tramo, repito, estaba bien. Al final, llegamos hasta nuestro destino, un pequeño aparcamiento desde donde se accedía por una senda peatonal hasta las cascadas de “El Nicho”, pero al ser ya cerca de las cuatro de la tarde y estar empezando a llover, decidimos tocar y darnos la vuelta y volver por el mismo camino, sin haber llegado a ver las famosas cascadas. Así que la cosa se quedó en una medio excursión. Habíamos nadado para morir en la orilla.
camino de acceso a El Nicho
Microuniversidad en plena sierra del Escambray
En el tramo de carretera entre Crucecitas y Cumanayagua, ya de vuelta, paramos en el arcén, donde un guajiro ofrecía plátanos y mangos en el arcén de la carretera, justo al lado de su humilde casa. Teníamos hambre y decidimos comprarle unos plátanos para comer sobre la marcha. Habíamos cambiado algo de moneda nacional por si presentaba la ocasión de usarla y le empezamos a dar billetes y monedas para comprar los plátanos que estabamos comiendo. En un momento determinado el hombre dijo: “Ya vale, con esto es más que de sobra”. No le habíamos dado más que 18 o 20 pesos cubanos, es decir, ni siquiera 1 CUC. Nos llamó la atención esta actitud del hombre de decir a los turistas que no quería más dinero, que era suficiente. Ahí radica la diferencia entre la gente humilde de campo y los jineteros, buscavidas y jetas que hay repartidos por toda la Isla. Entraron en escena los dos críos pequeños, hijos del hombre y la mujer de éste. Los pobres críos descalzos y desnudos. Nos dio tanta pena que allí mismo abrí la maleta y empecé a sacar cosas. Previendo estas situaciones habíamos traído desde España camisetas de propaganda de sobra y les dimos tres o cuatro, un pantalón corto, algún gayumbo, jabón, pasta de dientes, cepillos, la toalla de playa mía y algo de dinero para que les compraran algo a los críos. La escena daba mucha pena. Ellos, agradecidos, nos dieron tres o cuatro mangos para el viaje además de los dos mangos que nos la mujer nos había pelado y cortado sobre la marcha. Partimos del sitio con una sensación extraña en el cuerpo.
Un detalle que también apreciamos por esa zona, y también en algunas otras por las que pasamos es que la gente utiliza mucho vestimenta militar. En la zona del Escambray prácticamente todos los guajiros llevaban pantalones y chaquetas de color verde oliva, militares. Suponíamos que formara también parte de la estrategia de guerra psicológica contra el imperialismo!!. Vaya inocentes están hechos, como si a los americanos los fueran a engañar con cuatro pobres campesinos disfrazados de militares. Cosas del compañero Fidel y su conocida obsesión por la seguridad.
Desandamos todo el camino por la misma carretera del demonio en dirección a Trinidad. Acercándonos a la Provincia de Trinidad por la carretera de la costa ya notamos que la cosa mejoraba en cuanto a que se veía algo de señalización horizontal y vertical en la carretera. Incluso aparecieron los carteles con indicaciones y todo. Este tramo de carretera bordeando la costa es muy bonito. Se pasa por delante de unas cuantas playas, algún viaducto, etc.
A la entrada de Trinidad paramos a hacernos una foto en el monolito que han construido con el nombre de la ciudad, dando la bienvenida y el título de Patrimonio de la Humanidad, con una réplica de la Torre de Manaca Iznaga.
A las puertas de la ciudad ya se nos tiraron encima del coche los buscavidas para intentar llevarnos a las casas particulares donde tienen sus mordidas. Ni siquiera nos detuvimos y preguntando, preguntando pues llegamos a nuestro destino. La casa que teníamos reservada era Casa Margarita, en la calle Jesús Menéndez. Cuando llegamos la señora nos recibe y nos sale con lo de siempre, que se le han presentado unos familiares de repente y que no puede alojarnos (digo yo, qué costará decir la verdad!). La mujer nos acompaña a una casa que está a cien metros de la suya y que se llama “Casa Smith” (por el nombre de la pequeña calle donde se ubica). La propietaria es una señora muy simpática llamada Odalis Valdivia. Nos recibe amablemente, nos enseña la casa, con un patio colonial precioso, y las dos habitaciones que están separadas de la vivienda principal, en uno de los extremos del patio. Las habitaciones tienen aire acondicionado, duchas “normales” (digo lo de normales porque en algunas casas tenían un artilugio en la propia pera de la ducha para calentar el agua, con los cables sueltos y que daba la sensación de que al mínimo descuido te freías. Acojonaba bastante el sistema). Nos gustó la casa, le preguntamos el precio y nos dice que 25 CUC, cuando la casa de Margarita habíamos pactado 20 CUC por habitación. La decimos que nos lo deje en 20 CUC y la señora acepta sin decir nada. Se nota que no estaba la cosa para tirar cohetes y había mucho alojamiento y poco turista. Ya teníamos casa para nuestras dos próximas noches. Odalis nos preparó unos zumos de mango para pasar la sed que traíamos del viaje. Estaban buenísimos. También nos preguntó qué nos apetecía para cenar esa noche. Nos sugiere langosta con salsa de tomate. Le preguntamos si la langosta es de confianza (no porque llevara mucho tiempo en casa con la familia, sino si era fresca). Nos garantiza que todo lo que ofrece a sus huéspedes es recién comprado porque cada día iba al mercado a ver lo que podía conseguir. La oferta nunca es muy variada. Aceptamos comer la langosta lo cual al final resultaría una elección muy acertada.
Plaza Mayor, Trinidad
Trinidad
Odalis nos ofreció parquear el coche en casa de una familia que tenía un patio cerrado, justo al lado de la casa de la trova. El precio era de 2 CUC por día. Al final la cosa se quedaría en 2 CUC por los dos días, no cada día. En cinco minutos apareció un chico que nos guió hasta el parqueo y nos dio las instrucciones para entrar y salir del casco histórico, pues hay vigilantes que no te dejan entrar con el coche si no acreditas que tienes alojamiento allí. Las calles de Trinidad son un poco laberínticas y orientarse lleva un rato.
Deshicimos las maletas y salimos a dar una vuelta por la ciudad. La primera impresión quizás no sea la que uno lleva en mente desde España, pues por lo menos en nuestro caso así fue. Me refiero a que nos lo imaginábamos todo quizás un poco más cuidado y restaurado, pero todas las construcciones están en la situación media de la isla, es decir, pidiendo a gritos y de manera urgente una reparación. Paseamos por las calles adoquinadas del centro, subimos hasta la casa de la música, plaza mayor, y tomamos unas cervecitas en la terraza de las escaleras de la casa de la música, donde a eso de las 6 de la tarde la cosa ya empezaba a animarse con una orquesta tocando música en directo.
Tienda Trinidad
Volvimos a casa de Odalis a catar la famosa langosta. Nos había preparado una ensalada, una sopa, arroz de dos tipos distintos, viandas, plátano verde frito, la langosta y no sé que más. Arroz sobró, ensalada, algo también, pero de la langosta con la salsa de tomate no dejamos nada; Comimos langosta hasta que nos salía por las orejas y eso que veníamos con un hambre atroz, porque al igual que el resto de los días, apenas habíamos comido nada desde el desayuno, salvo los plátanos y los mangos por el camino. La langosta estaba exquisita, al igual que todo lo demás. Ahora entendíamos mejor el por qué todo el mundo aconseja comer en las casas particulares, en lugar de hacerlo en paladares, restaurantes y lugares varios. Felicitamos a nuestra cocinera por su excelente trabajo y ella nos confesó que la gustaba mucho cocinar. La mujer estaba deseando darnos conversación, así que empezamos una charla muy interesante siempre intentando aprender algo más sobre la isla y sus gentes.
Después de la tertulia tan animada y en la que nos habían dado ya las 10 de la noche, salimos a dar una vuelta hasta la casa de la música. Ahora sí que las escaleras estaban bastante llenas de público. Es el lugar donde se congregan todas las noches los turistas para escuchar música en directo y los más osados, incluso salir a bailar. No fue este nuestro caso porque el nivel que se veía era bastante alto y tampoco era cuestión de hacer el ridículo. La gente disfrutaba de lo lindo y los camareros te asaltaban en plenas escaleras con el objetivo de que consumieras cualquier cosa. Nos tomamos unas cervecitas viendo el espectáculo que era muy entretenido hasta la medianoche porque el cansancio de toda la jornada nos pasaba factura y los ojillos se empezaban a cerrar.