Gracias a los consejos del centro de información al visitante y a la completísima web elegimos para hoy el Mist Trail, una excursión para ver las cascadas Vernal y Nevada.
Teníamos previsto hacer el tramo corto, de unos 4’8 kilómetros, para alcanzar la cima de la catarata Vernal y retroceder.
Toda la ascensión es en una pendiente que va de semi-pronunciada a escalerita de roca empinadísima. Aunque el recorrido se llame “mist” por la neblina húmeda procedente del saltante de agua, que va refrescando a los visitantes durante el trayecto, a finales de agosto nos contentamos con que la catarata no esté seca
Calculamos que estaríamos un par de horas, considerando que estamos en buena forma física y que haríamos sólo el primer tramo.

Al llegar a la altura superior de la Vernal fall un cartel nos sugiere que bajemos por otra ruta: ¡menos transitada! ¡sin escaleras! ¡con vistas de la Nevada fall! Nos convence.

Lo que eludía el cartel es que la bajada por el John Muir Trail incluye: ¡primero una subida!

Para los que os interese ver la Vernal fall, a los 20 minutos o media hora del inicio hay un puentecito que sirve como mirador. La gente se para a tomar fotos. También hay una fuente de agua y un baño. Hay mucha gente que llegan a este punto y retroceden. Pero para tener unas vistas muchísimo mejores de la catarata (véase la primera foto) no es necesario llegar hasta arriba, sólo sigue caminando diez minutitos más, y luego si quieres, retrocede.
Un consejo: madrugar. La cantidad de gente aumenta exponencialmente a medida que pasan las horas y se disfruta mucho más con tranquilidad. El disfrutar de la temperatura fresca de las 8 de la mañana también es motivo para recomendar un pronto inicio de la jornada.
Hay varios parkings en el valle pero a nosotros nos funcionó dejar todo el día el coche en el primer sitio disponible (el punto 11 del mapa, una zona de parking con la parada de shuttle enfrente) y usar el shuttle gratuito que tiene varias paradas en el parque.
En cada inicio de trail están indicados los puntos de agua potable y cada dos por tres carteles informativos te piden precaución con los osos. Por lo visto por la noche estos animales salen a buscar alimento y no dudan en forcejear con la puerta de un coche o desgarrar una mochila si huelen comida o cualquier producto fuertemente perfumado como la pasta de dientes.
Las opciones para comer en el parque se reducen a tres o cuatro restaurantes. Nosotros elegimos una pizza en Yosemite Village.
Después de comer nos dirigimos al trail de Columbia Rock y al cabo de una horita de ascenso decidimos que no llevamos el calzado adecuado para afrontar con comodidad el descenso del tramo que tenemos justo enfrente, una pendiente de una especie de gravilla resbaladiza, y mi poca afición a las alturas no disfruta el desnivel sin barreras que queda a un lateral del camino, así que retrocedemos hasta el punto de inicio de la jornada, contemplando por última vez el señorial Capitán y nos despedimos del parque.
Un apunte sobre el calzado: nosotros íbamos con bambas y se podía caminar bien, pero hubiera sido más cómodo, sobretodo para evitar resbalones, un calzado que no tuviese la suela lisa. Algún despistado vimos que se aventuraba a pasear con chanclas (no sé cuán lejos llegaría) y los más preparados llevaban chirucas o calzado de montaña.
Esta noche la pasamos en Groveland, una localidad hacia las afueras de Yosemite, en dirección a San Francisco. El hotel Charlotte es una vieja casita de madera del oeste regentada por una amable señora. La decoración es pintoresca y acogedora.
De interés local es el viejo saloon situado cruzando la calle, The Iron Door el saloon más antiguo de California, que data de 1852, en plena fiebre del oro. El local es auténtico, la comida es decente y la cerveza exquisita.
