Tras un buen desayuno en el hotel (no era tampoco gran cosa, pero ayudaba a empezar bien el día), fuimos a la estación a coger el bus 205 para que nos llevase al templo Kinkaku-ji (Pabellón Dorado). La verdad es que moverse en bus por Kyoto es fácil; hay un mapa muy bueno que te vienen todos los buses con sus rutas y es sencillo orientarse. Sin embargo, nosotros tuvimos problemas con el tráfico, ya que a veces para hacer un trayecto corto estábamos muchos minutos. Hay una tarjeta que cuesta 500 yenes al día con la que puedes viajar en bus por toda la ciudad. Nosotros la compramos en el hotel directamente, aunque también puedes adquirirla en las estaciones importantes.
El Pabellón Dorado, un símbolo de la ciudad
Después de 40 minutos en el 205, donde pudimos ver durante el trayecto la gran cantidad de templos que tiene Kyoto, llegamos al Kinkaku-ji, más conocido como Pabellón Dorado. Este templo, cuyo coste es de 400 yenes por persona, es una de las joyas de la corona de Kyoto.
Patrimonio Nacional por la Unesco desde 1994, este bello templo zen del siglo XIV es de una belleza prodigiosa. La vista con el lago y el bosque verde del resplandor dorado del pabellón principal enamora a cualquiera. La visita dura unos 40 minutos, con el inconveniente de la masificación del lugar, ya que seguramente sea el templo más conocido de Kyoto. La visita sin duda merece la pena.
La tranquilidad zen
A la salida compramos unos dulces de pasta de judía en una bonita que había en frente y cogimos el bus 59 para ir al templo Ryōan-ji, popularmente conocido por su jardín zen, el más importante de Japón. El trayecto en bus son unos 5-7 minutos, ya que está relativamente cerca e incluso se puede ir caminando. La entrada cuesta 500 yenes y lo que más nos gustó de la visita, además del jardín zen, fue los alrededores, donde se respiraba una paz infinita.
Realmente al haber menos masificación, puedes pasear más tranquilamente y valorar la belleza de una ciudad en la que los templos están muy muy cuidados. Dentro había un restaurante recogido con muy buena pinta, aunque supusimos que al ser turístico, sería más caro, así que lo descartamos.
Posteriormente nos desplazamos con dos buses a las cercanías del Castillo Nijo, aunque antes teníamos que comer. Como somos unos pesados y unos exquisitisos, estuvimos más de media hora dando vueltas, buscando sitios para comer. Cada vez nos íbamos alejando más de las grandes calles y nos vimos en un barrio precioso de callejuelas y de negocios muy tradicionales. Finalmente nos decantamos por un pequeño local que, aún hoy en día no sabemos como se llama, pero ponemos fotos de cómo era y la carta, ya que fue la mejor experiencia gastronómica que tuvimos durante el viaje.
La mejor comida de todo el viaje
La carta era pequeña y como teníamos hambre pedimos al azar un surtido de sushi y sashimi y un plato del que no teníamos ninguna referencia, pero que en la foto no tenía una gran pinta. El arriesgarnos fue nuestro mayor acierto. Nada más sentarnos nos pusieron los dos pertinentes vasos de agua y dos tazas de té verde frío para acompañar. A continuación trajeron la bandeja de sushi y sashimi y fue una auténtica explosión de sabor.
Pero el plato fuerte estaba por llegar y fue cuando trajeron el otro, que era una suerte de Kaisedon, pero con un sabor increíble. El plato consistía en una base de arroz de sushi, con alga nori, diferentes pescados cortados en distintas texturas, huevas y unos fideos realizados a base de la típica omelet japonesa. Simplemente, delicioso. El coste total fue de unos 2.100 yenes, es decir alrededor de 20 euros.
Castillo Nijo: normal por fuera, imprescindible por dentro
Con el apetito satisfecho y sin parar de hablar de lo rico que estaba el plato que habíamos probado, nos dirigimos al Castillo Nijo, del que debo confesar que no tenía altas expectativas por lo que había leído y por su imagen desde fuera. Sin duda me equivoqué, porque es impresionante. Es una visita imprescindible. De hecho nos arrepentimos de no haber pagado por unas audioguías,ya que el interior del castillo está atestado de una gran riqueza e interesante historia. Cuenta con varios complejos y las estancias a visitar son hermosas. El único problema es que en esos momentos el calor estaba en su máximo apogeo y nos afectó un poco el cansancio.
Pero disfrutamos mucho de la visita (el precio es de 600 yenes) y fue una buena manera de conocer el Japón también político, alejándonos de esa espiritualidad que nos iba a acompañar durante todo el viaje.
Como estábamos muy cansados y no muy lejos del hotel en bus, nos fuimos un rato para descansar y ducharnos. Ahí pudimos relajarnos algo más de una hora para encaminarnos a nuestro próximo destino: El barrio de las geishas (hay numerosos buses desde la estación que en 10 minutos te dejan al lado de este barrio).
El barrio de las geishas: bello, pero para turistas
Este barrio es un laberinto de pequeñas callejuelas donde la iluminación y los olores de comida recién hecha nos trasladan a otra época. Nos encantó lo que vimos, con la visión del río y una temperatura ideal para pasear y descubrir nuevos negocios. El único problema es que la mayoría de estos negocios están orientados al turismo, por lo que vives las típicas situaciones de personas mostrándote el menú para que entres a su local. Nosotros solo accedimos a probar un helado de té verde, que sinceramente nos encantó y más aún con la vista del río.
Pokemon Go y el Santuario Yasaka
Andamos un poco más y, gracias a una recomendación de una pareja española que nos habíamos encontrado por la mañana, nos dirigimos al Santuario Yasaka, un templo que tampoco cierra y que es famoso por sus farolillos. La visión algo elevada por la noche es increíble, fue una gran experiencia. Además, y a modo de curiosidad, nos encontramos con un gran número de personas jugando a Pokemon Go, muchas de ellas adultas y solas. Nos resultó curioso, quizás con los años es una buena imagen del ‘boom` que tuvo ese juego durante esos meses.
A continuación, y como en los viajes siempre hay “una de cal y otra de arena”, cometimos uno de los peores errores y nos metimos en una especie de bar que tenía una pinta como de “tasca” y que nos pareció muy conveniente, ya que parecía como un sitio de ‘tapas’ auténtico. No nos dimos cuenta de que la mayoría de los clientes eran personas extranjeras y que a veces no hay que precipitarse. Por suerte solo pedimos dos tapas y agua. Nada de lo que pedimos era especialmente bueno y nos cobraron como 1600 yenes. Hubo gente que corrió peor suerte a nuestro lado y había pedidos numerosos platos y que luego al ver la cuenta, y tras la mala experiencia, puso cara de susto.
El okonomyaki de la tasca
Como queríamos desquitarnos de esta mala experiencia, volvimos a adentrarnos en el barrio de las geishas, aunque veíamos todo muy turístico. Cuando ya estábamos por desistir, mi hermana se fijó en un pequeño local de aspecto cutre que decían en un cartel mal escrito que hacían okonomyaki, la famosa “pizza de Osaka” (a mí me parece más bien como una tortilla). Vimos que no había nadie y que tenía efectivamente un aspecto nada orientado a turistas y nos decidimos a entrar.
Al entrar nos sentamos alrededor de la gran plancha y le pedimos al cocinero un okonomyaki para compartir. Pudimos ver el proceso de cómo la iba haciendo lentamente y volvimos a sonreír. Más aún cuando la probamos, ya que estaba muy rica y suave en su textura. El precio de este manjar no llegaba a los 700 yenes. La comparación con el anterior era odioso, pero así son los viajes.
Ya en el hotel, redondeamos el día con un poco de bebida. Mi hermana se compró una cerveza y yo me pedí un cóctel a base de ginebra. Fue el broche final a un día de enormes emociones.
Justo en esos momentos fue cuando se me ocurrió quizás la mayor locura con respecto a nuestra ajustada programación del viaje. Mientras bebía y usaba mi móvil investigando sobre Nara, nuestro próximo destino, no pude dejar de leer cosas buenas de Dotonbori, uno de los barrios más famosos de Osaka. Le propuse a mi hermana pasar la tarde-noche en Osaka, algo que parecía una locura por la falta de tiempo y la paliza que suponía. Nos fuimos a la cama con la duda y con todas las opciones abiertas, aunque yo estaba muy decidido a intentarlo.