Ahora sí, a hablar de mi viaje
Llegúe a Lima el día 2 de diciembre en un día caluroso y nublado. El aeropuerto Jorge Chávez me impactó con su gran tránsito de pasajeros y por sus estrictos controles de seguridad: las valijas son escaneadas interminablemente. Luego de aproximadamente unas 2 horas de espera, salgo finalmente a la sala de llegadas. Busco con la mirada a mi amiga peruana Diana que afortunadamente me acompañará en este viaje por el país.
Recorriendo la ciudad[u]
Siendo las 9.30 de la mañana nos dirigimos a desayunar comida típica peruana pero no se si tan acorde al horario del día. El mismo consistía de camote frito ( al camote se lo llama también Boniato en Uruguay, Camotillo en Chile, batata en Argentina, patata dulce en España y me quedarán otras denominaciones), chicharrón, cerdo frito y tamal chinchano relleno de pollo. Una caricia al estómago.
Luego de recargadas las energías, nos dirigimos al museo Larco. Para llegar allí, Diana me recomendó experimentar los ómnibus limeños. Quedé sorprendido por el sistema de cobro y por cómo anuncian su destino. No les comentaré más, les dejo la oportunidad para que la experimenten.
Ya el tráfico de la capital peruana empieza a confundirme: nunca estuve en una ciudad tan caótica para manejar pero lo que más me llama la atención es que sus habitantes saben, como diríamos en mi país, “revolverse como gato entre la leña”: son muy capacitados y experimentados para adaptarse a este clima caótico.
El museo es muy interesante con exposiciones variadas para aprender sobre la historia precolombina del país trasandino. La entrada cuesta unos 9 dólares (diciembre 2016) y lleva 1 hora recorrerlo aproximadamente. De ahí nos fuimos nuevamente a comer, esta vez a almorzar. Ordené uno de los platos estrellas de la gastronomía peruana: el Lomo Saltado. Una exquisita combinación de lomo salteado con verduras acompañado con papas fritas y arroz.