El alojamiento Casa de Santiago es la última edificación de la calle Grau. Esta calle continúa por un camino de tierra que discurre entre terrazas y fincas de cultivo y que conduce al mirador de Cejana. Y es el punto por donde tienen que pasar los que vuelven del Oasis Sangalle y dan por finalizado su trek en el cañón del Colca.
Como inician esta subida en la madrugada, los más avezados comienzan a llegar a la población sobre las 7 de la mañana. Y muchos de ellos se detienen a desayunar en este alojamiento.
Así que antes de esa hora nosotros ya hemos desayunado. Y ya hemos visto como los primeros rayos del sol iluminan las cumbres de las montañas que rodean el pueblo.
Caminamos como unos veinte minutos por este camino hacia el MIRADOR DE CEJANA. Altitud 3.350 m.
En este mirador hay una pequeña plataforma de madera con techo y barandillas que se encuentra ya completa con los primeros caminantes que han ascendido desde Sangalle.
Aunque es temprano, ya está allí una chica pidiendo el boleto turístico.
El flujo de personas subiendo es constante. Muchos de ellos con cara descompuesta y resoplando.
Esto no es que anime mucho.
Nosotros no queríamos hacer el trek pernoctando en el Oasis. Pero yo sí que tenía deseos de visitarlo en el día y volver. Pero todo lo que se lee te desaconseja esa opción por las altas temperaturas que se puede alcanzar al fondo del cañón cuando el sol avanza. Por eso comienzan la subida de madrugada y con la fresquita. Los mismos consejos nos dieron la gente con la que hablamos en el hotel.
Pero yo quería intentarlo.
La visión de la subida, para nosotros bajada, en casi verticalidad y con zigzag cortos tampoco te infunde mucho optimismo.
Comenzamos a bajar con la intención de volvernos como a la mitad de camino. Por ver más cerca el fondo del cañón.
Nos seguimos encontrando con mucha más gente que asciende con todo el esfuerzo que la pendiente demanda y a la que dejamos paso. El piso está completamente lleno de piedras sueltas.
El paisaje es bonito y el fondo del cañón parece que nos llama. Seguimos bajando, y bajando. Ya nos cruzamos con los que parece que son los últimos en subir. El sol ya da en todo este lateral de la montaña.
Mi marido hace rato que me dice que todo aquello que bajamos luego hay que subirlo. Todo por el miedo al calor asfixiante del cañón con el que nos han amenazado. Y la verticalidad de la subida.
Ya casi teníamos el Oasis muy cercano. A unas cuantas rampas.
Me doy por vencida y comenzamos la vuelta porque no estoy segura de tener razón. De forma tranquila, con pasos cortos y descansando cada par de rampas.
Me había puesto como objetivo más cercano dos grandes eucaliptos cuya visión no perdía. Para hacerme más llevadera la gran pendiente.
Y cuando quisimos darnos cuenta ya habíamos alcanzado los eucaliptos. Y resulta que estos árboles son los de la plataforma del mirador de Cejana.
Eran las once de la mañana y ya comenzaba un arriero con tres mulas a bajar hacia el Oasis. Me imagino que para ofrecerlas a la gente que pudiera volver en la tarde.
Que esa era la opción que yo planteaba. Volver por la tarde con menos calor.
Que rabia me dio. Perfectamente podíamos haber llegado al Oasis, tomarnos allí una cerveza, (que no sé si eso es posible) y haber vuelto poco después del mediodía. Es muy exagerado lo que dicen del calor del fondo y la subida desde el cañón. Ya no hacía el fresco de la mañana temprana, pero para nada era asfixiante.
Dependerá también de la época del año en que se visite.
Es cierto que el desnivel de la subida es brutal. Pero si se hace correctamente, acompasando la respiración y los pasos es factible de realizar. Yo creo que el problema es que la gente quiere subir rápido y no se detiene a recuperar la respiración. Y que esa sería la causa de las caras descompuestas con las que nos cruzamos.
Nos volvimos a la plaza del pueblo sin saber que hacer el resto de la mañana.
Hay otra caminata desde Cabanoconde a las ruinas de Kallimarka, a 3.700 m. Unas ruinas correspondientes a la población cabana anterior a la actual. Pero no nos convencía porque nadie sabía por dónde comenzaba la subida, signo de que no es muy frecuentada. Y cabía la posibilidad que fuera otro montón de piedras como las murallas cercanas al mirador de Achachihua. Y no íbamos a cambiar esta subida por la que habíamos dejado a medias.
Había un colectivo que estaba próximo a salir hacia Chivay.
Nos subimos en el mismo y le dijimos que nos dejara en el mirador de la CRUZ DEL CONDOR.
Volvimos a recrearnos con las vistas de este mirador que ya no tenía tanta gente como en horas más tempranas. Pero en esta ocasión no fue posible ver a ningún cóndor.
El día anterior no había, o yo no me había fijado, las muchas vendedoras de recuerdos y de tejidos y artesanías de la región. Estuve mirando un sombrero cabana como el que las mujeres del pueblo llevan. Pero aquello tenía muchos bordados sobre paño grueso y debe de dar bastante calor.
La distancia del mirador al pueblo de Cabanoconde es de 12 kilómetros. Comenzamos a volver por el margen de la carretera.
Nos detuvimos en otro mirador muy vistoso que pasa desapercibido por su cercanía al mirador del Cóndor.
MIRADOR DE TAPAY- 3.600 m.
Es un mirador muy tranquilo. No había nadie. Ni vendedores de nada.
Tampoco había cóndores volando.
Este es otro mirador desde el que se pueden ver cóndores volando. Que no fue nuestro caso. Seguramente por lo avanzado ya de la hora. Hay que visitarlo en horas más tempranas.
Tiene una de las mejores visiones panorámicas del cañón y de su margen derecha.
Precisamente el nombre de Tapay es porque justo enfrente, en la margen derecha del cañón, se encuentra el pueblo de Tapay. Asentado en un pequeño vallecito andino, con unos andenes agrícolas que soportan una pendiente importante.
Es este pueblo, junto con Sangalle, el único lugar en que se cultivan frutales. La etnia que se aposentó en este lugar practicó ya la agricultura de granos y frutales con mucha más antigüedad que el resto de poblaciones del Colca. Los andenes de Ccaccatapay así lo demuestran. Estas ruinas podrían ser la antigua población de Tapay que se encuentra a un kilómetro de las mismas.
En el camino de vuelta a Cabanoconde nos encontramos con un gran cartel anunciando el pueblo y que nos había pasado desapercibido. Un cartel colorista con figuras pintadas alusivas a la leyenda que expone: Bienvenidos a Cabanoconde, el país del maíz cabanita y cuna de la princesa Juanita.
Y ciertamente en este pueblo el maíz es el cultivo mayoritario. Y tostado bien rico que está.
Cuando el maíz crece, las primeras matas que recogen las llevan a la iglesia para que las “bauticen”.
Repetimos paisajes preciosos de andenes agrícolas y repetimos el tramo desde San Miguel al pueblo. Con el maíz ya nacido tienen que estar estos campos aún más vistosos.
Al igual que las vistas desde los miradores al cañón en la época de lluvias los colores deben ser más vivos y verdosos.
Nos volvió a pasar lo mismo que el día anterior. Ya no vendían bocadillos y en el lugar dónde comimos el día anterior, la señora no aparecía por ningún sitio.
En la misma plaza probamos suerte en un lugar que se anunciaba como pizzería que parecía ya estar cerrado. Pero dentro estaba una chica que dijo que nos preparaba una pizza y un lomo saltado. No tenían ni bebidas.