DÍA 2: En París se inventaron las escaleras o el día de las panorámicas.
Paseo hasta Notre Dame: entramos en la ciudad de la ciudad.
Madrugamos un poquito este segundo día, ya que habíamos pensado subir en las torres de Notre Dame, y sabíamos que las colas serían largas.
Nuestro barrio se levantada perezoso. Unos panes en la boulangerie de la esquina ¡qué chicas tan amables! ¡y que pan tan bueno! y a andar un ratito casi en solitario hasta l`Île de la Cité. Cruzamos por sitios muy hermosos y al pasar a la Cité realmente se siente que estás en otro lugar. Es una bonita sensación cuando vas temprano.
Pasamos por el antiguo Reloj, por la Conciergerie, la Sainte Chapelle, y así llegamos a la plaza de la Catedral.
Notre Dame: tranquilidad y paz bajo la luz de las vidrieras.
La primera vez que se ve Notre Dame resulta pequeña (sobre todo si vives en Sevilla), pero ¡tan armónica!, y en el contexto en el que está, recortada contra el cielo, elevándose sobre el río. Realmente hermosa.
Paseo hasta Notre Dame: entramos en la ciudad de la ciudad.
Madrugamos un poquito este segundo día, ya que habíamos pensado subir en las torres de Notre Dame, y sabíamos que las colas serían largas.
Nuestro barrio se levantada perezoso. Unos panes en la boulangerie de la esquina ¡qué chicas tan amables! ¡y que pan tan bueno! y a andar un ratito casi en solitario hasta l`Île de la Cité. Cruzamos por sitios muy hermosos y al pasar a la Cité realmente se siente que estás en otro lugar. Es una bonita sensación cuando vas temprano.
Pasamos por el antiguo Reloj, por la Conciergerie, la Sainte Chapelle, y así llegamos a la plaza de la Catedral.
Notre Dame: tranquilidad y paz bajo la luz de las vidrieras.
La primera vez que se ve Notre Dame resulta pequeña (sobre todo si vives en Sevilla), pero ¡tan armónica!, y en el contexto en el que está, recortada contra el cielo, elevándose sobre el río. Realmente hermosa.

Ya sabíamos que encontraríamos una buena cola en las torres, pero no había nadie para entrar en la catedral, y no pudimos resistir la tentación.
La catedral abre todos los días en horario de 8:00-18:45 (19:15, sábado y domingo), la entrada es gratuita. A lo largo de la mañana se forman amplias colas para entrar que, aunque no sean muy lentas, hacen que tengas que ver la catedral entre mucha gente, lo que le quita encanto. Los sábados, a las 14:30 hay visitas guiadas gratuitas en español (se espera debajo del órgano en el interior de la catedral).
Entramos con poca gente. Es impresionante. La luz desde las vidrieras y la paz que se respira la convierten en un auténtico lugar para la reflexión y la tranquilidad.
A los niños los sentamos en mitad de la nave central y, mientras recorríamos por turnos buena parte de la catedral les contábamos historias sobre maestros canteros y luz en las vidrieras, lo que los entretuvo bastante.
El paseo por el deambulatorio fue precioso, a la belleza de las vidrieras se unían los efectos sobre las estatuas y el suelo.

En una de las capillas laterales, muy cerca de la salida, hay una maqueta sobre la construcción de la catedral. Es bastante didáctica y les gustó mucho a los niños.
Al salir volvimos a recrearnos con el estatuario de las puertas. Es curiosísimo. A los niños les encantó buscar “cosas raras” como el hombre sin cabeza, o los demonios, o los animales.
Las fantásticas vistas desde las torres, con las gárgolas como testigos, emocionante.
Cuando llegamos a la subida de las torres, normal, ya había bastante gente esperando. Creo que llegamos a hacer unos cuarenta minutos, pero los niños estuvieron todo el rato muy entretenidos con el puñado de torres eiffel que habíamos comprado y un par de cochecillos.
La subida a las torres se hace desde el lateral derecho de la catedral y es una visita independiente a la misma. Abren de 10:00 a 18:30 (en verano, sábados y domingos hasta las 23:00), cuesta 7,5 € la entrada y la Museum Pass es válida, pero aquí no ahorra la espera puesto que el aforo de las torres es limitado (dejan pasar de veinte en veinte). No hay ningún peligro para los niños. Todo está vallado incluso por arriba. Puestos a elegir cola, yo prefiero ver el interior de la catedral con poca gente y luego aguantar un rato aquí.
La subida se hace por unas formidables escaleras de caracol (abstenerse claustrofóbicos). Te hacen pasar primero a un tiendecilla, aunque te dejan poco tiempo (una pena, creo que habríamos picado algo allí). Y luego, a subir, a subir, creo que unos cuatrocientos escalones. A los niños les pareció muy divertido, estos todo lo que sea triscar…
Cuando llegamos arriba realmente disfrutamos. Las vistas son preciosas. Nos pilló un día luminoso y realmente se ve todo París, con el encanto añadido de que lo ves bajo el prisma de gárgola inmemorial, las que han visto levantarse París, las que siempre están (gracias Viollet).
Aunque ya he dicho que el aforo es limitado, una vez que estás arriba, puedes disfrutar todo lo que quieras de las vistas y de las gárgolas. En una de las torres incluso se puede subir un poco más, arriba del todo.
La catedral abre todos los días en horario de 8:00-18:45 (19:15, sábado y domingo), la entrada es gratuita. A lo largo de la mañana se forman amplias colas para entrar que, aunque no sean muy lentas, hacen que tengas que ver la catedral entre mucha gente, lo que le quita encanto. Los sábados, a las 14:30 hay visitas guiadas gratuitas en español (se espera debajo del órgano en el interior de la catedral).
Entramos con poca gente. Es impresionante. La luz desde las vidrieras y la paz que se respira la convierten en un auténtico lugar para la reflexión y la tranquilidad.
A los niños los sentamos en mitad de la nave central y, mientras recorríamos por turnos buena parte de la catedral les contábamos historias sobre maestros canteros y luz en las vidrieras, lo que los entretuvo bastante.
El paseo por el deambulatorio fue precioso, a la belleza de las vidrieras se unían los efectos sobre las estatuas y el suelo.


En una de las capillas laterales, muy cerca de la salida, hay una maqueta sobre la construcción de la catedral. Es bastante didáctica y les gustó mucho a los niños.
Al salir volvimos a recrearnos con el estatuario de las puertas. Es curiosísimo. A los niños les encantó buscar “cosas raras” como el hombre sin cabeza, o los demonios, o los animales.


Las fantásticas vistas desde las torres, con las gárgolas como testigos, emocionante.
Cuando llegamos a la subida de las torres, normal, ya había bastante gente esperando. Creo que llegamos a hacer unos cuarenta minutos, pero los niños estuvieron todo el rato muy entretenidos con el puñado de torres eiffel que habíamos comprado y un par de cochecillos.
La subida a las torres se hace desde el lateral derecho de la catedral y es una visita independiente a la misma. Abren de 10:00 a 18:30 (en verano, sábados y domingos hasta las 23:00), cuesta 7,5 € la entrada y la Museum Pass es válida, pero aquí no ahorra la espera puesto que el aforo de las torres es limitado (dejan pasar de veinte en veinte). No hay ningún peligro para los niños. Todo está vallado incluso por arriba. Puestos a elegir cola, yo prefiero ver el interior de la catedral con poca gente y luego aguantar un rato aquí.
La subida se hace por unas formidables escaleras de caracol (abstenerse claustrofóbicos). Te hacen pasar primero a un tiendecilla, aunque te dejan poco tiempo (una pena, creo que habríamos picado algo allí). Y luego, a subir, a subir, creo que unos cuatrocientos escalones. A los niños les pareció muy divertido, estos todo lo que sea triscar…
Cuando llegamos arriba realmente disfrutamos. Las vistas son preciosas. Nos pilló un día luminoso y realmente se ve todo París, con el encanto añadido de que lo ves bajo el prisma de gárgola inmemorial, las que han visto levantarse París, las que siempre están (gracias Viollet).
Aunque ya he dicho que el aforo es limitado, una vez que estás arriba, puedes disfrutar todo lo que quieras de las vistas y de las gárgolas. En una de las torres incluso se puede subir un poco más, arriba del todo.



Risas, juegos y fotos en los alrededores de la Catedral.
Al bajar, fuimos rodeando la Catedral, por uno de los laterales y por la parte de atrás hay unos tranquilísimos jardines (parece mentira, tal y como llega a ponerse la plaza) que además de ser preciosos y de disfrutar de unas vidtas impresionantes del edificio y el entorno, tienen zonas de juego para niños. Así que nada, después de la visita, unas risas, unos juegos y a continuar.

El batobus: caluroso, curiosas vistas a nivel del río.
¿Y qué hacemos ahora? De superitinerario nada. A ver ¿qué se hace cuando se llega a París? ¡Ir a ver la Torre Eiffel! pues nada, allá vamos.
¿Y qué hacemos ahora? De superitinerario nada. A ver ¿qué se hace cuando se llega a París? ¡Ir a ver la Torre Eiffel! pues nada, allá vamos.

Decidimos coger el Batobus en un muelle muy cerca de la Catedral. Fue un acierto, ya que lo estuvimos utilizando como medio de transporte durante todo el día.
Por el Sena hay innumerables compañías de barcos turísticos. Algunas, como los [i]Batobus, funcionan como una especie de autobuses de río. Tienen una serie de paradas, justo en los lugares más emblemáticos, y con el ticket adquirido puedes subir y bajar tantas veces como quieras. El precio fue de 12 € la entrada de adulto y de 6 la de niño. Ya veis, es un barco para empezar a aprovechar desde por la mañana.[/i]
En el Batobus hace calor. Está preparado para la lluvia, pero no para el sol, como todo en París, pero se le perdona. El paseo es muy agradable, y permite ir teniendo una vista diferente de la ciudad: el relajado ambiente de los muelles, los monumentos y los preciosos puentes que cruzan el río.
Torre Eiffel: la gran dama.
Desde el río la Torre Eiffel se ve justo cuando has llegado a ella.
Por el Sena hay innumerables compañías de barcos turísticos. Algunas, como los [i]Batobus, funcionan como una especie de autobuses de río. Tienen una serie de paradas, justo en los lugares más emblemáticos, y con el ticket adquirido puedes subir y bajar tantas veces como quieras. El precio fue de 12 € la entrada de adulto y de 6 la de niño. Ya veis, es un barco para empezar a aprovechar desde por la mañana.[/i]
En el Batobus hace calor. Está preparado para la lluvia, pero no para el sol, como todo en París, pero se le perdona. El paseo es muy agradable, y permite ir teniendo una vista diferente de la ciudad: el relajado ambiente de los muelles, los monumentos y los preciosos puentes que cruzan el río.
Torre Eiffel: la gran dama.
Desde el río la Torre Eiffel se ve justo cuando has llegado a ella.

Al principio aturde la cantidad de gente que la rodea, pero a pesar de eso es tremendamente impresionante. Los cuatro la mirábamos embebidos, olvidando el guirigay que teníamos en torno. Hay iconos mundiales que no consigues entender porqué lo son, pero la Torre Eiffel realmente sí merece serlo, y te das cuenta cuando estás allí, admirándola. Sólo por ella merece la pena el viaje.

Pero bueno, la barriga, que no se alimenta de iconos, requiere ser rellenada. ¿Y dónde mejor que mirando la Torre? Justo al lado de los pilares hay bonitos jardines laterales (no me refiero a los Campos de Marte, que están más alejados, estos están justo al lado) así que una agradable comida mirando y admirando la torre y, después de reponer fuerzas… iniciamos la segunda gran subida del día.
Teníamos muy claro que no íbamos a ir en los ascensores. Mi marido tiene vértigo y yo sé por experiencia que subir en esos tambaleantes y abarrotados ascensores impone bastante. Además, las colas son insoportables. Así que a por las escaleras.
En la subida a la torre por las escaleras apenas hay que hacer cola. Cuestan 4 € los adultos y 3,10 € los niños.. La Museum Pass no es válida. En el primer piso vimos una máquina expendedora de tickets en la puedes pagar un suplemento para seguir subiendo en ascensor hasta el segundo piso.
Las escaleras son comodísimas. De hecho se veían bastante niños subiendo. Lo de que las vistas igual las tienes desde algún otro monumento es verdad, pero es que hay que subir a la torre, verle las tripas por dentro, sentirla en toda su grandiosa arquitectura. Merece la pena al cien por cien.
Subimos sólo hasta el primer piso. Los niños tan contentos como antes. Las vistas tanto de la ciudad como de la torre por dentro son impresionantes, incluso más que desde pisos superiores.
Teníamos muy claro que no íbamos a ir en los ascensores. Mi marido tiene vértigo y yo sé por experiencia que subir en esos tambaleantes y abarrotados ascensores impone bastante. Además, las colas son insoportables. Así que a por las escaleras.
En la subida a la torre por las escaleras apenas hay que hacer cola. Cuestan 4 € los adultos y 3,10 € los niños.. La Museum Pass no es válida. En el primer piso vimos una máquina expendedora de tickets en la puedes pagar un suplemento para seguir subiendo en ascensor hasta el segundo piso.
Las escaleras son comodísimas. De hecho se veían bastante niños subiendo. Lo de que las vistas igual las tienes desde algún otro monumento es verdad, pero es que hay que subir a la torre, verle las tripas por dentro, sentirla en toda su grandiosa arquitectura. Merece la pena al cien por cien.
Subimos sólo hasta el primer piso. Los niños tan contentos como antes. Las vistas tanto de la ciudad como de la torre por dentro son impresionantes, incluso más que desde pisos superiores.

En este primer piso además hay muy poca gente (los mogollones se acumulan más arriba). Por lo tanto puedes recrearte en las vistas, en la torre y en los montones de carteles explicativos y curiosos que hay por doquier (están preparados para los niños pero la verdad es que son curiosísimos). Un pequeño cine, donde ponen trozos de películas en los que sale la Torre, completan un lugar para disfrutar y en el que los niños estuvieron a sus anchas.

Vuelta al batobus: más calor y más vistas.
¿Y ahora? Pues nada, como queda un trocito de tarde, vamos al Quartier Latin, que hay un par de iglesias que quiero ver.
Vuelta al caluroso Batobus, vuelta a las curiosas vistas de París, los niños soñolientos, y ya un poco cansados… y al Quartier Latin, un barrio típico donde los haya en París.
Paseo por el Quartier Latin: en busca de las iglesias.
El paseo por el Quartier Latin lo visitamos a golpe de mapa, para descubrir unas iglesias que me interesaban. Igual que el día anterior, volvimos a prescindir del metro, lo que hizo que el recorrido nos cansara a todos.
La primera de las iglesias era la de San Severín, buscando unas vidrieras de uno de mis pintores favoritos: Chagall. Pero, después de ir bastante rápidos porque el cierre estaba cerca, las vidrieras resultaban bastante decepcionantes, y no tenían nada de especial.
Para la segunda de las iglesias, la de Saint Etienne du Mont, la carrera fue aún mayor y ¡cuesta arriba! Nos permitió ver el ambiente del Barrio Latino. Nos recordó un poco a Triana, donde vivimos, es un barrio con el mismo encanto que cualquier barrio de París, sin nada especial, aparte de la historia que encierra. Lo que sí es verdad es que los precios de bares y restaurantes eran aquí más asequibles.
La Iglesia de Saint Etienne du Mont está justo al lado del Panteón, y haciendo honor a su nombre, corona un cerro, como bien comprobamos. Realmente merece la pena tanto por su bella estructura exterior, como por su interior, de una blancura y una luminosidad perfecta, con un precioso jumbé al fondo. Entramos cuando ya había empezado la misa y eso la hizo aún más hermosa, ya que la misa era cantada y utilizaban el órgano. Estuvimos allí hasta que ya los niños no pudieron más (¡una misa! ¡y en francés!), aunque nos habríamos quedado más tiempo.
¿Y ahora? Pues nada, como queda un trocito de tarde, vamos al Quartier Latin, que hay un par de iglesias que quiero ver.
Vuelta al caluroso Batobus, vuelta a las curiosas vistas de París, los niños soñolientos, y ya un poco cansados… y al Quartier Latin, un barrio típico donde los haya en París.
Paseo por el Quartier Latin: en busca de las iglesias.
El paseo por el Quartier Latin lo visitamos a golpe de mapa, para descubrir unas iglesias que me interesaban. Igual que el día anterior, volvimos a prescindir del metro, lo que hizo que el recorrido nos cansara a todos.
La primera de las iglesias era la de San Severín, buscando unas vidrieras de uno de mis pintores favoritos: Chagall. Pero, después de ir bastante rápidos porque el cierre estaba cerca, las vidrieras resultaban bastante decepcionantes, y no tenían nada de especial.
Para la segunda de las iglesias, la de Saint Etienne du Mont, la carrera fue aún mayor y ¡cuesta arriba! Nos permitió ver el ambiente del Barrio Latino. Nos recordó un poco a Triana, donde vivimos, es un barrio con el mismo encanto que cualquier barrio de París, sin nada especial, aparte de la historia que encierra. Lo que sí es verdad es que los precios de bares y restaurantes eran aquí más asequibles.
La Iglesia de Saint Etienne du Mont está justo al lado del Panteón, y haciendo honor a su nombre, corona un cerro, como bien comprobamos. Realmente merece la pena tanto por su bella estructura exterior, como por su interior, de una blancura y una luminosidad perfecta, con un precioso jumbé al fondo. Entramos cuando ya había empezado la misa y eso la hizo aún más hermosa, ya que la misa era cantada y utilizaban el órgano. Estuvimos allí hasta que ya los niños no pudieron más (¡una misa! ¡y en francés!), aunque nos habríamos quedado más tiempo.

A la salida rodeamos un rato el Pantheon, que ya estaba cerrado, nos resultó imponente y hermético.

Al bajar estuvimos un rato en el pequeño jardín que rodea la iglesia de Saint Julien le Pauvre, con unas preciosas vistas sobre Nôtre Dame, que está justo al otro lado.
Buscamos un rato, la verdad es que tampoco mucho, la famosa librería Shakespeare and Co. pero no dimos con ella, y los niños (y nosotros) estaban ya realmente cansados, así que nada.
Un último viaje en el batobus hasta la parada del Louvre. En la espera los niños tocan con los músicos callejeros (definitivamente teníamos que haber traído el sombrero).
Este último paseo fue realmente hermoso. La luz del atardecer en los quais y sobre el río, el tranquilo ambiente...
Volvemos a casa después de ver iluminarse las pirámides del Louvre. Magnífica puesta de sol.
Un último viaje en el batobus hasta la parada del Louvre. En la espera los niños tocan con los músicos callejeros (definitivamente teníamos que haber traído el sombrero).
Este último paseo fue realmente hermoso. La luz del atardecer en los quais y sobre el río, el tranquilo ambiente...
Volvemos a casa después de ver iluminarse las pirámides del Louvre. Magnífica puesta de sol.
