Llegaba el último día de nuestra estancia en Roma. Gracias a que Max y Lavinia no nos pusieron ningún tipo de pega a dejar las maletas en el apartamento durante el día (ya que no tenían ningún otro inquilino), nos planteamos la mañana con más tranquilidad de lo que podía haber sido en caso contrario. Mientras que Emma y su abuelo se iban a quedar en el apartamento para ir más tarde al Vaticano a esperarnos, el resto del grupo íbamos a visitar los Museos Vaticanos (con la intención principal de ver la Capilla Sixtina) y la basílica de San Pedro.
Pero nos encontramos con un pequeño inconveniente. Ese día si, el tiempo era malísimo. Diluviaba sobre Roma, pero aun así, decidimos mantener el plan. Pese a los paraguas, capuchas y demás, llegamos a la puerta de los Museos Vaticanos empapados, eso si, puntuales al máximo (teníamos las entradas a las 9:00 y estábamos en la puerta a las (8:55).
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Cruzando el puente S.Angelo en pleno diluvio
Cruzando el puente S.Angelo en pleno diluvio
Tras los controles rutinarios de seguridad , canjear nuestros vouchers por los billetes para entrar y adquirir un par de audioguías, nos adentramos en la colección más importante de la iglesia Católica que acoge a más de 6 millones de visitantes al año. Pese a que íbamos advertidos de que la cantidad de gente a veces es insoportable, nosotros no tuvimos ese problema y pudimos disfrutar bastante de los diferentes museos y exposiciones disponibles. Sin embargo, teníamos claro que el objetivo era ver la Capilla Sixtina (yo ya había visto los museos con más detenimiento anteriormente, pero el resto estaba de acuerdo). Así que cuando llegó el momento de decidir si hacer el recorrido largo o ir directamente a la famosa estancia, elegimos la segunda opción, aunque deteniéndonos en algunas partes de La Galería de los Tapices y de la Galeria de los Mapas. Eso si, cosas tan importantes como las estancias de Rafael las dejamos fuera de la visita.
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Museo de antigüedades clásicas
Museo de antigüedades clásicas
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El techo dorado de la galeria de los mapas
El techo dorado de la galeria de los mapas
Al llegar a la Capilla Sixtina estuvimos un buen rato disfrutando con las explicaciones que en la guía había para cada una de las pinturas de Miguel Angel. Acabamos con dolor de cuello de mirar hacia arriba, pero todo el tiempo es poco para admirar este lugar. Cuando llegó el momento de salir, nos hicimos los "despistados" y salimos, junto con un grupo de visitantes, por la salida de "grupos" (en la parte posterior derecha de la capilla). No fue algo fortuito, ya que sabía perfectamente que saliendo por allí entrabas directamente a la basílica de San Pedro sin hacer cola (algo que mi padre ya nos había avisado desde fuera que sería de unas dos horas). Nadie nos dijo nada ni vimos a nadie controlando la salida (quizá en donde se dejan las audioguías, pero como también la llevan la mayoría de los grupos, pues sin problema).
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Alguna foto se escapó...
Alguna foto se escapó...
Poco se puede decir de la basílica de San Pedro, la mayor iglesia católica del mundo. Tan grande, que abruma. Por ejemplo, el Baldaquino de San Pedro tiene una altura de 29 metros y aun así, no parece excesivamente grande dentro del templo. Tras un rato paseando por cada una de las capillas (para recorrer con detalle la basílica se necesitaría un día entero), nos fuimos a la cola para la subida a la cúpula, donde apenas tuvimos que esperar 5 minutos para adquirir nuestras entradas (dos para subir a pie y dos para subir en ascensor a 6€ y 8€ respectivamente). Realmente, la subida en ascensor sólo te quita los primeros 220 escalones, por lo que no tengo nada claro si compensa. La subida puede resultar exigente para gente que no esté en una forma física aceptable, pero no es nada del otro mundo (en total, unos 550 escalones). En cualquier caso, recomiendan no subir a quien tenga problemas de corazón, por ejemplo. Luego hay quien comenta la dificultad en cuanto al espacio que hay en ciertas partes de la subida, pero tampoco es reseñable (yo, con mi 1'93, he subido en dos ocasiones sin mayor problema).
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El Baldaquino sobre el altar papal
El Baldaquino sobre el altar papal
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Justo a los pies del Baldaquino
Justo a los pies del Baldaquino
En poco más de 7 minutos desde el comienzo ya estábamos en la parte interna de la cúpula, donde hay una pasarela con unas vistas impresionantes hacia el interior de la basílica (deslucidas por la verja de seguridad). Unos 15 minutos después ya estábamos en la parte superior de la cúpula, y, solo por las vistas desde ahí, ya vale la pena el esfuerzo hecho para subir. Es cierto que arriba, la concentración de gente es alta y puede ser algo agobiante, pero con un poco de paciencia puedes disfrutar de las vistas sin problemas (en especial, de la zona que no da a la plaza de San Pedro). Estuvimos un rato largo y durante la bajada paramos a comprar algún recuerdo que nos habían encargado en la zona que está a la altura de las estatuas de Jesús y los apóstoles (que se pueden ver desde la parte de atrás).
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En la parte interior de la cúpula
En la parte interior de la cúpula
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Una de las postales más conocidas del mundo
Una de las postales más conocidas del mundo
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Con Roma a nuestros pies
Con Roma a nuestros pies
Sobre las 12:45 (empezábamos la subida a la cúpula a las 11:20, por si alguien quiere hacerse una idea del tiempo), salíamos de la basílica de San Pedro y nos encontrábamos con Emma y con su abuelo, que habían empleado la mañana en desayunar en una de las cafeterías aledañas y en jugar con las palomas (mientras un turista asiático nos pedía permiso para hacer una foto a la niña junto a las palomas "porque le parecía muy guapa"). Emprendimos la vuelta al apartamento con un tiempo mucho mejor que al comienzo del día y al llegar, decidimos dejar todas las maletas ya listas para salir al aeropuerto y así poder aprovechar al máximo nuestras ultimas horas en Roma.
Decidimos comer en el restaurante 433, del que teníamos buenas referencias del foro, y en el que pudimos probar un menú del día que no estaba nada mal (reseña aquí). Tras eso decidimos hacer algo que a posteriori nos dejó agotados pero que valió la pena. Salíamos a las 14:00 del restaurante y a las 16:00 nos recogerían en la puerta del apartamento para ir al aeropuerto. Como queríamos comprar algunas cosas y no habíamos tirado la moneda en la Fontana de Trevi (si, queríamos tener la certeza de que volveremos a Roma), decidimos "acercarnos a ella" y hacer las compras de camino. Nos paramos en un Carrefour a comprar cuñas queso parmesano (a mucho mejor precio que luego en el aeropuerto) y paramos en tiendas de souvenirs a coger algunos recuerdos. Sobre las 15:30 estábamos en la Fontana. No nos podíamos entretener mucho, pero como había menos gente que la primera noche, pudimos ponernos en el borde de la fuente y tirar las monedas de espaldas a ella (a Emma le costó un poco, pero al final le cogío el gusto y repitió un par de veces).
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Tocaba despedirse de la Fontana
Tocaba despedirse de la Fontana
Teníamos en torno a 25 minutos para llegar al apartamento, por lo que tuvimos que apretar un poco el paso y callejear un poco pero acabamos llegando justo a tiempo para subir, dar una última vuelta al apartamento, dejar los 42€ de las tasas encima de la mesa (se le olvidó a Max cobrárnoslo el primer día), bajar las maletas y salir al aeropuerto en tiempo y hora. Una vez allí, la facturación (no llevábamos el checkin hecho a la vuelta) fue sin problemas (nos dieron una fila entera para nosotros), tuvimos tiempo de sobra en el duty free para hacer unas últimas compras de pasta fresca y alguna cosa más (a un precio más alto que en Roma, pero no teníamos más espacio libre en las maletas) y el vuelo fue tranquilo y puntual en su llegada a Madrid.
Tras el trámite de recogida del coche con el Gato Azul (ningún problema, como siempre), parar a cenar y el camino de vuelta, llegábamos a casa a casi las 2 de la mañana, muy cansados pero muy contentos porque la primera experiencia viajera de Emma había sido inolvidable.