Mi madre me ha dicho muchas veces [1] que hay que viajar con una persona a la que hayan dado varios premios literarios por si luego te da por escribir un diario de viaje en losviajeros.com y quieres tener una estrella invitada, aunque ni siquiera te caiga bien esa persona. Por suerte viajé a Japón con una persona que tiene varios premios literarios [2], que me cae bien y que -incluso- me sigue hablando después de dos semanas de perdernos por Nagoya [3], mojarnos (mucho) en Tokyo [4] y decir "kampai" un montón de veces. En fin, dejo en sus manos el relato de la noche del octavo día, que incluyó uno de sus grandes momentos...
"Con nuestros recién adquiridos conocimientos sobre la elaboración de un té matcha sin grumos, emprendimos el paseo de regreso, plagado de guiris en kimono, y en el que nos entretuvo durante un rato una operación de bomberos en un callejón de la que nunca logramos averiguar el motivo. Pese a que en el camino nos tentaron cual sirenas bares con carteles tan misteriosos y atractivos como aquel que ofrecía "wake up beers", nos mantuvimos firmes en nuestro propósito y, tras un breve paso por el hotel, emprendimos la exploración del barrio de Miyagawacho.
Uno de los cinco distritos de geishas de Kioto, Miyagawacho abre sus callejuelas oscuras ante los visitantes como una promesa de viaje en el tiempo. Contraventanas de madera, adoquines, silencio. Ya había oscurecido, y una llovizna intermitente jugaba a favor del aire de misterio. Entusiasmados, esperábamos encontrarnos con una geisha como quien busca a un ser mitológico. Con nuestro fiel google maps en una mano y las sugerencias de japonismo en la otra, nos deteníamos ante cada farolillo de papel encendido —señal de un local de algún modo abierto a público— y lo ubicábamos en el mapa: aquí tal casa de té, allá tal otra.
A veces, de repente, el paseo nos regalaba fotogramas, como aquel momento en que un coche rojo, antiguo, se detuvo delante de una de esas casas con farolillo, y hacia la puerta que abrió solícito un tipo trajeado se dirigió, cubierta por el paraguas de otra mujer, una geisha de vestido igualmente rojo, como salida de una de esas películas que íbamos recordando durante todo el camino.

Lo que pasa es que, magia y novelería aparte, este par de paseantes éramos y somos muy de tomar cerveza. Así que empezó a apetecernos ser parte de la película por la vía de tomar algo. "Debería ser fácil, en una calle poblada de lugares donde la gente viene a esto, ¿no?", nos dijimos con ingenuidad. Y emprendimos de nuevo el camino de los farolillos, intentando esta vez averiguar en cuál de las casas desprovistas de cartel nos convenía más entrar para que ni nos costara nuestros sueldos de seis meses por tratarse de un restaurante exclusivo, ni nos metiésemos en la cocina particular de algún sorprendido ciudadano.
Hay que confesar que nos daba una extraña inseguridad y vergüenza, una y otra vez, parados delante de cada puerta, entrar y averiguar si habíamos acertado o no. Hasta que, de pronto, en una que nos dio algo más de confianza porque al entreabrir la puerta vislumbramos varios zapatos descansando antes del segundo umbral (como un presagio de que sus dueños andarían dentro tomándose, en efecto, algo), decidimos quitarnos la timidez y entrar a ver. Bueno, concretamente yo. Vuestro querido narrador se quedó impaciente afuera mientras yo entraba a explorar lo desconocido.
Dejé mis botas, embarradas por las excursiones del día, bien alineadas junto a una fila de zapatos brillantes de hombre y otra de esas curiosas sandalias de madera y tela de las geishas. Y, tan ufana, recorrí un pasillo oscuro sin cruzarme a nadie. ¿Qué me hacía pensar que esa era una entrada lógica a un bar? No lo sé.
Unos pocos pasos más adelante, aterricé, en efecto, en una celebración privada. Sentados sobre el tatami en torno a una mesa baja, tres hombres jóvenes ya sin la chaqueta del traje y con el último botón de la chaqueta abierto hablaban alto, reían, y bebían (nuestra ansiada) cerveza en la compañía de otras tantas ¿geishas? ¿maikos? (mi azoramiento no me dejó fijarme en los detalles que habíamos estudiado primorosamente unas horas antes). Ahora sí, me había colado en una película ajena.
Me gustaría contaros que me senté a su mesa y me incorporé a la fiesta, pero me temo que no. Para antes de que una especie de mayordomo que apareció de entre la penumbra de otra esquina llegase hasta mí con una cara impasible, ya estaba yo solita huyendo sonrojada hacia la puerta. (No sería la última vez en este viaje que acabara huyendo de un local en el que no era bienvenida, pero esa es otra historia).

Spoiler: en ninguna de las puertas-con-farolillo siguientes nos animamos a repetir la operación. Así que, tras varios fracasos, cruzamos el río para llegar a Pontocho, otro de los barrios de geishas, quizá el más famoso, que parecía ofrecernos más facilidad para encontrar un bar que no tuviese la puerta cerrada. Al final, y como iba a convertirse en una constante en este tipo de barrios, fue la hostelería china la que llegó al rescate. Nuestro ánimo peliculero de la noche no se pudo resistir a una "China's Popular Tavern" cuyos cristales dejaban entrever camareros vestidos como si acabaran de bajarse de un barco de hace un siglo y anuncios de pandas bebiendo cerveza en perfecta cohabitación con carteles de Mao. Tras tanto glamour insatisfecho, un poco de bizarrismo nos hizo sentir cómodos de nuevo.

Un par de cañas y varias gyozas más tarde, conseguimos un nuevo objetivo que llevábamos intentando varias noches: probar una izakaya, un "bar de tapas" al estilo japonés. Tras no pocas vueltas enredando callejones dimos con una que cumplía nuestras expectativas. Estuvo rico. Es imposible volver a dar con ella en ningún mapa.
Ese día no nos perdimos al volver al hotel. Ya sabíamos que el parque infantil era la clave de la calle en la que debíamos girar. Por lo demás, repasábamos los fotogramas del día en nuestras cabezas y recordábamos de una de las frases que nos había enseñado la maestra del té: "Ichi go, iche e". Que significaba, decía, algo así como que cada cosa que ocurre es una oportunidad que no se repite, un encuentro único.
Al fin y al cabo, todo el viaje estaba siendo un poco eso."
Nos mojamos menos que otros días. Todo bien.
Notas:
[1] Esto es total y absolutamente falso.
[2] Esto es total y absolutamente cierto.
[3] Esto es total y absolutamente cierto.
[4] Esto es tot... ¿EN SERIO? Que sí, que es verdad.